Epílogo 2
«Nathaniel»
Abril está tumbada frente a mí, con una pierna atrapada entre las mías y el pelo desordenado sobre la almohada. La sábana apenas le cubre la cadera. Lleva un rato dormida, aunque de vez en cuando mueve los dedos contra mi pecho, comprobando que sigo aquí sin necesidad de despertarse.
Tengo la mano sobre uno de sus pechos. El pulgar recorre despacio la curva inferior y vuelve a subir hasta rodearle el pezón.
Después de quince días sin tocarla, todavía no he terminado de convencerme de que puedo hacerlo.
De que esta mujer está desnuda en mi cama, en Madrid, y no voy a tener que conformarme con verla desde el otro lado de una mesa mientras procuro que nadie se dé cuenta de cuánto la miro.
He pasado años procurando que no se me notaran las ganas de acercarme y todavía hay momentos en los que necesito recordar que puedo hacerlo sin preguntarme qué coño estoy haciendo.
Abril suspira cuando le acaricio el pezón. Se acerca un poco más y su rodilla asciende entre mis piernas. Mi cuerpo responde con muy buena disposición, pero mantengo el movimiento lento.
La he despertado dos veces esta noche. Tres, según ella, aunque considero discutible que la primera cuente porque todavía no habíamos llegado a dormir.
La observo mientras vuelve a relajarse. Tiene una marca pequeña junto a la clavícula que recuerdo haberle dejado hace unas horas y los labios algo hinchados.
Cuando la conocí también llevaba el pelo así, oscuro, largo, mojado y revuelto, aunque entonces era por culpa de la lluvia.
Llegué tarde al pub. Matthew había reunido a varios compañeros del colegio para celebrar el final del trimestre y yo estuve a punto de no ir.
Había pasado el día discutiendo con un cliente que consideraba opcionales los plazos que él mismo había firmado.
Solo quería una cerveza y veinte minutos de conversación que no incluyeran cables submarinos.
Encontré a Abril agachada junto a mi silla poco después de sentarme.
Recuerdo haber querido prolongar la conversación y haber tardado en marcharme después de que ella se fuera.
No pensé que acababa de conocer a la mujer de mi vida, sino que pensé que quería volver a verla, preferiblemente en un lugar donde pudiera escucharla sin inclinarme sobre una mesa.
Podía haberle pedido el teléfono. También podía haber utilizado aquel libro para proponerle un café. Me fui sin hacer ninguna de las dos cosas, convencido de que habría otra ocasión.
Al día siguiente, Matthew me dijo que ella le gustaba de verdad, que se estaban conociendo.
Él estaba contento, quería contarme cosas de ella y yo tuve que escucharlo hablar de la mujer a la que llevaba toda la mañana pensando en llamar. Acabé felicitándolo. Después me molestó que aquella conversación me hubiera estropeado el día.
Me habría gustado poder atribuirlo a una atracción que se pasaría al conocerla mejor. Conocerla mejor resultó ser precisamente el problema.
Abril mueve la cabeza en la almohada y la punta de su nariz roza mi barbilla. Bajo la boca hasta su frente y continúo acariciándole el pecho mientras recuerdo todo lo que vino después.
Matthew empezó a llevarla a nuestras cenas, a los pubs y a las celebraciones. También hubo conciertos, un festival bajo una lluvia miserable y una sesión de cine en la que ella se sentó entre los dos porque Matthew quería el asiento del pasillo.
Abril pasó media película con el muslo pegado al mío.
No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Comía palomitas, se inclinaba hacia Matthew para hacerle algún comentario y volvía a acomodarse contra mí. Yo permanecí inmóvil durante dos horas y diecisiete minutos, una demostración de autocontrol que nadie tuvo la cortesía de valorar.
Cuando encendieron las luces, me preguntó si me había gustado la película. Le contesté que el protagonista tomaba decisiones poco creíbles y ella dedicó todo el camino hasta el pub a demostrarme que estaba equivocado.
Durante cinco años se coló en cada espacio que compartía con Matthew hasta que empecé a contar con que estaría allí.
Sabía qué cerveza pedirle, en qué conciertos acabaría perdiendo la voz y cuánto tardaría en quitarse los zapatos al llegar a una casa ajena.
Aprendí que doblaba las esquinas de los libros pese a llevar siempre un marcapáginas, que daba las gracias cuando alguien la elogiaba pero dejaba de respirar un instante, y que era capaz de recordar el cumpleaños del camarero de un pub mientras olvidaba dónde había puesto su propio teléfono.
También aprendí a distinguir cuándo estaba incómoda.
Al principio pensé que Matthew lo veía igual que yo. Después empecé a comprender que confiaba demasiado en que Abril se adaptara.
Si Catriona llamaba, ella entendería que se conocían desde niños.
Si una cena cambiaba, Abril aceptaría el nuevo plan.
Si él y Catriona convertían una conversación en un lugar al que nadie más podía entrar, Abril encontraría a otra persona con la que hablar o se quedaría escuchando hasta que volvieran a acordarse de ella.
Matthew no necesitaba decidir conscientemente que otra persona era más importante. Bastaba con que diera por hecho que Abril seguiría allí cuando terminara.
