Capítulo 18El desorden de mi nombre #2
Nathaniel se inclina para meter las servilletas usadas en la bolsa y su rodilla presiona con más fuerza la mía. El contacto me recuerda sus piernas bajo las sábanas, su cuerpo desnudo, la expresión con la que me ha explicado en el coche todo lo que se quedó imaginando después.
Bebo agua para aliviarme la garganta y solo consigo ser más consciente de su mirada cuando apoyo la boca en la botella.
—El título de tu libro te pega —digo al dejarla junto a mis pies—. Tú también consigues alterar una palabra corriente con bastante eficacia.
Nathaniel apoya un brazo sobre el respaldo y se vuelve hacia mí. La postura abre su abrigo y deja su cuerpo orientado hacia el mío, tan cerca que podría apoyar la mano sobre su pecho sin necesidad de estirarla.
—¿Qué palabra?
—Mi nombre. —Intento sostenerle la mirada, pero termino bajándola hacia su boca—. Anoche lo dijiste de unas cuantas formas que no había oído antes.
Su expresión se endurece. Hasta hace un momento podía fingir que la tensión entre nosotros pertenecía en parte a mi imaginación, pero ahora veo cómo cierra la mano sobre el borde del banco y sé que he tocado el punto exacto donde guarda todo lo que lleva conteniendo desde que hemos salido de casa.
—Yo también quiero oírte decir el mío así —responde.
Se me olvida qué pretendía contestar. Nathaniel tiene los ojos fijos en mi boca y yo continúo mirando la suya, incapaz de encontrar una razón convincente para que sigan separadas.
El dorso de su mano roza mi mejilla cuando me aparta un mechón movido por el viento. Sus dedos llegan hasta mi cuello y se detienen allí, calientes contra la piel.
No sé quién se acerca primero. Solo sé que un segundo estoy respirando frente a él y al siguiente Nathaniel me agarra de la nuca y su boca cae sobre la mía con toda la fuerza que lleva horas negándose a utilizar.
El beso me empuja contra el respaldo. Su otra mano alcanza mi cintura antes de que pierda el equilibrio y tira de mí hasta pegarme a su cuerpo.
Le sujeto el jersey por debajo del abrigo, aferrándome a la lana mientras me besa con una voracidad que no se parece en nada a la contención de anoche.
Me abre la boca con la suya y su lengua entra a buscarme.
El contacto me arranca el aire y Nathaniel aprovecha el sonido que dejo escapar para besarme más hondo.
La barba me raspa la barbilla cuando cambia la inclinación de la cabeza.
Noto su aliento, el calor de su boca y la humedad de su lengua deslizándose contra la mía.
Me aprieta la nuca mientras me succiona el labio inferior y lo atrapa un instante entre los dientes.
El mordisco provoca un latigazo que me baja por el vientre.
Tiro de su jersey para acercarlo aunque ya tengo su pecho pegado al mío y una de sus piernas encajada entre las mías.
En mi vida me habían besado así.
Nathaniel no parece estar intentando seducirme ni demostrarme nada. Me besa con hambre, con la impaciencia de un hombre que lleva demasiado tiempo imaginando mi boca y acaba de perder cualquier interés por disimularlo.
Cada vez que creo que va a separarse, vuelve a tomarme el labio, hunde los dedos en mi pelo o me sujeta la mandíbula para encontrar otro ángulo.
Tiene algo feroz que nunca le había visto.
La idea de que este hombre pueda comerme viva me parece de pronto menos una exageración y más una posibilidad que mi cuerpo recibe con un entusiasmo alarmante.
Le rodeo el cuello con los brazos y me vuelvo más hacia él.
El movimiento hace crujir el banco, pero ninguno presta atención.
Nathaniel desliza la mano por mi espalda y me atrae hacia él hasta que casi pierdo el asiento.
Su boca abandona la mía para recorrerme la mandíbula.
Me besa debajo de la oreja y noto los dientes sobre la piel antes de que cierre los labios y succione.
—Nathaniel —jadeo, sin saber si quiero frenarlo o conseguir que lo haga otra vez.
Se queda inmóvil con la boca contra mi cuello. El aire le entra deprisa y su mano continúa cerrada sobre mi cintura. Cuando levanta la cabeza, sus ojos tienen una oscuridad que me seca la boca.
—Así —murmura—. Exactamente así quería oírlo.
Vuelve a besarme antes de que pueda avergonzarme.
Esta vez soy yo quien le muerde el labio y Nathaniel suelta un sonido grave que siento contra la boca.
Me agarra con más fuerza. El banco, el parque y los bocadillos se convierten en inconvenientes remotos mientras su lengua vuelve a rozar la mía y la mano que tengo sobre su pecho nota los golpes rápidos del corazón bajo el jersey.
Las voces de una pareja que se acerca por el camino consiguen atravesar por fin el ruido que tengo en la cabeza.
Nathaniel se separa apenas unos centímetros.
Los dos respiramos por la boca y yo sigo sujetándolo por el abrigo, con la firme sospecha de que las piernas no van a mostrar ninguna disposición a sostenerme si intento levantarme.
