Otro maldito escocés Capítulo 24La peor manera de tener razón #2
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Capítulo 24La peor manera de tener razón #2

—Te he dicho que nunca ha habido nada entre Catriona y yo. Nada, Abril. —Me enderezo y ella baja las manos—. Entiendo que escucharla te haya hecho daño. Lo que no entiendo es qué hago yo contándote la verdad si vas a responderme con lo que hizo Matthew.

—No estoy diciendo que seas igual que él.

—Has dicho que te he ocultado una relación. Hace cinco minutos, aquí mismo. —Señalo el espacio entre nosotros y retiro la mano antes de seguir—. Puedes estar asustada y aun así reconocer que me has acusado de algo que no he hecho.

—Sí. Lo he dicho. No debería haberlo hecho.

La escucho sin sentir el alivio que esperaba.

—Llevo cinco años queriéndote sin ninguna garantía de que fueras a sentir algo por mí —respondo—.

He intentado seguir con mi vida. He estado con otras personas y no he conseguido enamorarme de ninguna ni dejar que se acercaran demasiado.

Ayer te conté algo que no había sido capaz de decir en voz alta durante todo ese tiempo.

Esta tarde me preguntas si creo que estamos juntos solo porque hemos follado.

Abril levanta la cara. Tiene los ojos húmedos, pero no aparta la mirada mientras continúo.

—No tienes obligación de quererme por eso. Ya sabía que podía ocurrir. Pero, joder, no me hables de lo de ayer como si yo hubiera confundido una noche contigo con algo que solo existía en mi cabeza.

Se cubre la boca un instante. Cuando retira la mano, se ha quedado una marca roja bajo el labio.

—Para mí también fue importante. Lo sigue siendo. He dicho una estupidez porque me estaba sintiendo acorralada y quería… No sé qué quería. Frenar esto un momento.

La confesión me produce una risa breve, sin ganas. Me mira al oírla y termino apoyándome en el mueble de enfrente.

—Te acabas de plantear no volver a Edimburgo. Yo estaba pensando qué pedir para cenar contigo. Supongo que esta tarde llevábamos preocupaciones bastante distintas.

Se le contrae la cara. Quiero acercarme en cuanto lo veo, pero me quedo donde estoy. Todavía estoy dolido y no quiero abrazarla para dar por terminada una conversación que no lo está.

—Lo siento —dice—. Por lo que he dicho de ayer. Y por acusarte. Pero no sé cómo conseguir que todo esto deje de afectarme.

—No te he pedido que deje de afectarte esta noche. Te estoy pidiendo que puedas escucharme sin que mi respuesta tenga que superar antes todo lo que te dijeron ellos.

Abril asiente apenas. No sé si está de acuerdo o si está demasiado cansada para seguir hablando. Miro el teléfono junto al portátil y ella sigue la dirección de mis ojos.

—Con Catriona voy a hablar —añado—. Y mi relación con ella no va a continuar como hasta ahora después de lo que ha hecho. No voy a sentarla a mi mesa y fingir que esto ha sido un comentario desafortunado.

—No quiero decirte con quién puedes…

—No me lo estás diciendo. Estoy decidiéndolo yo.

Se calla y yo recojo el teléfono, aunque lo mantengo apagado en la mano. Sé que tendré que escuchar excusas, quizá otra versión de lo que ha dicho, y ahora mismo no tengo paciencia para ninguna. Lo dejo otra vez sobre la isla.

Cuando oigo abrirse la puerta del dormitorio, llevo un rato tumbado de espaldas, con un brazo bajo la almohada.

Hemos cenado poco y hablado menos. Abril ha recogido su vaso, me ha dado las buenas noches y se ha ido a su habitación.

Yo he esperado en la cocina unos minutos antes de aceptar que la conversación había terminado por hoy.

Ahora se queda junto a mi cama, envuelta en la bata. La luz del pasillo me permite verle la cara mientras busca mi mirada. Aparta la sábana, se quita la bata y la deja a los pies antes de meterse conmigo. La noto fría cuando se acerca, aunque todavía mantiene una distancia que ayer no existía.

—Me das señales contradictorias, Abril.

