Otro maldito escocés Capítulo 24La peor manera de tener razón
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Capítulo 24La peor manera de tener razón

LA PEOR MANERA DE TENER RAZÓN

«Nathaniel»

C uando Abril abre la puerta, llevo casi media hora sentado ante un correo que mi asistente habría resuelto con una llamada. Tengo el portátil sobre la isla, la chaqueta en el taburete contiguo y el teléfono junto a la mano.

Por la mañana me ha escrito para decirme que no fuera a buscarla, que quería estar un rato sola. A mediodía me ha escrito para decirme que tenía cosas que hacer y que llegaría tarde. Desde entonces, he conseguido trabajar bastante menos de lo que estoy dispuesto a reconocer.

Levanto la vista cuando entra en la casa. Trae el pelo recogido de cualquier manera y la carpeta contra el pecho. Me mira, deja las llaves en el recibidor y se agacha para desabrocharse una bota. La cremallera se le resiste. Al tercer intento suelta una palabrota y termina quitándosela a tirones.

—Déjalas ahí —le digo, cerrando el portátil—. Ven.

Se endereza con la bota en la mano. Durante un momento me mira de una manera que reconozco de ayer, cuando estaba cansada y quería acercarse sin tener que decirlo. Bajo del taburete, pero ella se vuelve para dejar sus cosas y la ocasión desaparece mientras coloca la carpeta sobre el bolso.

—He ido a ver dos apartamentos —dice.

Me quedo al otro lado de la isla. Había imaginado una jornada difícil con Matthew, quizá algún comentario de Catriona. No estaba preparado para que entrara hablando de mudarse.

—¿Has encontrado alguno que te guste?

—Uno. Necesita pintura y el sofá es bastante feo, pero podría entrar antes de irme a Madrid. — Se apoya en la encimera para quitarse la otra bota y la deja junto a la primera—. Aunque todavía no sé si volveré. También podría quedarme en Madrid.

Miro el portátil cerrado. Hace unas horas he reorganizado una reunión para estar libre a las tres. Ella estaba visitando pisos y considerando la posibilidad de no regresar a Edimburgo. Procuro tener eso ordenado en la cabeza antes de contestar.

—Esta mañana solo ibas a pasar el verano en España.

—Y sigo pensando hacerlo. Después no sé.

Se dirige al fregadero y llena un vaso. Bebe de espaldas a mí, con una mano apoyada en el borde.

—¿Ha pasado algo en el colegio?

Abril cierra el grifo que no había terminado de cerrar. Lo comprueba con los dedos y deja el vaso antes de volverse.

—Catriona me ha dicho que os acostasteis.

La observo esperando el resto. Ella me sostiene la mirada, pálida, y comprendo que no hay ninguna explicación previa que vaya a convertir esas palabras en otra cosa.

—No me he acostado con Catriona.

—Eso le he dicho. Que tú me habías asegurado que no.

—Entonces sabes que está mintiendo.

Me aparto de la isla y cojo el teléfono. El movimiento hace que Abril se enderece.

—No la llames ahora, por favor. Llevo todo el día con esto y no quiero tener que escucharos discutir.

Dejo el móvil sobre la encimera con más fuerza de la necesaria.

Catriona me conoce desde hace años. Ha cenado conmigo, me ha pedido ayuda, ha entrado en esta casa.

Intento recordar en qué momento le he dado motivos para creer que podía hacerme algo así y me encuentro con la mirada de Abril, pendiente de mi reacción.

—¿Qué más te ha dicho?

—Que yo también creí a Matthew cuando me aseguró que había sido una única vez. —Se frota los brazos antes de continuar—. Y después se ha marchado. Me he quedado allí pensando en todo lo que podría preguntarte para averiguar quién estaba diciendo la verdad.

—Podrías haberme llamado.

—Tenía clase. Y estaba llorando en un baño, Nathaniel. No quería hablar con nadie.

Me cuesta permanecer quieto. Quiero llamar a Catriona y obligarla a repetirlo delante de mí, quiero rodear la isla y abrazar a Abril. Ninguna de las dos cosas parece posible mientras ella me mira de ese modo.

—He pasado meses pendiente de Matthew —continúa—. No quiero volver a eso. Esta mañana ya estaba repasando nuestra conversación sobre Catriona, intentando recordar las palabras exactas que habías utilizado. Y me he dado cuenta de que estaba empezando otra vez.

—Las palabras exactas fueron que no me había acostado con ella. No hay mucho margen para interpretarlas.

Abril cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, la expresión cansada ha dado paso a algo más duro.

—Lo sé. Por eso te estoy contando lo que ha pasado.

—Después de ir a ver apartamentos y decidir que quizá no vuelvas.

—He ido a ver dónde puedo vivir. Necesitaba hacerlo antes de ayer y sigo necesitándolo hoy. No puedo quedarme indefinidamente en tu casa.

Oírla llamarla así me irrita de una forma poco razonable.

Es mi casa. La invité a quedarse porque necesitaba un lugar y en ningún momento le pedí que renunciara a buscar otro.

Pero ayer se quedó dormida conmigo y esta mañana la he besado antes de llevarla al trabajo.

Había empezado a pensar en las próximas semanas con una seguridad que ahora resulta humillante.

