Otro maldito escocés Capítulo 14No me toques los cojones, Matthew #2
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Capítulo 14No me toques los cojones, Matthew #2

—Que no quiere saber nada de más escoceses. Ha hecho una broma sobre lo cerrados que somos. Ya sabes cómo es.

Lo sé. También sé que puede recurrir a una broma cuando no quiere seguir hablando de algo. No voy a preguntarle a Matthew de qué manera se ha reído ni cuánto ha tardado en cambiar de conversación. Ya le he concedido demasiado espacio para que me importe su interpretación.

—¿Eso es lo que te hace quedarte tranquilo?

—Y que sois como el agua y el aceite. Siempre ha pensado que eres seco, demasiado serio, que la miras mal… Durante años he tenido que explicarle que tienes esa cara con todo el mundo.

—Gracias por el resumen —respondo—. Si alguna vez necesito saber qué defectos tengo, ya sé a quién preguntar.

—No te lo tomes así. Estoy intentando disculparme por haber pensado algo que no tiene sentido. Para ella siempre has sido mi amigo. El que la ponía nerviosa porque parecía estar evaluándola. Nunca le has caído especialmente bien.

También me ha besado por voluntad propia. Volvió a acercarse cuando podía haber terminado con la supuesta representación.

—Ya me ha quedado claro que, según tú, le caigo como el culo. Lo que no entiendo es por qué necesitas repetírmelo tanto si estás tan tranquilo. Abril sabe decirme lo que piensa —respondo—. No necesita que me lo transmitas tú.

—No te ofendas. Estoy disculpándome por haber sospechado algo absurdo. En la remota posibilidad de que te gustara, tampoco le harías eso a tu mejor amigo. Nosotros tenemos un código.

Llevo toda la conversación ofreciéndole respuestas que no le gustan. Esta tampoco va a gustarle.

—No me toques los cojones, Matthew. No decidas por mí lo que me resulta imposible.

El silencio que sigue dura varios segundos.

—¿Qué quieres decir?

—Que llevas un rato explicándome por qué Abril no puede interesarme. No te he pedido que lo hagas.

Escucho su respiración cambiar. Cuando vuelve a hablar, la seguridad ha desaparecido de su voz.

—¿Te interesa?

Miro hacia el pasillo. No me gusta que sea él quien me obligue a formularlo, pero me gusta todavía menos la posibilidad de negarlo por comodidad.

—Me gusta que esté aquí. Me gusta hablar con ella. Y no tengo ninguna intención de echarla de mi casa.

—Nathaniel, estoy intentando recuperarla.

—Te he oído la primera vez.

—Entonces entenderás que esto me suene de puta pena.

Lo entiendo. Una parte de mí lleva desde anoche esperando esta conversación y otra habría preferido aplazarla hasta saber qué hacer con lo que ocurrió. Ahora me doy cuenta de que Matthew necesita mi indiferencia para mantener intacta su confianza en que todo puede volver a ser como antes.

No voy a proporcionársela.

—No puedes decidir que yo no tengo derecho a verla de otra manera porque tú la conociste primero —respondo.

—Es mi exnovia, joder.

—Lo sé perfectamente.

Aprieto la mandíbula después de decirlo. Lo sé cuando la escucho hablar de él, cuando vuelve con los ojos hinchados y cuando me descubro queriendo acercarme a una mujer que todavía está intentando terminar de marcharse. No hay nada sencillo en ese conocimiento.

Matthew tarda en contestar.

—Pensaba que entre nosotros había cosas que no hacía falta explicar.

—Yo también. Por ejemplo, que no voy a perjudicarla por ti.

Se oye una silla arrastrándose al otro lado. Espero mientras se sienta o se levanta. No intento imaginarlo con detalle.

—No sé qué coño está pasando contigo.

Tengo una respuesta bastante clara y pocas ganas de discutirla con él.

—Ahora mismo estoy terminando de guardar la compra. Hablaremos cuando puedas hacerlo sin pedirme que elija por ella.

Nos despedimos mal. Matthew dice mi nombre una vez más antes de colgar, con un reproche que reconozco y que no consigo quitarme de encima cuando dejo el teléfono sobre la mesa.

Termino de guardar las cosas y recojo los ejercicios para dejar espacio en la mesa. Los mantengo en el orden en que están, con su bolígrafo encima. Al mover la taza encuentro un pequeño cerco sobre la madera y voy a buscar un paño.

Oigo la llave antes de terminar.

Abril entra con el bolso al hombro y se detiene para cerrar la puerta. Tiene los ojos enrojecidos. La veo dejar las llaves en el cuenco y quitarse el abrigo con movimientos lentos, sin darse cuenta de que la estoy observando.

—He tardado más de lo que pensaba —comenta al verme—. Mis libros se reproducen cuando no estoy.

—Habrá que advertir a la empresa de mudanzas.

Consigue sonreír un poco. Se acerca a la cocina y mira lo que he dejado sobre la encimera, pero sigue sujetando el bolso.

—Matthew me ha llamado —le digo.

Levanta los ojos enseguida. Su expresión cambia y me arrepiento de no haber esperado a que se sentara.

—Supongo que tenía muchas cosas que contarte.

—Unas cuantas.

Abril mira hacia la ventana y se frota debajo de un ojo. Le doy tiempo antes de apartar el taburete de la isla.

—Hoy no puedo explicar también lo que él ha entendido de lo que he dicho —murmura—. Si te ha contado algo raro…

—No necesito su versión de ti, Abril.

