Otro maldito escocés Capítulo 16La noche en que Matthew perdió por goleada #2
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Capítulo 16La noche en que Matthew perdió por goleada #2

—¿Y qué tal la experiencia? —pregunto intentando mantener el tono divertido y desenfadado.

Separa la espalda de las almohadas y se sienta un poco más erguido. Su cadera presiona contra mis muslos y mi rodilla resbala por su cintura. La sábana cede, pero él la atrapa antes de que descubra más.

—Hasta que has entrado, bastante tranquila.

Ninguno de los dos habla. Lo tengo tan cerca que veo cómo se le mueve el pecho al respirar. Bajo los ojos hacia el tatuaje y me doy cuenta de que apenas tendría que inclinarme para rozarlo con los labios.

—Sigo sin entender que eligieras esto —murmuro, acercando la mano al tatuaje.

Regreso con el índice a la roseta que tiene bajo la clavícula. Rodeo el círculo y sigo una de las líneas negras sobre el pectoral que se curva hasta la axila. La sigo con las yemas y, al girar la mano para alcanzar el final, mi palma roza su pezón.

Nathaniel cierra los ojos. Es un gesto breve, pero sus dedos se cierran con más fuerza sobre la sábana y tarda un instante en volver a mirarme.

—¿Qué significa?

—Nada especialmente profundo.

—Vaya decepción. Esperaba un juramento de sangre, una tragedia familiar o las coordenadas de un tesoro.

—Me gustó el dibujo.

Levanto los ojos hacia él.

—Tú comparas seis modelos antes de comprarte una tostadora.

—Ocho si es una decisión que afecta a mi desayuno.

Me río.

Nathaniel baja la mirada para observar mi mano sobre él.

—No parece que te disguste tanto —comenta.

—Estoy intentando comprenderlo.

Sonrío sin mirarlo. Paso la palma por su pecho y noto el vello breve, la firmeza del músculo y el ritmo de su corazón. Late más deprisa de lo que esperaba. Dejo la mano allí, disfrutando de una prueba que contradice la tranquilidad de su cara.

—Estás nervioso otra vez.

—Te dije que tú tienes ese efecto en mí.

Levanto los ojos. Nathaniel me observa sin sonreír. Tiene la mandíbula tensa y una expresión que conozco lo suficiente para comprender cuánto esfuerzo le está costando permanecer inmóvil.

Eso me anima a continuar.

Deslizo la mano hacia el centro de su pecho. Sigo la separación entre los pectorales y bajo con lentitud por su abdomen. Los músculos se contraen a mi paso, uno detrás de otro, respondiendo antes que él. Rodeo el ombligo con la yema del índice y noto cómo contiene el aire.

—Respira —le recuerdo.

—Una recomendación excelente dadas las circunstancias.

La voz le sale más grave. Continúo bajando hasta el vello que nace bajo el ombligo y desaparece detrás de la sábana. Me detengo allí.

—Compruébalo si quieres —susurra.

La frase tarda un instante en llegar a donde tiene que llegar.

Lo miro. Permanece apoyado contra el cabecero, con los ojos fijos en mí y una mano cerrada sobre la tela.

—¿Y vas a permitirlo?

—Sí.

—¿De verdad vas a dejar que lo haga?

Su mirada desciende hacia mis dedos, detenidos sobre su vientre, y vuelve a mi cara.

—Abril, si necesitas que te haga un esquema, hemos perdido buena parte del encanto de la situación.

Me río por los nervios. Dejo que el índice siga la línea de su cadera y Nathaniel suelta el aire despacio. El hueso forma un relieve bajo la piel y lo recorro hasta encontrar el borde de la sábana y engancho los dedos en él.

Espero alguna reacción.

No llega.

—Estás muy quieto.

—Soy dolorosamente consciente.

Tiro de la sábana hasta apartarla de sus caderas.

Está desnudo, sí. Y completamente erecto.

Durante unos segundos no veo nada más. La luz cálida de la mesilla dibuja su cuerpo entero sobre las sábanas blancas.

La frase de Emma sobre el «equilibrio» se queda en una anécdota ridícula y poco realista.

Lo que tengo delante impone un respeto absoluto, una rotundidad oscura y pesada que me seca la boca de un plumazo.

—Joder —susurro.

—Ese análisis parece menos riguroso que los anteriores.

—Solo estoy asimilando los datos.

—Tómate tu tiempo.

La aparente serenidad de sus palabras choca de frente con la impaciencia de su cuerpo.

Deslizo los dedos por la cadera y bajo hacia la zona donde confluye toda esa tensión.

En lugar de ir a lo obvio, trazo la línea en «V» que se hunde entre su pelvis y el inicio de los muslos.

La piel en ese surco es distinta: increíblemente fina, delicada y escandalosamente caliente.

Los dedos de su mano derecha destrozan la sábana.

Esa reacción me calienta entera.

Hundo un poco más las yemas en esa hendidura, delineando el contraste entre la firmeza de la ingle y la textura aterciopelada de la piel que rodea su sexo. Sus muslos, firmes como troncos, tiemblan de pura contención.

Sus ojos descienden hacia mi mano. Las pupilas se han tragado el iris.

Acaricio otra vez la línea de su cadera y él deja caer la cabeza contra el cabecero. La garganta se le mueve al tragar y los músculos de su abdomen se contraen. Me gusta tener acceso a todas esas reacciones que habitualmente controla para que nadie pueda verlas.

