Capítulo 25Confía en mí, tengo una daga
CONFÍA EN MÍ, TENGO UNA DAGA
«Abril»
C atriona está sentada en el borde de la cama y habla con esa paciencia suya que siempre acaba haciéndome sentir que he llegado tarde a una conversación sobre mi propia vida. Lleva la taza descascarillada de Nathaniel entre las manos. Quiero quitársela.
—Me he acostado con él varias veces, Abril. Tiene dos lunares detrás de un testículo. Pregúntaselo y podrás comprobarlo.
Catriona se inclina hacia mí para que pueda escucharla mejor y me despierto apartando de golpe una mano que tengo sobre el hombro.
Nathaniel retira los dedos. Está apoyado en un codo, mirándome, y tardo unos segundos en entender que aquí solo estamos nosotros. Tengo la sábana enredada alrededor de las piernas y el corazón golpeándome contra las costillas con un entusiasmo que agradecería bastante más en otras circunstancias.
—Estabas hablando —dice, con la voz ronca de sueño—. He intentado despertarte antes de que empezaras a discutir con alguien.
Me paso una mano por la cara y miro hacia las cortinas. Ya ha amanecido. Después de la conversación de anoche, esperaba al menos unas horas de descanso, pero mi cabeza ha considerado conveniente organizar una segunda reunión sin consultarme.
—Catriona, por lo visto, ahora también viene a tocarme las narices mientras duermo. —Me aparto el pelo de la frente y lo miro—. Perdona. No quería despertarte. Insistía en que os habíais acostado y esta vez aportaba pruebas. Mi subconsciente debe de pensar que lo de ayer estuvo poco documentado.
Su expresión cambia y me apresuro a apoyar una mano sobre su brazo. No quiero obligarlo a defenderse de una mujer que ni siquiera ha estado aquí.
—Sé que era un sueño, Nathaniel. Te lo estoy contando, no acusándote. Aunque me vendría bien que mi cabeza tuviera la cortesía de dejar de inventarse detalles.
—¿Qué detalles? —pregunta.
—Decía que tienes dos lunares detrás de un testículo —añado, porque ya he empezado y reservarme precisamente esa parte sería bastante absurdo.
Nathaniel baja los ojos hacia la sábana. Se toma un momento antes de responder, y esa pausa consigue inquietarme más de lo que estoy dispuesta a reconocer.
—No tengo lunares en los huevos, Abril. —Vuelve a mirarme con una leve arruga entre las cejas—. Creo.
La risa me sale por la nariz antes de que pueda evitarlo. Me llevo una mano a la boca y él me observa sin comprender qué parte de su respuesta merece semejante reacción.
—Hasta el «creo» ibas fenomenal —le digo—. Me estabas tranquilizando muchísimo.
—Es una zona que rara vez me queda a la vista. He preferido ser riguroso, dadas las circunstancias.
Se tumba de espaldas, coloca los brazos detrás de la cabeza y se estira hasta ocupar una cantidad indecente de cama. La sábana le queda sobre las caderas. Yo sigo sentada a su lado, tratando de averiguar si acaba de ocurrírsele lo que sospecho, cuando inclina la cabeza hacia mí.
—Puedes comprobarlo. Ya que estamos despiertos, al menos saldrás de dudas.
Miro la tela, después su cara y, finalmente, aparto la sábana. Nathaniel permanece inmóvil, aunque levanta una ceja cuando me inclino. Estoy examinando a un hombre a primera hora de la mañana por indicación de una Catriona imaginaria.
Me gustaría pensar que todavía hay alguna manera elegante de contar esto, pero tendré que buscarla después del café.
La polla de Nathaniel descansa hacia un lado.
Está relajada, pero ni siquiera así resulta pequeña o particularmente inofensiva.
Puedo distinguir la línea gruesa que marca el borde del glande bajo el prepucio y, durante unos segundos, olvido que he levantado la sábana para buscar dos lunares imaginarios, no para estudiar con detenimiento su anatomía.
Deslizo la mano entre sus muslos. Nathaniel deja de parecer tan cómodo en cuanto le cojo los testículos. Los músculos del abdomen se le tensan.
Los sostengo con cuidado, los levanto y me inclino hasta tener la cara demasiado cerca de todo aquello. Él continúa con los brazos detrás de la cabeza, observándome desde la almohada, pero esa postura despreocupada pierde credibilidad cuando su polla empieza a crecer despacio.
La transformación ocurre despacio, delante de mí, describiendo un semicírculo hasta levantarse hacia su vientre. La punta llega a rozarle la piel y da un pequeño salto cuando muevo los dedos para comprobar el otro lado.
La reacción me hace sonreír.
Hay algo escandalosamente masculino en verlo endurecerse por mi culpa mientras él trata de conservar la expresión de un hombre que se ha limitado a fingir que nada le altera.
—No puedo evitarlo —dice al fin—. Estás jugando con mis pelotas y tienes la boca peligrosamente cerca. Mi cuerpo ha hecho una interpretación razonable de la situación.
—No estoy jugando. Estoy investigando una acusación muy seria.
—En ese caso, intenta mantener cierta imparcialidad. Pareces bastante satisfecha con los resultados.
Lo estoy. No solo porque Catriona haya mentido hasta en mi pesadilla, sino porque tengo la polla de Nathaniel completamente dura delante de la cara y sé que he sido yo quien la ha puesto así.
