Capítulo 19Ocho plantas y un puñetazo
OCHO PLANTAS Y UN PUÑETAZO
«Abril»
D urante el trayecto de vuelta, Nathaniel mantiene las dos manos sobre el volante salvo cuando necesita cambiar de marcha.
Yo respeto sus instrucciones y permanezco en mi asiento, con el cinturón abrochado.
También hago un esfuerzo admirable por no contarle todo lo que pienso hacer cuando lleguemos a su cama.
Al cabo de una hora, considero que ambos merecemos algún reconocimiento institucional.
La contención nos dura hasta el ascensor.
Nathaniel deja las bolsas de la librería en el suelo y pulsa el botón de su planta. Las puertas se cierran. Cuando se vuelve hacia mí, estoy apoyada contra la pared de acero con los ojos fijos en su boca.
Nathaniel me besa antes de que el ascensor alcance la primera planta.
Me sujeta la nuca y me pega contra él con tanta fuerza que el aire abandona mis pulmones. Le rodeo el cuello con los brazos y Nathaniel me levanta del suelo hasta que solo las puntas de mis botas rozan la moqueta.
El ascensor continúa subiendo mientras nos devoramos contra una de las paredes. La barba me araña la barbilla, sus dientes encuentran el mismo punto sensible de mi labio y su lengua entra en mi boca con una urgencia que consigue que ocho plantas me parezcan una distancia ofensivamente corta.
Nathaniel abandona mi boca para besarme el cuello.
Echo la cabeza hacia atrás y me golpeo con el espejo y él coloca una mano detrás para protegerme.
El gesto considerado pierde parte de su inocencia cuando esa misma mano se hunde en mi pelo y me obliga a inclinar la cabeza para dejarle más acceso a mi boca.
—Espero que ahora tengas una idea más precisa de lo que quiero cuando te miro —murmura contra mis labios.
—Sí. Y empiezo a pensar que deberíamos habernos quedado en aquel hotel —admito, con los dedos todavía en su pelo.
Nathaniel se aparta un poco para mirarme.
—Me habría gustado oír eso antes de conducir una hora hasta aquí.
La risa se me corta cuando vuelve a besarme. Oigo el aviso del ascensor, pero no me aparto hasta que las puertas empiezan a abrirse. Nathaniel levanta la cabeza y se queda inmóvil, mirando hacia el rellano. Su mano sigue en mi nuca.
Me vuelvo para ver qué ocurre.
Matthew está sentado en el suelo, junto a la puerta del piso, con el teléfono entre las manos. Desde allí ha tenido que vernos en cuanto se ha abierto el ascensor. Bajo los brazos despacio mientras él nos mira, primero a mí y después a Nathaniel. Se pone en pie apoyándose en la pared.
Nathaniel recoge las bolsas y sale. Lo sigo, todavía demasiado sorprendida para decir nada.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Nathaniel. Su voz ha recuperado la frialdad habitual, aunque desplaza el cuerpo hasta quedar entre los dos.
—Te he llamado seis veces. Necesitaba hablar contigo.
Avanza hacia nosotros. Nathaniel deja las bolsas junto a la pared y se coloca ligeramente delante de mí.
—He ido a buscar a mi mejor amigo —continúa Matthew, mirándolo—. Y resulta que estaba aquí, besándose con…
Veo cómo echa el brazo hacia atrás con la mano formando un puño.
—Matthew, espera —empiezo a decir, pero no sirve de nada.
Nathaniel no se aparta ni levanta las manos. El puñetazo le vuelve la cara y le hace retroceder un paso.
Recupera el equilibrio sin quitarle los ojos de encima a Matthew. Tiene el labio abierto y una mancha de sangre en los dientes. Matthew vuelve a avanzar, pero se detiene cuando él da un paso a su encuentro.
—Solo te lo voy a permitir una vez —dice Nathaniel—. Y a ella déjala en paz. Si has venido a pedirme cuentas, estoy aquí.
—Hijo de puta. —Matthew respira deprisa y se frota los nudillos—. Puedes tener a la mujer que te dé la gana. ¡A la que quieras! ¿Por qué tenía que ser ella?
Aprieto el brazo de Nathaniel mientras Matthew lo mira esperando una respuesta.
