Otro maldito escocés Capítulo 18El desorden de mi nombre
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Capítulo 18El desorden de mi nombre

EL DESORDEN DE MI NOMbrE

«Abril»

V oltaire & Rousseau ocupa un local estrecho en Otago Lane y contiene bastantes más libros de los que la arquitectura parece dispuesta a admitir.

Hay ejemplares apilados desde el suelo, estanterías que se inclinan bajo el peso y pasillos por los que Nathaniel solo puede avanzar ligeramente de lado. A los cinco minutos de entrar ya he tenido que apartarme dos veces para dejar pasar a alguien y las dos veces he acabado pegada a él.

—El mío tiene que estar en español —le explico, deteniéndome frente a los primeros títulos—. Tú puedes elegir una traducción al inglés, pero de un autor hispanohablante. Y cuando lo elijas, mantenlo cerrado hasta que hayamos pagado.

—He entendido las instrucciones en el desayuno. Me sorprende que sigas preocupándote por mi capacidad para cumplirlas.

Lo miro. Tiene el abrigo abierto y una mano en el bolsillo del pantalón, y me observa con una expresión que habría interpretado de otra manera ayer por la mañana. Ahora sé que puede estar pensando algo bastante distinto de lo que deja ver. Saberlo resulta poco práctico cuando necesito concentrarme.

—Es deformación profesional —respondo—. Normalmente, después de explicarlo tres veces, alguien pregunta si el libro puede estar en inglés.

Nathaniel sonríe y se acerca a una estantería contigua.

Yo empiezo a recorrer los lomos con la mirada.

Encuentro autores que conozco, una novela que tengo en Madrid y otra que presté hace años sin volver a verla.

Durante unos minutos consigo interesarme de verdad.

Saco un volumen, estudio la cubierta y estoy a punto de darle la vuelta cuando recuerdo mis propias condiciones.

Nathaniel busca a mi lado. Coge uno y lo sostiene con la contracubierta vuelta hacia su pecho, respetando nuestro acuerdo de ocultar la elección hasta después de pagar.

Lo veo considerar otro, devolverlo y quedarse con el primero. Esa facilidad para decidir debería alegrarme. En cambio, me molesta un poco que vaya ganando en una actividad donde yo soy la única profesional.

—Puedes ir mirando otras cosas —le digo al levantarme—. Tengo que encontrar uno del que no sepa nada y, de momento, mi mayor logro ha sido descubrir dos que presté y nunca me devolvieron.

—Voy a quedarme. Tienes una expresión bastante parecida a la de alguien que está pensando en cambiar las reglas y me gustaría estar presente para controlar que no lo hagas.

Lo miro con una sonrisa que se me queda a medias cuando alguien pide paso detrás de nosotros.

Una mujer lleva varios volúmenes contra el pecho y espera para llegar a la estantería del fondo.

Nathaniel retrocede hacia un hueco y yo me vuelvo de lado, pero sigo estorbando.

Acabo frente a él, con la mano apoyada sobre su jersey para no cargarle todo mi peso al retirar el pie.

Él me sostiene por la espalda, bajo el abrigo abierto. La palma queda entre mis omóplatos y desciende mientras la mujer pasa, despacio porque tampoco tiene demasiado margen. Le doy las gracias por una razón que no sabría explicar y Nathaniel baja la mirada hacia mí.

La mujer ya está detrás de nosotros cuando sus dedos alcanzan mi cintura.

Podemos separarnos. Lo sé porque veo el espacio libre junto a su brazo, aunque sigo pendiente de la mano que mantiene sobre mi espalda.

El pulgar se mueve sobre el jersey y yo aflojo los dedos apoyados en su pecho, sin retirarlos.

Nathaniel mira mi boca. A esta distancia me cuesta recordar que durante años he podido saludarlo con dos besos y seguir pensando en cualquier otra cosa.

—Ya ha pasado —murmuro.

—La he visto —responde, sin apartar los ojos de mí.

Bajo la mano por su pecho antes de soltarlo. Él me deja moverme, pero sus dedos permanecen en mi cintura hasta que doy el paso que nos separa.

Vuelvo hacia las estanterías con una atención que ningún libro ha recibido de mí en toda la mañana. Muy bien.

Saco un volumen de Pilar Pedraza. La fase del rubí .

Conozco a la autora, pero el título no me trae ningún argumento a la memoria.

Estudio la cubierta y vuelvo a leer esas cuatro palabras.

Lo que me intriga es «fase». Si se llamara El rubí , esperaría una joya robada, una herencia o una familia dispuesta a matarse por ambas cosas.

Una fase implica que algo está cambiando.

Empiezo a darle la vuelta y me detengo a mitad del movimiento.

Nathaniel suelta una risa baja.

—No he leído nada —le advierto, devolviendo la portada a su posición—. Es un gesto automático. Tú también habrás hecho alguna cosa sin pensar.

—Últimamente procuro pensar bastante antes de hacerlas.

Me lo dice mirándome. Bajo los ojos hacia el libro y decido que me lo llevo. Tengo suficientes incógnitas para una sola mañana.

Pagamos manteniendo las elecciones ocultas y salimos con una bolsa cada uno. Me detengo junto a la fachada para sacar el mío. Nathaniel se coloca a mi lado y se inclina para leer el título.