Vi cómo ella sonreía para evitar una discusión, cómo apartaba una silla para hacer sitio y cómo se entretenía recogiendo vasos mientras esperaba a que Matthew terminara de atender a Catriona.
Alguna vez le pregunté si estaba bien. Siempre me contestó que sí y yo acepté esa respuesta porque no era mi pareja, porque él era mi amigo y porque convertí el respeto a aquella frontera en una excusa muy conveniente para no preguntarme por qué me dolía verla al otro lado.
No volverá a preguntarse si debe competir con alguien para conseguir mi atención. Nunca le pediré que soporte una incomodidad para evitarme a mí el trabajo de decepcionar a otra persona.
Cuando el trabajo me absorba, no esperaré que Abril interprete mi ausencia como una prueba de amor responsable.
Estará antes que una reunión que pueda aplazarse, que un correo enviado de madrugada o que cualquier hombre convencido de que su problema merece invadir nuestra cena.
Habrá ocasiones en que no pueda dejarlo todo.
En esas ocasiones sabrá dónde estoy, cuándo vuelvo y que también yo estoy deseando regresar.
Deseo que llegue a la cama sabiendo que la he querido desde que abrió los ojos, aunque esa noche estemos cansados o discutamos o ella decida que prefiere dormir enredada en la sábana sin que yo la moleste.
Sobre todo, me niego a acostumbrarme.
No quiero que dentro de cinco años su presencia sea algo que doy por descontado mientras atiendo a todo lo que hace más ruido.
Quiero seguir levantando la cabeza cuando entre en una habitación.
Escuchar sus historias aunque empiece por el final y tenga que retroceder tres capítulos para explicármelas.
He de recordarle que la quiero antes de que necesite preguntárselo.
Abril abre los ojos mientras mi pulgar vuelve a pasar por su pezón. Tarda un momento en enfocar la mirada y después baja los ojos hacia mi mano.
—Empiezo a sospechar que no estabas intentando ayudarme a dormir —murmura.
Tiene la voz ronca.
Deslizo mi mano con suavidad sobre el pecho.
—Llevas varios minutos empujándote contra mí —respondo—. Estaba intentando determinar si era involuntario.
—Es involuntario. Mi cuerpo carece de disciplina cuando estás desnudo.
—El problema parece grave.
—Muchísimo. Pero antes de que emprendas otro tratamiento, necesito recuperar algunas funciones básicas. Creo que todavía me falta una rodilla.
Bajo la mano por su muslo hasta encontrarla y doblo la pierna sobre mi cadera. Abril sonríe, pero al mirarme con más atención su expresión cambia. Me acaricia la frente y después la línea de la ceja.
—Estás pensando demasiado —dice—. Llevas esa cara.
—Esta es mi cara.
—Conozco tu cara. Esta incluye una reunión completa del consejo de administración.
—Estaba pensando en la primera vez que te vi —admito—. Y en todo lo que ocurrió después.
Abril se acerca hasta que su frente toca la mía. La tengo desnuda entre los brazos y, aun así, hay una intimidad distinta en dejar que vea al hombre que compró aquel libro porque no sabía cómo pedirle que volviera.
—¿Y qué decidió el consejo? —pregunta en voz baja.
—Que le gustas mucho.
Abril se aparta para verme la cara. Me acaricia la mejilla y después me besa, con una sonrisa que noto contra la boca.
—Se te nota más de lo que crees —susurra—. Pero me encanta oírtelo. A mí me gusta tu boca —dice al fin, pasando el pulgar por mi labio—. Sobre todo cuando estás intentando no reírte. Y me encanta descubrir que vas a hacerlo antes de que se te note.
Le beso el dedo y lo aparto para acercarme a ella. Abril recibe el beso sujetándome la nuca. Cuando levanto la cabeza, sigue mirándome con esa expresión, y comprendo que podría pasarme horas escuchando cosas sobre mí que hasta ahora no me habían interesado.
—Sigue —le pido.
Se le escapa una risa y esconde la cara junto a mi cuello. La abrazo mientras espera a que se le pase, pero no retiro la petición ni la disfrazo con una broma. Quiero saber cómo me quiere. Quiero enterarme de todo lo que hace mientras creo que solo está sentada a mi lado.
—Me gusta que al llegar a casa me busques para darme un beso antes de quitarte la chaqueta —continúa, con la boca cerca de mi oído—. A veces te oigo dejar las llaves y sigo haciendo lo que sea porque sé que vas a venir. Me encanta ese momento, Nathaniel.
Cierro los ojos y apoyo la mejilla en su pelo. Yo recuerdo cada una de esas llegadas por las ganas de encontrarla.
La estrecho un poco más, incapaz de explicarle todavía lo que significa saberlo y busco una postura en la que podamos quedarnos así, abrazados.
Cierra los ojos. Yo continúo despierto un rato, pensando en mis llaves sobre el mueble del recibidor y en Abril escuchándolas desde algún lugar de la casa, segura de que ella será mi prioridad.
Y ahora te toca a ti. Los escritores insistimos un montón con las reseñas porque, además de ayudarnos con el algoritmo, son el eco que nos demuestra que el viaje ha valido la pena.