Otro maldito escocés Capítulo 12Fingir requiere cierta moderación #2
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Capítulo 12Fingir requiere cierta moderación #2

—Sí. Y mi padre las cumple sin que ella tenga que preguntarse constantemente si está pidiendo demasiado.

Yo fui cogiendo la parte del consejo que mejor me venía.

Cada vez que Matthew hacía algo que me dolía, pensaba que nadie es perfecto, que también tenía cosas buenas, que querer a alguien implica aceptar que a veces va a decepcionarte.

Siempre encontraba una manera de explicármelo que me permitiera seguir donde estaba.

Bajo la mirada hacia su chaleco. He terminado contándole bastante más de lo que pretendía cuando le pedí que bailara conmigo. Nathaniel modifica el paso al llegar al borde de la pista y espera a que vuelva a levantar la cara.

—Es normal que quieras lo mismo que tienen tus padres y haber pensado que lo encontrarías con Matthew —dice—.

Lo conoces desde hace cinco años. Yo llevo bastante más tiempo queriéndolo y todavía hay cosas que me cuesta aceptar de él.

Entiendo que te hayas aferrado a lo bueno, Abril. Lo he visto contigo. Sé que existía.

La respuesta me desarma. Que él reconozca que también hubo motivos para querer quedarme me afloja una tensión que ni siquiera sabía que estaba sosteniendo.

—Te he pedido que vinieras conmigo y después me he dedicado a mirar su reacción.

Entiendo que te moleste —admito—. No he pensado mucho en cómo podía hacerte sentir.

Pero esta noche me he reído contigo sin estar pendiente de nada y después lo he visto mirándonos…

Y me ha gustado demasiado que por una vez fuera él quien tuviera que preguntarse qué estaba pasando.

—Entonces podemos hacerlo mejor —dice Nathaniel, y retira la mano de mi espalda para cogerme de los dedos.

Creo que va a hacerme girar, pero me conduce hacia el borde de la pista.

—¿El qué? —pregunto, aunque la forma en que mira hacia los ventanales empieza a darme una idea.

—Si Matthew está tan interesado en nosotros, podemos darle algo que mirar. —Vuelve los ojos hacia mí—. Podemos darle una impresión equivocada desde lejos.

Me quedo pendiente de su cara, esperando encontrar la señal de que está bromeando. No aparece.

—Acabo de reconocer que lo estaba utilizando para darle celos —le recuerdo—. No esperaba que te ofrecieras a mejorar el método.

—Has dicho que no habías pensado en cómo podía hacerme sentir. —Se acerca lo suficiente para que tenga que levantar la cara—. Ya lo has hecho. Yo puedo decidir si quiero seguirte el juego.

Su respuesta me quita la objeción de la boca. Nathaniel espera mientras miro su mano alrededor de la mía y termino apretándole los dedos.

Lo sigo entre las parejas, pendiente de su mano alrededor de la mía y de la dirección que ha elegido. Junto a los ventanales hay una puerta abierta a la terraza. Dos invitados entran por ella con las copas en la mano y Nathaniel se aparta para dejarles paso antes de salir conmigo.

Fuera hace fresco. La terraza está iluminada por unas lámparas colocadas bajo los toldos y varias guirnaldas que llegan hasta los árboles del jardín.

Hay mesas altas, un par de sofás y una hilera de maceteros que separa la zona de descanso del acceso al restaurante.

Nathaniel continúa hasta uno de ellos, donde la música llega amortiguada y puedo escuchar mis propios tacones sobre las losas.

Me suelta al detenerse y se vuelve hacia el ventanal. Desde aquí distingo gente de pie junto a nuestra mesa, aunque el reflejo de las luces me impide saber quiénes son.

—¿Crees que desde aquí puede vernos? —pregunta, volviendo la cabeza hacia mí.

Me asomo un poco por un lado del macetero y después recupero mi sitio, divertida por lo absurdo de estar estudiando la visibilidad de una terraza para incomodar al hombre del que acabo de separarme.

—No creo, pero es posible que nos haya visto salir y venga a espiarnos —respondo.