Vuelvo a bajar los ojos para terminar la inspección y encuentro una mancha pequeña en la piel del tronco.
Paso el pulgar por encima antes de pensar en la clase de efecto que puede producir ese gesto.
Nathaniel inspira y baja por fin los brazos.
—No tienes lunares en los testículos —anuncio—. Aunque tienes uno aquí.
Repaso el punto oscuro con la yema. Su polla vuelve a estremecerse bajo mi mano y levanto la cara hacia él.
—Es pequeño. Coqueto.
—Me alegra que te guste. —Nathaniel apoya una mano sobre mi nuca y desliza la otra hasta mi muñeca, sin obligarme a apartarla—. ¿Hay algo más por ahí que te interese mirar?
La pregunta podría ser una provocación si no me estuviera contemplando con los párpados entornados y la respiración más profunda. Mantengo el pulgar sobre el lunar, consciente de que ya no queda nada por comprobar y de que ninguno de los dos parece interesado en dar por concluida la investigación.
—¿Crees que debería?
Nathaniel me coge por la cintura. Me hace avanzar sobre el colchón y me ayuda a pasar una pierna por encima de sus caderas.
Al sentarme sobre él, su polla queda atrapada entre nuestros cuerpos, tendida a lo largo de mi sexo.
La noto dura y caliente entre los labios, con el glande apoyado muy cerca del clítoris.
El primer contacto me obliga a agarrarme a sus hombros.
—Creo que sería irresponsable detenerte ahora —responde mientras acomoda las manos sobre mis muslos—. Aún podrías haber pasado algo por alto.
—Qué preocupación tan repentina por mi tranquilidad.
—Estoy dispuesto a hacer sacrificios.
Sujeta la base de la polla para colocarla mejor entre mis piernas. No intenta penetrarme; la deja encajada a lo largo y me baja despacio hasta que todo su grosor se presiona contra mí.
Nathaniel mueve mis caderas hacia delante. El glande se desliza entre mis labios y roza mi clítoris antes de volver atrás, dejando una sensación cálida que me recorre el vientre.
Se me corta la respiración. Él repite el movimiento con más lentitud y esta vez lo acompaño, inclinándome sobre su pecho.
Su polla resbala contra mi sexo con cada balanceo, todavía fuera de mí, y la intimidad del roce consigue excitarme más de lo que habría esperado de algo que empezó con la búsqueda de dos lunares inexistentes.
—Esto ya no parece una comprobación —murmuro.
—La prueba ha evolucionado al aparecer nuevos datos.
Me río, aunque la risa se convierte en una respiración temblorosa cuando vuelve a deslizarme sobre él.
Nathaniel observa mi cara mientras me guía.
Tiene la mandíbula tensa y los dedos hundidos en mis caderas.
Toda su atención está puesta en el lugar donde nuestros cuerpos se rozan.
Yo también bajo la mirada. Ver su polla desaparecer entre mis labios sin llegar a entrar y reaparecer húmeda cuando me mueve hacia atrás elimina la poca capacidad que me quedaba para fingir indiferencia.
Empiezo a hacerlo sola. Nathaniel afloja las manos y me deja encontrar el ritmo, aunque conserva una de ellas sobre mi cintura y utiliza la otra para sujetarme el cuello.
Cada vez que avanzo, dirige el glande hacia mi clítoris.
La presión me arranca un gemido y él levanta las caderas para intensificarla.
—Reconocerás que esto mejora bastante una tarde mirando pisos —comenta, apartándome el pelo de la cara.
—Los pisos los miro vestida. Quizá eso esté perjudicando la comparación.
—Déjame intentarlo esta tarde. Puedes valorar las dos opciones con toda la información.
Sonrío y le acaricio la mandíbula, evitando el lado donde todavía tiene el golpe.
—Esta tarde no puedo. He quedado con Gideon.
Nathaniel deja pasar un segundo antes de contestar.
—Empiezo a entender por qué Price siempre parece tan satisfecho con la colaboración.
—Vamos a trabajar —le recuerdo, aunque se me escapa una sonrisa—. No hace falta que pongas esa cara.
—No he dicho que haga falta. Me ha salido sola.
Le rozo la comisura con el pulgar. Nathaniel vuelve la cara y me besa la mano antes de dejarla apoyada sobre su pecho.
—¿Te molesta? —pregunto.
—Me habría gustado pasar la tarde contigo. Y preferiría que él no tuviera tantas ganas de hacer lo mismo. Puedo soportar ambas cosas.
—No sabes si tiene ganas.
—Abril, yo también he alargado conversaciones sobre tu trabajo cuando podía haberlas terminado veinte minutos antes.
Me río, pero después bajo la mirada hacia mi mano. Ayer habría querido que me entendiera sin tener que explicárselo todo. Ahora es él quien acaba de decirme algo que podría haberse guardado.
—Tengo que ir —le advierto, acariciándole la mandíbula.
—No necesitas mi permiso para quedar con alguien. ¿Dónde habéis quedado?
—En su casa. Tiene allí los manuales y los materiales de los certámenes anteriores. Queremos revisar el temario y repartirnos la planificación antes de empezar.
La brusca inmovilidad me deja suspendida sobre él, excitada y bastante perpleja.