Capítulo 14No me toques los cojones, Matthew
NO ME TOQUES LOS COJONES, MATTHEW
«Nathaniel»
E stoy guardando la compra cuando llama Matthew.
Dejo el teléfono sobre la encimera, activo el altavoz y continúo sacando cosas de la bolsa.
He comprado dos lomos de salmón para hacerlos al horno con patatas, yogur y eneldo para la salsa y una tarta de chocolate que ha sobrevivido al trayecto bastante mejor que los tomates.
Quiero dejar la cena encaminada antes de que llegue Abril.
—¿Tienes un momento? —pregunta Matthew.
—Depende. Si necesitas ayuda para mover un sofá, estoy fuera del país.
No se ríe. Escucho una puerta al cerrarse y después su respiración, bastante más tranquila que durante nuestra última conversación sobre Abril.
—Acaba de marcharse. Hemos estado recogiendo sus cosas y creo que todavía puedo recuperarla.
Dejo una bandeja en la nevera antes de contestar.
—¿Te ha dicho que quiere volver?
—No con esas palabras. Pero ha llorado, Nathaniel. Ha encontrado una fotografía y apenas podía mirarla. Todavía me quiere.
Cierro la nevera y me quedo con la mano en el tirador.
—Te lo dijo cuando se marchó. No recuerdo que eso le impidiera hacerlo.
—Hoy hemos podido estar juntos sin discutir todo el tiempo. Recogiendo, hablando de nuestras cosas… Por momentos parecía que volvíamos a ser nosotros. Necesito tiempo, eso es todo. Si se va a Madrid tengo la sensación de que se me acaba antes de poder hacer nada.
Me vuelvo hacia las bolsas. Conozco la dirección que está tomando la conversación y espero a que llegue por sí mismo.
—¿No hay alguna manera de retrasarlo? —pregunta—. Podrías decirle que la necesitáis aquí durante el verano. Para preparar las clases, reunirse con los profesores… Tú sabes cómo funcionan esas cosas.
Recojo el teléfono y desactivo el altavoz.
—Sí. Por eso sé que puede hacer su trabajo desde Madrid.
—Pero ella no tiene por qué saber que te da igual desde dónde lo haga. Si le explicas que durante las primeras semanas necesitáis trabajar juntos…
Dejo de sacar cosas de la bolsa.
—Ya acordamos las condiciones con ella, Matthew. No voy a inventarme una obligación para impedir que se vaya de vacaciones con su familia.
—No te estoy pidiendo nada definitivo. Unas semanas. Lleva años pasando allí el verano. Tampoco sería un drama que este llegara un poco más tarde.
—Entonces pídeselo tú.
Se hace un silencio. Lo escucho moverse antes de responder.
—Joder, Nathaniel. Si se lo pido yo, va a decirme que no quiere organizar su vida en función de la mía. Estoy intentando salvar una relación de cinco años. Perdona si no he tenido en cuenta vuestro calendario de reuniones.
—Lo has tenido muy en cuenta. Estás pidiéndome que lo utilice para conseguir lo que sabes que ella no aceptaría.
—Fui yo quien te pasó su currículum —replica—. Pensé que el proyecto le vendría bien, que estaba ayudándola.
Apoyo la mano libre en la encimera.
—Y la ayudaste. Eso no te da derecho a decidir ahora cuándo puede marcharse.
—Porque entonces íbamos a seguir juntos y ella iba a volver. No sonaba a algo definitivo.
Me gustaría creer que va a escuchar lo que acaba de decir y ahorrarme la respuesta, pero espera a que sea yo quien continúe.
—Sigue teniendo su trabajo en Fettes. Va a volver a Edimburgo, Matthew. Lo que no puedes dar por hecho es que vuelva contigo.
Él suelta el aire con impaciencia.
—Vale. Olvida Madrid. Pero podrías ayudarme con lo de tu casa. Mientras pueda quedarse contigo, no tiene ninguna necesidad de plantearse otra cosa.
Miro hacia el salón. Los ejercicios de Abril siguen sobre la mesa, junto a la taza que ha dejado antes de marcharse.
—¿Qué quieres que haga?
—Decirle que necesitas la habitación. Que viene Mairi unos días.
—Mi hermana tiene casa en Edimburgo.
—Pues que estás viendo a alguien y necesitas privacidad. Eso lo entendería. No hace falta entrar en detalles.
Durante unos segundos me quedo mirando el resto de la compra sin tocar nada.
—¿Me estás pidiendo que me invente que estoy follando con alguien para echar a Abril de mi casa? —pregunto, apoyando una mano en la encimera—. Escúchate un momento, joder.
—Quiero que me ayudes. Podría volver aquí mientras se organiza. Yo dormiría en el sofá.
La rapidez con la que responde me obliga a apartarme de la encimera. Le basta esa posibilidad. Abril tendría que recoger sus cosas otra vez, gastar dinero y preguntarse qué ha hecho para dejar de ser bienvenida, pero a Matthew le compensa si eso aumenta sus oportunidades.
—Abril se queda —respondo—. Le ofrecí una habitación hasta que se marchara a Madrid. No voy a retirársela para comprobar si, poniéndoselo más difícil, consigues que vuelva.
—Eres mi mejor amigo, Nathaniel. Te estoy pidiendo ayuda porque no sé qué hacer.
Me paso una mano por la nuca. He recibido llamadas suyas a horas mucho peores y por motivos que no siempre me han parecido defendibles.
