Otro maldito escocés Capítulo 21La biblioteca secreta de Nathaniel Grant
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Capítulo 21La biblioteca secreta de Nathaniel Grant

LA BIBLIOTECA SECRETA DE NATHANIEL GRANT

«Abril»

E stoy despierta cuando sus dedos vuelven a recorrerme la espalda. Llevan un rato haciendo el mismo camino, desde el hombro hasta la cintura, donde descansa su mano antes de subir otra vez.

Tengo la mejilla sobre su pecho y el brazo apoyado junto al suyo. En la oscuridad apenas distingo el tatuaje, pero recuerdo dónde empieza y acerco los dedos a la tinta que le asoma bajo la clavícula. Estoy siguiendo una de las líneas cuando su voz me hace levantar la cabeza.

—Aquel verano, en la playa, había un hombre con un tatuaje que le llegaba desde la muñeca hasta el cuello —comenta, sin interrumpir la caricia—. Tú y Emma dedicasteis bastante tiempo a examinarlo. Dijiste que los hombres con tatuajes así te parecían muy sexis.

Tardo unos segundos en encontrarlo entre los recuerdos de Mallorca. Después me acuerdo de la sombrilla, de Emma incorporándose sobre los codos y de mí bajándome las gafas de sol para observar mejor.

—Estaba jugando a las palas —recuerdo, todavía con la mano sobre su hombro—. Emma llevaba media hora esperando a que se diera la vuelta. No sabía que estabas escuchándonos.

—Después de aquello empecé a mirar diseños —responde. Vuelve un poco la cabeza hacia mí y deja de acariciarme mientras considero lo que acaba de decir—. No voy a atribuirte una decisión que tuve varios meses para reconsiderar, pero contribuiste a que me lo hiciera.

Intento situarlo bajo aquella sombrilla y recuerdo el libro abierto sobre sus piernas, las gafas de sol y la expresión con la que parecía desentenderse de todos nosotros.

—Estabas leyendo. Ni siquiera levantaste la cabeza —señalo, volviendo hacia él—. Yo habría jurado que no te habías enterado de nada.

—Habría resultado poco discreto interrumpiros para anunciar que estaba tomando nota.

Se me escapa una risa y apoyo la frente en su hombro.

—Nathaniel, tú ya eras sexy antes del tatuaje —le digo, incorporándome para que pueda verme—. Me has parecido un hombre impresionante desde que te conozco. Lo que nunca se me ocurrió fue que te gustara que yo te mirase.

—Me habría gustado bastante que siguieras haciéndolo cuando levantaba los ojos —contesta, con la mano detenida sobre mi espalda.

Bajo la cara, sonriendo contra su pecho.

Tiene razón. He pasado años apartando la mirada en cuanto me descubría, aunque tampoco ayudaba que él me recibiera con aquella expresión de estar esperando a que dijera alguna estupidez.

Le acaricio el brazo y sigo el relieve del músculo hasta el codo mientras sus dedos reanudan el recorrido por mi espalda.

—La primera noche que Matthew nos presentó también llevabas un libro —añade después—. Lo dejaste encima de mi abrigo sin darte cuenta y, cuando fuiste a buscarlo, me hiciste levantar los pies. Después tuviste que hacerme levantar a mí.

—Estabas sentado junto a la ventana —recuerdo, alzando la cara—. Me convencí de que se había caído debajo de tu silla. Te tuve de pie con la cerveza en la mano mientras yo desmontaba media mesa.

Matthew y yo llevábamos casi un año trabajando juntos y habíamos ido al pub con unos compañeros al terminar el trimestre. Nathaniel llegó más tarde. Apenas sabía de él lo que Matthew había contado alguna vez.

—Lo encontré dentro de la manga. Debí de meterlo ahí al mover la chaqueta —explica, acomodando la mano entre mis omóplatos—. Me preguntaste si lo había leído y empezaste a contarme el argumento. Al final decidiste que preferías prestármelo porque lo estabas explicando fatal.

—Empecé por una escena del final y tuve que retroceder para presentarte a un personaje —respondo, tapándome la boca al recordar el desastre—. Cada vez que intentaba arreglarlo te estropeaba otra cosa. Y después ni siquiera te lo presté.

—Matthew nos interrumpió y os marchasteis juntos. Al día siguiente me contó que llevabais unas semanas acercándoos. Estaba contento.

Su voz cambia al terminar. Aquella noche también me fui contenta. Todavía puedo recordar lo que sentí al salir del pub con Matthew, y no quiero tener que despreciarlo ahora para entender al hombre con el que estoy en esta cama.

—Pensé que te habías alegrado de librarte de mí —admito, acariciándole el brazo—. Me pasé todo el rato hablando y tú apenas decías nada.

—Estabas contándome algo. No tenía demasiada prisa por interrumpirte —responde. Sus dedos se deslizan hasta mi hombro antes de añadir—: Acabé comprando el libro.

Me quedo mirándolo. Yo he recordado aquella noche por lo que ocurrió después de salir del pub. Él se quedó con una conversación que durante años apenas he tenido en cuenta. Estoy intentando encontrar algo que decir cuando se le mueve la comisura sana de la boca.

—Aunque descubrí otros aspectos de tu criterio literario cuando os ayudé con la mudanza. Había bastantes hombres con dificultades para abrocharse la camisa en aquellas cajas.