Vuelve la cara hacia mí. Durante unos segundos no dice nada y yo me quedo donde estoy, aunque me cuesta bastante más de lo que debería. Tiene aspecto de haber pasado la tarde intentando no llorar delante de alguien que conoce todas las formas en que lo hace.

Por primera vez desde que Matthew empezó a hablarme de cuánto la conoce, ese pensamiento me importa menos que tenerla aquí.

—Voy a hacer salmón al horno con patatas —añado mientras saco una tabla y un cuchillo—. ¿Has elegido película?

Deja el bolso y se sienta en uno de los taburetes mientras empiezo a pelar las patatas.

—Sí, pero prefiero decírtela después de cenar.

Levanto la vista. Tiene los ojos hinchados, aunque empieza a sonreír.

—Eso no inspira demasiada confianza.

—Quiero asegurarme de que me das de comer antes de que te arrepientas.

—He comprado también tarta de chocolate. Te convendría esperar al postre.

Mira lo que hago y termina acercándose para recoger las pieles de patata. Mientras las lleva al cubo, me cuenta que ha encontrado el cuaderno de su primer año dando clase.

—Apuntaba lo que iba a decirles si se portaban mal —confiesa al volver a mi lado—. Preparaba hasta las pausas para que entendieran que estaba decepcionada.

Dejo el cuchillo sobre la tabla y la miro.

—¿Y funcionaba?

—Una vez me salté una frase y tuve que empezar la bronca de nuevo. Perdí bastante autoridad.

La escucho. Sé que sigue teniendo una parte de la cabeza en la casa de Matthew y que esta cena no cambia lo que le ha costado salir de allí. También sé que quiero que mañana vuelva a sentarse en ese taburete.

Matthew puede llamarlo como quiera. Yo ya no voy a fingir que me da igual.

—Mi hermana las hace más pequeñas —comenta Abril, separando con el tenedor una de las patatas que acompañan al salmón—. Eso va a necesitar cuchillo.

—Lo tienes a la derecha. He previsto esa eventualidad.

Se ríe y corta la patata antes de mojarla en la salsa de yogur, limón y eneldo.

Estamos sentados en dos taburetes contiguos de la isla, con la fuente entre los platos y el pan al alcance de los dos.

Al llegar apenas conseguía mirarme. Ahora está examinando mi cena con la confianza de quien no ha tenido que prepararla.

—Tiene un año menos que yo y lleva toda la vida convencida de que nació primero. Cuando fui a la universidad, apareció al año siguiente para supervisarme.

—Debió de ser una época agotadora para ella.

Abril me da un golpe suave en el brazo antes de llevarse la patata a la boca. Espero a que termine, satisfecho de haberle arrancado otra risa.

—Fue la que me llevó a una playa nudista —añade—. En España hay muchas. Dijo que me vendría bien hacer algo sin preparármelo antes.

Levanto la vista. Ella separa un trozo de salmón mientras yo intento adaptarme a la nueva dirección de la conversación.

—¿Y te lo preparaste?

—Consulté cómo se iba, dónde aparcar y si había algún sitio para comer.

—Una imprudencia por tu parte. Podrías haber preguntado también qué ropa llevar.

Me apunta con el tenedor, pero está sonriendo.

—Me costó muchísimo quitarme el bikini. Mi hermana ya estaba hablando con unos señores bajo una sombrilla y yo seguía tumbada boca abajo, calculando si podía pasar así el resto del verano. Entonces oí al hombre decir «preveer».

Dejo de masticar. Puedo imaginar con bastante claridad lo que viene después.

—Te levantaste.

—Primero lo corregí desde la toalla. Estaban jugando al Scrabble y él insistía en que la palabra existía porque la utilizaba muchísimo. Comprenderás que tuve que acercarme.

—Por supuesto. Había que proteger a su mujer.

—Su mujer me hizo sitio. Llevaba treinta años casada con un tramposo y por fin tenía un testigo.

Me río y Abril se anima, apoyando el antebrazo sobre la isla.

—Acabé jugando con ellos toda la mañana. Cuando mi hermana volvió del agua, me encontró discutiendo si podían admitirse conjugaciones verbales. Se sentó detrás y me puso crema en la espalda sin interrumpirme. Ya sabía que iba para largo.

—¿Habías conseguido quitarte el bikini?

—Nathaniel, estoy contándote algo sobre mi familia y tú pendiente de las tetas.

—Es una duda sobre el orden de los acontecimientos.

Se le escapa una carcajada. Tiene un poco de salsa en el pulgar y se la limpia con la servilleta antes de señalarme otra vez.

—Sí. Y aquel señor me llamó «la de las letras» durante el resto de las vacaciones. Me pareció bastante considerado.

—Tu hermana sabe cómo manejarte —observo mientras le acerco el pan—. Mairi también tiene sus métodos. Una vez me invitó a comer y dejó sobre la mesa una lámpara desmontada. Dijo que iba a tirarla porque un electricista le había asegurado que no tenía arreglo.

—¿Cuánto tardaste en arreglarla?

—Toda la puta tarde. Ni siquiera había llamado a un electricista.

Abril se ríe con la boca cerrada y levanta un dedo para pedirme que espere mientras termina de tragar.

—¿Y te enfadaste?

—Me había guardado el postre. Tiene experiencia.

Su expresión se suaviza. Recoge un poco de salsa con el pan y se queda mirándome.

—Te cambia el tono cuando hablas de ella.