—Parece que mi recomendación ha tenido efectos secundarios —murmuro.

Nathaniel vuelve la cara hacia mí. La tensión de su mandíbula contrasta con la paciencia de sus manos, todavía lejos de mi cuerpo.

—Dormir desnudo no me ha puesto así, Abril.

La respuesta me borra la sonrisa. Hasta ahora he podido fingir que solo estaba siguiendo una provocación, comprobando una sospecha, dejándome llevar por la curiosidad. Levanto la mano unos centímetros, aunque no llego a apartarla.

—¿Está bien que esté haciendo esto?

—Sí, si tú quieres hacerlo. Voy a quedarme quieto.

Quiero. La certeza me llega antes que cualquier explicación razonable.

Tengo a Nathaniel Grant desnudo delante de mí, excitado y dispuesto a dejar que decida hasta dónde llega esto.

Al hombre que lleva cinco años pareciéndome inaccesible.

Al que confundí tantas veces con alguien que me miraba por encima del hombro porque nunca entendí lo que escondía detrás de aquella expresión seca.

Nathaniel suele ocupar todo el espacio sin hacer ningún esfuerzo y se hace con el control de todo. Ahora mantiene las manos lejos de mí y me entrega el ritmo con una docilidad que no le habría creído capaz de ofrecer a nadie.

Bajo la mano entre sus muslos y apoyo los dedos sobre la piel blanda que contiene sus testículos. Nathaniel inspira de golpe. La piel se recoge bajo mis yemas y su polla se mueve sobre el vientre, una respuesta breve e involuntaria que me obliga a mirarla otra vez.

Está completamente erecta. El glande, más oscuro y brillante, descansa sobre su abdomen. La vena que recorre el tronco se marca con mayor claridad conforme mantengo la mano bajo sus testículos.

Por primera vez desde que lo conozco, no tengo que preguntarme qué está pensando. Cada parte de su cuerpo me lo está contando.

Siento una curiosidad insana por este hombre. Quiero saber cómo huele, qué textura tiene su piel, cuánto puedo recorrer antes de que incumpla esa promesa de permanecer inmóvil que ha pronunciado con una seguridad cada vez menos sensata.

Mantengo una mano bajo sus testículos y me inclino hacia su cuello.

El cambio de postura hace que su peso se desplace dentro de mi palma y Nathaniel aprieta los dientes.

Pobre hombre. Ha aceptado convertirse en mi sujeto de pruebas y ahora tiene que soportar que lo estudie sin mover una sola mano en mi dirección.

Acerco la nariz a la piel situada bajo su mandíbula e inspiro. Joder, huele bien. A jabón, a piel caliente y a ese fondo oscuro que mi cuerpo reconoce inmediatamente como sexo. Nathaniel huele a sexo y a masculinidad.

Nunca habla de conquistas ni permite entrever qué hace con las mujeres que pasan por su vida. Durante años ha conseguido parecer casi ajeno a todo eso. Ahora está desnudo bajo mis manos y esa imagen resulta tan provocativa, carnal y ferozmente sensual que necesito comprobarla con más sentidos.

Apoyo los labios en su cuello. No lo beso.

Los deslizo despacio sobre la piel, sintiendo el vello incipiente bajo la mandíbula y el golpe acelerado de su pulso.

Nathaniel jadea y su pecho tropieza con mi hombro al tomar aire.

Dejo que sus testículos resbalen entre mis dedos y subo la mano por su polla, siguiendo con el pulgar la vena abultada que la recorre mientras mi boca continúa explorándole el cuello.

Cuando alcanzo el glande, retiro despacio la piel que todavía lo cubre y la deslizo hacia abajo, dejándolo por completo al descubierto.

Nathaniel gruñe.

De verdad gruñe. Es un sonido bajo, áspero, contenido entre los dientes, que vibra contra mis labios antes de morir en su garganta.

Cierra los ojos y su pecho empieza a subir y bajar con una rapidez que ya no puede disimular. He oído a este hombre mostrarse autoritario, sarcástico y furioso. Nada me había parecido tan obscenamente sexy como el ruido que acaba de hacer porque le he tocado la polla.

Levanto la cabeza para observarlo mientras lo rodeo con los dedos y empiezo a mover la piel despacio. Está tan grueso que no consigo cerrar la mano por completo y, con cada recorrido, noto cómo se engrosa aún más.

Nathaniel abre la boca para coger aire. Lo expulsa a escasos centímetros de mis labios y durante un instante respiramos el mismo. Podría besarlo con solo inclinarme un poco. Él también lo sabe. Lo descubro en la manera en que mira mi boca y espera.

No lo hago.

Quiero verlo así. Quiero comprobar cuánto tiempo puede seguir fingiendo que esto no le está costando un esfuerzo sobrehumano. Observarlo mientras lo toco me excita de una forma casi dolorosa. El clítoris me palpita y sé que estoy empapada sin necesidad de bajar una mano para comprobarlo.

Nathaniel apoya la frente contra la mía. Sus labios rozan los míos al buscar otra bocanada de aire.

—Creía que ibas a quedarte quieto —murmuro contra su boca.

—Esto es lo más quieto que puedo estar —confiesa, con la voz deshecha por un gemido.

—Eso ha sonado a que empiezas a arrepentirte de la promesa.