—Matthew te enseñó el del escocés apoyado en una espada —murmuro, y enseguida recuerdo los libros alineados en el suelo del salón.

Había ido sacándolos para preguntarme si estaba reuniendo un ejército.

Nathaniel pasó por detrás con una caja y yo empecé a recogerlos—.

Me dio rabia. Me gustan esas novelas y acabé guardándolas deprisa para que no siguiera enseñándotelas.

—Te vi hacerlo. Pusiste encima un libro con una cubierta bastante menos prometedora.

—Era un ensayo —aclaro, dándole un golpecito en el pecho. Nathaniel me recoge la mano antes de que pueda retirarla y la deja bajo la suya—. Y no necesitaba esconder nada, pero estabas allí, mirándonos, y pensé que ya tenías otra cosa que añadir a tu opinión sobre mí.

—Compré una de aquellas novelas para saber qué encontrabas en ellas. Después tuve que comprar las otras dos. La primera pertenecía a una serie y dejaba una historia pendiente.

Me incorporo sobre el codo. La sábana resbala por mi espalda y Nathaniel la recoge mientras yo intento verle mejor la cara. Necesito comprobar que está diciéndolo en serio antes de concederme el gusto de imaginarlo en su despacho, con una novela de Highlanders abierta entre las manos.

—¿Tienes tres novelas románticas de escoceses? —pregunto, y la risa empieza a escapárseme antes de que termine—. Perdona, pero llevo años convencida de que te parecían ridículas demasiadas cosas de mí. Esto voy a tener que verlo.

—Puedes pedírmelas prestadas. Espero que seas más diligente al devolver libros que al prestarlos.

Me gustaría haberle visto la cara en algunas escenas, aunque ahora me interesa bastante más saber si me recordaba mientras las leía.

—¿Y sacaste alguna conclusión? —le pregunto, deslizando la mano por su brazo.

—Que os gustan los tipos de casi dos metros, hoscos y con una voz muy profunda. Además, consideráis nuestro acento una forma de preliminar sexual —responde mientras me recoge la mano—. Después de tres libros, empecé a tomármelo como algo personal.

Me río. Tiene una ceja alzada y me observa esperando una respuesta.

—Comprenderás que cuesta escucharte describirlos sin pensar que estás hablando de ti mismo —comento—. Solo te falta la espada.

—Pensé que con el kilt bastaría. Llevar una espada a la boda habría sido excesivo incluso para llamar tu atención.

Tardo un segundo en entender lo que acaba de admitir.

Recuerdo lo serio que estaba mientras le ponía los gemelos, mi esfuerzo por concentrarme en sus muñecas y la convicción de que él debía de estar encontrando mi torpeza bastante irritante.

Ahora resulta que se había vestido pensando en provocarla.

—No me lo puedo creer —consigo decir entre risas—. Yo intentando no quedarme mirándote y tú esperando que lo hiciera. Podrías haberme ahorrado el esfuerzo.

—Me pareció más prudente dejar que llegaras a tus propias conclusiones —responde, aunque se le mueve la comisura de la boca.

—Pues funcionó —confieso, todavía sonriendo—. Aunque supongo que eso ya lo notaste.

—Me diste algunos motivos para pensarlo.

Apoyo la mejilla sobre su pecho y dejo la mano encima de la suya. Todavía tengo muchas cosas que preguntarle, pero me entretengo imaginándolo con uno de aquellos libros.

Cuando nos levantemos voy a buscar los tres.

—Hubo algo que hiciste por mí que seguramente no recuerdas y me marcó —dice al cabo de un rato—. La Nochebuena que pasé en vuestra casa, el primer año que vivías con Matthew. Había surgido un problema con un proyecto y no podía marcharme de Edimburgo hasta la mañana siguiente.

—Apareciste con dos botellas de vino y un humor espantoso —recuerdo, levantando la cara—. Matthew se empeñó en cocinar un pavo para seis personas y tú dijiste que te habría dado igual cenar un sándwich. Creo que fue antes de que saltara el detector de humo.

—Llevaba catorce horas trabajando y había aceptado la invitación porque Matthew insistió.

—Y te obligué a participar en el amigo invisible.

—No, ese fue otro año. Cuando llegué, teníais dos calcetines colgados en una repisa. Al terminar de cenar había tres.

Recuerdo los dos calcetines rojos que compré en un mercadillo, uno con mi inicial y otro con la de Matthew.

Había ido llenándolos durante diciembre con chocolatinas, una colonia diminuta y pequeñas cosas que encontraba al salir del trabajo.

El tercero tarda más en aparecer. Tengo que pensar en mí entrando en el dormitorio, abriendo un cajón y sacando uno de los calcetines gruesos que utilizaba dentro de casa.

—Dios mío, te colgué un calcetín mío —digo, incorporándome de nuevo—. Le puse tu nombre en una etiqueta de equipaje porque no tenía otra cosa. Lo había olvidado por completo.

—Usaste un rotulador rosa y dibujaste una corona al lado —añade, observando cómo me tapo la cara con la mano.

—Era un árbol, Nathaniel. Una aportación navideña bastante reconocible, teniendo en cuenta que tuve que improvisarla mientras Matthew ponía la mesa.

—Acepté la corona sin pedir explicaciones. Te agradecería la misma consideración.