Otro maldito escocés Capítulo 15Nathaniel Grant, interiorista
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Capítulo 15Nathaniel Grant, interiorista

NATHANIEL GRANT, INTERIORISTA

«Abril»

L a primera vez que entré en este edificio traía el currículum en una carpeta y todavía pensaba pasar el verano en Madrid con Matthew. Hoy llevo un cuaderno lleno de ideas, las llaves de casa de Nathaniel en el bolso y bastante menos certeza sobre lo que estoy haciendo con mi vida.

La recepcionista me reconoce y avisa de que he llegado.

Mientras espero el ascensor, saco el teléfono para comprobar que lo he silenciado.

Nathaniel se ha marchado antes de que me levantara y no hemos hablado desde anoche, lo que me ha concedido varias horas para recordar su dedo recorriéndome la palma sin tener que mirarlo a la cara.

Me parecía una ventaja hasta hace un momento.

Lo encuentro en el pasillo, hablando con Harriet.

Lleva una carpeta bajo el brazo y la corbata algo floja.

Al verme, interrumpe lo que estaba diciendo y su mirada baja brevemente hacia mi mano, cerrada alrededor del teléfono.

Puede que sea casualidad. También puede que yo necesite dejar de buscar significados en todo lo que hace.

—Buenos días —saluda Harriet, acercándose para darme la mano—. Vamos a reunirnos aquí. Nos falta Gideon, pero me ha avisado de que viene de camino.

La sigo hasta la sala donde me entrevistó. Nathaniel se aparta para dejarme pasar y apoya un instante la mano en mi espalda. El contacto dura lo que tardo en cruzar la puerta. Aun así, me muevo con un cuidado innecesario.

—¿Has traído propuestas? —pregunta al ver mi cuaderno.

—Unas cuantas. Puedes arrepentirte todavía de querer asistir.

—Antes de que entren las chicas, os cuento lo que hemos avanzado —empieza Harriet—. Shabnam ha identificado a las primeras participantes y está comprobando con cada una cómo podrá seguir las clases. Hoy se conectarán unas pocas. Las demás irán incorporándose a estas reuniones previas cuando puedan.

Nos explica que están valorando los dispositivos disponibles, la conexión y los horarios.

Algunas necesitarán equipo; otras podrán utilizar uno que ya tienen.

La compra se organizará con ayuda de un contacto local, cuando sepan qué hace falta en cada caso.

Habrá material descargable y actividades que puedan continuar si una sesión se interrumpe.

—No quiero que diseñéis todo alrededor de una videollamada perfecta —añade, mirándome—. Necesitamos que una alumna pueda perder un día de conexión y retomar el trabajo sin quedarse atrás.

Anoto «sesiones independientes» junto a una de mis propuestas.

—Puedo preparar cada actividad con un audio breve y un ejemplo —comento—. Y dejar la parte de conversación para cuando consigamos reunirnos. Así no tendrán que esperar a la siguiente clase para entender qué les estamos pidiendo.

Harriet asiente y apunta algo en su copia.

—El grupo de tu taller tiene una base de inglés que nos permite trabajar en esa lengua. Shabnam nos ayudará a detectar las diferencias de nivel. Empezaremos con lectura, expresión y escritura y ajustaremos la dificultad después de conocernos mejor.

—¿Está incluida la conexión en el presupuesto? —pregunta Nathaniel.

—Sí. Estoy esperando las últimas estimaciones.

—Añade también las reposiciones. Si un equipo falla dentro de dos meses, prefiero que sepamos cómo resolverlo.

Harriet marca otra casilla.

Me gusta escucharlo ocuparse de esas cosas mientras yo puedo concentrarme en las clases. Hasta ahora el proyecto había sido una entrevista, varios correos y muchas ganas. Ahora empieza a tener personas concretas al otro lado y un calendario que vamos a tener que cumplir.

—Siguen previstas tus sesiones desde Madrid —me confirma Harriet—. Antes de que viajes haremos una prueba con el equipo que vayas a utilizar. Nos interesa dejar preparados los accesos y el sonido.

—¿Tenemos fotografías del espacio que está mirando Shabnam? —pregunto mientras Harriet busca el enlace de la videollamada—. Me gustaría verlo antes de que compréis el mobiliario.

—Nos las enviará cuando confirme si podemos utilizarlo. ¿Necesitas alguna distribución concreta?

—Necesito saber si van a estar cómodas. Qué luz tiene, si se ventila, si podrán llegar sin dificultades… Y me gustaría que fuera bonito.