Se queda quieta, con la mano apoyada entre nosotros. Yo tampoco me muevo. Quiero atraerla hacia mí desde que ha abierto la puerta.

—Lo sé. Me he pasado la tarde diciéndote que necesito estar sola y he aguantado veinte minutos sola en mi cama. Soy una persona horrible. Puedes pedirme que me vaya. Lo haré si es lo que quieres.

—No quiero.

Le paso el brazo por la espalda y la acerco. Abril apoya la mejilla en mi pecho y recoge las piernas bajo las sábanas. Su cuerpo desnudo se acomoda contra el mío con una familiaridad que me desarma, incluso ahora. Dejo la mano entre sus omóplatos, esperando a que termine de encontrar una postura.

—No pienso que seas una persona horrible —añado—. Estoy intentando entenderte.

Asiente contra mi pecho. Durante un rato solo la oigo respirar. Tiene una mano junto a mi cintura y mueve el pulgar sobre la sábana, repasando una arruga que alisa y vuelve a formar.

—Lo peor es que antes de aquello ni siquiera era celosa.

Me acuerdo de Matthew cogiendo el teléfono durante una cena y de Abril apartando su copa para que pudiera levantarse. De las veces que ella terminaba hablando conmigo porque él y Catriona llevaban media hora recordando algo que nos excluía a ambos.

—Lo sé. Lo sé. Te he visto aceptar que no fueras su prioridad. Y a él lo he visto tocarla con cariño delante de ti. Una noche le dijo que estaba espectacular y tú llevabas un vestido nuevo que él ni siquiera había mirado.

Abril levanta un poco la cara.

—Lo había mirado. Me preguntó cuánto me había costado.

Recuerdo haber mirado hacia otro lado cuando se quitó el abrigo, demasiado pendiente de la curva de su espalda para responder a lo que me estaban preguntando. Ahora me doy cuenta de que ella esperaba una reacción de Matthew mientras yo procuraba que a mí no se me notara ninguna.

—Te vi cambiar de sitio para que se sentaran juntos —continúo—. Y escuché cómo te quedabas preguntándole a alguien por sus vacaciones mientras ellos hablaban de unas en las que tú no habías estado. No parecías enfadada.

—A veces lo estaba. Pero me decía que no podía pretender atarlo solo a mí.

Que eran amigos de la infancia. —Levanta la cabeza y se apoya sobre un codo—.

Estaba convencida de que querer a alguien consistía también en aceptar eso.

Que no somos dueños del corazón de nadie.

Puede cambiar, puede dejar de quererte, y por mucho que duela tienes que permitirle marcharse.

La escucho sin interrumpirla. Tiene el pelo cayéndole sobre un hombro y se lo recoge detrás de la oreja antes de continuar.

—Nunca quise ser un perro guardián. Si alguien se queda conmigo porque estoy vigilando todas las salidas, ¿qué sentido tiene? Yo decía esas cosas, Nathaniel. Me las creía de verdad.

—Sigues creyéndotelas.

Abril baja los ojos hacia mi pecho.

—Ese día fui a buscarlo a casa de Catriona.

Me quedo inmóvil. Matthew me contó lo ocurrido después, cuando necesitaba que alguien lo ayudara a pensar cómo arreglarlo. Habló de un error, de una noche, de no saber cómo había llegado hasta allí. Apenas dijo nada sobre Abril salvo que estaba destrozada.

Nunca le pregunté cómo se había enterado ella.

—Habíamos quedado para cenar —prosigue—. En casa. Era su cumpleaños y había preparado algo especial. Él me escribió para decirme que se pasaba antes por casa de Catriona porque ella tenía un regalo para él y quería hablar. Le dije que viniera luego con ella, que había comida para tres.

Aprieto la mandíbula y procuro que no lo note en la mano que tengo sobre su espalda.

—A las diez todavía no había vuelto. Lo llamé y no contestó. Después me escribió que no lo esperara despierta, que la conversación iba para largo y habían bebido mucho. Me enfadé. Mucho. Pero dejé la cena en la nevera y me puse una película.

Abril vuelve a tumbarse. Su voz llega amortiguada contra mi pecho y tengo que inclinar la cabeza para escucharla.