Otro maldito escocés Capítulo 11Qué hay debajo del kilt y otras cuestiones académicas #3
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Capítulo 11Qué hay debajo del kilt y otras cuestiones académicas #3

Nathaniel me ofrece el suyo y coge el mío sin discutir.

Cuando empieza la música, lo dobla una vez y se lo guarda en el bolsillo interior de la chaqueta.

Me gusta que haya hecho eso. Me gusta tanto que me levanto con los demás antes de tener tiempo de atribuirle una importancia completamente innecesaria.

Emma entra del brazo de su padre con una sonrisa que le tiembla en cuanto ve a Oliver.

El vestido le deja los hombros descubiertos y la falda se mueve alrededor de sus piernas con un susurro suave.

No había entendido por qué necesitaba enseñarme catorce fotografías de telas prácticamente iguales hasta este momento.

Ahora comprendo que ella ya se estaba imaginando así mientras yo intentaba distinguir el blanco roto del marfil.

Oliver se tapa la boca un instante. Su hermano le da una palmada en la espalda y todos nos reímos un poco, con esa ternura colectiva que consigue que personas bastante sensatas terminen llorando delante de alguien a quien normalmente ven discutir sobre fútbol.

La ceremonia es breve, aunque Emma llora durante sus votos y Oliver pierde dos veces la línea de lo que ha escrito.

Hablan de su primera casa, de una lavadora que inundó la cocina y del día en que él condujo tres horas para llevarle unas llaves que ella terminó encontrando dentro del bolso.

Me hacen reír y después me emocionan precisamente por esas cosas.

Puedo imaginar la cocina mojada, el enfado, la alegría de verlo llegar incluso antes de descubrir que el viaje había sido completamente inútil.

Cuando Oliver promete seguir yendo a buscarla aunque no sepa explicarle dónde está, noto que se me llenan los ojos de lágrimas. Nathaniel me ofrece un pañuelo sin apartar la vista de los novios.

—No digas nada —le susurro al cogerlo—. Me ha entrado polen en el ojo.

La comisura de su boca se mueve mientras continúa mirando al frente.

—Con la cantidad de flores que hay, me sorprende que haya tardado tanto.

El cóctel se sirve en el jardín, bajo unos toldos que permiten fingir que celebrar algo al aire libre en Escocia es una decisión completamente razonable.

Hay mesas altas, bandejas de canapés y una barra cerca de la entrada al restaurante.

Los recién casados han desaparecido con el fotógrafo y el resto hemos recibido una copa para sobrellevar la espera.

Nathaniel está hablando con el padre de Oliver cuando me acerco a buscar agua. Antes de separarnos me ha preguntado si quería otra copa de vino y yo he respondido que prefería conservar todas mis capacidades hasta saber dónde nos han sentado. No parece haberle resultado una precaución excesiva.

Estoy esperando a que el camarero termine de atender a una mujer cuando oigo el apellido de Nathaniel a mi espalda.

Reconozco la voz de un hombre con el que he coincidido alguna vez en casa de Oliver, aunque siempre necesito unos segundos para recordar si se llama Alistair o Angus.

Está junto a otros dos invitados, con una copa en la mano y la confianza que proporciona hablar de alguien situado al otro lado del jardín.

—Oliver dice que ahora Grant también financia algún programa educativo.

—Claro. Llega un momento en que ya no sabes qué comprar y empiezas a comprar buena reputación —responde el que podría llamarse Alistair—. Con lo que le dejó su padre también yo tendría tiempo para salvar el mundo.

Los otros dos se ríen. Cojo el vaso que me ofrece el camarero y permanezco junto a la barra, esperando que la conversación encuentre otro destino. Me parece una aspiración modesta, pero enseguida descubro que he depositado demasiada confianza en tres hombres con tiempo libre y champán.

—Lo mejor es cómo te habla —añade otro—. Parece que está valorando si mereces los diez minutos que le estás quitando.

—¿Te acuerdas de cómo era en el colegio? —añade otro—. El niño de papá convencido de que los demás teníamos que pedirle permiso hasta para hacer una broma.

