Capítulo 13Ciruela y otras cosas difíciles de explicar #2
—Podemos hablar de estas cosas con naturalidad —murmuro—. Somos amigos.
Su boca se curva apenas. Apoya las manos en el borde de la encimera y baja la cabeza un instante antes de mirarme otra vez.
—Puedes llamarlo amistad si te facilita la conversación, pero no esperes que yo consiga escucharte con ese espíritu.
Bajo los ojos hacia mi carpeta. Hace apenas unos minutos estaba corrigiendo el uso de las metáforas y ahora tengo dificultades para procesar una afirmación que no contiene ninguna.
—Solo intentaba darle un poco de contexto —admito mientras recojo el juguete y lo oculto entre las manos.
Nathaniel saca la taza de la cafetera y se queda un instante frente a mí antes de dirigirse al despacho.
—Entonces, la próxima vez, limítate solo a decirme que es ciruela. Estoy intentando comportarme con normalidad, pero agradecería cierta colaboración.
Lo veo marcharse y espero a que cierre la puerta antes de bajar la mirada hacia el responsable de la conversación. Después de todo lo que acabo de contarle, guardarlo en un cajón me parece una medida de discreción bastante tardía.
A las cuatro menos cinco estoy delante de mi antigua casa con tres cajas plegadas, un rollo de cinta adhesiva y las llaves en la mano.
Matthew abre antes de que llegue a utilizarlas.
Se ha afeitado y lleva la camisa que le regalé por su cumpleaños.
Recuerdo haberle remangado la camisa aquella noche porque protestaba por el calor y no quería cambiarse algo que acababa de comprarle.
Ahora reconozco el cuello mientras intento pasar las cajas por la puerta sin golpear el marco.
—Podrías haberme dicho que traías todo eso —comenta, apartándose para dejarme entrar—. Te habría ayudado a subirlo.
—Pesan menos vacías. La parte interesante viene después.
Las dejo junto a la estantería y me quito el abrigo.
Matthew lo coge y lo cuelga en el sitio de siempre.
Durante un instante me basta con verlo hacer eso para sentir que he vuelto de algún recado y puedo dejar el bolso, quitarme los zapatos y preguntarle qué le apetece cenar.
Busco el rotulador antes de que la idea encuentre dónde acomodarse.
Hay una taza sobre la mesa baja y el mando de la televisión está en mi extremo del sofá.
El cojín que suelo ponerme detrás de la espalda continúa allí, hundido contra el brazo.
Me había preparado para encontrar cosas distintas.
Que apenas haya cambiado nada consigue dolerme de una forma que no había previsto.
—He separado los documentos del escritorio —me informa, señalando una carpeta—. No sabía cuáles ibas a necesitar y he preferido dejarlo todo.
Le doy las gracias y me arrodillo para montar la primera caja.
Él se agacha al otro lado, sujeta las solapas y espera a que pase la cinta.
Conozco esa manera de trabajar juntos. Hemos montado muebles, envuelto regalos y discutido sobre instrucciones que ninguno quería leer.
Hoy colabora conmigo para vaciar una estantería que elegimos los dos.
Cuando el cartón queda firme, me levanto y empiezo por el estante superior. Los primeros libros salen fácilmente. Después retiro uno y aparece detrás una fotografía pequeña que había olvidado por completo, de una excursión en la que terminó lloviendo. La dejo donde está y cojo el siguiente.
—¿Vas a llevarte todos? —pregunta Matthew, mirando el hueco.
—Los míos, sí. Los que compramos juntos podemos repartirlos.
Coge una novela que acabo de dejar en el suelo. Tiene una esquina doblada y una mancha de café en el borde de las páginas.
—Este te lo regalé yo —dice mientras pasa el pulgar por el lomo.
—Lo sé. Todavía tengo la dedicatoria.
