Otro maldito escocés Capítulo 16La noche en que Matthew perdió por goleada #3
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Capítulo 16La noche en que Matthew perdió por goleada #3

—Eso ha sonado a que llevo veinte minutos dejando que me toques sin mover una puta mano y empiezo a cuestionarme seriamente mi capacidad para mantener esta política. —Sus ojos bajan hacia mi boca—. No voy a fingir que no estoy deseando tocarte.

Reduzco el movimiento hasta detener la mano alrededor de él.

—¿Por qué no lo haces?

Nathaniel me observa durante unos segundos antes de contestar.

—Porque has entrado aquí alterada por algo que ha hecho él, no por mí.

No voy a decidir por ti qué significa que me estés tocando, pero tampoco quiero que mañana pienses que te ofrecí mi casa para acabar metiéndote en mi cama.

—Mira mi mano antes de volver a mis ojos—.

Si quieres seguir, sigue. Yo no voy a mover una puta mano hasta que me dejes claro que estás aquí por mí. No por algo que haya hecho él.

Suelto el aire despacio.

—Vale. Eso ha sido bastante claro.

Reanudo el movimiento, despacio al principio, atenta a la forma en que su expresión cambia cada vez que mi mano alcanza el glande. Él aguanta varios recorridos más. Después abandona por fin la sábana y cubre mi mano con la suya, manteniéndola apretada alrededor de su polla.

—Suficiente tortura, Abril. Termina o vete.

Aumento el ritmo. Mantiene la mano sobre la mía durante unos segundos; luego la retira y vuelve a aferrarse a la sábana, fiel a su decisión de dejarme hacer. Sus caderas se elevan una vez y se detienen al instante, corregidas por ese control absurdo que todavía intenta conservar.

Dice mi nombre. La primera sílaba suena como una advertencia; la segunda apenas consigue pronunciarla.

Aparta la mirada, aprieta los dientes y sus muslos se endurecen bajo mi brazo. Sé que está a punto de acabar porque la mano que sujetaba la sábana se abre de pronto, como si hubiera olvidado qué pretendía hacer con ella.

Se corre sobre mi mano y su vientre. No grita ni vuelve a pronunciar mi nombre. Permanece con los ojos cerrados, respirando por la boca, mientras los últimos espasmos recorren el cuerpo que tanto esfuerzo ha dedicado a mantener inmóvil.

—Supongo que Matthew no imaginaba que su mensaje acabaría provocando esto.

Nathaniel suelta una risa breve y se pasa una mano por la cara.

—Joder, Abril. No lo nombres ahora.

—Perdona. No sé por qué he dicho eso.

Me observa unos segundos. Cuando baja la mano, la sonrisa apenas le queda en la boca. Nathaniel tira del borde de la sábana para cubrirse y me limpia la mano con él, primero la palma y después los dedos. Luego pliega la tela sobre la mancha.

—Llevas cinco años con él. Puedo entenderlo. —Se acomoda contra las almohadas—. Aunque preferiría que tardaras un poco más en acordarte de él.

Bajo los ojos hacia mis piernas. Querría decirle algo que mejorase esa frase, pero lo que me viene a la cabeza vuelve a incluir a Matthew y entiendo por qué él ha decidido no tocarme.

—¿Y qué pasó con ese acuerdo de honor que teníais?

Nathaniel deja de sonreír.

—¿Me estás preguntando si me siento culpable?

—Te estoy preguntando qué ha cambiado.

Mira hacia la puerta antes de contestar. Por primera vez desde que he entrado, parece necesitar tiempo para elegir las palabras.

—Que antes eras su pareja y ahora no. Eso cambia bastante.

—Sigue siendo tu amigo.

—Sí, Abril. Lo sé.

La sequedad de su respuesta me hace levantar la cara. Nathaniel me sostiene la mirada.

—Me gustaría poder decirte que eso me ha quitado las ganas, pero no es así.

—Preferiría que mis estudios sobre el sexo opuesto no fueran con el mejor amigo de mi ex —murmuro, bajándome la camiseta—. No sé en qué situación me deja eso.

Nathaniel me observa mientras intento recuperar el dobladillo que tengo atrapado debajo del cuerpo.

—¿Te preocupa lo que piense él?

—Él me engañó. No tengo que comportarme como una viuda en periodo de luto. Me preocupa lo que pienso yo.

—No voy a decidir por ti si esto ha sido un error —responde, sosteniéndome la mirada.

Lo dice sin sonreír. Después se desplaza hacia el centro de la cama, recoge la almohada que ha quedado contra el cabecero y la coloca a su lado. Yo continúo sentada, pendiente de sus manos, hasta que levanta los ojos.

—Túmbate. Vas a acabar sin sentir esa pierna.

Al estirarla descubro que ya casi no la siento. Se me escapa una mueca y Nathaniel espera a que pueda moverme antes de apartar la sábana para hacerme sitio.

Me tumbo boca arriba, con la camiseta arrugada bajo la espalda y un brazo entre los dos. Él acomoda la almohada detrás de su cabeza y deja la sábana a mi alcance. Tiro de ella hasta cubrirme las piernas.

Durante un momento miro el techo. He dedicado mucha atención a lo que quería hacer y ninguna a qué iba a pasar después. Que Nathaniel me haga sitio sin preguntarme si pienso marcharme me permite dejar de buscar una salida a la conversación.

