Otro maldito escocés Capítulo 23Nadie debería hablar antes de primera hora
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Capítulo 23Nadie debería hablar antes de primera hora

NADIE DEBERÍA HABLAR ANTES DE PRIMERA HORA

«Abril»

E l lunes por la mañana descubro que puedo pasar un domingo entero sin pensar en Matthew y recordarlo en cuanto aparece el colegio al otro lado del parabrisas.

Antes hemos tenido la videoconferencia con las chicas afganas desde las oficinas de Nathaniel.

Gideon y yo nos hemos quedado unos minutos después de despedirnos de Shabnam, revisando qué materiales preparar para la siguiente sesión.

Estaba guardando el cuaderno cuando Nathaniel ha aparecido en la puerta.

—Te acerco al colegio —ha dicho, con las llaves del coche en la mano.

—Todavía tengo tiempo de coger el autobús.

—Lo sé. Me estoy ofreciendo a llevarte —ha respondido apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Habéis terminado?

Gideon ha levantado la vista hacia él y después me ha mirado mientras yo cerraba el bolso.

—Podemos terminar esto más tarde —le he dicho, señalando sus anotaciones—. Te envío un mensaje con lo que falta.

Nathaniel se ha apartado para dejarme pasar y hemos bajado juntos al garaje.

Durante el trayecto me he entretenido mirando su mano sobre el volante. Lleva traje, se ha peinado y vuelve a tener el aspecto de un hombre al que habría que pedir cita para hacerle una pregunta personal.

El labio todavía hinchado estropea un poco el conjunto. También que, al detenernos en el último semáforo, haya cogido mi mano y se la haya llevado a la boca sin interrumpir lo que me estaba contando.

Ahora miro hacia la entrada y empiezo a comprobar si llevo todo.

—Tienes el bolso a tus pies —señala.

—Estoy buscando las llaves de mi armario.

—Las has guardado en el bolsillo de fuera.

Abro la cremallera y las encuentro allí, junto al paquete de pañuelos. Nathaniel aparca y apaga el motor mientras yo vuelvo a cerrar el bolso con una atención innecesaria.

—A las tres, ¿verdad?

Levanto la cara.

—Puedo volver por mi cuenta. No hace falta que organices el trabajo para…

—Abril, te estoy preguntando a qué hora sales.

Me muerdo el interior de la mejilla. Todavía estoy aprendiendo a aceptar cosas que no he tenido que pedir tres veces.

—A las tres. Salvo que alguien decida que necesita aprenderse todos los tiempos verbales antes de mañana.

—En ese caso, avísame.

Me desabrocho el cinturón, recojo el bolso y me vuelvo para despedirme. Nathaniel ya se ha inclinado hacia mí. Le apoyo los dedos en la mandíbula y lo beso con cuidado, aunque él me retiene un momento por la nuca cuando intento apartarme.

Sonrío contra su boca.

—Voy a llegar tarde.

—Has comprobado las llaves dos veces. También puedes besarme dos veces.

Su pulgar me acaricia detrás de la oreja antes de soltarme. Salgo del coche, me cuelgo el bolso del hombro y cierro la puerta procurando que la sonrisa no me ocupe toda la cara.

Entonces veo a Matthew.

Está a unos metros, junto a Catriona, con una mano en el bolsillo del abrigo y el móvil en la otra. Ella sostiene un vaso de café cerca de la boca. Ninguno termina lo que estaba haciendo.

Por un instante considero la posibilidad de que hayan llegado después del beso. La descarto en cuanto veo a Matthew mirando hacia el asiento del conductor con el ceño fruncido.

La ventanilla baja a mi espalda.

—Abril.

Me vuelvo. Nathaniel sostiene mi teléfono, que debe de haberse deslizado junto al asiento. Lo recojo y nuestros dedos se rozan.

—Gracias.

—A las tres —me recuerda.

Asiento. Su mirada pasa de mí a las dos personas que esperan junto a la entrada y se detiene un momento en Matthew.

—Buenos días.

Catriona responde. Matthew guarda el móvil sin decir nada. Nathaniel vuelve a mirarme antes de subir la ventanilla y yo doy un paso atrás para dejarlo salir.

Me quedo observando el coche unos segundos de más. Cuando me vuelvo, los dos siguen allí.

—Bueno —digo, ajustándome la correa del bolso—. Esto nos ahorra una conversación.

Catriona baja el vaso.

—Matthew me llamó ayer. Me contó lo del ascensor, así que puedes ahorrarte también esa parte.

Miro a Matthew. Él sostiene mi mirada, con la boca apretada y las manos otra vez en los bolsillos.

—Necesitaba hablar con alguien —dice.

—Ya.

La respuesta se me queda corta para todo lo que pienso. De todas las personas a las que podía llamar, ha vuelto a elegirla a ella.

Catriona observa el intercambio y después se vuelve hacia la entrada. La sigo porque tengo clase, porque estamos en medio del paso y porque no pienso discutir delante de alumnos que podrían convertir esta conversación en el acontecimiento académico del trimestre.

En la sala de profesores dejo el bolso sobre la mesa y saco la carpeta de ejercicios. Matthew entra detrás de mí mientras Catriona se quita el abrigo.

—Supongo que ya no te irás a España —comenta él.

Levanto la cabeza.

—Claro que voy a ir. ¿Por qué no iba a hacerlo?

Matthew se detiene junto a la mesa contigua, con la cartera en la mano.

—Pensé que quizá por él sí cambiabas de planes o que él… olvídalo.

—Sí, olvidémoslo.

