Capítulo 25Confía en mí, tengo una daga #2
—Eso me pone nervioso. Podéis trabajar en mi empresa. Os organizaré un despacho y tendréis todo lo que necesitéis.
—¿Qué ha pasado con la confianza de hace un segundo? —Apoyo las manos en su pecho y lo observo.
—Confío en ti. Por eso te estoy diciendo que me incomoda en lugar de inventarme una razón profesional para impedirlo y te estoy ofreciendo una alternativa bastante fácil de organizar.
—Una alternativa que consiste en trabajar en tu territorio, con muchas posibilidades de que pases casualmente por allí unas quince veces.
—No necesitaría pasar. Hay cámaras.
Lo miro horrorizada hasta que la comisura de su boca se curva. Le doy un golpe en el hombro y Nathaniel acepta el castigo sin soltarme.
—No hay cámaras en los despachos —aclara—. Aunque agradezco saber que la posibilidad te parece verosímil.
Su sonrisa desaparece poco a poco.
—Me dijiste que estabas hasta el gorro de los tres, y entendí que me habías incluido. —continúa—. Gideon parece tranquilo. Comprendo que ahora pueda ofrecerte una clase de seguridad que yo no te doy.
—Nathaniel, no he quedado con él porque esté buscando un sustituto menos problemático. Hemos quedado porque tenemos que trabajar.
—Lo sé. —Sus manos se relajan sobre mis caderas—. También sé que puedes entrar en su casa y salir sin acostarte con él. Pero llevo muchos años deseando tenerte así, Abril. Tú acabas de empezar a decidir si quieres quedarte y yo ya sé cuánto puede dolerme que no lo hagas. También tengo miedo.
La confesión me encuentra todavía a horcajadas sobre él, con su polla dura entre las piernas y las manos de Nathaniel sujetándome para que no me aleje.
Podría haber elegido una postura menos comprometida para hablar de confianza, aunque quizá esta explique mejor que cualquier discurso lo mucho que hay en juego.
—Puedo pedirle que lleve los materiales a tu empresa —digo después de pensarlo.
Nathaniel me observa con cautela.
—No quiero decidir dónde puedes estar.
—No lo estás decidiendo. Me has contado que te incomoda y yo estoy eligiendo no hacerte pasar una tarde imaginándote cosas que probablemente ni siquiera Gideon ha pensado todavía.
—Miro la mano que conserva sobre mi cadera—.
Tú vas a alejarte de Catriona después de conocerla toda la vida.
Sería bastante miserable por mi parte aceptar ese gesto y después explicarte que mis libertades son sagradas y tus inseguridades un problema exclusivamente tuyo.
—No son situaciones comparables. Catriona te ha mentido para hacernos daño.
—No son iguales, pero las dos duelen. Y quedar en su casa tampoco es imprescindible para mi desarrollo profesional. Quiero cuidar las cosas que te hacen daño, Nathaniel. No prometo no volver a hacerte daño, pero puedo evitarlo.
Nathaniel me aparta el pelo de la mejilla. Su expresión vuelve a cerrarse, pero ya empiezo a conocer la diferencia entre su frialdad y el esfuerzo que hace para decir algo que le importa.
—Y yo te haré daño a ti. Ya sabes lo gilipollas que puedo llegar a ser. También tendrás que soportar que no me entusiasme verte entrar en casa de un hombre que te desea. —Me acaricia la mandíbula con el pulgar—. Pero puedes confiar en que te diré la verdad, incluso cuando no me deje en buen lugar.
—Eso es lo que necesito —respondo—. Si un día cambias de opinión, quiero que me lo digas antes de buscar a otra persona. Antes de que me dejes seguir haciendo planes contigo mientras tú ya estás pensando en marcharte.
—No voy a dejar de quererte.
Cierro los ojos un instante. Al volver a abrirlos, Nathaniel continúa mirándome con la seguridad exasperante de quien considera resuelto un asunto porque lleva tiempo reuniendo pruebas.
—Tienes edad para saber que esas cosas pasan. La gente se enamora y también deja de estarlo. Podemos cuidar lo que tengamos, pero no decidir ahora cómo nos sentiremos dentro de veinte años.
—Precisamente tengo edad para saber cuándo estoy enamorado. Me ha ocurrido una vez, contigo, y he dispuesto de cinco años para comprobar que no se me pasaba.
—¿Nunca antes? —pregunto.
—He intentado que me gustaran otras personas sin conseguirlo.
He conocido a otras mujeres y me he acostado con algunas, pero no he confundido ninguna de esas cosas con esto.
—Sus dedos se cierran suavemente en mi nuca—.
Además, no sería justo para ningún segundo amor tener que competir contigo.
Podemos ahorrarle bastante tiempo a esa pobre mujer aceptándolo desde ahora.
Me río y bajo la cara hasta apoyar la frente en su pecho. El movimiento vuelve a presionar su cuerpo contra el mío y Nathaniel suelta el aire, aunque tiene la decencia de no señalar que seguimos aplazando una cuestión bastante evidente.
—Eres un arrogante.
—En este asunto tengo información de primera mano.
—Prométemelo de todas formas. Si cambia algo, me lo dirás antes de hacerme buscar respuestas en teléfonos, cajones o sueños absurdos sobre tus testículos. Yo te prometo lo mismo. Si alguna vez quiero a otra persona o dejo de querer estar contigo, lo sabrás por mí.
