Otro maldito escocés Capítulo 13Ciruela y otras cosas difíciles de explicar
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Capítulo 13Ciruela y otras cosas difíciles de explicar

CIRUELA Y OTRAS COSAS DIFÍCILES DE EXPLICAR

T engo diecisiete ejercicios abiertos sobre la mesa de la cocina y un mensaje de Matthew que empieza por «No quiero presionarte».

Lo ha enviado después de otros tres, de modo que agradezco que haya aclarado sus intenciones. Sin esa introducción habría podido interpretar que preguntarme cuatro veces si podemos hablar constituye algún tipo de insistencia.

Dejo el móvil boca abajo y vuelvo al trabajo de Sophie.

Estoy preparando la clase del lunes y debería haber terminado hace media hora, pero Nathaniel ha salido a correr o a practicar el figissu, o como se llame, ese de pegar leches, y cada ruido del edificio me hace levantar la cabeza.

Resulta difícil corregir un comentario de texto mientras una parte de mi atención espera a que vuelva.

Anoche, al llegar, me preguntó si necesitaba algo antes de acostarme. Después comprobó que la puerta estaba cerrada y me deseó buenas noches desde el pasillo. Yo respondí con una educación admirable para una mujer que llevaba todo el trayecto intentando averiguar si iba a besarla otra vez.

No lo hizo. Me fui a mi habitación con el vestido en su sitio y una decepción que preferí atribuir al cansancio.

Matthew, en cambio, no encontró ninguna dificultad para manifestar interés por lo ocurrido en la terraza. Nos vio salir de detrás del macetero y esperó junto a la puerta, con una copa que llevaba tanto tiempo en la mano que el hielo debía de haberse jubilado.

—Os estaba buscando —dijo, mirando primero a Nathaniel y después a mí—. Habéis desaparecido.

—Hemos salido a tomar el aire —respondí mientras pasaba junto a él.

La explicación me pareció suficientemente generosa. Matthew se volvió para seguirme y preguntó si podíamos hablar un momento. Le recordé que estábamos en una boda. Él contestó que precisamente por eso prefería hacerlo fuera, una forma bastante creativa de interpretar mi negativa.

Catriona apareció detrás antes de que termináramos. Sujetó a Nathaniel por el brazo y le dijo algo en voz baja que no alcancé a escuchar. Sí vi cómo él miraba su mano antes de retirar el brazo.

—Si quieres preguntarme algo, puedes hacerlo aquí —respondió—. No voy a apartarme contigo para explicarte por qué he salido a una terraza.

Catriona dejó caer la mano. Yo continué hacia nuestra mesa procurando no sonreír, porque ya había disfrutado bastante de la incomodidad ajena durante una sola noche y convenía reservar algo para futuras celebraciones.

Matthew volvió a intentarlo cuando fui al baño, mientras esperábamos a que nos trajeran los abrigos y junto al coche.

Para entonces había dejado de resultarme satisfactorio.

Quería despedirme de Emma, quitarme los zapatos y volver a casa sin tener que presentar una relación detallada de mis movimientos.

A casa de Nathaniel, concretamente. Matthew encontró varias maneras de recordármelo.

El móvil vibra otra vez y lo giro con el bolígrafo todavía entre los dedos.

¿Sigues viniendo esta tarde?

Eso sí requiere respuesta. Hemos quedado a las cuatro para que recoja más cajas y empaquete otras. Confirmo la hora, silencio la conversación y termino de escribir una observación en el margen del ejercicio de Sophie justo cuando oigo la llave.

Nathaniel entra con una camiseta oscura y el pelo húmedo en las sienes. Cierra la puerta, deja las llaves en el cuenco y se inclina para desatarse las zapatillas. La camiseta se le pega entre los hombros al incorporarse. Yo bajo los ojos al papel con la vaga esperanza de que todavía sepa leer.

—Buenos días —saluda mientras se acerca al fregadero—. ¿Has desayunado?

—Sí. Hay café, aunque a estas alturas tendrás que negociar con él la temperatura.

Se sirve agua y bebe apoyado en la encimera. Me resulta irritante que conserve exactamente la misma boca que anoche y pueda utilizarla para una actividad tan corriente. Estoy bastante segura de que ese pensamiento merece quedarse dentro de mi cabeza.

Nathaniel deja el vaso y mira los papeles.

—¿Trabajando un domingo?

—Estoy adelantando lo de mañana. Esta tarde voy a recoger cosas a casa de Matthew y prefiero no confiar en mis ganas de corregir cuando vuelva.

Asiente y se acerca a mirar el ejercicio que tengo delante. Su mano queda apoyada junto a mi cuaderno y durante unos segundos presto más atención a sus dedos que a la pregunta que me hace.

—¿Esta es la alumna que quiere estudiar en Madrid?

Levanto la cabeza. Se lo conté durante una cena, entre una llamada de mi madre y una discusión sobre cuánto ajo admitía una receta.

—Sophie, sí. Ha elegido este fragmento porque le interesa cómo cambia lo que cuenta la narradora según a quién se dirige.

Nathaniel lee un par de líneas y señala una anotación mía.

—Le has dicho que se contradice, pero no le has marcado dónde.

—Quiero que lo encuentre. Si se lo señalo todo, aprenderá a corregir mis correcciones. Tiene criterio. Aunque a veces necesita fiarse de él antes de buscar lo que cree que quiero escuchar.

