Otro maldito escocés Capítulo 17No mires al conductor
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Capítulo 17No mires al conductor

NO MIRES AL CONDUCTOR

«Abril»

C uando entro en la cocina, Nathaniel está sirviendo café.

Me detengo junto a la mesa mientras él deja la cafetera y se vuelve hacia mí.

Lleva una camiseta azul oscura y tiene el pelo húmedo.

Me mira primero a la cara, después sus ojos bajan un instante hasta mis piernas antes de regresar a los míos.

—Buenos días —dice, acercándome una taza.

La recojo por el asa, pendiente de sus dedos, aunque ni siquiera llegamos a rozarnos. Esta mañana me he despertado con su brazo alrededor de la cintura y he conseguido salir de la cama sin averiguar si estaba despierto.

Ahora me gustaría saberlo.

También me gustaría que dejara de mirarme mientras intento decidir dónde sentarme.

—Buenos días. ¿Llevas mucho levantado?

—Un rato. Hay tostadas.

Señala el plato y me siento. Él ocupa el taburete de enfrente, lo que me permite respirar con algo más de normalidad hasta que descubro que desde ahí tengo su boca justo delante. Bebo café demasiado pronto y me quemo la lengua.

Nathaniel alarga la mano hacia la jarra de leche.

—Está caliente.

Asiento, incapaz de contestar sin empeorarlo. Su mirada se queda en mis labios cuando los separo para tomar aire. Esta vez tarda en apartarla y vuelve a dejar la jarra sobre la mesa sin haberse servido.

Busco el cuchillo junto al plato. Anoche me resultó mucho más fácil acercarme a él que pedirle ahora la mantequilla.

—¿Has dormido bien? —pregunta.

—Sí. Al final sí.

Levanto los ojos al responder y lo encuentro mirándome.

Tiene el pulgar apoyado en el asa de la taza y una expresión que me hace recordar el peso de su mano sobre mi camiseta.

Me pregunto si podría levantarme, rodear la mesa y besarlo.

Lo peor es que no sé qué me asusta más, que se sorprenda o que me haga sitio entre sus rodillas con absoluta naturalidad.

El teléfono empieza a vibrar junto a mi plato.

Matthew.

Nathaniel ve el nombre antes de que yo alcance el móvil. Se recuesta en el respaldo y recoge su café mientras acepto la llamada.

—Buenos días —saluda Matthew—. ¿Te he despertado?

—No. Estoy desayunando.

Mi voz suena extraña. Me aclaro la garganta y miro hacia la ventana, pero sigo viendo a Nathaniel por el rabillo del ojo.

—Quería saber si podemos comer juntos —propone Matthew—. Después de lo que te conté anoche, quizá te venga bien encontrar alternativas al piso de Nathaniel.

Extiendo mantequilla sobre la tostada. Tengo delante al hombre que anoche me explicó qué pretendía Matthew con aquel mensaje y, durante un instante, me tienta ahorrarme rodeos. ¿De verdad Matthew creía que Nathaniel no iba a abrir la boca? ¿Tan desesperado está?

—Estoy bien aquí, Matthew.

—Ya, pero entiendo que ahora te resulte incómodo. Si necesitas volver unos días, podemos organizarnos. No tendría por qué significar nada más.

Nathaniel levanta la mirada. Tiene la taza entre las manos y espera, sin intentar averiguar qué está diciéndome su amigo. Esta mañana he salido de su cama y Matthew sigue tratando de convencerme de que estorbo en su casa.

—No necesito volver. Y Nathaniel puede hablar conmigo si hay algo que le molesta.

—Te dije que no quería hacerte sentir mal. No lo pongas en el compromiso de tener que explicártelo.

Aprieto el cuchillo contra el pan hasta partir una esquina. Podría contarle que ya hemos hablado. Darle el gusto de preguntarme cuándo, dónde y qué me ha dicho exactamente Nathaniel, hasta que el problema vuelva a ser todo lo que hago yo.

—Entonces deja que decida él qué quiere explicarme —respondo—. Y hoy no puedo quedar. Tengo que ir a Glasgow por una cosa del colegio.

—Podría acompañarte.

Miro a Nathaniel sin querer. Él baja los ojos hacia su taza.

—Prefiero ir por mi cuenta.

Matthew intenta proponer otra hora. Lo escucho mientras recojo con el dedo la esquina rota de la tostada y repito que hoy no. Cuando terminamos de hablar, dejo el móvil boca abajo y me encuentro con el silencio de la cocina.

—No le has dicho que sabes que es mentira —observa Nathaniel.

—Le he dicho que no voy a ir con él. Es lo que necesitaba saber.

—Abril.

Dejo el cuchillo sobre el plato. La manera en que pronuncia mi nombre me obliga a mirarlo.

—No quería que te llamara para pedirte cuentas por habérmelo contado.

Nathaniel permanece unos segundos con los ojos fijos en mí.

—No tienes que preocuparte por eso.

—Ya. Pero me preocupo.

Nathaniel se pasa el pulgar por el labio inferior. Sigo el movimiento y, cuando levanto los ojos, sé que me ha visto.

—¿Qué necesitas en Glasgow? —pregunta.

Tardo un segundo en recordar que he sido yo quien ha mencionado Glasgow.

—Un libro en castellano. Recuerdo haber encontrado algunos en Voltaire & Rousseau, una librería de segunda mano. Quiero probar allí.

—¿Buscas alguno en particular?