Nathaniel me contempla en silencio. Después me ayuda a apartarme de sus caderas y sale de la cama completamente desnudo.
—¿Adónde vas?
—Esta clase de juramentos requiere una daga ancestral y sangre.
Se dirige hacia la puerta con una erección considerable y la tranquilidad de un hombre que no acaba de anunciar su intención de mezclar armas blancas, desnudez y compromisos sentimentales antes del desayuno.
Observo desaparecer por la puerta del dormitorio unas nalgas que hacen muy difícil concentrarse en el peligro inmediato.
—¿Estás de broma? —le grito.
—No.
Cuando regresa, no sé si mirar el arma o aquello que se balancea con cada paso. Mi instinto de supervivencia y mi libido votan opciones diferentes.
—Nathaniel.
Apoya la funda de una daga sobre la cómoda y tira de la empuñadura. La hoja es larga, ancha y antigua de verdad.
La miro, después lo miro a él sosteniéndola con absoluta seriedad. La imagen es magnífica hasta que recuerdo que ha dicho algo sobre un juramento de sangre.
—Mira, creo que prefiero que nos escupamos en la mano.
—Nunca habría imaginado que eso te ponía, Abril. Podemos intentarlo después si insistes —se burla con una sonrisa.
—No estoy diciendo que me ponga. Estoy diciendo que has aparecido con algo que podría utilizarse para destripar a un ciervo. Cuesta identificar qué clase de ceremonia tienes en mente.
—Como legítimo miembro del clan Grant, estoy obligado a respetar determinadas tradiciones. Sustituir la sangre por saliva sería una falta de consideración hacia mis antepasados.
—Tus antepasados llevan muertos el tiempo necesario para aprender a gestionar una decepción.
—Ven aquí —dice, extendiendo la mano.
—Dilo con menos entusiasmo. Casi parece que vas a disfrutar.
Miro su palma, la hoja y el resto de su cuerpo, que continúa resultando una distracción poco compatible con una decisión sensata. Finalmente, coloco los dedos sobre los suyos.
—Un pinchazo diminuto —me promete.
—Define diminuto antes de acercarme ese sable.
Me sujeta el índice y yo retiro la mano con un grito cuando todavía no ha acercado la daga. Nathaniel se queda mirándome con una ceja alzada.
—Estaba anticipándome.
—Lo he notado. Podemos cancelar la ceremonia y conservar tu dignidad en el estado actual.
—Ahora quiero terminarla. Pero como me hagas daño, te juro que…
—Procura reservar los juramentos. Estamos a punto de empezar.
Le doy un golpe en el brazo. Nathaniel espera a que vuelva a ofrecerle la mano y, cuando asiento, me hace una punción mínima en la yema del índice.
Inspiro con fuerza, más por la expectación que por el dolor.
Una gota pequeña aparece sobre mi piel. Él repite el gesto en su propio dedo con una indiferencia ofensiva y aparta la daga.
—Estaba desinfectada, ¿verdad?
—Sí. El clan admite ciertas concesiones a la vida moderna.
—Me tranquiliza saber que habéis superado alguna cosa desde el siglo diecisiete.
Nathaniel enlaza los dedos con los míos y junta las dos gotas. Sigue desnudo delante de mí, con el pelo revuelto y una daga sobre la cómoda, pero adopta una solemnidad capaz de convertir el dormitorio en el salón principal de un castillo. Me entran ganas de reírme antes de que empiece.
—Yo, Nathaniel Grant, en pleno uso de mis facultades y ante esta testigo extraordinariamente difícil, juro decirle la verdad sobre lo que siento y sobre lo que haga y no serle nunca infiel.
La fórmula me hace sonreír, aunque él continúa mirándome y la risa acaba desapareciendo.
—Si alguna vez dejo de querer estar contigo, lo sabrás por mí antes de que haga algo que te obligue a descubrirlo.
No voy a mantenerte a mi lado con una mentira, ni a pedirte una confianza que yo no esté dispuesto a darte.
Puedes entrar en casa de Gideon Price, trabajar con él y escoger cada día lo que quieres hacer con tu vida.
Yo puedo ponerme celoso, decirte que me molesta y desear partirle la cara.
Ninguna de esas cosas me da derecho a decidir por ti.
Aprieto sus dedos. Esperaba una broma escocesa, no que Nathaniel recogiera todas las cosas que me asustan y me ofreciera una promesa que no exige que deje de ser libre para tranquilizarlo.
—Te toca —dice, inclinando la cabeza hacia nuestras manos.
—Yo no soy del clan.
—Estamos tramitando tu incorporación. Repite.
Me enderezo e imito la postura de sus hombros. Resulta difícil reproducir su autoridad cuando estoy desnuda, despeinada y un pinchazo diminuto acaba de hacerme gritar antes siquiera de producirse.
—Yo, Abril Noguera, en pleno uso de unas facultades que deberían haberme impedido participar en esto, juro decirte la verdad sobre lo que siento y sobre lo que haga.
Vuelvo a mirarlo. Nathaniel ha dejado de sonreír y espera sin apartar los ojos de mí. He oído lo seguro que está de quererme, pero al verlo tan pendiente de lo que voy a decir comprendo cuánto le importa que yo también quiera quedarme. Le acaricio los dedos y dejo de tomármelo a broma.