Matthew cierra la cartera y mira a Catriona antes de dirigirse hacia la puerta.

—Tengo clase. Luego hablamos.

No sé a cuál de las dos se lo dice. Tampoco pregunto. Espero a que salga para guardar el resto de mis cosas, pero Catriona se adelanta y cierra la puerta.

El clic del pestillo me hace levantar la cara.

—¿Lo has hecho para vengarte?

Tardo un momento en soltar los papeles.

—No —respondo—. Que yo sepa, no había nada entre Nathaniel y tú. Y nunca te ha dado motivos para creer que fuera a haberlo.

Catriona baja la mirada hacia el café. Pasa el pulgar por el borde de la tapa, intentando encajar una parte que ya está bien cerrada.

—Pensaba que con el tiempo… Nunca parecía interesado en nadie y yo… —Se interrumpe y se limpia debajo de un ojo—. Me resultaba más fácil creer que era así con todo el mundo.

—Entonces, ¿qué hacías con Matthew si estabas esperando a Nathaniel? —pregunto.

Catriona levanta la cara, molesta.

—Con Matthew no tenía que preguntarme si quería verme. Lo llamaba y venía porque le apetecía, o me llamaba él. —Aparta el vaso y apoya una mano en la mesa—. Matthew también podía haber dicho que no. No era yo la única que tenía que pensar en ti.

—Desde luego que no. Por eso ya no estoy con él.

Se le tensa la boca. Mira hacia la puerta y vuelve a mí antes de hablar.

—Él estaba convencido de que lo perdonarías. De que, con tiempo, lo entenderías.

Siento un vuelco en el estómago.

—¿Que entendería qué, Catriona? ¿Que os acostarais? ¿Que después siguierais buscándoos mientras yo intentaba confiar otra vez?

—Que no era tan fácil dejar de tener lo que teníamos. No puedes borrar años de la vida de alguien porque empiece una relación.

—Yo no le pedí que borrara su vida. Le pedí que cuidara la que tenía conmigo.

Catriona se cruza de brazos.

—Pues tampoco puedes esperar que Nathaniel y yo dejemos de tener trato ahora. Lo que tengo con él también es anterior a lo que tenga contigo.

Me quedo mirándola. Hasta ese momento he intentado averiguar de cuál de los dos está enamorada, como si encontrar una respuesta fuera a explicar lo que hizo.

Pero acaba de defender su lugar en la vida de ambos con el mismo argumento.

Matthew tenía que seguir disponible porque lo conocía desde antes.

Nathaniel también. Mi presencia era algo a lo que yo debía encontrar la manera de adaptarme.

—Lo quieres todo, ¿verdad? —pregunto despacio.

Catriona suelta una risa breve y se limpia la mejilla.

—Igual que tú. ¿O no los tienes ahora a los dos pendientes?

La frase me duele por lo poco que parece haber escuchado.

—No quiero que Matthew siga pendiente de mí. He terminado con él y se lo he dicho. No lo llamo para que venga cuando me siento sola ni le hago creer que tiene que seguir esperándome.

Ella aparta la mirada. Recojo los ejercicios, pero los dejo otra vez sobre la mesa porque todavía me falta decir algo.

—Y tampoco he buscado a Nathaniel para hacerte daño —añado—. Esa nunca fue mi intención. No sé qué esperabas que pasara con vosotros, Catriona. Empiezo a pensar que ni tú lo sabes.

—¿Sabes que Matthew acabó en mi cama también ayer?

Dejo de guardar los papeles. Catriona me observa y durante unos segundos no sé qué decir.

La noticia me duele. Cinco años no desaparecen porque haya pasado un domingo feliz con otra persona. Pero estoy cansada de entender perfectamente cómo llega hasta ella.

—Entonces, ¿por qué me has dicho hace un momento que tengo a los dos pendientes de mí? —pregunto—. Yo he terminado con Matthew. Tú sigues acostándote con él. ¿Qué quieres de mí, Catriona?

Baja la mirada al café.

—Que Nathaniel me mire como te mira a ti incluso cuando tú ni siquiera te dabas cuenta.

La observo unos segundos antes de contestar.

—No da la oportunidad de elegir quien tiene miedo de no ser elegido, Catriona —respondo, sosteniéndole la mirada.

—¿De verdad crees que nunca me ha elegido? ¿Que no me he acostado con Nathaniel? —pregunta mientras recoge el abrigo.

—Él me ha dicho que no —contesto. La correa del bolso se me engancha en el respaldo de la silla y dejo de tirar para mirarla—. Que nunca ha pasado nada entre vosotros.

—Entonces te ha mentido —afirma, con el abrigo sobre el brazo.

—Hace un momento hablabas como si nunca hubiera pasado nada entre vosotros —le recuerdo.

—Esperaba que me quisiera —responde, apretando el vaso entre las manos mientras una lágrima le resbala por la mejilla—. Que me llamara para algo más que acostarse conmigo. No es lo mismo.

—Lo creo a él —consigo decir.

—Ya —murmura con condescendencia—, también creíste a Matthew cuando te dijo que fue una única vez.

Sale sin despedirse. El ruido del pasillo entra durante unos segundos antes de que la puerta vuelva a cerrarse y me deje sola con la carpeta abierta, los ejercicios desordenados y una sensación de firmeza que dura exactamente hasta que intento respirar.

Guardo los papeles como puedo y salgo por la otra puerta para evitar cruzarme con nadie. No sé si ha sido una suerte o una desgracia que no nos haya interrumpido ningún otro profesor.