Otro maldito escocés Capítulo 13Ciruela y otras cosas difíciles de explicar #3
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Capítulo 13Ciruela y otras cosas difíciles de explicar #3

Todavía estoy recogiendo mis libros de la casa de un hombre al que he amado durante cinco años. Hace unos minutos he tenido que esforzarme para no llorar al encontrar una dedicatoria suya.

Me ha costado muchísimo admitir que tenía miedo de estar sola. Necesito averiguar qué hago con ese miedo cuando aparece, sin buscar enseguida a alguien que me quite las ganas de volver con Matthew.

Y elegir precisamente a Nathaniel tendría algo de mudarme llevándome también el vecindario. Seguirían los mismos amigos, las mismas bodas, mi ex sentado al otro lado de la mesa. Menudo cambio de vida. Hasta podría conservar las invitaciones del calendario.

Por supuesto, también seguiría Catriona. Ya he compartido bastante escenario con esa mujer.

—Veo que confías más en que Nathaniel respete vuestros códigos de lo que tú respetaste los nuestros.

Lo peor es que yo también. Nathaniel es perfectamente capaz de respetar un código de honor aunque nadie recuerde ya cuándo lo acordaron. Es un highlander, por el amor de Dios. Seguro que hubo un juramento de sangre y una daga heredada.

Matthew deja de mirarme.

—Sé que te he fallado —responde al cabo de un momento—. Lo siento, Abril.

—Perfecto —digo al fin, buscando la cinta—. Pues puedes quedarte tranquilo. Yo tampoco quiero más relaciones con escoceses. Hay que abriros en canal para que habléis de sentimientos, pero oís una gaita y os ponéis a llorar. No más malditos escoceses, gracias.

Matthew sonríe apenas. Yo consigo hacer lo mismo, aunque me tiembla un poco la boca, y agradezco que me acerque las tijeras sin intentar aprovechar el momento.

Seguimos trabajando. La vajilla azul se queda aquí.

Me llevo la cafetera y él guarda la mesa del escritorio porque no tiene sentido llevármela ahora.

Encuentro unos pendientes en un cajón y un cargador que llevaba meses buscando.

Durante unos minutos conseguimos discutir sobre a quién pertenece una edición de Dickens sin que la conversación termine en nada más.

Después aparece una fotografía de los dos entre unas carpetas. Estoy riéndome en ella, con la cabeza apoyada contra su hombro, y Matthew me mira a mí en lugar de a la cámara. La sostengo un momento. Me acuerdo de aquella tarde y de lo fácil que me resultaba entonces creer en nosotros.

—Puedes llevártela —dice él.

Niego despacio y la dejo sobre la mesa.

—Hoy no.

Matthew la recoge y yo continúo revisando los papeles, aunque tengo que apartar uno porque una lágrima ha caído sobre la esquina. Él me acerca la caja de pañuelos. Cojo uno sin mirarlo y me seco la cara, enfadada con esa parte de mí que todavía quiere que sea él quien me abrace.

Cuando terminamos, las tres cajas están cerradas junto a la pared y quedan varios montones de cosas para otro día.

Escribo mi nombre encima, compruebo la fecha de recogida y le reenvío el correo de la empresa.

Me cuesta ver «Abril Noguera» escrito en cartón dentro de una casa en la que nunca había necesitado marcar qué era mío.

Matthew me acompaña hasta la puerta con el abrigo. Al ponérmelo noto que estoy cansada y que me duele la espalda. Él me libera el pelo que ha quedado atrapado en el cuello, y cierro los ojos un instante al sentir sus dedos.

—¿Vas a volver mañana? —pregunta.

Me aparto despacio antes de responder.

—Te escribiré para acordar otro día. No creo que mañana pueda hacer esto otra vez.

Asiente y abre la puerta. Salgo con el bolso apretado contra el costado y bajo las escaleras intentando no echarme a llorar hasta llegar a la calle.

El aire fresco me ayuda. Camino unos metros antes de sacar el móvil y encuentro un mensaje de Nathaniel, enviado hace veinte minutos.

Voy a comprar. ¿Cenarás aquí?

Me seco debajo de los ojos con el pañuelo antes de contestar.

Sí. Acabo de terminar. Voy hacia la parada.

Su respuesta llega cuando todavía tengo la conversación abierta.

¿Te apetece algo en particular?

Empiezo a escribir que me da igual, pero borro las palabras.

Me apetece llegar y no tener que decidir nada más hoy.

Los tres puntos aparecen casi enseguida.

De acuerdo. Yo me encargo de todo.

Me quedo un momento con el teléfono entre las manos. Después llega otro mensaje.

Puedes elegir una película. Esa decisión te la dejo.

¿Cualquiera?

Ya me estoy arrepintiendo.

Se me escapa una sonrisa mientras despliego el pañuelo buscando una esquina seca.

Podríamos ver una romántica. Por ampliar tu formación.

Procura que el protagonista tenga algún defecto. Me gustaría aprender algo nuevo.

Esta vez me río. Una mujer que espera en la parada levanta la vista y yo bajo la cabeza hacia la pantalla.

La modestia sigue pendiente, por lo que veo.

Elige la película, Abril. Voy a comprar antes de que decidas que también necesito un libro de autoayuda.

Guardo el móvil cuando veo acercarse el autobús.

Todavía tengo los ojos hinchados y me escuece la nariz, pero durante el trayecto abro la cartelera de una plataforma y busco una película que le dé motivos para protestar.

Si voy a llorar otra vez esta noche, prefiero que sea viendo una película y escuchándolo quejarse del protagonista.