Otro maldito escocés Capítulo 18El desorden de mi nombre #3
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Capítulo 18El desorden de mi nombre #3

Me río, aunque el sonido se me rompe cuando su lengua recorre el punto situado bajo mi oreja. Nathaniel levanta la cabeza y compruebo que habla completamente en serio.

—Tu casa está a poco más de una hora.

—Ahora mismo me parece una eternidad.

Me succiona la piel del cuello y baja hasta el borde del jersey.

Echo la cabeza hacia atrás, chocando suavemente contra el techo, y Nathaniel aprovecha para besarme la garganta.

Su mano asciende por mi costado mientras la otra mantiene mis caderas quietas sobre él.

La combinación tiene algo perverso: me impide moverme y, al mismo tiempo, sigue besándome hasta que quedarme quieta se convierte en una tarea que exige más voluntad de la que poseo.

—Nathaniel —consigo decir, enredando los dedos en su pelo—. Quiero ir a casa.

Se detiene. Cuando levanta la mirada, tengo que aclarar lo que quiero decir antes de que interprete que he cambiado de idea.

—Quiero estar contigo en tu cama. Anoche entré sin saber qué iba a pasar y tú no sabías por qué estaba allí. Esta vez quiero cruzar esa puerta sabiendo exactamente a qué voy.

Nathaniel no se mueve. Sus manos continúan sobre mí y la tensión de sus muslos sigue encajada entre los míos, pero algo cambia en su cara. Me observa durante varios segundos, asimilando una respuesta que anoche no pude darle.

—Eso es lo mejor y lo peor que podías decirme ahora mismo.

Le acaricio la nuca, intentando imaginar cómo voy a sentarme frente a él en la próxima reunión y prestar atención a lo que diga Harriet.

—El lunes va a ser interesante —murmuro—. ¿Cómo se supone que voy a trabajar contigo después de esto?

Nathaniel me observa, con la mano todavía apoyada en mi muslo.

—Puedes empezar por no sentarte encima de mí durante las reuniones.

Se me escapa una risa y le doy un pequeño tirón del pelo.

—Estoy intentando plantear un posible conflicto laboral. Ahora eres mi jefe —murmuro—. ¿No tenemos algún problema ético y de abuso de poder con que me metas en tu cama?

Nathaniel tarda unos segundos en entender que hablo en serio solo a medias. Su mano sigue apoyada sobre mi muslo y el pulgar se mueve mientras me observa.

—No soy tu jefe, Abril. Harriet gestiona tu contrato, tu trabajo pertenece al proyecto y yo no puedo decidir si conservas el puesto ni cuánto cobras. Financiar algo no me concede autoridad sobre las personas que trabajan en ello.

Asiento con toda la gravedad que consigo reunir mientras continúo sentada sobre su erección.

—Pues es una lástima —admito, acercando la boca a la suya—. Pensar que eres mi jefe me pone bastante.

Nathaniel deja de acariciarme el muslo. Me mira durante un instante y comprendo el momento exacto en que decide revisar sus sólidos principios empresariales.

—Aunque, pensándolo bien, el dinero con el que te pagan sale de mí —rectifica, deslizando la mano hasta sujetarme la cadera—. Tu sueldo depende de que yo siga financiando el proyecto, así que podemos aceptar que soy tu jefe.

Me río contra sus labios.

—Qué curioso. En cuanto te conviene, resulta que sí tienes autoridad sobre mí.

—Procuro escuchar las aspiraciones de mi equipo —responde sin perder la seriedad—. Y acabas de expresar la tuya con bastante claridad.

Me besa antes de que pueda acusarlo de manipular el organigrama para acostarse conmigo.

Me sujeta la nuca y hunde la lengua en mi boca mientras la otra mano vuelve a moverme sobre él.

La presión me arranca un gemido que Nathaniel recibe entre los labios.

Cuando intento repetir el movimiento, me inmoviliza contra sus caderas y aparta la boca con un esfuerzo que se nota en su respiración.

—Ahora necesito que obedezcas a tu jefe y te sientes en tu sitio —dice, mirándome la boca—. Es la primera instrucción que te da y te conviene obedecerla si quieres que consiga llevarte hasta su cama.

—Lo estoy intentando.

—No, Abril. Estás frotándote contra mí mientras dices que lo estás intentando. Hay una diferencia importante.

Bajo los ojos. Tiene razón, lo cual me parecería más digno de consideración si su mano no continuara sobre mi culo. Dejo de moverme y Nathaniel abre los dedos, quizá al descubrir que tampoco puede exigir una conducta ejemplar desde esa posición.

Me ayuda a levantarme de su regazo y abre la puerta. Salgo primero, con las piernas inseguras y el jersey subido por un costado. Él permanece unos segundos sentado, los antebrazos apoyados sobre los muslos y la cabeza inclinada, tratando de recuperar la capacidad necesaria para conducir.

La situación debería ayudarme a serenarme. En cambio, contemplar a Nathaniel Grant respirando de ese modo porque acabo de frotarme sobre él amenaza con devolverme al coche por el mismo camino.

Se levanta al fin y procuro adoptar una expresión neutra. Me sale bastante peor de lo que esperaba.

—No hagas ningún comentario —le advierto, bajándome el jersey—. Acabo de salir de un coche por encima de un director ejecutivo erecto. Considero que el resultado ha sido bastante bueno.

Nathaniel recoge mi bolso del suelo y me lo entrega. La risa le dura mientras espera a que me siente en el lugar que me corresponde y cierra la puerta después.

Cuando ocupa el asiento del conductor, ajusta el abrigo detrás de la espalda y cierra la puerta.

Ninguno de los dos se mueve para abrocharse el cinturón.

Nathaniel deja las llaves junto a la consola y vuelve la cara hacia mí.

Su mirada baja a mi cuello, se detiene en el lugar donde me ha besado y termina otra vez en mi boca.

—Nathaniel…

—Abróchate el cinturón y no termines esa frase —murmura contra mi boca.

Obedezco y me besa antes de que pueda preguntarle cuál de todas cree que iba a decir.

Cuando arranca, tarda un momento en sacar el coche de la plaza. Mantiene las dos manos sobre el volante y los ojos cerrados, recuperando un control que me consta que no va a sobrevivir intacto a una hora conmigo sentada a su lado.