Capítulo 21La biblioteca secreta de Nathaniel Grant #3
La erección de Nathaniel se desliza entre nuestros cuerpos cada vez que avanzo hacia él.
Todavía no alcanza donde la necesito, pero la fricción contra mi vientre parece afectarlo lo suficiente para endurecer su boca sobre mi pecho.
Me sujeta por debajo del muslo y me hace abrir más la pierna mientras continúa lamiéndome.
Su mano asciende hasta la corva, levanta mi pierna y la acomoda sobre las suyas. Después se sujeta la polla y la baja hasta colocarla contra mi sexo.
La noto entera contra mí. Dura, pesada y muy caliente. La piel se desliza con facilidad por mi humedad y el glande presiona mi sexo, ancho y firme. Se me escapa el aire y cierro los dedos en su pelo mientras intento asimilar que es Nathaniel quien está entre mis piernas.
Adelanto un poco las caderas y la presión aumenta. Nathaniel deja de moverse. Levanta la cabeza, mira entre nuestros cuerpos y después vuelve los ojos hacia mí. Noto otro latido del glande sobre el clítoris antes de que empiece a mover las caderas.
El glande se desliza por mi humedad y baja hasta la entrada. Allí se detiene. Nathaniel vuelve a moverlo hacia arriba, arrastrándolo entre mis labios, y el roce me hace apretar la pierna alrededor de sus caderas.
Repite el recorrido. Esta vez, cuando vuelve a llegar a la entrada, presiona.
Solo un poco.
La punta separa mi cuerpo sin llegar a entrar y el placer se mezcla con una necesidad tan intensa que intento acercarme. Nathaniel me retiene por la cadera. Tiene la respiración deshecha, pero no aumenta la presión.
—Espera.
La palabra apenas se entiende. Su mano continúa inmovilizándome mientras aparta ligeramente la pelvis.
—Tomo la píldora —le digo.
Nathaniel cierra los ojos. La punta de su polla sigue apoyada contra mi entrada y puedo sentir el esfuerzo que le cuesta no empujar.
—Eso no es lo único que importa.
—Estoy segura —añado—. Quiero hacerlo.
Nathaniel abre los ojos y me mira. Suelta el aire despacio, asiente y me besa antes de separar un poco más las caderas. Pierdo el contacto de su polla y hago ademán de seguirlo, pero su mano me mantiene donde estoy hasta que deja espacio entre nuestros cuerpos.
Entonces desliza los dedos hacia mi sexo. Recoge la humedad que ya me cubre y la extiende lentamente sobre mi clítoris. El primer círculo me obliga a agarrarme con más fuerza a su pelo.
Sin retirar la mano, vuelve a acercar la pelvis. Noto de nuevo el glande contra mi entrada mientras sus dedos continúan moviéndose.
Empuja un poco de nuevo.
Mi cuerpo se resiste durante un instante y después cede un poco, despacio, y la punta consigue entrar. La sensación me hace gemir contra su boca.
Lo miro porque necesito ver qué significa esto para él. Nathaniel tiene la mandíbula tensa y los ojos clavados en mi cara, pendiente de cada reacción, pero bajo esa atención descubro algo más difícil de soportar: deseo, impaciencia y una vulnerabilidad que jamás le había visto.
—Joder —murmura al notar cómo lo aprieto—. Abril, no hagas eso.
—No estoy haciendo nada.
Mi cuerpo vuelve a cerrarse alrededor de la parte que ha conseguido penetrarme. La respiración de Nathaniel se rompe.
—Exactamente eso.
Su pulgar aumenta la presión. El placer me hace mover las caderas y el glande entra un poco más.
La entrada parcial resulta peor que cualquier espera anterior. Lo siento dentro, grueso y duro, aunque mi cuerpo reclama el resto. Intento pegar mi pelvis a la de él y Nathaniel suelta una maldición.
Su boca encuentra la mía.
Me besa sin cuidar el labio partido. El corte vuelve a abrirse y noto el sabor de la sangre cuando su lengua entra en mi boca. Al mismo tiempo, retira la mano de entre nuestras piernas, me sujeta por la cadera y me hace rodar sobre la espalda.
Nathaniel acompaña el giro, se coloca encima y queda encajado entre mis muslos sin que la parte que ya ha entrado se deslice fuera.
—Entero —le pido contra la boca.
Algo termina de romperse en él.
Nathaniel empuja las caderas y se hunde hasta el fondo.
El movimiento me arranca un grito que muere dentro de su beso.
Me llena de golpe. La intensidad me deja sin aire.
Se me arquea la espalda y las manos se cierran sobre sus hombros mientras mi cuerpo intenta adaptarse a la presión.
Durante unos segundos todo se concentra ahí: el peso de Nathaniel entre mis piernas, el calor de su pecho contra el mío y esa sensación profunda que aumenta incluso mientras permanece inmóvil.
Tengo los muslos temblando y el corazón tan acelerado que noto los golpes contra sus costillas.
