Capítulo 21La biblioteca secreta de Nathaniel Grant #2
Me río y vuelvo a apoyarme contra él. Ahora recuerdo que fui buscando cosas por toda la casa para meter dentro. Encontré una chocolatina, un paquete de almendras, un bolígrafo que Matthew había comprado en una papelería, una miniatura de whisky y dos mandarinas con las que terminé de llenarlo.
—Me daba pena que nosotros tuviéramos uno y tú no —explico, mientras él me acaricia el pelo—. No iba a dejarte sentado en el sofá mientras abríamos los nuestros.
—No podías saberlo, pero en mi casa también los colgábamos —responde.
Mira un momento hacia el techo antes de continuar—.
Mi padre viajaba mucho. Una Navidad no consiguió volver hasta el veintiséis y Mairi y yo insistimos en que mi madre preparara el suyo de todas formas.
Yo tendría nueve o diez años. Cuando llegó, fue a buscarlo a la chimenea antes incluso de quitarse el abrigo.
Le acaricio los nudillos sin interrumpirlo. Es la primera vez que me habla de su padre así, con un recuerdo que le cambia la expresión mientras lo cuenta. Nathaniel tiene los ojos en el techo y una sonrisa pequeña le mueve la boca.
—Había pasado la noche en un hotel de Aberdeen y llevaba casi dos días sin dormir. Mi madre metió caramelos, unos guantes y un destornillador porque no sabía qué comprarle a última hora. Todavía me acuerdo de su cara al sacarlo. Después de que muriera dejamos de colgar los calcetines.
Me acuerdo de él cuando sacó las mandarinas y se quedó mirándome. Yo pensé que estaba intentando comprender por qué le había regalado fruta, y ahora me duele un poco haber pasado por aquella escena sin enterarme de nada.
—Me gustaría haber podido hacerlo mejor —murmuro—. Al menos haber puesto un calcetín que no me hubiera puesto antes.
—El calcetín estaba bien, Abril —responde—. Llegué a vuestra casa a última hora y tú saliste del salón para preparármelo. Nadie tuvo que pedírtelo. Me encontré mi nombre junto a los vuestros y llevaba años sin verlo así.
Se me cierra la garganta. Bajo la vista hacia nuestras manos y le acaricio el pulgar, tratando de recordar qué dije cuando abrió el regalo. Seguramente alguna tontería sobre el whisky o las mandarinas. Me gustaría recuperar aquella noche con el detalle con el que él la conserva.
—Espero que disfrutaras de las almendras —consigo decir—. Era el único paquete que no habíamos abierto. El resto de la despensa ofrecía pocas posibilidades, incluso para alguien que decía conformarse con un sándwich.
—Las almendras estaban bien. También las mandarinas —contesta, y vuelve a acariciarme los nudillos—. El calcetín sigue en mi cajón.
Levanto la cara. Nathaniel me sostiene la mirada con una tranquilidad que empieza a resultarme sospechosa. Puede haber comprado tres novelas por curiosidad, pero ese calcetín ha sobrevivido a muchas oportunidades razonables de tirarlo.
—¿Has guardado mi calcetín todos estos años? —pregunto incrédula.
—Tenía mi nombre. Consideré que eso resolvía cualquier duda sobre a quién pertenecía.
Me entra la risa cuando ya tengo los ojos húmedos y debo de hacer un gesto extraño, porque Nathaniel levanta la mano hasta mi mejilla. Me aparta el pelo con los dedos y espera mientras intento decidir qué parte de esta conversación me está afectando más.
—Tres novelas de Highlanders y un calcetín —enumero al fin—. Mañana voy a necesitar que me enseñes ese cajón. Hasta hace muy poco pensaba que apenas te interesaba nada de mí y resulta que llevo años repartida por tu casa.
—Te enseñaré los libros y el calcetín. No necesitas inspeccionar el resto de mis pertenencias.
—Eso ha sonado innecesariamente preventivo —comento, y le acaricio la cara antes de volver a acomodarme a su lado.
Durante años tuve presentes sus silencios, aquella mirada dura y las veces que me hizo sentir que sobraba una explicación mía.
El calcetín, en cambio, se me había olvidado.
Nathaniel lo recibió, se lo llevó a casa y lo ha conservado sin que yo supiera nada.
Ahora entiendo un poco mejor por qué le ha importado tanto que me acercara a él por las razones equivocadas.
Le apoyo la mano en la mandíbula y me inclino para besar la parte sana de su boca. Nathaniel vuelve la cara hacia mí y después me acomoda el pelo detrás de la oreja. Permanezco cerca, con ganas de decirle algo que esté a la altura de lo que acaba de contarme.
—Me alegro de habértelo puesto —murmuro—. Aunque mi árbol pareciera una corona y tuvieras que volver a casa con dos mandarinas.
—Yo también —responde, atrayéndome hacia él.
Me gustaría ver el calcetín ahora mismo, comprobar que la etiqueta sigue allí y averiguar dónde lo guarda, pero Nathaniel vuelve a acariciarme la espalda y no me apetece levantarme. Cierro los ojos, sonriendo todavía cuando se me ocurre algo.
—Mañana quiero recuperarlo —anuncio, con la mano apoyada sobre la suya—. A lo mejor todavía tengo el otro.
