Capítulo 12Fingir requiere cierta moderación
FINGIR REQUIERE CIERTA MODERACIÓN
L a música cambia justo cuando termino de beber el último sorbo de vino.
Suena algo lento, con cuerdas, de ese tipo de pieza que invita a las parejas a acercarse aunque hayan pasado la cena discutiendo por la hipoteca.
Desde nuestra mesa veo cómo varias personas se levantan y ocupan la zona despejada junto a los ventanales del restaurante. Me quedo observándolas mientras Catriona le comenta algo a Matthew, que contesta sin dejar de mirarnos.
Desde hace un rato, los dos consiguen transmitir la impresión de que Nathaniel y yo hemos cometido alguna clase de traición por estar pasándolo bien.
Matthew ha preguntado dos veces cuánto tiempo pienso quedarme en casa de su mejor amigo.
Catriona ha querido saber si ya tenemos «rutinas de convivencia», con una sonrisa que pretendía parecer divertida y que no ha sobrevivido a la explicación de que solemos cenar juntos.
Nathaniel ha contestado lo imprescindible y yo he decidido que, si van a comportarse como los agraviados de esta historia, al menos quiero obtener algún beneficio.
—Baila conmigo —le pido mientras dejo la copa y me vuelvo hacia él—. Me gusta esta canción y llevo demasiado tiempo sentada.
Nathaniel gira la cabeza y me observa durante un segundo con esa expresión suya que siempre me hace sospechar que dispone de más información que yo. Después mira hacia la pista, donde Oliver acaba de hacer girar a Emma con bastante más entusiasmo que control.
—¿Quieres bailar conmigo ahora? —pregunta, volviendo hacia mí con esa expresión indescifrable.
—No, en la próxima boda. He pensado que podríamos empezar a planificarla con tiempo —respondo, y aparto un poco la silla para que comprenda que mi intención sea la que sea es ahora.
Sus ojos se estrechan apenas, pero deja la servilleta junto al plato y se pone de pie. Cuando le pregunto si debo interpretar eso como un sí, me informa de que es resignación antes de ofrecerme la mano.
Matthew deja de escuchar a Catriona en el mismo instante. Acepto los dedos de Nathaniel intentando comportarme con naturalidad, aunque mi satisfacción debe de resultar visible desde Glasgow. No debería gustarme tanto haber captado la atención de mi exnovio con algo tan sencillo.
—No pongas esa cara —murmura Nathaniel mientras caminamos hacia la pista—. Parece que acabas de ganar algo y todavía no sabes muy bien qué.
Lo miro, sorprendida de que haya conseguido detectarlo sin volverse hacia mí.
—Quizá simplemente me hace ilusión bailar contigo —replico, apretándole un poco los dedos—. Podrías concederme esa posibilidad antes de atribuirme intenciones sospechosas.
—Lo tendré en cuenta —responde mientras se detiene en un espacio libre entre las parejas. Se vuelve hacia mí, coloca una mano en mi cintura y espera a que apoye la mía sobre su hombro antes de empezar a moverse.
He bailado con Matthew muchas veces y conozco su tendencia a confundir la seguridad con los conocimientos.
Te avisa de que determinada canción es un vals, corrige dónde has puesto la mano y cuenta el compás en voz baja hasta que algo deja de encajar y propone que nos movamos como nos apetezca.
Con Nathaniel apenas tengo tiempo de pensar dónde debo colocar los pies. La presión de su mano me indica hacia dónde vamos y, cuando intento anticiparme, espera un instante para que vuelva a encontrar el paso sin necesidad de explicarme qué he hecho mal.
Sabe bailar. Joder, sí que sabe. Lo descubro cuando dejamos atrás a otra pareja y me hace girar con él, manteniéndome cerca mientras cambia de dirección. Me adapto al movimiento con una facilidad que me lleva a levantar la cara hacia él.
—¿También esto se te da bien? —pregunto—. Dirigir empresas, instalar cosas en el fondo del mar, sobrevivir a mis tortillas y bailar. Empiezo a sospechar que tus padres te prepararon para una eventual caída de la civilización.
—Mi madre me enseñó —explica, bajando los ojos hacia mí—. Consideraba que debía poder asistir a una celebración sin pasarme la noche buscando excusas para quedarme sentado.
—Eso es decepcionantemente normal. Esperaba una educación mucho más intimidante, con un profesor que golpeara el suelo con un bastón cada vez que te equivocabas.
—Puedo añadir un castillo si mejora la experiencia —comenta, y me hace reír antes de guiarnos hacia el centro de la pista.
Al girar, veo nuestra mesa por encima de su hombro. Matthew está observándonos y aparta la vista en cuanto encuentra la mía, demasiado tarde para fingir que seguía pendiente de Catriona.
Me acerco un poco más a Nathaniel, aprovechando el movimiento para reducir la distancia entre nosotros.
Él baja los ojos un instante y acomoda la mano sobre mi espalda, donde el vestido deja la piel descubierta.
El contacto me produce un pequeño escalofrío que atribuyo a la temperatura de sus dedos, aunque no están fríos.