Se queda sobre mí, respirando con violencia mientras mi cuerpo intenta recibirlo. Sus manos se cierran a ambos lados de mi cara. Me besa una y otra vez, con la boca abierta y el labio sangrando, sin mostrar ninguna intención de moverse hasta que deje de tensarme alrededor de él.
La inmovilidad vuelve más intensa la sensación de tenerlo dentro. Cada latido de su polla provoca una contracción involuntaria. Nathaniel gime contra mi lengua y baja una mano hasta sujetarme la cadera.
—Voy a moverme —advierte.
Desplaza el cuerpo hacia arriba hasta colocar el pecho sobre el mío y pega el pubis al mío.
Se me corta el aire.
Nathaniel retrocede solo lo necesario para aliviar la presión y vuelve a balancearse. Su pubis roza mi clítoris mientras él continúa dentro, llenándome, y la unión de ambas sensaciones provoca un placer mucho más intenso que cualquier penetración de dentro afuera.
Lo comprende por mi reacción.
Abre más mis piernas, baja el peso de las caderas y repite el movimiento con mayor firmeza. Su pelvis se arrastra sobre la mía. La polla se desplaza dentro apenas unos centímetros, pero nunca deja de llenarme ni interrumpe el roce exterior.
Una corriente de calor me sube por la espalda. Cada vez que su cuerpo vuelve a presionar el mío, se me encogen los dedos, se me corta la respiración y las contracciones aparecen más seguidas.
Intento acompañarlo con las caderas, aunque empiezo a perder el ritmo y termino moviéndome por puro instinto.
—Te acuerdas de lo que te dije… —jadeo, buscando sus ojos—. De que necesito sentir las dos cosas a la vez.
Nathaniel apoya la frente contra la mía. Tiene los ojos clavados en mi cara y la respiración tan alterada como la mía.
—De cada palabra.
Vuelve a mover las caderas y mi cuerpo se arquea debajo de él.
Lo abrazo con las piernas y acelera sin cambiar el movimiento. Cada balanceo frota el mismo punto, mientras la sensación de tenerlo dentro ocupa el vacío que siempre me quedaba cuando intentaba alcanzar el placer de una sola forma.
Nathaniel me besa otra vez. Su labio debería dolerle, pero parece haber dejado de importarle. Su lengua se mueve contra la mía con el mismo ritmo que sus caderas, lento al principio, más profundo cuando el placer empieza a cerrarse alrededor de los dos.
Me tiemblan las piernas y tengo la piel tan sensible que incluso el roce de su pecho sobre el mío me altera.
Lo abrazo con más fuerza, buscando mantener la presión cuando Nathaniel retrocede y recibiéndola con todo el cuerpo cuando vuelve.
Ya no puedo seguir cada movimiento por separado.
Solo siento el calor, el peso y las contracciones que se suceden cada vez más deprisa.
Nathaniel nota el cambio. Sus caderas mantienen el mismo balanceo, sin apresurarse ni apartarse de mí, mientras la mano que tengo en su espalda percibe el esfuerzo con que contiene cada músculo.
Su respiración se rompe junto a mi oído, pero no modifica el ritmo.
Me deja acercarme al límite sin perseguir el suyo.
La tensión estalla en mi vientre y se extiende por todo el cuerpo.
Se me cierran las piernas alrededor de sus caderas, arqueo la espalda y pierdo el aire con la primera contracción.
Nathaniel me sujeta con más fuerza. Sigue moviéndose durante las siguientes, manteniendo la presión que me ha llevado hasta allí, y el placer continúa creciendo cuando esperaba que empezara a desaparecer.
Entonces cambia el movimiento.
Sus caderas se apartan y vuelven con más fuerza.
Cada impulso sacude mi cuerpo y prolonga las contracciones, enlazando una con la siguiente antes de que pueda recuperarme.
La presión interior aumenta al mismo tiempo que su pelvis vuelve a golpear contra la mía.
No aparece aquel vacío que siempre dejaba una sensación a medias.
Nathaniel no permite que el placer caiga.
Lo sostiene con todo el cuerpo hasta que ya no sé dónde termina el orgasmo y dónde empieza lo que sigue provocándome él.
Le clavo las uñas en la espalda y él entierra la cara en mi cuello y el control que lleva manteniendo se deshace por fin.
Sus movimientos pierden regularidad. Los músculos de su espalda se endurecen bajo mis manos.
Empuja una última vez y se corre dentro de mí con un gemido grave que noto contra la piel.
Sus caderas continúan moviéndose durante unos segundos, alargando las últimas contracciones de mi orgasmo mientras él atraviesa el suyo.
Se queda quieto, todavía abrazándome. Noto su respiración contra el cuello y mis piernas continúan temblando alrededor de sus caderas.
Tardo varios segundos en comprender que el placer ha terminado porque mi cuerpo sigue respondiendo a los últimos movimientos, aferrado a una sensación que nunca había durado tanto.