—Ni hablar.
Nathaniel también se acomoda de lado, frente a mí, con un brazo doblado bajo la almohada.
Su otra mano permanece en mi espalda. Desde esta distancia distingo la hinchazón del labio y el pelo que le cae sobre la frente, bastante alejado del orden con que suele presentarse ante el mundo.
Aparto un mechón con los dedos y él me deja hacer, aunque sus ojos siguen los míos con una atención que empieza a ponerme nerviosa.
—Voy a tardar en acostumbrarme a esto —confieso, y le acaricio la ceja con el pulgar antes de explicarme—. A poder mirarte sin preparar una excusa por si me descubres.
—Podrías haberme ahorrado unas cuantas cenas interminables —responde, sujetándome la mano antes de que la retire. Me acerca los dedos a la boca y deja un beso en ellos—. Siempre conseguías encontrar algo interesantísimo al otro lado de la mesa.
Sonrío, aunque me cuesta sostenerle la mirada ahora que sé lo que encontraba él en la mía. Recuerdo haber fingido interés por conversaciones que ni siquiera estaba escuchando, pendiente de si Nathaniel habría dejado de observarme para poder volver a hacerlo yo.
—Estabas muy serio —me defiendo—. Tenías una manera de mirarme que me hacía repasar todo mi árbol genealógico en busca de alguna afrenta familiar personal contra ti. Había días en que me olvidaba hasta lo que iba a decirte.
—Estaba intentando que no se me notara —admite. Su pulgar se detiene sobre mis nudillos y añade, con la boca cerca de mis dedos—: Esta noche no tengo muchas ganas de disimular.
Durante un momento se limita a mirarme. Sus ojos recorren mi cara, se detienen en mi boca y bajan después hacia el pecho que la sábana ha dejado descubierto al moverme. No hay ningún disimulo en el hambre de su mirada.
No debería sorprenderme que me mire después de todo. Aun así, verlo detenerse en mi cuerpo despierta una mezcla extraña de pudor y deseo. Durante años he creído que Nathaniel Grant era totalmente indiferente a todo lo relacionado conmigo.
Su mano libre se apoya en mis costillas y la desliza lentamente por mi costado, con los dedos abiertos sobre la piel y el pulgar avanzando por debajo del pecho.
Se detiene al alcanzar la curva, sin llegar a cubrirla.
Parece estar midiendo una frontera que no sabe si le corresponde cruzar a pesar de que llevo un rato desnuda en su cama.
Cierro los ojos. La yema del pulgar se mueve apenas y el roce me arranca un gemido demasiado leve para llamarlo así, aunque Nathaniel lo oye. Sus dedos se tensan sobre mis costillas.
El pulgar asciende.
Alcanza mi pezón y pasa sobre él con una lentitud que me corta la respiración. Abro los ojos. Nathaniel sigue mirando mi pecho. Repite la caricia y esta vez deja el pulgar encima, presionando suavemente mientras el pezón se endurece bajo su dedo.
—Nathaniel… —murmuro, aunque no sé qué pretendía decirle.
Él levanta los ojos hacia mí, pero la mano continúa donde está. Rodea el pezón con el pulgar, lo roza de nuevo y termina atrapándolo entre dos dedos.
Jadeo.
Adelanto las caderas buscando acercarme y mi pelvis tropieza con su erección.
Su polla queda atrapada entre la parte baja de mi vientre y el suyo.
Noto su longitud contra mí y el latido que la recorre cuando vuelvo a moverme.
Nathaniel cierra la mano sobre mi pecho y nos quedamos frente a frente, respirando por la boca, con nuestros cuerpos tan próximos que cada inspiración modifica el contacto.
Muevo la pierna de arriba para acercarme más.
Él separa las suyas y deslizo el muslo entre ambas, rozándole los testículos.
Se estremece y me agarra por la cadera, con un sonido bajo y áspero que me deja pendiente de su boca.
Flexiono un poco la rodilla y repito el movimiento, esta vez consciente de lo que estoy acariciando.
Yo me quedo observándolo. Hay algo íntimo en poder verlo sin que tenga tiempo de recomponer la expresión.
Nathaniel siempre parece dueño de lo que dice, de lo que hace y hasta del silencio que deja después.
Ahora soy yo quien le arranca ese sonido y quien nota cómo se le endurece el cuerpo todavía más cuando vuelvo a rozarlo.
El descubrimiento me excita de una forma que no esperaba.
Ya no estoy intentando alcanzar a un hombre inaccesible.
Lo tengo delante, desnudo, respirando contra mi boca y perdiendo el control por algo que le hago yo.
Repito el movimiento, más lento, y noto sus testículos desplazarse suavemente contra mi piel. Nathaniel cierra los ojos. La mandíbula se le marca al apretar los dientes y su erección da otro latido entre nuestros vientres.
No llego a repetirlo.
Nathaniel baja la cabeza y me cubre el pezón con la boca.
El contacto húmedo y caliente me arquea hacia él. Le entierro los dedos en el pelo mientras su lengua rodea el mismo punto que acaba de acariciar con la mano. Después succiona y el placer me atraviesa el pecho hasta concentrarse entre las piernas.
Mis caderas vuelven a moverse.