Otro maldito escocés Capítulo 16La noche en que Matthew perdió por goleada
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Capítulo 16La noche en que Matthew perdió por goleada

LA NOCHE EN QUE MATTHEW PERDIÓ POR GOLEADA

«Abril»

E l teléfono vibra por tercera vez cuando ya he leído cuatro veces el mismo párrafo sin enterarme de nada.

Lo tengo boca abajo sobre la mesilla porque esa es mi nueva y sofisticada técnica para no mirar los mensajes de Matthew en cuanto llegan. Consiste, básicamente, en saber que están ahí, pensar en ellos cada treinta segundos y terminar mirándolos de todas formas.

Aún no he decidido si funciona mejor o peor que cuando comprobaba su ubicación compulsivamente, pero al menos ahora puedo fingir que tengo algún control sobre el proceso.

Alargo la mano, desbloqueo la pantalla y leo el mensaje. Me levanto porque quedarme tumbada acaba de convertirse en una actividad mucho más complicada.

Y antes de darme cuenta estoy frente a la puerta de la habitación de Nathaniel tocando con los nudillos.

—¿Abril? —dice desde el otro lado con voz grave.

Abro la puerta.

La única luz procede de una lámpara pequeña junto a la cama, lo bastante tenue para obligarme a detenerme un instante mientras mis ojos se acostumbran.

Nathaniel está incorporado contra las almohadas cuando entro. Tiene el pelo revuelto, una sábana blanca hasta la cintura y un tatuaje que le cubre parte del hombro y baja por el brazo enmarcando un bíceps muy definido y abultado.

Me detengo con la mano todavía en el pomo.

He visto a este hombre en la playa. Sé que va al gimnasio y recuerdo perfectamente a Emma explicando que tiene un cuerpo «muy bien equilibrado», una manera extraordinariamente educada de expresar lo que media Escocia piensa cuando lo ve pasar y se vuelven para mirarlo.

Pero el tatuaje no estaba.

—¿Qué ocurre? —pregunta, mirando el teléfono que llevo en la mano.

—Tienes un tatuaje.

Baja los ojos hacia su hombro y vuelve a mirarme.

—Eso parece.

—No lo tenías en aquellas vacaciones en Mallorca.

—Han pasado dos años, Abril. He hecho algunas cosas desde entonces.

Me acerco un paso. Estiro la mano y, con la yema del índice, trazo la primera línea de tinta. Su piel irradia un calor denso. Bajo despacio, asimilando el contraste entre la firmeza del músculo y la textura lisa de su brazo.

Me cuesta asociarlo con el hombre que esta mañana revisaba presupuestos con la camisa abrochada hasta el cuello.

—No te pega nada —murmuro.

—Tendré que aprender a vivir con ello. —Su voz suena un tono más baja—. ¿Has venido a criticarme o ha ocurrido algo?

Levanto el móvil, recordando por fin el mensaje:

«Hay algo que Nathaniel no te ha contado. Está acostándose con alguien y, desde que vives en su casa, tiene que verla fuera. No va a pedirte que te marches porque sabe por lo que estás pasando, pero creo que deberías saberlo. Por favor, no le preguntes. No quería que te sintieras incómoda».

Nathaniel extiende la mano para que le dé el teléfono.

Lo observo mientras lee y aprovecho la distancia nula para delinear con los nudillos el hueco bajo su clavícula donde una pequeña estrella de puntas negras queda encerrada en un círculo.

El latido de su cuello salta, rápido y pesado, delatando una alteración que su rostro pretende ocultar.

La expresión le cambia antes de llegar al final.

—No me estoy acostando con nadie —dice, devolviéndomelo—. Y si necesitara que te marcharas, te lo diría yo.

Recojo el móvil, pero no aparto los ojos de él. La respuesta ha sido tan inmediata que me deja con todas las frases que había preparado para ofrecerme a salir de su casa.

—¿Y Catriona?

Nathaniel me mira durante un segundo sin responder.

—¿Qué coño tiene que ver Catriona con esto?

—Lleva años diciendo que eres su gran amor imposible. No sé cuánto hay de broma en eso.

—Pues en lo de imposible ha sido bastante precisa. —Espera a que lo mire antes de continuar—. Nunca me he acostado con Catriona, Abril. Ni tengo intención de hacerlo.

Bajo la vista al teléfono. Me molesta descubrir cuánto necesitaba escuchar esa respuesta.

—No tienes que contarme con quién te acuestas —murmuro—. Solo quería saber si estoy estorbando.

—Llevas cinco años diciéndome que soy un borde, Abril —replica, arqueando una ceja—. Confía un poco en mi capacidad para quejarme si algo me molesta.

Aprieto la boca y miro otra vez el mensaje. Hay algo especialmente irritante en haber llegado con una pregunta razonable y estar deseando ahora que no recuerde cómo la he formulado.

—Entonces, ¿por qué me ha dicho esto Matthew?

Deja la cabeza apoyada en el cabecero y se pasa una mano por la cara.

—Me pidió que te dijera que necesitaba recuperar mi espacio. Cree que, si no puedes quedarte aquí, será más fácil convencerte de que vuelvas con él. Pero le dije que no iba a mentirte. Por eso insiste en que no me digas nada, supongo.

Tardo un momento en entenderlo. Vuelvo a leer el mensaje, aunque ahora cada frase parece bastante menos confusa.

