Otro maldito escocés Capítulo 14No me toques los cojones, Matthew #3
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Capítulo 14No me toques los cojones, Matthew #3

Bajo los ojos hacia mi plato. No estoy acostumbrado a que alguien me señale esas cosas.

—Seguramente porque puede contar suficientes historias sobre mí para obligarme a cambiar de país.

—Me caería bien —decide, y vuelve a la fuente—. Mi hermana todavía cuenta lo de la playa. Dice que necesité estar desnuda delante de veinte desconocidos para descubrir que lo que de verdad me avergüenza es perder una discusión.

Hago un esfuerzo por no imaginármela. De verdad que sí.

—Después de aquella playa no me convertí en una persona que se desnuda en cuanto encuentra arena —aclara—. Pero para dormir sí. Me encanta hacerlo desnuda. Aquí no, claro. Bastante información has recibido ya por accidente.

Dejo el tenedor sobre el plato. Hasta ese momento había seguido la historia sin demasiadas dificultades. Ahora necesito dejar de pensar en el dormitorio que tengo al otro lado de la pared.

—Puedes dormir como quieras. La habitación tiene puerta.

—Lo sé. Es por mí, por estar en casa de otra persona. Todavía tengo la sensación de que debería salir del dormitorio presentable por si nos cruzamos.

Miro su moño, sujeto con un lápiz que ha encontrado entre los ejercicios, y ella sigue la dirección de mis ojos.

—He dicho presentable. No preparada para recibir una condecoración.

—Me alegra que lo aclares. Estaba empezando a preocuparme por el poco esfuerzo que te exige desayunar conmigo.

Sonríe y se acomoda en la silla, doblando una pierna debajo del cuerpo.

—Deberías probarlo. Dormir desnudo, digo.

Pasamos el día entero metidos en ropa, con cinturillas, costuras, cosas que aprietan…

Quitártelo todo y meterte entre las sábanas es increíble.

Puedes moverte sin que nada tire de otro sitio.

—Se encoge de hombros antes de añadir—: A mí me da una sensación de libertad que me cuesta explicarte sin parecer una señora que intenta venderte un retiro espiritual.

—No iba a decir nada hasta que mencionaras los cuencos tibetanos.

Abril se ríe y me acerca la fuente. Le sirvo lo que queda mientras ella continúa hablando, completamente ajena al esfuerzo que me está costando escuchar sus argumentos sin ponerle imágenes.

—Tú ríete, pero prueba una noche. Y luego me cuentas.

—¿Siempre exiges un informe después de hacer una recomendación?

—Solo cuando me interesa mucho escuchar que tenía razón.

La miro mientras se lleva otro bocado a la boca. Tiene una expresión satisfecha que conozco ya bastante bien y que empieza a resultarme peligrosa incluso durante conversaciones sobre cómo dormir.

—¿También vas a supervisar eso?

Abril deja de acercarme la fuente. Bajo los ojos hacia sus manos, detenidas entre los dos, y comprendo lo que acabo de preguntarle.

Podría añadir algo sobre un cuestionario de satisfacción, recuperar la broma antes de que ella tenga que responder. Sin embargo, vuelvo a mirarla y me descubro esperando.

—Lo has preguntado muy convencido —murmura.

Me froto la mandíbula. Recuerdo a Matthew preguntándome qué cojones estoy haciendo y durante un instante comparto su curiosidad. Después Abril baja los ojos hacia mi pecho y pierdo el interés por lo que opinaría él.

—Me ha sorprendido escuchármelo tanto como a ti.

—Pues todavía estás a tiempo de decir que te referías a otra cosa —comenta, acomodándose en la silla.

Al mover la pierna, su pie me roza por debajo de la mesa. Se queda quieta y me mira enseguida. Yo podría apartarme, pero mantengo la rodilla donde está mientras ella espera una rectificación que cada vez me apetece menos ofrecerle.

—No se me ocurre una explicación que vaya a dejarme mejor.

Aprieta los labios y baja la cabeza, sonriendo. Me gusta haberla puesto nerviosa. Llevo toda la cena escuchándola hablar de quitarse la ropa y empiezo a agradecer que tenga alguna dificultad para mirarme también.

—Tú normalmente encuentras una respuesta para todo.

—Estoy intentando decidir si se me ha escapado una broma o una invitación.

Abril entreabre los labios. Por debajo de la mesa, su pie se aparta de mi pierna y noto la pérdida de ese contacto mínimo con una intensidad absurda. Entonces vuelve a rozarme, despacio, y tengo que dejar el vaso antes de apretarlo demasiado.

—No sé qué contestarte —reconoce.

Asiento, mirando su mano junto a la mía.

Acerco el índice hasta rozarle el lateral del meñique y me detengo en ese primer contacto.

Abril baja los ojos hacia el mantel. Durante un instante mantiene la mano inmóvil; después la vuelve despacio y deja la palma abierta entre los dos.

Hay algo en ese gesto que me hace olvidar la respuesta que estaba esperando.

Me está mirando cuando apoyo el dedo en el nacimiento de los suyos.

Empiezo a recorrerle la palma con la yema, siguiendo uno de los pliegues que la cruzan.

Tiene la piel cálida, más suave en el centro, y voy despacio porque quiero notar esas diferencias, aprender qué ocurre cuando apenas la rozo y cuando dejo un poco más de peso.

Al llegar a la base del pulgar, sus dedos se curvan hacia el mío. Me detengo allí y levanto la vista.

Abril tiene los labios separados. Mira nuestras manos con una atención que me hace desear que el espacio entre nosotros sea más estrecho.

Describo un círculo pequeño sobre esa parte más blanda y ella toma aire.

Lo oigo desde mi silla, veo cómo levanta los ojos y compruebo que también se ha dado cuenta de que la he escuchado.

—Puedes pensártelo —respondo—. Pero deja de hacer eso con el pie mientras tanto.

Su sonrisa aparece despacio.

—¿Te molesta?

Mantengo los ojos en los suyos mientras vuelvo a cruzarle la palma.

Esta vez avanzo desde la base de los dedos hasta el talón de la mano, con una lentitud que ya no puedo atribuir a estar distraído.

Quiero que sepa que estoy pendiente de ella, de ese movimiento diminuto con el que busca mi dedo cuando aflojo el contacto. Y lo sabe.

Se le borra un poco la sonrisa cuando llego al pliegue de la muñeca y permanezco allí, acariciándolo.

—Me está poniendo nervioso.

Suelta una carcajada absolutamente preciosa, aunque los dedos se cierran alrededor del mío antes de que pueda continuar.

—¿Nathaniel Grant nervioso? Eso sí que es una novedad.

Miro mi dedo entre los suyos. Me lo sostiene con una suavidad que consigue distraerme más que el roce de su pie. Joder, quiero acercar su mano a mi boca. Quiero besar precisamente ese lugar que acaba de dejarme acariciar y ver si sigue riéndose.

—También es una novedad para mí —admito, acariciándole el borde de la muñeca—. Nunca me había puesto tan nervioso nadie, Abril.

Deja de reírse y me busca los ojos. Sigo acariciándola mientras sostiene mi mirada, aunque reconocerlo me ha dejado bastante más expuesto de lo que esperaba.