Nathaniel se ha sentado en el borde de la mesa de despacho detrás de las sillas que hemos colocado frente a la pantalla. Tiene las piernas cruzadas y me escucha mientras me explico.

—He trabajado en colegios públicos en España donde las sillas debían de llevar allí desde que estudiaban los tatarabuelos de mis alumnos.

Estructuras de hierro, asientos durísimos, mesas que les quedaban pequeñas a unos y enormes a otros.

Había chicos que pasaban la mañana encorvados porque no les cabían las piernas debajo.

Después llegábamos nosotros a pedirles que se estuvieran quietos y prestaran atención.

Nathaniel señala con la barbilla la silla que tengo delante.

—¿Esta aprobaría?

Apoyo la mano en el respaldo y lo miro.

—Si vas a tenerme seis horas sentada aquí, necesito probarla antes de comprometerme.

—Anotado.

Se le mueve apenas la boca. Harriet sonríe mientras abre el documento del presupuesto y yo continúo, animada por el hecho de que ninguno haya despachado lo de «bonito» como una frivolidad.

—En una de mis aulas había un fluorescente que parpadeaba, las persianas se atascaban a media altura y las paredes conservaban las marcas de carteles que alguien había quitado años antes. Yo entraba cada mañana y me daban ganas de volver a salir. Imaginaos a los alumnos.

—¿Qué cambiarías primero? —pregunta Nathaniel.

—Las sillas. Después miraría la luz, el calor, el ruido… Y pintaría. Pondría estantes a los que pudieran llegar, un sitio para dejar sus cosas. Algo que hiciera pensar que alguien las estaba esperando cuando entraran.

Harriet añade una nota junto a la partida de mobiliario.

—Podemos pedirle a Shabnam que lo valore con ellas.

—Eso me gustaría. Que puedan elegir algo. El color de una pared, dónde colocar los libros… Van a pasar tiempo allí. Tendrán opiniones.

Me acerco al escritorio para enseñarle a Nathaniel las pocas cosas que he apuntado sobre el aula.

—No estoy pidiendo que montemos Fettes. He visto bibliotecas pequeñas en las que te quedarías toda la tarde y salas carísimas donde a los diez minutos buscas una excusa para marcharte.

Nathaniel baja la vista hacia la página.

—Pídele las fotografías a Harriet cuando las tenga. Preparad una propuesta con lo necesario y lo que os gustaría añadir. Así veremos cuánto cuesta.

—También podemos aprovechar muebles que estén bien. No hace falta que todo sea nuevo.

—Abril, te he pedido una propuesta. Todavía no tienes que convencerme.

Levanto los ojos. Me doy cuenta de que llevo un rato rebajando mis propias peticiones, anticipando objeciones que él no ha hecho. Tiene una mano apoyada junto al cuaderno y espera mientras yo asimilo que está dispuesto a escucharme hasta el final.

—Vale. Pues quiero que les apetezca estar allí no solo para aprender —respondo—.

Que puedan moverse con libertad. Que las paredes estén llenas de pizarras para que puedan levantarse y escribir lo que quieran.

También quiero dejar distintos sitios donde sentarse…

Incluso poner alguna pelota de esas grandes, para quien prefiera moverse un poco mientras escucha.

—Lo de estarte quieta nunca te ha interesado demasiado, ¿verdad?

Levanto la mirada. Está sonriendo apenas, con las manos apoyadas a ambos lados de las caderas. Reparo en que lleva una punta del cuello atrapada bajo la corbata y dejo el cuaderno junto a su mano para sacarla.

—¿Ahora estás valorando si me interesaría sentarme sobre una pelota?

—Estaba escuchando una propuesta sobre mobiliario. Tú sabrás adónde quieres llevarla.

Me río mientras sujeto el nudo para centrarlo. Nathaniel levanta un poco la barbilla, dejándome hacer. Sentado sobre la mesa, sigue siendo más alto que yo, pero tengo su boca lo bastante cerca para distraerme cuando deja de sonreír.

—Todavía no hemos empezado y ya estás…

Mis dedos se detienen. Tengo su boca cerca y él me está mirando con una atención que me hace olvidar qué demonios pretendía decir. Bajo la mano un poco, siguiendo la corbata, y noto su respiración y el calor de su cuerpo bajo la camisa.

—¿Ya estoy qué? —pregunta, bajando sus ojos a mis labios.

Oigo una risa a mi espalda antes de encontrar la respuesta.