Él mira hacia el camino y después vuelve a mí. Tiene los labios húmedos, el inferior enrojecido donde lo he mordido y una expresión que vuelve ridículo cualquier intento de retomar el almuerzo. Su pulgar me acaricia una vez la piel sensible bajo la oreja.
—Dime que quieres irte —dice en voz baja—. Porque si vuelvo a besarte aquí, no voy a acordarme otra vez de dónde estamos.
No necesito tiempo para ordenar la cabeza. A estas alturas, la pobre lleva un rato apartada de toda función ejecutiva.
—Quiero irme contigo.
Nathaniel me sostiene la mirada durante un segundo y toma la decisión por los dos. Se levanta, tira todo en la papelera situada junto al camino y regresa por nuestros libros.
Cuando me pongo en pie, me coge de la mano, entrelaza los dedos con los míos y empieza a andar hacia el coche.
Tengo que acelerar para seguir su paso. Nathaniel no vuelve a mirar atrás, aunque aprieta mi mano cada pocos metros y lleva la mandíbula tan tensa que no necesito preguntarle qué pretende hacer cuando encontremos un lugar donde pueda cerrar una puerta.
Yo tampoco consigo pensar en otra cosa.
El coche está en un aparcamiento cubierto a unos diez minutos del parque. Durante el trayecto Nathaniel no afloja el paso y yo sigo sujeta a su mano, pendiente del pulgar que me acaricia los nudillos.
Nathaniel abre el maletero y guarda las bolsas de la librería.
Yo conservo el bolso contra el pecho mientras él acomoda todo para que no se mueva.
Me enternece que se preocupe por una novela de segunda mano en un momento en el que lleva diez minutos caminando con la mandíbula apretada y la mano cerrada alrededor de la mía.
Cuando baja el portón, me encuentra detrás. Nos quedamos frente a frente, separados por una distancia absurda después de lo ocurrido en el parque. Nathaniel mira mi boca. Me paso la lengua por el punto donde todavía me escuece el mordisco y sus ojos siguen el movimiento.
—Me has dejado una marca —murmuro, tocándome el labio.
Acerca el pulgar y lo pasa por la zona enrojecida. La caricia es cuidadosa.
—Te he oído decir mi nombre y he perdido un poco la perspectiva.
Debería alegrarme de que solo haya sido un poco.
En lugar de decirlo, le sujeto la muñeca y giro la cara para besarle el pulgar.
Nathaniel toma aire y se queda mirándome, con los dedos apoyados bajo mi mandíbula.
Rozo otra vez su piel con los labios. Esta vez me levanta la barbilla y vuelve a besarme.
Nathaniel me empuja contra el coche y cubre mi cuerpo con el suyo. El bolso se me cae al suelo y le meto las manos por debajo del abrigo y Nathaniel aprieta las caderas contra las mías. Noto su erección a través de los pantalones.
El contacto me corta la respiración y él aprovecha para introducir la lengua en mi boca, lamer la mía y succionar después mi labio hasta que vuelvo a pronunciar su nombre.
Separa la boca con un esfuerzo visible. Me mira, respira una vez y abre la puerta del acompañante a mi espalda.
Creo que pretende ayudarme a entrar, pero vuelve a besarme y es él quien acaba retrocediendo hasta sentarse en el asiento.
Me atrae entre sus piernas y yo subo una rodilla sin decidirlo del todo.
Cuando quiero entender cómo hemos llegado hasta ahí, estoy a horcajadas sobre su regazo, con la puerta todavía abierta y sus manos debajo de mi abrigo.
Nathaniel alarga un brazo y la cierra.
El golpe amortiguado nos deja aislados dentro del coche.
Me agarro a sus hombros y vuelvo a besarlo, inclinada sobre él.
El espacio resulta incómodo, pero su cuerpo debajo del mío compensa cualquier dificultad arquitectónica.
Nathaniel me sujeta por detrás de los muslos y me acerca.
Su erección queda encajada entre mis piernas, presionándome el sexo.
Se me escapa un gemido. Él lo recibe dentro de su boca y mueve mi pelvis una sola vez sobre la suya. La presión atraviesa los pantalones, la ropa interior y los restos de sensatez con los que he llegado hasta el aparcamiento.
Vuelvo a rozarme contra él buscando la misma sensación y Nathaniel deja caer la cabeza contra el reposacabezas. Tiene los ojos cerrados y las manos clavadas en mis muslos.
—Joder.
Lo beso en la mandíbula. La barba me raspa los labios mientras avanzo hacia su cuello y noto cómo traga cuando muevo otra vez las caderas.
Nathaniel me detiene, sujetándome con ambas manos.
Durante unos segundos permanece inmóvil debajo de mí, respirando por la boca, y yo tengo que resistir el impulso de comprobar cuánto control le queda.
—No pienso follarte en un coche, Abril —dice al abrir los ojos—. No soy un adolescente con dos neuronas y esto es un aparcamiento público.
—Vale.
La facilidad con la que acepto parece irritarlo. Mira mi boca, baja los ojos hacia el lugar donde sigo sentada sobre él y vuelve a mi cara. Después desliza una mano por mi espalda y me atrae para besarme el cuello.
—Puedo buscar un hotel aquí mismo —murmura contra mi piel—. Habrá una habitación a menos de diez minutos.