Otro maldito escocés Capítulo 16La noche en que Matthew perdió por goleada #4
59%

Capítulo 16La noche en que Matthew perdió por goleada #4

Asiento despacio. Entiendo lo que me pide, aunque me cueste separar mis ganas de todo lo que todavía arrastro. Nathaniel extiende la mano y me aparta un mechón que se me ha quedado pegado a la mejilla. Después deja el brazo entre nosotros, sobre la sábana.

—¿Quieres que me vaya? —pregunto.

Frunce ligeramente el ceño.

—Te he puesto una almohada, Abril.

La miro y termino de acomodar la cabeza sobre ella. Esta vez consigo quedarme callada.

Nathaniel alarga el brazo hacia la lámpara y se detiene con los dedos en el interruptor.

—¿La apago?

—Sí.

La oscuridad me ahorra tener que seguir decidiendo dónde mirar. Me vuelvo hacia el otro lado y acomodo la almohada bajo la mejilla mientras él se instala a mi espalda. El colchón se hunde con su peso y espero a que termine de moverse antes de estirar las piernas.

—Buenas noches, Abril.

Le respondo y cierro los ojos. Estoy cansada. Tengo una almohada cómoda y mañana no necesito levantarme temprano. Debería resultar bastante sencillo.

La primera vez que Nathaniel cambia de postura, finjo estar dormida. La segunda estoy intentando averiguar si él hace lo mismo.

Llevo demasiado tiempo sobre el costado izquierdo y se me ha dormido un brazo, pero darme la vuelta supone quedarme frente a él.

No comprendo por qué eso me parece ahora más comprometido que todo lo que he hecho antes de apagar la luz.

Muevo el hombro despacio, tratando de liberar la mano de debajo de la almohada, y la camiseta tira de mi cintura.

—Puedes moverte —dice Nathaniel a mi espalda.

Me quedo quieta por puro reflejo.

—Creía que estabas dormido.

—Ya me gustaría.

Me vuelvo. En la penumbra distingo su cara sobre la almohada y el brazo que tiene doblado junto a la cabeza. Había calculado mal la distancia y está bastante más cerca de lo que pensaba.

—¿Te estoy molestando?

—Me estás despertando cada vez que intentas no despertarme.

—No encuentro la postura —admito, sacando por fin el brazo.

Nathaniel levanta un poco la cabeza para que pueda recolocar la esquina de mi almohada, atrapada debajo de la suya. Después vuelve a apoyarse y espera mientras yo acomodo la mano entre los dos.

—¿Mejor?

Asiento, aunque probablemente no pueda verlo. El dorso de mis dedos roza los suyos. Estoy a punto de retirarlos cuando Nathaniel mueve la mano y la deja sobre la mía, sin sujetarla.

—Ahora prueba a cerrar los ojos —murmura.

Obedezco. Durante unos segundos consigo concentrarme en el cansancio, en el brazo que empieza a recuperar la sensibilidad, en el ruido lejano de un coche. Después vuelvo a abrirlos.

Nathaniel también los tiene abiertos.

Esta vez ninguno finge.

—No puedo dejar de pensar en que estás desnudo —confieso.

Nathaniel permanece inmóvil unos segundos.

—Ya. Yo tampoco.

Aparta la sábana y sale de la cama. La claridad que entra entre las cortinas basta para dibujarle la espalda mientras cruza el dormitorio y la línea de la columna, los músculos que se desplazan bajo la piel y un culo tan firme que consigue que ponerle ropa me parezca de pronto una idea lamentable.

Se detiene frente a la cómoda y se agacha para abrir el último cajón. Desde la cama tengo una perspectiva perfecta de sus piernas separadas y, entre sus muslos, las joyas de la corona balanceándose con el movimiento.

Cierro los ojos. Los abro inmediatamente porque el gesto llega tarde y, además, carece por completo de sinceridad.

Nathaniel saca un pantalón oscuro y se incorpora. Cuando se vuelve, sigo mirándolo.

—Esto está empeorando bastante el problema —le advierto.

—Estoy poniéndole solución.

Mete una pierna en el pantalón y después la otra. La tela asciende por sus muslos y oculta sucesivamente todo lo que llevo demasiado rato contemplando.

—Te has agachado de espaldas a mí.

—El cajón está ahí, Abril.

—Una falta evidente de planificación.

Nathaniel se sube el pantalón hasta las caderas y regresa a la cama. Antes de tumbarse, me mira con una mezcla de cansancio y diversión.

—¿Podemos dormir ahora?

Observo la cinturilla, baja sobre su vientre, y vuelvo a recordar con absoluta precisión lo que hay debajo.

—Podemos intentarlo.

Nathaniel se tumba a mi lado y, antes de que pueda volverme hacia mi sitio, me rodea la cintura con un brazo y tira de mí. Me deslizo sobre la sábana hasta quedar pegada a su costado, con la mejilla sobre su pecho y una pierna encajada entre las suyas.

Su mano queda extendida sobre mi cintura, por encima de la camiseta. No baja ni busca nada más. Solo me mantiene allí, con el brazo firme alrededor de mi cuerpo y el pulgar moviéndose una vez sobre la tela antes de detenerse.

Apoyo la palma sobre su pecho. El corazón todavía le late deprisa.

Acomodo mejor la cabeza y cierro los ojos. Nathaniel apoya la barbilla sobre mi pelo y su respiración empieza a espaciarse. Permanecemos así, demasiado cerca para fingir que esta noche no ha cambiado nada y demasiado cansados para seguir intentando averiguar qué significa.

—Buenas noches —murmura.

Esta vez no respondo. Dejo la mano sobre su pecho y escucho cómo el corazón recupera poco a poco su ritmo.