Me vuelvo. En la pantalla ya están Shabnam y varias de las chicas, observándonos con un interés que me hace retirar la mano del pecho de Nathaniel. Harriet levanta la vista del ordenador.

—Ya nos oyen.

—Buenos días —saludo, recogiendo el cuaderno demasiado deprisa.

Una de las chicas dice algo a su compañera y las dos sonríen. Shabnam las anima a hablar. La primera mira otra vez hacia nosotros antes de preguntar:

—¿Estáis casados?

Me quedo de pie junto a Nathaniel, con el cuaderno contra el estómago. Podría haberme sentado cuando empezó la llamada. Habría sido una decisión excelente.

—No. Él es el mejor amigo de…

—Ni siquiera le caigo bien —me interrumpe Nathaniel—. Me encuentra serio, seco y bastante gilipollas. Lo del matrimonio lo veo complicado.

La palabra sorprende a Harriet, que baja la cabeza para esconder una sonrisa. Shabnam explica algo a las chicas y las risas se extienden de una a otra mientras yo me vuelvo hacia él.

—La última parte te la has inventado.

—Me alegra saber que las otras dos están confirmadas.

—Son novios —resuelve otra de las chicas.

Lo dice con tanta seguridad que sus compañeras se ríen todavía más. Yo abro la boca para corregirla, pero Harriet aprovecha para saludarlas por sus nombres y preguntar si nos oyen bien. Me siento con el cuaderno en el regazo, agradecida por la ocasión de recuperar el propósito de la reunión.

Llaman a la puerta cuando estamos terminando los saludos.

El hombre que entra lleva un abrigo oscuro abierto sobre una camisa azul.

Es alto, de hombros anchos y pelo castaño algo revuelto por el viento.

Lo reconozco al instante. La última vez que coincidimos, nuestros alumnos estaban compitiendo en un certamen y nosotros acabamos tomando café de pie porque no quedaban mesas.

—Gideon.

Se vuelve hacia mí y sonríe.

—Abril. Por fin vamos a poder hablar sin que nos interrumpan para anunciar un ganador.

Me levanto para saludarlo. Me besa en la mejilla, con una mano breve sobre mi brazo, y noto su colonia antes de que se aparte.

—Harriet me dijo que trabajaríamos juntos —comento—. Me alegró saberlo.

—A mí también —responde sin apartar los ojos de los míos—. Aunque esta vez procuraré no hacerte perder la noción del tiempo.

Me acuerdo de aquel café. Tuvieron que venir a buscarnos para la entrega de premios y todavía nos quedaban cosas por decir.

—Aunque fue lo mejor de la mañana —añade él, mirándome.

Nathaniel baja del escritorio para estrecharle la mano.

—Gideon. Me alegra que hayas podido venir.

—Gracias. He salido en cuanto he terminado la clase.

Harriet lo presenta a las chicas mientras deja el abrigo. Vuelvo a sentarme, Nathaniel se acomoda otra vez en el borde del escritorio y Gideon acerca la silla libre a la mía.

—¿Sigues en Fettes? —me pregunta al sentarse.

—Sí.

—Quizá esta vez podamos terminar aquel café. Me quedé con ganas de volver a verte.

Levanto los ojos hacia él. La frase va acompañada de una sonrisa tranquila, sin el menor intento de disfrazarla de interés profesional.

—No sabía que…

Noto la mano de Nathaniel junto a mi muslo. Ha descruzado las piernas y se ha inclinado para agarrar el asiento por el borde.

Antes de que termine la frase, tira de mi silla.

Las patas arrastran sobre el suelo con un ruido que interrumpe hasta a Harriet. Sujeto el cuaderno, sorprendida, y me encuentro viajando unos centímetros más atrás y hacia un lado, junto a la rodilla de Nathaniel. Entre Gideon y yo acaba de aparecer un espacio considerable.

—Así tienes más sitio —le dice a Gideon.

Gideon mira el hueco, después a él, y una sonrisa lenta le mueve la boca.

—Gracias.

Yo giro la cabeza hacia Nathaniel. Todavía tiene los dedos bajo el borde del asiento. Los retira al encontrarme mirándolo y apoya la mano sobre el escritorio, con una serenidad que habría resultado más convincente sin el ruido de las patas resonando aún en la habitación.

Espero, pero no añade ninguna explicación. Gideon abre su cuaderno y Harriet retoma las presentaciones. Yo intento hacer lo mismo con mis notas, aunque me cuesta bastante recordar qué estaba proponiendo antes de que Nathaniel decidiera reorganizar el despacho como si yo fuera parte del mobiliario.