Capítulo 23Nadie debería hablar antes de primera hora #2
Tengo doce minutos antes de la primera clase.
Podría preparar la pizarra, revisar el correo o esconderme dentro del armario donde guardamos los diccionarios hasta que termine el curso.
En lugar de eso, entro en los aseos del pasillo de Idiomas, compruebo que están vacíos y me encierro en el último cubículo.
Las lágrimas llegan antes de que consiga bajar la tapa.
Me siento y me cubro la cara con las manos, enfadada porque Catriona haya logrado hacerme llorar y todavía más enfadada porque sé que no estoy llorando solo por ella.
Lloro por Matthew, que ayer se acostó con otra mujer y esta mañana parecía dolido porque un hombre me besaba.
Lloro por Nathaniel, que se obligó a mantenerse apartado durante cinco años mientras veía a su mejor amigo hacerme daño.
Lloro por Catriona, aunque no quiera, porque sus lágrimas eran sinceras incluso si las razones que la llevaron hasta ellas fueron egoístas.
Y lloro por mí, porque empiezo a estar agotada de que todo lo que siento por alguien termine salpicando a tres personas más.
Y ahora tengo la voz de ella dentro de la cabeza, recordándome que también confiaba en Matthew.
Intento recordar exactamente qué me dijo Matthew cuando descubrí lo suyo.
Después pienso en las palabras de Nathaniel, en si hubo una pausa antes de contestarme, en todas las cenas a las que los he visto llegar juntos.
Podría preguntarle cuándo empezó a sospechar que ella sentía algo por él.
Si alguna vez tuvieron que hablarlo. Qué le dijo.
Ya estoy buscando una pregunta cuya respuesta me permita quedarme tranquila.
Me aprieto el pañuelo contra la boca. Conozco demasiado bien lo que viene después.
La tranquilidad dura hasta que aparece un detalle que no encaja, una frase que recuerdo de otra manera, una llamada a una hora que me parece extraña.
Entonces necesito otra explicación y me odio un poco por pedirla, por estar pendiente, por escuchar a alguien a quien quiero mientras intento decidir si está mintiendo.
No quiero volver a vivir así.
Con Matthew llegué a calcular cuánto tardaría en volver a casa desde el colegio para saber si podía sorprenderlo. Me entretenía un rato más en la sala de profesores, cambiaba de idea y salía deprisa, avergonzada de lo que estaba haciendo incluso antes de llegar al coche.
Después lo encontraba solo y me sentía culpable. Hasta conseguía convencerme de que aquella culpa era una buena noticia, porque significaba que el problema lo tenía yo y podía arreglarlo.
Me cuesta respirar al recordarlo. Me inclino hacia delante, apoyando los codos sobre el bolso, y espero a que se me pase. No se me pasa.
Catriona sabe lo que me ha hecho. Estaba allí cuando yo intentaba recuperar mi confianza, cuando medía las palabras para no incomodar a Matthew con algo que él quería dar por terminado.
Esta mañana le he dicho que quería dejar todo eso atrás y ha esperado a tener la mano en la puerta para colocármelo otra vez delante.
Puede estar mintiendo. Esa posibilidad debería bastar para que dejara de escucharla, pero mi cuerpo no entiende de posibilidades. Tengo el estómago encogido y las manos heladas. Me siento exactamente igual que entonces.
Quizá estemos condenados a hacernos daño los cuatro.
Sería apropiado. Cinco años creyendo que formaba parte de una relación y resulta que había entrado en una de esas telenovelas malísimas donde todo el mundo se acuesta con la persona equivocada, oculta un secreto absurdo y aparece en el peor momento posible.
Solo falta que alguno tenga un gemelo desconocido o pierda la memoria al caer por unas escaleras.
La idea debería hacerme gracia. En cambio, tengo que apretar el pañuelo contra los ojos.
Tal vez la decisión más sensata consista en salir del círculo. Del cuadrado. De la figura geométrica de mierda en la que nos hemos metido.
Lo primero sería buscar un piso. Uno pequeño, lejos de Stockbridge y de cualquier hombre con apellido escocés, lo que en Escocia no puede ser nada fácil.
Podría terminar el curso, pasar el verano entero en España y decidir después si quiero regresar.
Incluso podría aceptar un puesto en Madrid definitivamente.
O buscar otro colegio en Edimburgo, uno donde mi ex, la mujer con la que me engañó y yo no tengamos casilleros separados por menos de cuatro metros.
La posibilidad me proporciona unos segundos de alivio. Imagino un apartamento silencioso, mis libros en las estanterías y una cama en la que nadie aparezca con cinco años de historia a la espalda.
Paz mental. Eso quiero. No tengo veinte años.
Ya no estoy para perseguir sensaciones fuertes ni para confundir una alteración de dopamina con el destino. Quiero algo sencillo. Una relación que no requiera dibujar un esquema antes de cada conversación.
El problema es que Nathaniel no se siente complicado cuando estamos solos.
Con él puedo hablar. Me escucha incluso cuando no estoy diciendo nada especialmente interesante. Me mira como si quisiera saber qué voy a hacer antes de que yo misma lo decida y, cuando deja de comportarse como un imbécil, es amable de una manera que no parece buscar recompensa.
Nada de eso borra a Matthew ni a Catriona. Tampoco convierte a Nathaniel en culpable de lo que ellos sienten. Lo sé.
Y no se merece que yo dude de su palabra por culpa de una loca que solo trata de quitarme del medio. Pero Matthew también me mintió y me debía bastante más que Nathaniel.
Y también sé que la vida es demasiado corta para perder el tiempo sintiéndome mediocre o desgraciada.
El problema es que estoy demasiado cansada para confiar en todo lo que sé.
Saco el móvil y le envío un mensaje.
No vengas a buscarme. Quiero estar un rato sola.