Otro maldito escocés Capítulo 20El protocolo posterior a un puñetazo
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Capítulo 20El protocolo posterior a un puñetazo

EL PROTOCOLO POSTERIOR A UN PUÑETAZO

«Nathaniel»

C ierro la puerta y dejo las llaves en la consola. Abril sigue junto a las bolsas, con el abrigo puesto y los ojos enrojecidos. Cuando me vuelvo, su mirada se detiene en mi boca. Se acerca y levanta la mano, pero la deja a unos centímetros de mi cara antes de decidirse a rozarme la barbilla.

—Siéntate. Voy a buscar hielo.

La sigo hasta la cocina y me quito el abrigo mientras abre el congelador.

Hace poco más de una hora estaba impaciente por llegar aquí.

Ahora la veo envolver unos cubitos en un paño y apenas consigo pensar más allá de la última frase de Matthew.

Solo nuestra amistad ha servido para frenar las ganas de partirle la cara. Eso, y saber que estaba roto.

Abril deja el hielo en la mesa y se vuelve hacia mí. Sigo de pie, con el abrigo en una mano. Me lo quita, lo cuelga en el respaldo de una silla y señala la de al lado.

—Siéntate, Nathaniel.

Lo hago. Ella se coloca delante y apoya el paño sobre mi labio. El frío me hace tensar la mandíbula. Afloja la presión enseguida, pendiente de mi cara.

Quiero acercarme, subir mis manos a ella, abrazarla, pero ella mantiene una actitud distante, neutral, muy lejana de la de hace unos minutos.

Ha entrado conmigo. Es el único hecho que debería importarme ahora, pero sigo recordando el nombre de Catriona en la pantalla. Me pregunto qué habría ocurrido si no hubiera llamado y me cabrea no conseguir quitarme la pregunta de encima.

Ella cambia de mano para sujetar el hielo. Tiene una marca roja en los dedos y se los frota contra el pantalón mientras me observa el labio.

—Dámelo —le digo, cubriendo el paño con la mano—. Se te están quedando helados.

Me lo entrega y pregunta dónde guardo el botiquín. Le indico el armario del baño. Cuando se marcha, bajo la cabeza y me quedo mirando las gotas que empiezan a caer sobre la mesa. He pasado años callándome y he encontrado el momento más inoportuno de todos para dejar de hacerlo.

Vuelve con el botiquín, se sienta frente a mí, saca una gasa, me pide que retire el paño y se inclina para limpiar la sangre seca junto a la comisura. Se concentra tanto que durante unos segundos puedo mirarla sin que se dé cuenta.

—Lo que he dicho ahí fuera… —empiezo.

—Podrías haberte apartado —murmura, observando la hinchazón—. Lo has visto venir.

—Sí.

Sus ojos suben hacia los míos. Espera una explicación, pero no tengo ninguna que vaya a gustarle. Matthew quería hacerme daño y durante un instante he considerado que podía concederle eso.

—No vuelvas a hacerlo —me pide—. No quiero tener que ver cómo te pega mientras tú decides que debes dejarlo.

Sus dedos se detienen contra mi barbilla. Después continúa, aunque tarda en levantar los ojos.

—Lo que he dicho ahí fuera es verdad —empiezo.

—No sé qué hacer con eso, Nathaniel.

—Quería explicártelo en el momento adecuado. Ya has tenido que enterarte de demasiadas cosas escuchando conversaciones que otros mantenían delante de ti.

Deja la gasa sobre su envoltorio y permanece sentada, con las manos juntas entre las rodillas. Espera. He visto esa atención muchas veces, casi siempre dirigida a otra persona. Tenerla ahora entera para mí me obliga a escoger las palabras con un cuidado que no he tenido en el pasillo.

—No sé cuándo empezó. Durante mucho tiempo me bastó con saber que debía tener cuidado contigo. Eras su pareja, os veía juntos y no había ninguna razón para plantearme qué haría si las cosas fueran distintas.

Abril baja los ojos un instante. Me gustaría saber qué está recordando, pero continúo antes de convertir también esto en una pregunta que deba responder.

—Me acostumbré a guardar ciertas distancias. Algunas veces fui bastante desagradable haciéndolo. Tú pensabas que no me caías bien y yo dejaba que lo pensaras porque me resultaba más cómodo que corregirte.

Me mira entonces. Tiene el ceño fruncido y una expresión que conozco de las ocasiones en que encuentra algo que no le encaja.

—Para mí no era especialmente cómodo.

—Lo sé.

Se entretiene doblando el envoltorio de la gasa. Yo dejo el hielo sobre la mesa. Podría explicarle que nunca pretendí hacerla sentir mal. Sería verdad y serviría de bastante poco después de haber admitido que sabía lo que estaba entendiendo.

—Cuando me ofreciste quedarme…

—Me marchaba a Madrid —respondo—. Tú necesitabas organizarte y yo tenía una habitación vacía. Podía ayudarte. Eso fue lo que te ofrecí.

Asiente despacio. No intento aprovechar el gesto para dar el asunto por resuelto.

—Después regresé y empezamos a convivir. Me gustaba encontrarte aquí, cenar contigo, escucharte hablar de los alumnos. Llegó un momento en que seguías buscando piso y yo ya no tenía ninguna gana de que encontraras uno.