Apoyo la mano un poco más arriba de su hombro y continúo bailando. Cuando volvemos a quedar orientados hacia la mesa, busco otra vez a Matthew.
Sigue mirándonos, con la copa inmóvil entre los dedos, y en esta ocasión ni siquiera intenta disimular. Hay algo mezquino y profundamente satisfactorio en comprobar que también él sabe ponerse incómodo desde una silla.
Conozco demasiado bien la sensación de intentar participar en una cena mientras una parte de mi cabeza sigue pendiente de dónde ha dejado él la mano.
Durante unos minutos me permito disfrutar de lo que está ocurriendo sin someterlo a una revisión moral demasiado exhaustiva. Seguramente podría comportarme mejor, pero esta noche no tengo unas aspiraciones extraordinarias en ese terreno.
Levanto la mano desde el hombro de Nathaniel y le acaricio la mandíbula con los dedos. Noto la aspereza leve de la barba antes de encontrar sus ojos sobre mí.
Hasta ese momento podía atribuir nuestra cercanía al baile. La caricia exige una explicación algo más elaborada. Mantengo la sonrisa, confiando en que tarde unos segundos en pedírmela.
—¿Está funcionando? —pregunta, inclinando un poco la cabeza para que pueda escucharlo por encima de la música.
—¿El qué? —respondo mientras dejo la mano junto al cuello de su camisa e intento parecer una mujer a la que acaban de plantearle una cuestión completamente inesperada.
Nathaniel continúa guiándome entre las demás parejas. Su voz conserva la tranquilidad de antes, aunque ya no encuentro en su boca aquel amago de sonrisa.
—Lo que llevas haciendo desde que hemos empezado a bailar. Cada vez que te acercas, compruebas si Matthew está mirando. Cuando lo hace, te acercas un poco más —explica, manteniendo los ojos en los míos—. Y hace un momento me has acariciado la cara. Dudo que estuvieras preocupada por mi afeitado.
Se me escapa una risa breve. Negarlo sería insultar su inteligencia y, a estas alturas, también la mía. Bajo la mano hasta su hombro, bastante más consciente de mis dedos de lo que estaba cuando he decidido tocarlo.
—Quizá esté disfrutando un poco de que sea él quien mira —admito—. No voy a decirte que estoy orgullosa, pero tampoco me apetece fingir que me disgusta.
Nathaniel ladea ligeramente la cabeza. Espera a que dejemos atrás a una pareja antes de responder, y durante esos segundos empiezo a notar que la conversación ha dejado de divertirle.
—¿Qué buscas exactamente, Abril? ¿Que se incomode, que se arrepienta de haberte perdido?
Por cómo nos está mirando, creo que ya hemos conseguido que quiera arrancarme la mano de tu cintura —comenta, sin apartarla—.
Pero si esperas que venga a suplicarte que vuelvas para poder hacerlo sufrir un rato antes de perdonarlo, preferiría saberlo.
La última parte me borra la sonrisa. Levanto la cabeza y lo miro de frente, olvidándome por un momento de comprobar qué está haciendo Matthew.
—No quiero volver con él —respondo—. Me ha costado bastante marcharme. Que me guste verlo celoso no significa que quiera regresar a lo de antes.
Nathaniel me sostiene la mirada mientras seguimos moviéndonos.
Y empiezo a sentirme incómoda por algo que tiene bastante menos que ver con Matthew. He sacado a este hombre a la pista, le he tocado la cara y después he comprobado qué efecto tenía en otro. Visto así, mi comportamiento pierde buena parte de la gracia que le encontraba hace un minuto.
—Mis padres son asquerosamente felices —añado después de un momento.
Nathaniel levanta ligeramente las cejas y yo suspiro, consciente de que acabo de introducir a dos personas cuya participación en este baile necesita alguna explicación.
—Mi madre todavía se ríe de cosas que mi padre lleva diciendo desde antes de que yo naciera.
Él pasa por su lado y le toca la espalda, le roba algo del plato o encuentra cualquier excusa para acercarse.
A veces protestamos porque resultan empalagosos, pero sé que con noventa años seguirán haciéndose arrumacos y riéndose de alguna tontería que solo ellos entienden. Quiero eso. Siempre lo he querido.
Nathaniel me guía hacia un espacio libre cuando otra pareja se acerca demasiado.
Al volver hacia él, encuentro la misma atención con la que me escuchó hablar del proyecto durante la entrevista.
Me resulta más fácil continuar cuando deja de mirarme con esa expresión que interpreto como un examen que ya he suspendido.
—Siempre han dicho que el truco está en aceptar al otro tal y como es.
No enamorarte de una versión que te has inventado y después pasarte la vida reprochándole que no se parezca a ella.
Mi madre dice que mi padre sigue teniendo los mismos defectos que cuando se casaron, pero que ha dejado de esperar que los cumpla por turnos.
Se me escapa una sonrisa al recordarla. Nathaniel baja un instante los ojos hacia mi boca antes de volver a mirarme.
—Eso parece una expectativa bastante razonable —comenta—. Aunque supongo que tu madre también tendrá unas cuantas cosas que espera de él.