Capítulo 17No mires al conductor #2
Cuando miro otra vez, está comprobando el retrovisor y tiene el pulgar apoyado en la costura del volante.
Anoche fui capaz de acercarme a él sin saber qué iba a ocurrir. Hoy necesito preparar una frase para decirle cualquier cosa. La luz del día debe de tener alguna propiedad humillante que todavía no se ha estudiado.
—Tienes las manos muy grandes.
Cierro la boca. Nathaniel tarda un segundo en reaccionar. Después suelta una risa que me hace girarme hacia él.
—Estoy intentando hablar de algo —admito.
—Lo estoy viendo.
—Nos enseñamos los libros después de pagarlos —propongo—. Quiero saber qué eliges cuando no tienes a una profesora de literatura mirando por encima de tu hombro.
Me dedica una mirada breve.
—¿Siempre eres así de discreta cuando evalúas a alguien?
—Podría fingir que solo tengo curiosidad.
—Tienes curiosidad. Lo que no sé es por qué necesitas disculparte por ella.
Me quedo mirándolo. Había preparado una respuesta para una burla y ahora tengo que encontrar otra.
—Porque últimamente tengo bastante —admito—. Sobre ti.
La expresión le cambia apenas. Vuelve los ojos hacia la carretera y desliza una mano por el volante.
—Puedes preguntarme lo que quieras, Abril.
—No sabía que estabas dispuesto a responder preguntas.
—Depende de cuánto tardes en hacerme la que de verdad te interesa.
Lo miro mientras comprueba el espejo, cambia de carril para adelantar y vuelve a apoyar ambas manos en el volante.
Tendría que estar pensando en qué portada me gustaría encontrar, pero sigo pendiente de él, de la manga del jersey y de la curva de su boca cuando nota que lo observo.
Nathaniel acaba soltando una risa por la nariz.
—Puedes decirlo, Abril. Llevas un rato a punto de hablar.
Me froto la frente, sorprendida de que se me note tanto.
—Estoy intentando comportarme con normalidad y creo que lo estoy haciendo peor que si no me esforzara.
Su sonrisa desaparece despacio. Durante unos segundos mantiene la atención en un coche que circula delante de nosotros, y agradezco que me dé ese margen antes de contestar.
—No necesito que te comportes de ninguna manera especial conmigo.
—Ya, pero esta mañana no sabía ni cómo darte los buenos días. —Miro nuestras manos, las suyas en el volante y las mías ocupadas en alisar una arruga del pantalón—. No quería parecer distante. Tampoco sabía qué confianza podía tomarme.
Nathaniel me mira brevemente antes de volver al frente.
—Esta mañana me habría gustado que te quedaras un rato más. Puedes empezar por ahí.
Dejo de tocar la arruga. Recuerdo su brazo sobre mi cintura, el cuidado con el que lo aparté y mi convencimiento de que salir de la habitación antes de que despertara iba a facilitarme las cosas. Una decisión excelente, a juzgar por la cantidad de tiempo que llevo pensando en ella.
—Creía que dormías. Y necesitaba unos minutos para ordenar la cabeza.
Nathaniel sigue pendiente de la carretera y agradezco poder preguntárselo sin tener que sostenerle la mirada.
—¿Te gustó? —murmuro—. Lo de anoche.
Me mira brevemente. Su expresión cambia al verme esperar y vuelve los ojos al frente antes de responder.
—Esta mañana, cuando has entrado en la cocina, he tenido que esperar a que hablaras para saber si ibas a hacer como si no hubiera pasado.
Recuerdo la taza que me ha acercado, el cuidado con que la he cogido para evitar rozarle los dedos. Yo estaba intentando que no se me notara demasiado. A saber qué ha entendido él.
—No sabía cómo mirarte —admito—. Me daba vergüenza que se me viera en la cara todo lo que estaba pensando.
Nathaniel desliza el pulgar por el volante. Durante unos segundos parece considerar algo que al final decide decir.
—Pues yo estaba deseando que volvieras a mirarme como anoche.
—Eso podrías habérmelo dicho en la cocina.
—Estabas evitando mirarme, Abril. He preferido empezar por ofrecerte café.
Se me escapa una risa y él sonríe al oírla. Apoyo la cabeza en el respaldo, vuelta hacia su perfil. Esta vez, cuando comprueba si sigo observándolo, me encuentra exactamente donde quería.
—No me has respondido —insisto.
Se le mueve una comisura, pero la sonrisa desaparece cuando ve que espero de verdad una respuesta.
—Me corrí en tu mano, Abril.
—Ya lo sé.
—Entonces tendrás que explicarme qué parte te ha dejado dudas.
Tiene razón, lo cual resulta especialmente irritante porque yo había previsto una respuesta que me permitiera conservar algo de misterio. Un «sí, me gustó» habría servido.
Pero Nathaniel ha decidido ceñirse a los hechos y ahora me toca explicarle que puedo atreverme a hacer ciertas cosas por la noche y necesitar que me tranquilicen a la mañana siguiente. Una combinación estupenda para parecer una mujer segura de sí misma.
—La parte en la que esta mañana durante el desayuno vuelves a hablarme con la misma cara con la que revisas un presupuesto —respondo—. Cuesta saber si estás satisfecho o has encontrado un error en la tercera página. Contigo es difícil acertar.
Nathaniel permanece unos segundos en silencio. Cuando vuelve a hablar, lo hace con menos ironía.
—También llevo años dándote motivos para equivocarte. Pero anoche estuve bastante menos pendiente de disimular.
Lo miro de perfil y noto que empiezo a sonreír. Él lo advierte al volver brevemente los ojos hacia mí.
—¿Me estás diciendo que normalmente te esfuerzas por resultar tan difícil?
—Te estoy diciendo que me gustó estar contigo. Procura concederme esa frase antes de empezar a discutir la siguiente.
Me río y bajo la cabeza.
—Quizá quería saber qué pensaste después.
Nathaniel comprueba el retrovisor y adelanta antes de responder. Cuando regresa al carril, mantiene la vista al frente.
—Después me tumbé a tu lado intentando no pensar en todo lo que quería hacerte y no iba a hacer porque todavía no sabía por qué estabas allí.
Se me tensan los dedos sobre el bolso.
—¿Y ahora lo sabes?
—Sé que has rechazado pasar el día con él y has aceptado venir conmigo. De momento, me sirve.
Su pulgar se desplaza despacio por el volante. La carretera sigue ocupando toda su atención, aunque noto el cambio en su mandíbula antes de que vuelva a hablar.
—También sé que llevo toda la mañana imaginando cómo vas a sonar cuando seas tú quien se corra conmigo. —Me mira un instante—. Y no estoy pensando en usar solo la mano.
Me vuelvo hacia el parabrisas. El cinturón empieza a parecerme innecesariamente ceñido y todavía nos quedan más de treinta minutos hasta Glasgow.
—Vale —murmuro—. Gracias por la aclaración.
Nathaniel sonríe sin apartar los ojos de la carretera.
—He creído que eso aclaraba tus dudas más que un simple sí.
Las ha resuelto, desde luego. Ahora tengo otras, pero empiezo a comprender que debería seleccionar mejor las preguntas que hago dentro de un vehículo en el que no puedo esconderme.
Nathaniel comprueba el retrovisor y continúa conduciendo tan tranquilo, mientras yo intento recordar qué clase de libro necesito y para qué asignatura. Español. Doy Español. Llevo seis años.