—Podrías habérmelo dicho —murmura.

—Estabas recogiendo tus cosas de casa de Matthew. Volvías hecha polvo algunas tardes. Bastante tenías sin que yo te explicara cuánto me gustaba que después vinieras aquí.

Se le mueve la boca, pero tarda en responder. Acerca el botiquín y encuentra un tubo pequeño de pomada. Lo gira entre los dedos antes de abrirlo.

—Esta mañana pensaba que quizá te habías arrepentido de lo de anoche. Y ahora estoy intentando recordar todas las veces que hemos estado juntos durante estos años.

Me toca la barbilla para que levante un poco la cara. Obedezco y dejo que aplique la pomada en la parte exterior del labio.

—No hace falta que lo entiendas todo esta tarde —le digo cuando retira la mano—. Ni que encuentres algo que decirme porque yo haya decidido contártelo de esta manera.

Abril enrosca el tapón. Parece agotada de pronto. Mira hacia el salón, donde ha dejado los libros, y se frota la frente con el dorso de la mano.

—Me lo estaba pasando muy bien contigo.

La frase me alcanza de una forma absurda. Había esperado preguntas, quizá otra mención a Matthew. Me quedo mirándola mientras vuelve los ojos hacia mí.

—Yo también, Abril.

—Ya lo sé. —Se le escapa una sonrisa pequeña, cansada—. Esa parte había conseguido entenderla antes de que el ascensor se abriera.

Intento sonreír y el labio protesta. Ella me acerca otra vez el paño, con una expresión de advertencia que acepto sin discutir. Por unos segundos conseguimos estar aquí, en mi cocina, sin añadir nada a lo que acaba de ocurrir.

Después Abril baja la cabeza.

—Siento lo que ha ocurrido. Lo de Matthew.

Sé a qué se refiere. Dejo de mirar sus manos y espero hasta que levanta la cara.

—No tienes que sentirte responsable por lo que ha ocurrido.

La veo contener el aire y mirar hacia otro lado. Acerco la silla, despacio, hasta quedar frente a ella. Cuando le pongo una mano sobre el brazo, se inclina y apoya la frente en mi hombro.

La abrazo. Durante un momento mantiene las manos recogidas entre los dos, después una se cierra sobre mi jersey y noto que empieza a llorar. Me quedo quieto, con la mejilla contra su pelo.

Todavía quisiera tener una respuesta distinta. Pero Abril está llorando contra mi hombro después de escuchar a un hombre al que quiso utilizarla para herirme, y consigo dejar mis explicaciones donde deberían haberse quedado desde el principio.

Es medianoche y sigo despierto, tumbado boca arriba. El labio me molesta cada vez que cambio de postura y he acabado apartando la almohada para no rozarlo. Llevo un rato escuchando el silencio de la casa cuando el picaporte gira y vuelvo la cabeza.

Abril aparece en la puerta. La claridad del pasillo queda a su espalda mientras cierra y se acerca a la cama.

Me incorporo sobre un codo, pero ella levanta la sábana y se mete a mi lado antes de que llegue a preguntarle nada.

Tiene los pies fríos. Los recoge al rozarme y después se aproxima hasta apoyar la cabeza junto a mi hombro.

Levanto el brazo para hacerle sitio. Abril se acomoda contra mí, con una mano sobre mi pecho y la rodilla doblada junto a mi pierna.

Al rodearla descubro su espalda desnuda.

Tampoco encuentro ropa entre nuestros cuerpos cuando termina de acercarse, y durante unos segundos permanezco inmóvil, con la palma abierta sobre su piel.

La deseo. Llevo todo el día deseándola y tenerla así, después de haberme resignado a pasar la noche solo, me obliga a tomar aire despacio.

Podría volverme hacia ella. Me bastaría un movimiento para buscar su boca, pero Abril esconde la cara junto a mi cuello y suelta una respiración larga mientras se aferra un poco más a mí.

Le paso el brazo por debajo de los hombros y la abrazo. Con la otra mano recojo la sábana que ha quedado a la altura de nuestras caderas y la subo hasta cubrirle la espalda. Ella se mueve para dejarme hacerlo y después vuelve a acomodarse, esta vez con la mejilla sobre mi pecho.

Me quedo mirando el techo. Hace unas horas habría querido saber qué significaba que viniera, si seguía confundida, qué ha estado pensando desde que nos dimos las buenas noches.

Ahora noto cómo afloja los dedos sobre mi costado y consigo dejar esas preguntas para mañana.

El pelo le cae sobre la cara. Se lo aparto con cuidado y Abril vuelve un poco la cabeza, buscándome la mano antes de quedarse quieta. No abre los ojos. Mantengo los dedos junto a su nuca mientras me acostumbro a su peso y al calor que empieza a acumularse debajo de la sábana.

Tardo bastante más que ella en dejar de moverme. Cuando intento recolocar el hombro, su mano se cierra sobre mi pecho y espero hasta que vuelve a relajarse. La almohada está demasiado lejos para alcanzarla sin molestarla. La dejo donde está y apoyo la cabeza como puedo.

Abril acaba durmiéndose con una pierna entre las mías. Yo continúo despierto, abrazándola, hasta que dejo de escuchar los coches que pasan por la calle.