Otro maldito escocés Capítulo 22El periodo de recuperación del escocés
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Capítulo 22El periodo de recuperación del escocés

EL PERIODO DE RECUPERACIÓN DEL ESCOCÉS

«Abril»

M e despierto porque Nathaniel intenta sacar el brazo de debajo de mi cabeza. Abro un ojo cuando ya casi lo ha conseguido y lo encuentro mirándome, con la expresión resignada de quien lleva un rato negociando con una parte de su cuerpo que ha dejado de responder.

—No lo siento desde hace unos veinte minutos —explica en voz baja—. He considerado despertarte cuando has intentado llevártelo al darte la vuelta.

Me aparto, todavía medio dormida, y él flexiona los dedos antes de acomodarse boca arriba.

Le rozo la mandíbula con cuidado y Nathaniel vuelve la cara hacia mí. La luz me permite ver la hinchazón del labio y la barba que empieza a crecerle. Anoche tenía demasiadas cosas en la cabeza. Ahora me entretengo acariciándole la cara y descubro que me gustaría pasar así buena parte de la mañana.

Mi estómago tiene otros planes y gruñe.

Nathaniel baja un instante los ojos antes de volver a mirarme. Se le mueve la comisura sana de la boca.

—¿Tienes hambre?

—Podrías fingir que no lo has oído —murmuro, sin apartar la mano.

—Lo he hecho las dos primeras veces.

Me río y escondo la cara junto a su cuello. Él me acaricia la espalda mientras espero que mi estómago tenga la cortesía de no volver a intervenir.

Me pongo una camiseta y unas bragas y él, unos pantalones de algodón oscuros. Mientras prepara café, saco el pan y busco dos platos en el armario.

Conozco esta cocina demasiado bien ya. Sé dónde guarda las tazas, qué cajón se atasca y cuánto hay que girar el mando de la tostadora.

Nathaniel pasa detrás de mí y me besa en el hombro para alcanzar una taza. Me quedo con el cuchillo de la mantequilla en la mano, sonriendo hacia el pan.

Desayunamos sentados uno al lado del otro.

Le cuento que de pequeña me comía primero la mermelada y después intentaba devolver la tostada, y él escucha mientras me acerca el plato que he dejado demasiado lejos.

Acabo preguntándole qué desayunaba antes de aprender a preparar café con aquella máquina.

—Lo que hubiera —responde—. Hubo una temporada en que lo compraba de camino al trabajo.

—Eso explica bastantes cosas de tu carácter.

Nathaniel deja la taza y me mira.

—¿Mi carácter? Tú acabas de contarme que intentabas devolver tostadas usadas.

Me vuelvo hacia él con la taza entre las manos, buscando una réplica, pero Nathaniel sonríe y me distrae.

Tiene la rodilla apoyada contra la mía y no la aparta cuando se inclina para coger otra tostada. Le acerco la mermelada. Me gusta estar aquí, contando tonterías de mi infancia y descubriendo que él las escucha con atención suficiente para utilizarlas en mi contra.

Cuando terminamos, recuerdo lo que me prometió anoche.

—Los libros y el calcetín —le digo mientras dejo mi plato en el fregadero—. Antes de que encuentres algún motivo para salir de casa.

Nathaniel se seca las manos y me mira por encima del hombro.

—Ven.

Lo sigo hasta el dormitorio. Abre un cajón de la cómoda y aparta algunas cosas antes de sacar el calcetín.

La lana gris aparece primero, después la raya azul y, por último, la etiqueta doblada.

Lo cojo con las dos manos. Mi letra sigue allí, en rosa, junto a un dibujo que, observado con cierta distancia, tiene bastante menos aspecto de árbol del que yo recordaba.

—No hace falta que digas nada —le advierto cuando levanto la vista y lo encuentro mirando la etiqueta—. Ya veo la corona.

—Me alegra que hayamos resuelto eso.

Paso el pulgar por las letras. Hay algo que me desarma en tocarlo después de haberlo imaginado durante la noche. Sigue siendo aquel calcetín improvisado, con el elástico un poco dado de sí y mi pésimo dibujo. Nathaniel ha abierto este cajón muchas veces y lo ha dejado aquí.

Se lo devuelvo antes de que se me note demasiado en la cara.

—Puedes quedártelo —murmuro—. El otro probablemente acabó en la lavadora con algo rojo. Recuerdo una temporada en la que toda mi ropa interior era rosa.

Él recoge el calcetín, pero me sujeta la mano antes de que me aparte.

Me acerco para abrazarlo. Nathaniel me rodea la espalda. Me quedo un rato con la cara apoyada en su pecho, escuchando los ruidos de la calle a través de la ventana, hasta que el hambre de antes me parece algo que ocurrió hace muchísimo tiempo.

Los libros están en el salón. Suficientemente escondidos detrás de otros para que yo no los encontrara.

Los saco de la estantería y me siento en el sofá con los tres sobre las rodillas, dispuesta a interrogarlo sobre sus conclusiones.

Nathaniel se sienta a mi lado y no tarda en señalarme un personaje secundario al que yo había olvidado por completo.

Eso da lugar a una discusión bastante seria.

—No puedes decir que es el más sensato —protesto, buscando una página—. Pasa medio libro ocultando información que les habría ahorrado problemas a todos.