Tantos años de amistad incluyen suficientes errores compartidos para que ninguno pueda adoptar una superioridad demasiado cómoda. Lo quiero. Eso hace esta conversación bastante más desagradable.
—Pídemela de otra forma.
—Tú no lo entiendes —insiste—. La conoces de cenas, de fines de semana con nosotros y de estos días en tu casa. No sabes cómo es vivir con ella de verdad.
Conozco mucho más a Abril de lo que él cree.
—Puedes explicármelo sin decidir primero lo que sé o lo que no.
Matthew tarda un momento en continuar.
—¿Te acuerdas de cuando no me dieron la jefatura del departamento? Dije que me alegraba por Duncan, que me quitaba de encima un montón de trabajo administrativo. Hasta hice bromas durante la cena.
Me acuerdo. Pensé que estaba llevando bastante bien que eligieran a alguien con menos experiencia.
—Llegamos a casa y Abril me preguntó si quería seguir siendo tan comprensivo o si podíamos admitir un rato que me había sentado como una patada. Yo seguí diciendo que me daba igual. Entonces empezó a contarme todas las veces que había ensayado aquella entrevista hablando solo en la ducha.
Se le escapa una risa breve y espero mientras parece quedarse un momento en aquella noche.
—Me hizo reír y acabé diciéndole que me daba una vergüenza de cojones entrar al día siguiente en la sala de profesores.
Todos sabían que quería el puesto. Ella también.
No intentó convencerme de que yo era mejor que Duncan.
Me preguntó qué parte me dolía más, y pude decirle que me jodía que nadie pareciera sorprendido de que no me hubieran elegido.
Bajo la cabeza. Esa confesión no me la hizo a mí.
—Con Abril podía admitir esas cosas. Que tenía envidia, que quería que me felicitaran, que a veces me importaba demasiado parecer un buen tipo.
Me escuchaba y al día siguiente seguía mirándome igual.
—Se aclara la garganta—. Nadie me ha conocido tanto, Nathaniel.
Ahora me pasan cosas y pienso en cómo se las voy a contar. Después recuerdo que ya no está.
Miro los ejercicios que ha dejado sobre la mesa. Esta mañana la he escuchado hablar de sus alumnos. Cuando encuentra una respuesta equivocada, intenta comprender cómo ha llegado ese chico a escribirla y qué necesita explicarle de otra manera.
La he visto sobreponerse al espanto para seguir hablando con Maryam sin hacerla sentirse observada con lástima cuando a los demás nos costaba encontrar algo que decir.
También la he oído defenderme cuando pensaba que yo no estaba delante. Ni siquiera le caía bien, según ha insistido en recordarme durante cinco años, y aun así no soportó escuchar que redujeran mi trabajo a lo que había heredado.
Matthew se aclara la garganta.
—No es solo que estuviera cuando lo necesitaba.
Me gustaba llegar a casa para escucharla.
Siempre había ocurrido algo. Un alumno había dicho una tontería, había encontrado un libro que yo tenía que leer o estaba enfadadísima por una noticia.
Podía pasarse diez minutos explicándome por qué un titular estaba mal escrito y conseguir que me importara.
Dejo caer la cabeza un instante. Reconozco demasiadas cosas en lo que está contando y me molesta que las mencione con esa intimidad de quien las ha tenido durante años. Yo llevo unos días alargando las cenas porque Abril todavía no ha terminado una historia. Él tuvo cinco años.
—Cuando estaba conmigo, podía ser un desastre un rato —dice, más bajo—. No tenía que resultar interesante, ni divertido, ni saber qué hacer. Ella ya me conocía. Nadie me ha visto tanto como Abril, Nathaniel. Nadie. Y yo lo he jodido.
Me pregunto si sabe lo del vibrador color ciruela. Si conoce su manera de besar, ese gesto de la lengua contra el paladar que llevo desde anoche recordando en momentos completamente inoportunos.
Seguramente sí. Han pasado cinco años juntos.
La idea me produce un malestar tan inmediato que tengo que mirar hacia la ventana para no responderle desde ahí.
—La casa está muerta sin ella —continúa.
La mía ha cambiado desde que llegó y no tengo ninguna prisa por devolverla a su estado anterior. Me he acostumbrado a que haya algo que contar durante la cena, a encontrar una taza en un sitio donde yo no la dejaría, a levantar la cabeza cuando oigo sus pasos.
No pienso renunciar a eso para que él recupere lo que no supo cuidar.
—Sé que la echas de menos —respondo—. Lo que no entiendo es que quieras recuperar a la persona con la que podías ser honesto pidiéndome que le mienta.
Matthew permanece callado. Vuelvo hacia la cocina y guardo el paquete de café que sigue fuera.
—Perdona —dice al fin—. Estoy haciendo las cosas fatal. Contigo también. Ayer me comporté como un imbécil.
—Ayer estabas enfadado contigo mismo y decidiste que nosotros teníamos la culpa.
—Estaba loco de celos. Os vi salir de la terraza y empecé a imaginar cosas. Pero he hablado con ella y ya entiendo que era una estupidez.
Los dedos se me quedan quietos sobre la puerta del armario.
—¿Qué has hablado con ella?
—Le he preguntado si había algo entre vosotros y se ha reído. Como si acabara de decirle la mayor tontería del mundo.
Cierro el armario despacio.
—¿Qué te ha contestado? —insisto.