Capítulo 24La peor manera de tener razón #3
—No conseguía seguirla. Estaba pensando en que al día siguiente él me pediría perdón, me daría un beso y yo acabaría sintiéndome ridícula por haberme disgustado por una cena.
Así que me vestí y cogí su coche. Quería decírselo esa noche.
Quería que, por una vez, tuviera que mirarme mientras yo estaba enfadada en lugar de encontrarse con que ya había hecho todo el trabajo para dejar de estarlo.
Se detiene. Le paso la mano por el pelo y espero mientras respira despacio.
—Había luz en el salón. Los vi desde la calle, antes de llegar al portal. Se estaban besando mientras se desnudaban.
Siento que se me endurece todo el cuerpo.
—Me quedé mirando porque al principio pensé que lo había entendido mal. Qué estupidez, ¿verdad? Tenía la lengua en el fondo de su garganta. Lo vi acariciarla y todavía busqué una forma de explicármelo. Después se apartaron de la ventana.
—Abril…
—Espera. Déjame terminar.
Le beso el pelo y retiro la boca. Ella se aferra a mi brazo.
—Lo llamé desde el coche. Podía ver la luz de su salón mientras escuchaba los tonos. No contestó. Me quedé allí un rato, mirando la puerta, esperando que saliera, pensando que todavía podía frenar todo aquello.
Traga saliva. Noto la humedad en el pecho antes de escuchar que está llorando.
—No salió. Yo seguía moviendo la hora. A las doce me iba. Luego a las doce y cuarto. Cuando por fin arranqué, me di cuenta de que llevaba todo ese tiempo con el cinturón puesto. Ni siquiera había sido capaz de bajarme del coche.
La abrazo con más fuerza. Abril se deja sostener unos segundos y después continúa, empeñada en llegar al final.
—Volví a casa y me acosté. Me quedé despierta hasta que oí la llave, casi a las siete. Entró en el dormitorio, vio que estaba despierta y me dijo que se había quedado dormido en el sofá.
Cierro los ojos. Esa parte no estaba en lo que Matthew me contó. Tampoco la cena para tres ni el coche frente al portal. Me habló de haber confesado, de haber sido sincero porque quería salvar su relación.
—Le dije que había ido a buscarlo. Se sentó en la cama y empezó a preguntarme qué había visto.
—Abril se limpia la mejilla con el dorso de la mano—.
Y yo le contesté. Le expliqué dónde estaba, a qué hora había llegado, cuánto tiempo me había quedado.
Parecía que era yo la que tenía que dar explicaciones.
—¿Cuándo te lo reconoció?
—Cuando le pregunté directamente si se había acostado con ella. Primero dijo mi nombre. Después quiso cogerme la mano. Tuve que volver a preguntárselo.
Me incorporo un poco y la acomodo conmigo contra la almohada. Necesito verle la cara, aunque cuando la levanta no sé qué decirle. No hay nada en lo que me ha contado que pueda aliviar con una explicación.
—Lo siento —murmuro.
Abril niega despacio y se seca debajo de los ojos.
—Lo que vino después fue peor de lo que yo habría imaginado.
Creía que, si alguna vez me pasaba algo así, haría una maleta.
Había pensado muchas veces cómo podía una mujer quedarse con alguien que la había engañado.
Pues me quedé. Y durante semanas tuve más vergüenza de haberme quedado que él de lo que había hecho.
Le aparto un mechón que se le ha pegado a la mejilla. Me deja hacerlo, pero mantiene los ojos bajos.
—Busqué en sus cajones. En los bolsillos de las chaquetas, en el coche.
Un día estaba revisando unos recibos y me acordé de algo que había dicho yo en una cena, que había que querer con la mano abierta.
Tenía sus cosas extendidas sobre la cama para averiguar si me estaba mintiendo y seguía pensando que aquella frase era verdad.
Su boca tiembla y se la tapa un momento. La espero, con una mano en su nuca, mientras vuelve a tumbarse sobre mí.
—Eso cambió mi eje, Nathaniel. Yo sabía quién era. Sabía lo que aceptaría y lo que no, cómo quería a las personas, qué haría si alguien me traicionaba. Después me vi esperando frente a una ventana y registrando cajones. Ya no podía fiarme ni de lo que pensaba sobre mí misma.
Me quedo acariciándole la espalda.
—No sabía cómo había ocurrido —le digo—. Matthew me contó que te lo había confesado. Omitió casi todo lo que acabas de contarme.
Ella apoya otra vez la cabeza en mi pecho.
Me quedo mirando la luz del pasillo, incómodo con el recuerdo de aquella conversación y con mi propia participación en ella.
Me enfadé con Matthew, le dije que era un imbécil y después seguí escuchándolo.
Abril estaba en otra parte intentando averiguar cómo se vivía al día siguiente.
—Hoy, cuando Catriona me lo ha dicho, he vuelto a sentirme dentro del coche —susurra—. Ya sé que no estabas allí. Sé que no eras tú. Pero me ha entrado la misma necesidad de enterarme de todo y las mismas ganas de no saber nada.
Paso la mano por su brazo hasta encontrar la suya bajo la sábana. Entrelazo nuestros dedos sin pedirle que me mire.
—Puedo escuchar esto, Abril. Puedo intentar entender qué te pasa. Pero necesito que tú también recuerdes quién está contigo cuando tengas miedo.
—Lo estoy intentando.
Me lo dice sin prometer nada más. Yo tampoco encuentro una respuesta que lo resuelva todo. Ella se acomoda de nuevo, con la frente junto a mi cuello.