—Treinta años de amistad, Nathaniel. Sabías que estaba intentando arreglarlo. Te lo he contado todo, joder. Todo. Te he pedido ayuda.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? Te he llamado para hablarte de ella. Te he contado que no dormía, que no sabía qué hacer para que me diera otra oportunidad. Y tú me escuchabas. ¿Qué pensabas mientras te lo contaba?
Nathaniel se pasa el pulgar por el labio y mira la sangre antes de bajar la mano.
—Que tenías que escucharla cuando te decía que no quería volver.
Matthew suelta una risa breve.
—Ya veo cuánto te interesaba que la dejara decidir.
—No le pedí que te dejara.
—Pero has aprovechado bastante bien que lo hiciera.
Me duele oírlos hablar así. Los he visto discutir antes, interrumpirse, enfadarse por cosas que al día siguiente parecían olvidadas. Siempre había una confianza debajo, incluso cuando se decían algo desagradable.
Matthew vuelve la cara hacia mí. Me cuesta sostenerle la mirada, pero no la aparto.
—¿Desde cuándo, Abril?
Abro la boca y me detengo. No sé qué fecha darle. El primer beso, anoche, esta mañana. Cualquiera de esas respuestas exige contarle algo que ni siquiera he terminado de entender yo.
—No te he estado engañando.
Matthew mira a Nathaniel antes de volver a mí.
—¿Os estáis acostando?
—No vamos a hablar de eso en el pasillo —interviene Nathaniel.
—¿Dónde prefieres? ¿Dentro? ¿Me siento en tu salón mientras me lo explicáis?
Su voz sube y Nathaniel mira hacia las otras puertas. Yo me llevo una mano a la frente.
—Matthew, por favor… —empiezo a decir.
—Tú sabías lo que era para mí —me interrumpe, dirigiéndose a Nathaniel—. Contéstame de una puta vez. ¿Por qué ella?
Nathaniel aprieta la mandíbula. Por un momento creo que va a negarse a responder otra vez, pero lo hace:
—Porque llevo años queriéndola precisamente a ella.
Me vuelvo hacia él. No me mira. Sigue pendiente de Matthew mientras yo repaso lo que acaba de decir, esperando encontrar un sentido distinto al que he entendido.
Matthew también se queda callado. Se le mueve la boca antes de que consiga hablar.
—¿Años? ¿Y seguías viniendo a mi casa? ¿Te sentabas a cenar con nosotros? —Da un paso atrás—. ¿En cinco años no has encontrado una forma de decirme que querías acostarte con mi novia?
—Me marchaba de allí sabiendo que estaba contigo. Nunca intenté cambiar eso.
—Hasta ahora.
Me tiemblan los labios y los aprieto. Nathaniel lleva años queriéndome. No sé dónde colocar eso mientras Matthew está delante, herido, y los dos se hablan de una manera que no les había oído nunca.
Esta tarde yo no venía a empezar una relación ni a decidir nada. Quería estar con Nathaniel y dejar de pensar por una vez en todo lo demás. Ahora no puedo dejar de pensar en nada.
Matthew se vuelve hacia mí. Me observa durante unos segundos y se pasa la mano por la boca antes de hablar.
—¿Necesitabas esto para vengarte? ¿Querías que estuviéramos igualados? —Mira a Nathaniel, pero enseguida vuelve a buscarme—. Vale. Lo acepto. Me lo merezco y ahora entiendo lo que duele, Abril. Lo entiendo de verdad. Vuelve conmigo, por favor.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
—No he hecho esto para vengarme de ti.
—Me da igual. No voy a preguntarte nada más. —Se acerca un poco—. Podemos irnos a casa y hablar allí. No hace falta resolverlo todo ahora.
—No quiero volver a casa contigo, Matthew —respondo—. Sé que te duele escucharlo, pero me costó mucho llegar a esa decisión. No la he tomado hoy.
Nathaniel aprieta la mandíbula.
—¿Cuántas veces te dije que ibas a perderla?
Solo la buscabas cuando se cansaba de buscarte.
Entonces sí tenías tiempo, se te ocurría una cena, recordabas cómo hacerla reír.
Yo la veía volver a acercarse a ti, convencida de que por fin habías entendido lo que llevaba meses pidiéndote.
Y en cuanto dejabas de tener miedo de perderla, ella tenía que empezar otra vez. Yo estaba allí, Matthew. Lo veía.