Nathaniel me observa sin compartir la sonrisa.

Durante unos segundos pienso que va a decirme que ya hemos dedicado suficiente tiempo a Matthew, pero se acerca y me coloca una mano en la cintura.

La otra sube hasta mi cara. Sus dedos me rozan debajo de la oreja y se quedan allí, cálidos sobre la piel que deja libre el recogido.

La sonrisa se me va borrando mientras levanto la cabeza. Dentro del restaurante me resultaba muy sencillo acercarme a él y comprobar después quién estaba mirando. Aquí tengo la espalda junto a un macetero y su cuerpo delante.

Nathaniel baja los ojos hacia mi boca y me roza la mandíbula con los dedos. Apoyo la palma sobre su chaleco.

—Está quedando bastante convincente —murmuro.

Su mirada baja hasta mis dedos, todavía cerrados en la tela, y después vuelve a mi cara.

—Desde luego, estás colaborando.

Voy a contestarle, pero me acaricia el labio con el pulgar y pierdo el interés en hablar.

Entonces baja la cabeza y descubro que esta actuación exige una proximidad para la que no me había preparado.

Tengo sus labios a una distancia que apenas me permite mirarlos y aun así lo intento, incapaz de decidir dónde poner los ojos.

Debería volver la cara un poco, facilitar el engaño, pero me quedo quieta mientras su pulgar se desliza bajo mi labio inferior.

Ahora parará. Lo pienso al sentir su respiración sobre la boca, con los dedos cerrándose despacio en su chaleco y el corazón golpeándome de una forma completamente desproporcionada para algo que estamos fingiendo.

Se inclina un poco más y sus labios rozan los míos.

El contacto es suave, breve. Sus labios son blandos, suaves y me dejan una sensación tibia, esponjosa en los míos.

Y entonces vuelve, me atrapa el labio inferior entre los suyos y lo succiona despacio, con una presión que siento mucho después de que lo libere.

Se me escapa el aire contra su boca. Hasta ese momento había estado esperando que se detuviera.

Ahora tengo que hacer un esfuerzo para no seguirlo cuando levanta un poco la cabeza.

Lo miro con los dedos aferrados a su chaleco. Tiene los ojos fijos en mi boca y el pulgar inmóvil junto a mi mandíbula. Podríamos dar la representación por terminada. Un beso así debería bastar para incomodar a Matthew durante una temporada bastante satisfactoria.

—Creo que ya… —empiezo, pero Nathaniel extiende su mano sobre mi espalda y me acerca más.

Vuelve a besarme. Primero me roza los labios con los suyos; después repite el beso con más presión. Intento acordarme de lo que iba a decirle.

Nathaniel pasa la lengua por mi labio inferior y la sorpresa me hace entreabrir los labios. Nathaniel aprovecha la abertura para embestir mi boca con su lengua.

Encuentra la mía.

Le agarro el chaleco con más fuerza. La lengua de Nathaniel se mueve despacio contra la mía y le devuelvo el beso sin pensar ya en si Matthew puede vernos.

Lo hago con una impaciencia que me sorprende. Él responde apretándome contra su cuerpo, y el aire le sale por la nariz contra mi mejilla cuando mis dedos se hunden en el pelo de su nuca. Siento ese cambio pequeño en su respiración y tiro un poco de él, fascinada por haberlo provocado.

Nathaniel inclina la cabeza y el beso se vuelve más profundo.

Su lengua recorre la mía, se retira y vuelve a buscarme, hasta que aprendo el movimiento y empiezo a seguirlo.

Compartimos el sabor del vino, la saliva, un calor que me hace olvidar el aire fresco sobre la piel descubierta.

Cuando me roza el paladar, cierro los dedos en su pelo y dejo escapar un sonido que él recoge con la boca.

Su mano se afirma en mi cintura. Me guía un paso hacia atrás hasta que encuentro la pared junto al macetero, pero apenas registro el contacto porque se separa para respirar y yo me acerco otra vez.

Le beso la comisura, después el labio inferior, y lo acaricio con la lengua antes de atraparlo suavemente entre los dientes.