—Puedes buscar un piso sin marcharte de mi vida —respondo—. Lo que intento entender es por qué pareces hablar de ambas cosas a la vez.

Abril baja la cabeza. Debería dejar de hablar hasta que pueda acercarme sin este enfado atravesado en la garganta.

—Porque estoy cansada de vosotros —dice al fin—. De llegar al colegio y encontrarme con Matthew y Catriona. De que todo lo que haga provoque una conversación que no quiero tener. Esta mañana he estado feliz contigo y veinte minutos después tenía que defenderme por ello.

—Yo también he tenido conversaciones que no quería tener, Abril. Y tengo que asumir unas cuantas cosas que tampoco me gustan.

Levanta la cara. Sé que está esperando que termine y eso debería bastar para hacerme callar, pero ya no puedo callarme.

—Estabas enamorada de Matthew. Lo elegiste a él y yo estaba delante.

Si no te hubiera engañado, probablemente no habría tenido ninguna oportunidad contigo.

Tengo que vivir con eso sin preguntarte cada vez que me besas si estarías besándolo a él de haber hecho las cosas bien —reconozco y sé que he encontrado una manera particularmente miserable de hablar de lo que me duele.

—Pero yo no te he mentido —responde, y la voz le sube al continuar—. ¡Tú sabías que estaba con él! Yo no te he ocultado una relación de años para que después aparezca alguien y te cuente que también formaba parte de ella.

—Ese fue Matthew. Te agradecería que nos diferenciases cuando estás conmigo.

—¿Pero estoy contigo? —Se aparta del fregadero y me mira desde el otro lado de la isla—. ¿Qué es esto, Nathaniel? ¿Estamos juntos porque hemos follado un par de veces?

—No sé tú, pero yo lo considero una razón de peso para suponer que tengo algo con alguien.

—Vamos. Jamás te he visto en una relación y no creo que hayas hecho un voto de castidad hasta tenerme en tu casa.

—No, por supuesto que no. Pero te dije que llevaba cinco años enamorado de ti. ¿Qué crees que significa eso, Abril?

La pregunta sale más alta de lo que pretendía. Quiero que me diga que me cree. Me aferro a esa necesidad porque todo lo demás depende de ella, o al menos eso me parece mientras la tengo delante y no puedo tocarla.

—Que tú llevas cinco años sabiendo algo que yo acabo de descubrir.

Yo creía que no me soportabas. Y esta mañana he tenido que escuchar a Catriona decirme que te acostabas con ella mientras tú esperabas que yo entendiera, sin hablarlo, que ya teníamos una relación. ¿Cómo quieres que sepa dónde estoy?

—Preguntándomelo a mí antes de decidir que tienes que irte.

—¡Estoy aquí! —La exclamación me hace callar—. He vuelto y te lo estoy contando. No he alquilado nada, no he comprado un billete y no he dicho que me marche mañana. Te he dicho que tengo miedo de volver a vivir como antes y llevas diez minutos explicándome por qué no tengo derecho.

Rodeo la isla porque no soporto seguir hablando con un mueble entre los dos. Abril permanece donde está, con los brazos pegados al cuerpo. Me detengo a un paso. Una lágrima se desliza por su mejilla.

—Tienes derecho a tener miedo. Y yo tengo derecho a que mi palabra cuente para algo. No me he acostado con ella. No te he mentido. Si cada cosa que diga Catriona va a poner en duda lo que te diga yo, no sé cómo se supone que vamos a hacer esto.

Abril me observa durante unos segundos. Después se seca la cara con la palma, sin cuidado.

—Yo tampoco sé cómo hacerlo. Eso es lo que estoy intentando explicarte. No puedo prometerte que mañana voy a levantarme y no sentir dudas.

He sido paciente durante años con cosas que me hacían daño. Ahora me sorprende descubrir que apenas me queda paciencia para esta.

—¿Y ayer? —pregunto al verla apartar la mirada—. ¿Ayer sabías lo que querías? Necesito saber si querías estar conmigo o si necesitabas que alguien te hiciera sentir mejor después de Matthew.

El silencio que sigue me permite escuchar mi propia respiración. Abril baja los brazos despacio y retrocede un paso. Ese movimiento me hace arrepentirme antes de que hable.

—No me hagas eso —dice casi en un susurro.

—Estoy intentando entenderlo —respondo.

Abril se frota la cara con las manos y se queda un momento así, apoyada contra la encimera. Espero a que me mire. Todavía tengo su pregunta en la cabeza, esa manera de reducir lo de ayer a habernos acostado un par de veces, y necesito saber si realmente lo piensa.

—Ayer quería estar contigo —dice al fin—. No estaba intentando olvidar a Matthew ni demostrarle nada a nadie. Pero quizá me haya precipitado. Quizá todavía no esté preparada para una relación.

Aprieto los dedos contra el borde de la isla. Hay algo insoportable en escucharla hablar de ayer con tanto cuidado, escogiendo palabras que podrían terminar por dejarla fuera de mi vida.

—No sé cuándo voy a volver a confiar en alguien —continúa—. A lo mejor me cuesta siempre. Y que sea precisamente Catriona la que venga a decirme esto… Tú no sabes lo que me ha pasado por la cabeza esta mañana.