Continúa leyendo y después aparta la mano.

—Tiene que resultar agotador preparar diecisiete maneras distintas de conseguir que alguien piense.

—Por eso bebo tanto café —respondo, aunque me gusta que lo haya entendido—. Y por eso no acepto críticas sobre el tamaño de mi taza.

Su mirada pasa de la taza a mi cara. Por un instante creo que va a mencionar algo de anoche, pero se endereza y recoge el vaso.

—Voy a ducharme. Si necesitas llevar cajas esta tarde, tienes varias vacías en el cuarto del fondo.

Le doy las gracias y lo veo marcharse antes de obligarme a volver a Sophie. Consigo terminar su ejercicio, revisar otro y levantarme para preparar más café.

Estoy guardando la leche cuando Nathaniel regresa al pasillo con el pelo mojado, una camiseta pegada a los músculos de su torso y mi vibrador colgando de dos dedos por la correa.

Mierda, me lo he dejado en la bañera. En el piso hay dos baños, pero el baño de Nathaniel es el único que tiene bañera y me ha dicho que puedo usarla cuando me apetezca… siempre que no esté él, por supuesto. Como esta mañana.

Me quedo con la taza a medio camino de la boca mientras él se detiene al otro lado de la isla y observa el objeto. Su expresión me resulta bastante ofensiva para alguien que anoche necesitó esconder su erección detrás de una planta.

—No pongas esa cara —le pido mientras dejo el café—. Se me olvidó guardarlo.

Nathaniel levanta los ojos hacia mí, pero mantiene la mano extendida entre nosotros.

—Estoy sujetando un pene de silicona morado que he encontrado junto a mi champú. No tenía preparada una expresión para esta circunstancia.

—Es ciruela —corrijo antes de acercarme a cogerlo—. Y agradecería que dejaras de sostenerlo así. Parece que lo has pescado.

Baja la mirada hacia la correa y después me lo entrega.

Lo cojo con una rapidez que habría preferido reservar para una emergencia real.

Ahora tengo que decidir dónde meterlo, porque llevo unos pantalones sin bolsillos y encima de la mesa están los ejercicios de mis alumnos.

Termino colocándolo detrás del portátil, donde queda de pie con una estabilidad absolutamente inoportuna.

Nathaniel sigue el movimiento. Yo lo tumbo.

—Muchísimo mejor —comenta mientras se vuelve hacia la cafetera.

No sé si se refiere al color, a la postura o a la posibilidad de prepararse un café sin tener aquello presidiendo la cocina.

Lo observo sacar una taza y siento la necesidad de aclarar que soy una mujer adulta, que esto es perfectamente normal y que no hay ninguna razón para que me arda la cara.

Todas esas cosas podrían quedar demostradas si me sentara y continuara trabajando.

—No tiene nada de raro —señalo, cruzándome de brazos.

—No he dicho que lo tenga.

—Tu cara ha hecho algunos comentarios adicionales.

Nathaniel deja la taza bajo la cafetera y apoya una mano en la encimera antes de mirarme.

—Abril, mi cara acaba de encontrarse con eso mientras buscaba el gel. Procura concederle cierto margen.

Se me escapa una risa, aunque sigo bastante más pendiente de su opinión de lo que me conviene. Anoche me besó. Esta mañana se ha interesado por mi trabajo y después ha encontrado una parte de mi equipaje que yo habría preferido presentar en otras circunstancias. Por ejemplo, ninguna.

—Además, tiene una explicación —añado mientras acerco la carpeta para taparlo mejor—. He descubierto que limitarme a estimular el clítoris me deja con la sensación de que falta algo.

Nathaniel se queda quieto con la mano junto al botón de la cafetera.

Veo perfectamente el momento en que mi explicación le incomoda y yo debería ser inteligente y terminar la conversación.

En cambio, interpreto su silencio como una invitación a completar el argumento.

Quince años enseñando y todavía no he aprendido a reconocer cuándo una explicación ya ha durado demasiado.

—La penetración sola tampoco me sirve —continúo—. Necesito las dos cosas. Es una especie de vacío que no termino de resolver de otra manera y, bueno, para eso está… —Señalo vagamente detrás del ordenador y descubro que he conseguido convertir un juguete en material de apoyo.

Nathaniel baja la cabeza. Se pasa una mano por la nuca y tarda unos segundos en volver a mirarme.

—Madre mía, Abril. He venido a devolverte algo del baño y ahora sé exactamente para qué lo necesitas.

—Creo que eso podías deducirlo por la forma.

Su mirada se queda fija en la mía. Durante un momento pienso que va a reírse, pero lo único que hace es soltar el aire despacio.

—Había conseguido mantener mis deducciones en un nivel bastante general. Tú acabas de encargarte del resto.

—Solo estaba explicándotelo —respondo, aunque esta vez me cuesta sostenerle la mirada—. Soy profesora. Tendemos a asegurarnos de que el concepto ha quedado claro.

—Ya. Ha quedado clarísimo. Y yo ahora estoy intentando no imaginarlo.

La cafetera empieza a funcionar cuando por fin pulsa el botón. El ruido ocupa unos segundos que agradezco, porque necesito decidir qué hacer con esa respuesta.