—Ese es el problema. No puedo saber cuál quiero antes de verlo. Les he pedido a los alumnos que lleven un libro elegido únicamente por la portada y el título. Sin leer la sinopsis, sin buscar reseñas y sin preguntarle a nadie de qué va.

Nathaniel apoya el antebrazo sobre la mesa.

—¿Y después?

—Tienen que explicar qué creen que van a encontrarse.

El género, la historia, a quién imaginan dentro.

Luego leeremos las sinopsis y veremos cuánto nos han condicionado la cubierta y el título.

—Parto la tostada por la mitad—. Me pareció una idea estupenda hasta que Sophie preguntó qué libro iba a llevar yo.

—Y te comprometiste.

—Delante de diecisiete testigos. Además, me han prohibido elegir uno que ya conozca. Son bastante escrupulosos cuando las instrucciones me afectan a mí.

Sonríe mientras termina el café. Yo recupero el móvil para mirar los trenes, pero apenas he desbloqueado la pantalla cuando vuelve a hablar.

—Te llevo.

Levanto la cabeza. Nathaniel sigue sentado, con la taza vacía entre las manos.

—Pensaba coger el tren.

—Pues cambia de planes.

Dejo el teléfono sobre la mesa. Hace unos minutos he rechazado pasar el día con Matthew porque me agobiaba imaginar las conversaciones que iban a surgir. Con Nathaniel ya estoy pensando que me gustaría verlo elegir un libro.

—También tendrías que hacerlo —le advierto—. Si vienes, participas.

—¿Con las mismas condiciones?

—Exactamente. Nada de darle la vuelta para leer la contraportada cuando creas que no te estoy mirando.

Nathaniel baja la vista hacia mi desayuno y después consulta el reloj.

—¿Cuánto tardas en estar lista?

—Media hora. ¿No tienes nada que hacer hoy?

—Tengo cosas que pueden esperar.

Vuelvo a coger la tostada. Me he quedado con una sonrisa que no sé disimular y él la está viendo perfectamente.

—Puedo tardar bastante en encontrar un libro que no conozca.

—Te concedo el día entero.

He tardado cuarenta minutos en vestirme, diez de los cuales he dedicado a cambiarme unos pantalones que estaban perfectamente bien.

Nathaniel no comenta el retraso cuando aparezco en el salón.

Deja el teléfono, me mira de arriba abajo y se levanta para coger las llaves.

Yo me aliso el jersey que ha sobrevivido a la selección, arrepentida de no haberme quedado con el primero.

Ahora llevamos un rato en el coche y empiezo a comprender que podría haber venido envuelta en una cortina. Mi problema esta mañana tiene bastante poco que ver con lo que llevo puesto y mucho con él.

Nathaniel conduce con el asiento retirado y las piernas flexionadas bajo el volante.

El pantalón se le ajusta al muslo cuando cambia el pie de pedal.

Lleva el reloj en la muñeca izquierda, junto al hueso que sobresale cada vez que gira la mano, y los dedos largos descansan sobre el cuero con una soltura que me tiene pendiente de la próxima curva.

Comprueba el retrovisor, acciona el intermitente y se incorpora a la autovía. Sigo el movimiento de su antebrazo debajo del jersey oscuro que lleva.

He viajado en este coche muchas veces. Durante años me sentaba detrás, mientras Matthew ocupaba el asiento del copiloto y los dos discutían sobre la ruta o sobre quién había elegido una música insoportable.

Nathaniel también me llevó a la boda y vino a buscarme la noche que salí de casa con una maleta. Conducía exactamente igual.

La diferencia es que esta mañana me he despertado abrazada a él.

Ahora sé cómo se le altera la respiración, qué sonido tiene mi nombre cuando le cuesta pronunciarlo y cuánto calor desprende su cuerpo debajo de una sábana.

Me basta mirar la mano que descansa sobre el volante para recordar dónde la tenía al despertarme.

—Pon la dirección cuando puedas —me pide, señalando la pantalla del salpicadero—. Sé dónde está la calle, pero prefiero ver por dónde nos manda.

Introduzco el nombre de la librería. Después dejo el móvil en el bolso y me acomodo contra el respaldo.

Tenemos algo más de una hora por delante y ninguna tarea urgente que me permita fingir que estoy aquí solo por motivos profesionales.

El interés que me despierta la pierna de Nathaniel al cambiar de pedal resulta difícil de incluir en la programación didáctica.

Conduce pendiente de los espejos, con el ceño ligeramente fruncido cuando calcula una incorporación. Me gusta esa concentración. Me gusta también que no parezca necesitar demostrar nada acelerando, aunque sospecho que ahora mismo conseguiría distraerme hasta respetando una señal de ceda el paso.

—¿Siempre vas tan callada en el coche? —pregunta. Vuelve la cara hacia mí y me encuentra mirándolo—. En casa sueles tener más cosas que decir.

—Estoy disfrutando de que nadie me pida nada. Deberías probar a pasar cinco días con diecisiete adolescentes convencidos de que todas sus dudas necesitan respuesta inmediata.

Nathaniel asiente, pero mantiene los ojos en mí un instante más antes de comprobar la carretera.

—Entonces procuraré no estropeártelo.

La facilidad con que acepta mi explicación me hace sentir un poco culpable. También me deja sin conversación, que era precisamente lo que necesitaba para dejar de observarlo.

Me vuelvo hacia la ventanilla y aguanto hasta la siguiente curva.