Levanta la vista hacia mí y me arrepiento un poco de haberlo mencionado. Parece que acabo de ofrecerle algo, aunque solo he dicho la verdad. Le quito el libro con cuidado y lo guardo antes de que cualquiera de los dos sienta la necesidad de abrirlo.
Me preocupa que llegue un día en que pueda leer esas palabras sin recordar cómo me sentí cuando las escribió. También me preocupa que eso no ocurra nunca. Coloco otro volumen encima y continúo, porque he venido con tres cajas y no puedo detenerme a despedir cada cosa por separado.
—Necesito preguntártelo, Abril. ¿Está pasando algo con Nathaniel?
Tengo las manos dentro de la caja. Las dejo apoyadas sobre los libros unos segundos antes de incorporarme.
—He venido a recoger mis cosas, Matthew. Acordamos que hoy haríamos esto.
—Lo sé. Pero ayer os vi y no puedo fingir que no me afecta. Vivís juntos, os marcháis de la mesa, aparecéis después de estar solos… Estoy intentando entenderlo.
Me mira esperando una respuesta y siento el impulso de dársela. Podría contarle que yo tampoco sé muy bien qué estoy haciendo y que esta mañana he necesitado revisar tres veces un ejercicio porque no conseguía concentrarme. Me avergüenza lo rápido que sigo buscando algo que pueda tranquilizarlo.
—Me está costando bastante estar aquí recogiendo nuestra vida como para pasarme la tarde explicándote lo que hago cuando salgo de esta casa —respondo.
—Es mi mejor amigo —insiste, aunque esta vez habla más bajo—. Puedes entender que no me resulte indiferente.
—Lo entiendo. Pero yo tampoco imaginaba que estaría viviendo en su casa. Hace unas semanas todavía esperaba que tú y yo pudiéramos estar bien.
La voz me falla al terminar y me vuelvo hacia la estantería. No quiero que interprete mis ganas de llorar como una invitación a convencerme de que vuelva.
Matthew se acerca un poco, pero se detiene antes de tocarme.
—Entonces entiendes que me pregunte si él también considera que no me debe ninguna explicación.
—Eso tendrás que hablarlo con él —respondo mientras saco otro grupo de libros—. No puedo seguir ocupándome de lo que pasa entre tú y otras personas. Ya he dedicado bastante tiempo a eso.
Permanece callado mientras coloco los libros. Después recoge uno que ha quedado apartado y me lo ofrece. Es mi ejemplar de La casa de los espíritus , lleno de notas, con un papel doblado entre dos páginas.
Lo acepto y compruebo que sigue allí una lista que escribí hace años en un billete de tren.
—Gracias —murmuro antes de guardarlo.
Matthew se pasa una mano por el pelo y mira hacia la ventana. Cuando vuelve a hablar parece haber encontrado algo que le permite respirar mejor.
—No, tienes razón. Me está cegando la incertidumbre. Conozco a Nathaniel desde hace casi treinta años. No tendría que estar haciéndote estas preguntas. Él no te ve como una mujer.
Me quedo inmóvil y levanto la cabeza.
—Hombre, gracias. ¿Qué cree que soy? ¿Un mapache?
Matthew cierra los ojos un instante y después se agacha a mi lado, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—Sabes que no quiero decir eso. Para él eres la pareja de su mejor amigo. Te ha conocido conmigo, has formado parte de mi vida durante cinco años…
—Expareja —lo corrijo—. Todavía me cuesta decirlo, así que te agradecería que no me obligaras a repetirlo para que lo tengas en cuenta.
Asiente, incómodo, pero continúa.
—Ya me entiendes, Abril. Entre nosotros hay un código. Jamás nos meteríamos con la pareja del otro, ni con una ex, ni siquiera con alguien por quien el otro sintiera interés. Nunca lo hemos hecho. Nathaniel se toma esas cosas muy en serio.
Me acuerdo de la terraza y prefiero concentrarme en la caja. Lo de anoche se nos fue de las manos, pero un beso tampoco obliga a nadie a querer repetirlo.