—No es la primera vez que me gusta alguien estando con Matthew —digo al fin—. Nunca hice nada, pero tampoco voy a fingir que no me ocurrió.

Nathaniel vuelve la cabeza hacia mí.

—¿Gideon?

Lo miro, sorprendida por la rapidez.

—¿Tanto se ha notado esta mañana?

—Él no se ha esforzado demasiado en disimular.

Me paso una mano por el pelo, extendido sobre la almohada.

—Nos conocimos en unas jornadas. Empezamos hablando durante un descanso y acabamos saltándonos la siguiente ponencia. Me hacía reír, le interesaba lo que yo contaba… Había esa facilidad que tienes con algunas personas desde el principio con las que no necesitas pensar qué decirles.

Nathaniel escucha con la mirada fija en mí. La mano que tenía junto a la almohada baja hasta la sábana.

—¿Y qué pasó?

—Que le dije que tenía pareja. Seguimos hablando un rato y al terminar nos despedimos. —Me encojo de hombros—. No había mucho más que hacer. Pero sí, me quedé pensando que, en otras circunstancias, habría querido conocerlo mejor.

Nathaniel asiente despacio y vuelve los ojos al techo. Tarda unos segundos en hablar.

—Y ahora no tienes pareja.

—No.

Su pulgar recorre una costura de la sábana antes de quedarse quieto.

—Y él no es amigo de Matthew.

—No —respondo, esta vez mirándolo.

El silencio que sigue me hace repasar lo que acabo de contarle. Nathaniel continúa a mi lado, pero ha dejado de parecer cómodo.

—No te lo estoy diciendo porque quiera que me organices una cita.

—Menos mal. No creo que estuviera especialmente dispuesto.

La respuesta me arranca una sonrisa que él ve al volver la cara. Le dura poco la seriedad, aunque tampoco llega a sonreír.

—Me has preguntado —le recuerdo.

—Sí. Empiezo a apreciar las ventajas de no hacerlo.

Me giro de lado para mirarlo mejor, con una mano debajo de la mejilla.

—No sabía qué iba a pasar cuando he entrado aquí.

Nathaniel sostiene mi mirada.

—Yo tampoco.

Estiro las piernas bajo la sábana. Mi pie roza el suyo y lo dejo allí mientras intento acostumbrarme a estar en su cama sin tener que hacer nada más.

—¿Crees que merece la pena perder una amistad por un calentón?

Nathaniel vuelve la cabeza hacia mí. Se queda mirándome unos segundos, hasta que empiezo a preguntarme si debería haber elegido otra palabra.

—Llevo un rato intentando que dejes de sentirte culpable, Abril. No hace falta que te ocupes también de mi conciencia.

—No te lo estoy decidiendo por ti. Te estoy preguntando si lo has pensado.

—Sí. Lo he pensado.

Su respuesta sale tan seca que bajo los ojos hacia la sábana. Me gusta, me atrae y esta noche he dejado bastante claro hasta qué punto, pero no sé qué espera de mí después. Hasta ahora he entendido que está dándome tiempo para que pueda estar con él sin acordarme de Matthew a mitad de camino.

—Solo digo que podrías ahorrarte muchas complicaciones.

Nathaniel acomoda la cabeza en la almohada antes de contestar.

—Soy perfectamente consciente. Y aun así te he hecho sitio.

Me quedo mirando su perfil. Tiene los ojos abiertos y una mano sobre el estómago. Podría preguntarle qué quiere decir con eso, pero me preocupa que esté dando demasiada importancia a una frase pronunciada por alguien que simplemente quiere dormir.

—No sé qué puedo ofrecerte ahora mismo —admito.

Nathaniel gira la cabeza en la almohada.

—De momento, podrías dejar de intentar convencerme de que esta noche ha sido un error.

—No he dicho eso.

—Llevas un rato explicándome por qué habría sido más conveniente que estuvieras en otra cama.

La alusión a Gideon me hace bajar la mirada. Al contárselo me había parecido una forma de explicar que lo que siento por Matthew lleva tiempo cambiando. Empiezo a sospechar que Nathaniel ha escuchado algo bastante distinto.

—No estaba comparándoos.

—Bien —responde—. Porque no me apetecía especialmente participar.

Me incorporo sobre un codo para mirarlo. Nathaniel sigue boca arriba, aunque vuelve los ojos hacia mí.

—¿Te ha molestado?

—Abril, me has hablado de la química que tienes con otro hombre mientras compartes mi almohada. No ha sido mi parte favorita de la conversación.

Miro la almohada que apenas estoy utilizando. Me he acercado a él al girarme y tengo el pelo extendido junto a su hombro. Retiro un mechón, más por hacer algo que porque le estorbe.

—Estoy haciéndolo fatal.

Nathaniel suelta el aire y se vuelve de lado. Dobla el brazo bajo la cabeza, frente a mí.

—Estás pensando en voz alta. Lo haces bastante.

—Podrías interrumpirme antes.

—He pedido expresamente que no hablaras de Matthew y has encontrado un sustituto.

Se me escapa una risa y él baja los ojos hacia mi boca. Cuando vuelve a mirarme, la seriedad ya no resulta tan incómoda.

—No quiero que te arrepientas mañana —le digo.

—Eso me corresponde decidirlo a mí. Tú procura averiguar si quieres volver a estar conmigo cuando no acabes de recibir un mensaje suyo.