—No conozco este —le explico—. Me ha llamado la atención lo de «fase». Me hace pensar en una transformación, aunque probablemente el lunes tenga que reconocer delante de mis alumnos que me he inventado una historia sin ninguna relación con la verdadera.

—Eso era lo que les habías pedido. Tendrás que permitirte equivocarte también.

Me gusta que recuerde el propósito del ejercicio mientras yo estoy ocupada intentando resolverlo con brillantez. Le concedo un asentimiento y guardo el libro antes de pedirle que enseñe el suyo.

Nathaniel saca El desorden de tu nombre , de Juan José Millás.

Lo reconozco enseguida. Miro la cubierta, después a él, y debo de dejar ver demasiado porque levanta ligeramente las cejas.

—No era el que esperabas.

—Te imaginaba eligiendo otra cosa —admito—. Algo menos… No sé. Ese título me parece íntimo.

Nathaniel vuelve a mirarlo. Su pulgar descansa junto al borde de la cubierta mientras considera la respuesta.

—Me ha interesado que un nombre pueda provocar desorden. Quiero saber qué tiene que ocurrir para que deje de ser una palabra corriente.

Lo miro sin contestar. Él guarda el libro y recoge las asas de la bolsa, perfectamente tranquilo, mientras yo recuerdo unas cuantas ocasiones recientes en las que oír mi nombre en su boca me ha impedido continuar con lo que estaba haciendo.

—Buena elección —consigo decir.

—Gracias. Ha sido más sencillo decidirme antes de someterlo a tu valoración.

Me río y él sonríe al verme. Cuando empezamos a caminar, nuestros brazos se rozan.

Él adapta el paso al mío y sigue caminando a mi lado.

Él adapta el paso al mío. Los dos libros siguen cerrados en sus bolsas y yo estoy deseando sentarme con él a descubrir qué hemos elegido.Encontramos una tienda cerca de Kelvinbridge que vende bocadillos calientes y Nathaniel acepta mi propuesta sin hacer ningún comentario sobre la incompatibilidad entre su cuenta bancaria y comer con las manos.

Compra también dos botellas de agua y recoge la bolsa de la comida. Antes de que me aparte del mostrador, coge también la de mi libro que llevo en la mano y se dirige hacia la puerta.

Cruzamos hacia el parque y seguimos uno de los caminos secundarios hasta encontrar un banco apartado. No estamos solos, aunque la gente pasa lejos, al otro lado de una hilera de árboles.

Nathaniel comprueba que la madera no esté húmeda antes de sentarse y deja espacio para las bolsas entre los dos.

Cinco minutos después, las bolsas han acabado en el suelo, nuestros abrigos se tocan y su muslo lleva demasiado tiempo apoyado contra el mío para que ninguno de los dos pueda seguir atribuyéndolo al tamaño del banco.

El bocadillo está buenísimo y tiene la firme determinación de deshacerse sobre mi ropa. Intento contener el relleno con el papel mientras Nathaniel come el suyo sin perder una sola rodaja de tomate. Hasta en esto conserva una competencia irritante.

—Te estás riendo —observa después de tragar.

—Estoy intentando reconciliar esto con la imagen que tenía de ti. Te imaginaba comiendo los sábados en sitios donde alguien se lleva las migas con una herramienta específica.

Nathaniel mira su bocadillo y vuelve hacia mí.

—También como cuando esas personas libran. Aunque agradezco tu preocupación por mi autonomía.

Me río y doy otro mordisco que hace que se me deshaga más. El queso está caliente y tengo que esperar antes de contestar. Él abre una botella y la deja entre nosotros, a mi alcance.

—No hace falta que lo conviertas en una competición, Abril —comenta, después de verme perseguir un hilo de queso con el dedo—. Sobre todo porque eres la única que está participando.

—Lo dices porque vas ganando. En cuanto una cebolla alcance tus pantalones, revisaremos las normas.

Nathaniel baja los ojos hacia mi mano. Tengo el pulgar manchado y, antes de que encuentre una servilleta, me sujeta la muñeca y acerca mi mano a la suya. Retira con el papel el resto de salsa, despacio, pendiente de cada dedo.

Podría hacerlo yo.

Los dos lo sabemos y, aun así, permanezco quieta mientras sus dedos me rodean la muñeca y su pulgar descansa sobre el lugar donde me late el pulso.

Cuando termina, no me suelta enseguida. Levanta la mirada y encuentra la mía detenida en sus manos. Lo razonable sería darle las gracias y recuperar el bocadillo. En lugar de eso, vuelvo la palma y rozo con los dedos el interior de su muñeca, junto al reloj.

Le rozo la muñeca con el pulgar y me detengo al darme cuenta de que llevo un rato acariciándolo mientras él me mira.

Hasta ayer habría necesitado una explicación para tocarle el brazo.

Hoy parece que basta con que lo tenga cerca.

Estoy adaptándome a las nuevas circunstancias con una rapidez que habría agradecido en otros momentos de mi vida.

El parque continúa alrededor con una normalidad ofensiva: unas ramas agitadas por el viento, un ciclista que cruza el camino lejano y dos personas adultas sentadas en un banco, fingiendo que el almuerzo conserva alguna posibilidad.