—Por eso he dicho el más sensato. La competencia era escasa.

Acabo leyéndole un fragmento para demostrar que se equivoca. Él me interrumpe bajando el libro cuando empiezo a leerle un pasaje sexual y la protagonista tiene tres orgasmos seguidos.

—¿Cómo descubriste lo del vacío? —pregunta Nathaniel.

—Jugando a las canicas, desde luego, no.

La comisura sana de su boca se mueve, pero continúa mirándome, esperando una respuesta de verdad.

—Me llevó bastante tiempo entenderme. Una cosa es tener un orgasmo y otra muy distinta terminar satisfecha. Y no fue ningún hombre quien me ayudó a descubrir la diferencia. El mérito es de mi amiguito Ciruela.

—Empiezo a sentir cierta antipatía hacia Ciruela.

—Pues deberías estarle agradecido. Hizo casi todo el trabajo de investigación antes de que llegaras tú —respondo, acomodándome un poco mejor—.

También descubrí que eso del multiorgasmo no me funciona como se supone.

Puedo tener varios seguidos, sí, pero después del primero son mucho menos intensos y acabo con la sensación de que ninguno ha terminado de servirme.

Prefiero esperar. Cuanto más tiempo dejo pasar, mejor es el siguiente.

Nathaniel levanta ligeramente las cejas.

—Ah. Entonces debería sentirme agradecido.

—No veo por qué.

—Porque valoras el periodo de recuperación masculino.

Estamos en una clara desventaja evolutiva respecto a las mujeres.

Vosotras podéis continuar sintiendo placer y nosotros necesitamos un tiempo para volver a resultar útiles.

¿Eres consciente del complejo que nos provoca vuestra manera de tener orgasmos?

Lo miro por encima del libro.

—No sabía que la masculinidad estuviera atravesando una crisis tan grave.

—La llevamos con mucha discreción.

Pedimos comida porque ninguno tiene ganas de cocinar.

Nathaniel recoge el pedido en la puerta y yo despejo la mesa del salón.

Comemos entre los libros, con las piernas cruzadas sobre el sofá y una servilleta que se me cae cada vez que me inclino para coger algo.

Él termina poniéndomela sobre la rodilla y deja la mano allí mientras sigue hablando.

Le pregunto por su trabajo, por las partes que le gustan de verdad. Al principio me responde en términos generales, hasta que le digo que puedo seguir una explicación de más de dos frases.

Entonces empieza a contarme un problema que tuvieron que resolver en uno de los proyectos. Lo interrumpo para preguntar algo y Nathaniel busca una hoja.

Diez minutos después tengo un dibujo delante y estoy señalando una línea con el dedo.

—Entonces, si esto falla…

—Exactamente —responde, acercándose para mirar lo que señalo—. Ese era el problema.

Me gusta que se olvide de resumir. Me gusta verlo coger el bolígrafo otra vez porque se le ha ocurrido una manera mejor de explicármelo. Cuando termina, guardo la hoja dentro de uno de los libros.

Por la tarde dormimos un rato. Me despierto en el sofá con los pies sobre sus piernas y lo encuentro leyendo. Me pregunta si tengo frío antes de que termine de desperezarme. Niego con la cabeza y me quedo donde estoy, observándolo hasta que baja el libro.

—Vas a hacer que pierda otra vez la página.

—Creía que te gustaba que te mirase.

—Mucho —responde mientras cierra el libro y lo deja sobre la mesa—. Pero ahora prefiero mirarte yo.

La forma en que lo dice acaba con cualquier posibilidad de seguir hablando de literatura. Nathaniel se pone en pie y me tiende la mano. Tira de mí hasta levantarme y empieza a caminar hacia el dormitorio sin soltarme.

—Qué manera tan poco sutil de abandonar una conversación que estabas perdiendo.

—La conversación puede esperar. Tú llevas varios minutos provocándome desde el sofá.

—Estaba dormida durante la mayor parte de esos minutos.

Nathaniel se detiene en la puerta del dormitorio y vuelve la cabeza. La mirada que me dirige recorre mi camiseta, mis piernas desnudas y regresa despacio a mi cara.

—Incluso así.

Al llegar junto a la cama, me quita la camiseta y me empuja hacia el colchón.

Caigo boca abajo con una risa. Nathaniel me quita las bragas con una lentitud deliberada. Sus manos siguen el resbalar de la tela por mis muslos hasta mis tobillos, dejando un rastro de electricidad.

Cuando intento volverme para mirarlo, Nathaniel apoya una mano entre mis omóplatos y me devuelve contra el colchón.

—Las manos quietas —me dice, y el tono de voz hace que un escalofrío me recorra la espalda.

Giro la cara sobre la sábana para protestar, pero él me sujeta las muñecas y las coloca junto a mi cabeza.

—Yo fui muy paciente cuando te prometí que no iba a tocarte —me recuerda, inclinado sobre mi espalda—. Ahora te toca a ti.

Me resulta difícil discutir el reparto cuando su voz junto a mi oído consigue que me tiemble el vientre. Nathaniel libera mis muñecas y espera. Mantengo las manos donde las ha dejado, aunque los dedos ya se me están cerrando sobre la sábana.

—Así —murmura.