Capítulo 22El periodo de recuperación del escocés #2
Coge una almohada y me levanta las caderas para colocarla bajo la parte baja de mi vientre.
Me acomoda sobre ella con las manos abiertas en mi cintura, ajustando mi postura hasta que dejo de apoyar todo el peso en las rodillas y puedo relajar la espalda.
Después desliza las palmas por mis costados, baja hasta las caderas y me abre un poco más las piernas.
Se toma su tiempo para contemplarme. Su mirada me recorre con una lentitud que me hace retorcerme de anticipación. Luego sus manos están sobre mí. Separa mis labios con dos dedos y jadeo cuando el aire fresco roza la piel húmeda que acaba de dejar expuesta.
No toca mi clítoris, solo mueve los dedos, despacio, separando y juntando mis pliegues en un movimiento hipnótico.
Desliza toda la palma de arriba abajo por mi sexo, con una presión firme que extiende la humedad y me hace contener el aliento.
Pasa sobre el clítoris sin detenerse, dejándome más sensible y más impaciente con cada recorrido.
De pronto, me da una palmada suave. El chasquido rompe el silencio y la sorpresa me arranca una risa nerviosa.
—Estoy bastante seguro de que tu amigo Ciruela no puede hacer eso —comenta a mi espalda.
Giro la cabeza para mirarlo.
—Ciruela no se pone celoso.
—No son celos. Es una evaluación objetiva de la competencia.
Antes de que pueda responder, introduce dos dedos dentro de mí.
La entrada repentina me corta la risa y la convierte en un jadeo.
Nathaniel los hunde despacio, atento a cómo mi cuerpo se cierra a su alrededor, y después los curva.
No acierta a la primera. Los mueve dentro de mí, tanteando, hasta que roza un punto que me hace levantar las caderas de golpe.
Se detiene justo allí.
Repite el movimiento con más presión y el placer se extiende desde el interior, profundo y caliente, obligándome a hundir la cara en la sábana para contener el gemido.
Mis músculos se contraen alrededor de sus dedos cada vez que los curva.
Nathaniel mantiene el mismo ritmo, observando cómo respondo, sin concederme la rapidez que mi cuerpo empieza a pedirle.
Intento moverme contra su mano, pero me sujeta por la cadera y me obliga a quedarme quieta.
Sus dedos continúan acariciándome por dentro mientras utiliza la otra mano para acomodar mejor la almohada bajo mi pelvis.
Después apoya la palma en la parte baja de mi espalda y me presiona contra ella.
El clítoris, hinchado y demasiado sensible, queda apretado contra la tela, y la nueva presión me arranca otro jadeo.
—Vamos a aprovechar esto —dice.
Empieza a moverme lentamente sobre la almohada sin dejar de trabajar los dedos dentro de mí.
Cada vez que tira de mis caderas hacia atrás, los hunde un poco más.
Cuando vuelve a empujarme hacia delante, mi clítoris se arrastra contra la tela.
Las dos sensaciones se encuentran en algún lugar de mi vientre y me dejan sin saber hacia cuál de sus manos quiero acercarme.
El placer empieza a concentrarse en la parte baja de mi vientre. Estoy a punto de abandonarme a él cuando Nathaniel retira los dedos y me deja vacía de repente.
—No —protesto.
La pérdida repentina me hace mover las caderas hacia atrás, buscándolo. Él me detiene con una mano firme.
Oigo el roce de la tela cuando se baja el pantalón y después noto su cuerpo acomodarse detrás del mío.
—¿Cómoda?
Asiento contra la sábana.
—Entonces no te muevas.
Cuando por fin me penetra, avanza despacio, dándome tiempo para acostumbrarme a la presión. Mi cuerpo se tensa a su alrededor y Nathaniel se queda quieto. Mantiene una mano cerrada sobre mi cadera y espera hasta que consigo soltar el aire. Entonces tira de mí hacia él y termina de hundirse.
Noto su vientre contra mis nalgas. Permanece así unos segundos antes de retroceder casi por completo, dejando solo la punta dentro de mí.
La espera resulta breve, pero suficiente para que mi cuerpo intente retenerlo.
Nathaniel vuelve a entrar con un movimiento largo y firme que me empuja contra la almohada.
La fricción cae directamente sobre mi clítoris.
Cada vez que él avanza, mi pelvis se desliza sobre la tela.
Cuando retrocede, la presión disminuye sin llegar a desaparecer.
El placer exterior se mezcla con el que provoca dentro de mí y cierro los dedos sobre la sábana, incapaz de decidir si quiero que acelere o que continúe torturándome con esa lentitud.
El sonido que se me escapa parece darle la respuesta. Nathaniel afianza una mano en mi cadera y empieza a moverme con él, arrastrándome sobre la almohada mientras mantiene el mismo ritmo. Con la otra separa una de mis nalgas y desliza un dedo entre ambas hasta alcanzar el perineo.
Presiona con la yema al mismo tiempo que vuelve a hundirse.
La sensación me atraviesa entera. Su polla llena el espacio que el dedo presiona desde fuera y mi clítoris se frota contra la almohada bajo el peso de mi cuerpo.
Las tres formas de placer se juntan en el mismo punto y ya no puedo distinguir dónde termina una y comienza la siguiente. Se me contrae el vientre y empujo la cara contra la sábana para ahogar un gemido que Nathaniel consigue arrancarme de todos modos.
El orgasmo empieza con una contracción que me cierra alrededor de él. Antes de que termine, el roce de la almohada provoca otra y la presión de su dedo en el perineo hace que todo mi cuerpo se tense a la vez.
Intento arquear la espalda, pero Nathaniel mantiene mi pelvis pegada a la tela y el placer continúa acumulándose sin darme un segundo para recuperarme.
Las contracciones se suceden cada vez más deprisa. Me aferro a las sábanas mientras los muslos empiezan a temblarme y digo su nombre una vez, después otra, hasta que acaba rompiéndose en un gemido contra la almohada.
Noto cómo se engrosa dentro de mí un instante antes de correrse. Su polla late con fuerza mientras mi cuerpo continúa contrayéndose a su alrededor, y cada pulsación prolonga el orgasmo hasta dejarme temblando debajo de él.
Me quedo con la mejilla hundida en la sábana, intentando recuperar el aire mientras las últimas contracciones me recorren por dentro.
Mierda. ¿Es una especie de ninja del sexo también o algo así? Porque Ciruela acaba de perder una ventaja competitiva que yo creía insuperable.
Se deja caer a mi lado. Durante unos segundos permanecemos boca abajo, respirando contra las sábanas, hasta que consigo reunir fuerzas para girarme. Él se acomoda sobre la espalda y yo me acerco, apoyo la cabeza en su pecho y dejo un beso sobre la piel todavía caliente.
Su corazón continúa latiendo deprisa bajo mis labios. Nathaniel hunde los dedos en mi pelo y empieza a acariciarme la cabeza, despacio, mientras ambos recuperamos el aliento.
—¿Cuánto tiempo necesitas para recuperarte? —pregunta al fin.
Levanto la cara para mirarlo.
—¿Eso es curiosidad o estás organizando el resto del domingo?
—Planificación.
Vuelvo a besarle el pecho antes de apoyar la mejilla sobre él.
—Tengo hambre otra vez.
—Pediré la cena.
—Entonces hasta que termine el postre.
La risa de Nathaniel le vibra en el pecho, justo debajo de mi boca.