Me siento en el borde de la cama, mirando la pantalla. Matthew se ofrece a explicármelo mañana, cuando podamos hablar con tranquilidad.

—Qué considerado. Ha conseguido organizarme hasta la reunión para contarme la mentira.

Nathaniel me quita el móvil de las manos y lo deja a un lado, junto a su muslo con un solo movimiento rígido.

—Puedes quedarte, Abril. La mujer con la que «no» me acuesto sabrá sobrellevarlo.

Se me escapa una risa, breve y todavía enfadada.

—Mañana voy a hablar con Matthew.

—Yo también —responde—. Me gustaría enterarme de cómo va mi relación.

Lo miro. Continúa en la misma postura, con una mano apoyada sobre la sábana y la otra abierta sobre el colchón. Apenas se ha movido desde que he entrado.

Bajo los ojos desde su hombro y me detengo en el vello oscuro que le cubre ligeramente el pecho.

Después mi mirada baja hasta la ropa de cama. La sábana descansa tan abajo sobre sus caderas que deja al descubierto el abdomen, el ombligo y una franja de piel que nunca había tenido ocasión de observar antes desde tan cerca.

Las dos líneas oblicuas de los músculos inguinales se marcan con una claridad indecente a ambos lados de la pelvis y la sábana apenas cubre una franja de vello oscuro, corto y cuidadosamente recortado bajo el vientre. Muy bajo.

Busco una cinturilla. Un cordón. Algo que justifique mi suposición de que lleva un pantalón de pijama.

O se lo pone de una manera bastante poco práctica o he venido a sentarme en su cama sin tener en cuenta un detalle considerable.

Mi mirada baja un poco más.

La sábana resulta una barrera bastante poco eficaz. La tela se amolda a la piel de sus caderas y, entre ellas, enmarca un volumen hacia un lado cuyo tamaño ya sería preocupante si Nathaniel estuviera tan relajado como pretende aparentar.

Por el bien de mi equilibrio mental, espero que no sea así.

Mientras lo observo, el perfil bajo la sábana cambia.

Crece despacio, empuja la tela hacia arriba y se define desde la base hasta una cabeza que avanza peligrosamente hacia el borde.

La sábana descansa tan baja sobre sus caderas que apenas le queda recorrido antes de asomar por encima.

Nathaniel cierra un poco más los dedos sobre ella, aunque no llega a recolocarla.

Está desnudo. Está teniendo una erección delante de mí y, en unos segundos, la única barrera entre su polla y mis ojos puede dejar de cumplir su función.

Levanto los ojos rápidamente. Nathaniel me está observando con las cejas ligeramente alzadas y la mandíbula más tensa que hace un momento.

He mantenido los ojos fijos ahí el tiempo necesario para verlo crecer. Fingir que seguía pensando en el mensaje sería insultar la inteligencia de ambos.

—¿Estás desnudo? No puedo creérmelo.

Nathaniel me sostiene la mirada. Durante un segundo parece considerar si merece la pena responderme.

La risa me sorprende antes de que pueda contenerla y mis ojos vuelven a bajar sin que pueda detenerlos.

—Pues créetelo. Y mírame a la cara cuando me hables, que estoy intentando contestarte con cierta coherencia.

Me tapo la boca con la mano. Él sigue observándome y yo intento reconciliar al hombre que tengo delante con el tipo indiferente, inaccesible y seco de los últimos años.

—¿Me has hecho caso?

—Fuiste bastante insistente.

Bajo la mano, todavía sonriendo. He venido a aclarar un mensaje de Matthew y ahora estoy sentada en la cama de Nathaniel, descubriendo que presta atención a sugerencias que quizá debería pensar mejor antes de hacerle.

—Te hablé de cinturillas y costuras. Tampoco te obligué a adoptar un nuevo estilo de vida.

—Llevo cuatro noches. Aún no lo considero un estilo de vida.

Lo miro sorprendida.

—¿Cuatro?

—Cuatro.

Hay algo absurdamente íntimo en saber que Nathaniel lleva cuatro noches metiéndose desnudo en la cama porque yo le dije que lo probara.

Mucho más de lo que debería, teniendo en cuenta que hace unas semanas dejé un pene de silicona en su bañera y desde entonces nuestras conversaciones parecen empeñadas en deteriorar cualquier concepto razonable de la distancia.

—Podrías habérmelo dicho cuando he llamado.

—He supuesto que ibas a hablarme desde la puerta.

Miro cómo estoy sentada y descubro que, en algún momento de la conversación, he dejado de ocupar prudentemente el borde de la cama.

Me he girado hacia Nathaniel y he recogido las piernas sobre el colchón, una doblada debajo del cuerpo y la otra descansando de lado.

La camiseta se me ha subido casi hasta las caderas.

La extensión desnuda de mis muslos queda pegada a su costado y la rodilla que tengo recogida bajo mí encaja contra su cintura, rozando la piel que la sábana deja al descubierto.

Nathaniel sigue la dirección de mis ojos. Su mirada desciende desde el dobladillo de la camiseta hasta el lugar donde mi muslo se apoya contra su cadera y permanece allí un instante antes de regresar a mi cara.

La inclinación de su boca confirma que sabe exactamente qué acabo de descubrir y cuánto me está costando no comprobar qué más puede quedar al descubierto si alguno de los dos se mueve.

Se me calientan las mejillas. Nathaniel lo percibe y, por primera vez desde que he entrado, sonríe abiertamente.