Me miro las manos. Recuerdo haberle disculpado siempre delante de Nathaniel. Buscaba excusas sonriendo, pendiente de su expresión, porque me avergonzaba que él presenciara esas cosas. Después me enfadaba conmigo por haberle dado otro motivo para pensar que era idiota.
Matthew suelta el aire por la nariz y vuelve hacia mí, con una expresión amarga.
—¿Ves? No era a ti a quien juzgaba. Era a mí. —Mira a Nathaniel—. Joder, ahora entiendo tantas cosas. Y tú, mientras tanto, esperando.
Nathaniel tarda en contestar. Cuando lo hace, su voz ha perdido fuerza, aunque sigue sosteniéndole la mirada.
—Esperando que hicieras caso alguna puta vez y dejaras de hacerle daño. Quería poder sentarme a cenar con vosotros sin acabar preguntándome cómo coño podías tenerla al lado y estar pendiente de otra mujer.
Matthew lo ignora. Se acerca un paso a mí.
—Lo siento, joder, lo siento. Ven conmigo. Vámonos y hablamos, Abril. Por favor.
Me mira unos segundos. Después baja la cabeza y se frota la boca con una mano.
—¿Crees que con él estarás mejor? —pregunta—.
¿Sabes cuántas cenas ha cancelado por trabajo?
¿Cuántos viajes ha alargado porque había algo que resolver?
Lleva años organizando su vida sin tener que contar con nadie.
Tú necesitas sentir que la persona con la que estás quiere estar contigo.
Lo sé, Abril. Me lo has dicho muchas veces.
Oírselo decir con tanta claridad me duele. Durante meses había salido de nuestras conversaciones pensando que no conseguía explicarme.
—Entonces lo entendías.
Matthew se detiene.
—Claro que lo entendía. Estoy intentando decirte que él también puede hacerte sentir sola.
—Y yo estoy intentando entender por qué ahora sabes explicar tan bien lo que necesitaba de ti.
Aparta la mirada hacia Nathaniel, pero él permanece callado. Esta vez Matthew tiene que responderme a mí.
—Porque te quiero —dice al fin—. Y no deseo que descubras dentro de unos meses que con él tampoco era lo que esperabas.
—No sé qué va a pasar con Nathaniel —respondo, cansada—. Pero no tengo que asegurarme de que él sea el hombre de mi vida para no volver contigo.
El teléfono empieza a sonar en el bolsillo de Matthew. Lo saca y baja los ojos hacia la pantalla. Estoy cerca y puedo leer el nombre de Catriona antes de que vuelva el móvil hacia él.
Cuántas veces habré esperado a que terminara una llamada de ella para continuar una conversación que después ya no parecía importante. Matthew pulsa el botón lateral y el sonido se corta.
—Corre, Matthew. Ella te espera —le digo.
—No voy a contestar.
Asiento despacio. Durante mucho tiempo habría agradecido ese gesto. Ahora me entristece pensar en lo poco que necesitaba para convencerme de que las cosas estaban mejorando.
—No tengo nada más que hablar contigo.
Nathaniel abre la puerta y se aparta para dejarme entrar. Me sigue, pero, antes de que cierre, Matthew habla desde el rellano.
—Cuando la tengas en tu cama y la oigas hacer ese ruido justo antes de correrse, acuérdate de que yo lo he oído durante cinco años. Fue mía mucho antes de que te dejara tocarla.
Me quedo inmóvil.
Nathaniel se vuelve. La puerta continúa abierta y yo solo veo su espalda cuando cruza de nuevo el umbral. Agarra a Matthew por la parte delantera del abrigo y lo empuja contra la pared. No lo golpea, aunque la tensión de su brazo deja claro que la decisión le está costando.
—El puñetazo te lo he permitido porque era contra mí. Esto ha sido contra ella. —Acerca la cara a la suya y baja todavía más la voz—. No vuelvas a utilizar lo que Abril te dio para humillarla. Ni conmigo ni con nadie.
Matthew lo mira sin responder. La rabia ya no consigue ocultar que entiende lo que acaba de hacer.
El teléfono empieza a sonar en el bolsillo de Matthew de nuevo y ninguno necesita mirarlo para saber quién es.
Nathaniel lo suelta, entra en casa y cierra la puerta, dejándolo al otro lado.