—A Fraser todavía le cambia la cara cuando lo ve —comenta el tercero, con una sonrisa.

El que podría llamarse Alistair resopla.

—Porque Grant era un puto animal. Lo estampó contra unas taquillas por una gilipollez.

Dejo el vaso junto a mí sin haber bebido.

—Le habían metido la ropa a un chaval en los váteres —recuerda el otro.

—Una novatada. Nos las hicieron a todos. Pero él tuvo que aparecer y defenderlo, claro.

El tercero se ríe, aunque los otros dos no lo acompañan.

—Con él siempre era lo mismo —continúa Alistair—. O hacías las cosas a su manera o tenías un problema. Y sigue mirándonos por encima del hombro. Tampoco tiene tanto mérito multiplicar dinero cuando te han dado todo hecho.

Me vuelvo hacia ellos.

—¿Todo hecho incluye también el trabajo de toda una vida o solo la parte que os conviene saltaros?

El más cercano deja de sonreír. Alistair, que ahora recuerdo que sí se llama Alistair, me reconoce y adopta una expresión cordial que llega con cierto retraso.

—Abril. No te había visto.

—Ya, eso está claro.

—Tampoco hemos dicho ninguna mentira. Su padre le dejó una fortuna. No empezó precisamente en un garaje.

—Si tan fácil es hacer lo que consigue con el dinero de papá, no sé a qué estáis esperando. Porque vosotros tampoco fuisteis a ese colegio con una beca. —Los miro antes de añadir—. Lo que os jode es haber empezado en el mismo sitio y no haber llegado, ni de lejos, adonde ha llegado él.

Alistair deja escapar una risa breve y mira mi vaso, quizá buscando una explicación cómoda para que no esté dispuesta a acompañarlos en el comentario.

—¿Ahora eres su abogada?

—Trabajo en el proyecto que financia. He hablado con esas chicas y sé lo que significa para ellas poder estudiar.

Pero vosotros seguid llamándolo publicidad si os ayuda a digerir que el tío al que envidiáis, además de tener más dinero, es mejor persona.

Porque lleváis años recordando el día en que defendió a un crío y todavía creéis que la historia lo deja mal a él.

Recojo mi vaso y, al volverme, encuentro a Nathaniel a pocos pasos de nosotros. Tiene una mano en el bolsillo y la otra alrededor de su copa.

Nathaniel mira a los hombres un instante antes de dirigirse a mí.

—Abril, van a servir la cena dentro de poco. ¿Has encontrado agua?

Levanto el vaso con la sensación absurda de tener que presentar una prueba. Él asiente y me acompaña hacia uno de los extremos del toldo sin añadir nada. Caminamos varios metros antes de que me atreva a mirarlo.

—¿Cuánto has oído?

—Desde que Alistair decidió que sin mi herencia no soy nadie —responde mientras se aparta para dejar pasar a un camarero—. Su padre le dio la dirección de tres hoteles y ha cerrado dos.

Su indiferencia me desconcierta. Detrás de nosotros vuelven a escucharse conversaciones y risas, mientras Nathaniel comprueba algo en el reloj con la tranquilidad de un hombre al que únicamente le preocupa la hora de la cena.

—Pues podrías haber intervenido. Estaban diciendo unas cuantas estupideces.

—Me importa una mierda lo que piensen, Abril.

Mi padre me dejó una empresa que funcionaba y unos medios que muy poca gente tiene.

Sé perfectamente desde dónde empecé. También sé lo que me ha costado convertir aquello en lo que es hoy.

Ninguno de esos tres ha estado conmigo tomando las decisiones ni va a responder por ellas si me equivoco.

Lo dice sin subir la voz, con los ojos puestos en mí y una seguridad que vuelve bastante ridícula la conversación que acabo de mantener. Para él, al parecer, no hay nada que discutir.

—Aun así, da rabia escucharlo.

—Son unos fracasados —contesta—. Y no tiene nada que ver con lo que ganan. Llevan años explicándose todo lo que hacen los demás de una manera que les permite seguir satisfechos sin intentar nada. No voy a dedicar la boda de Oliver a discutir con ellos para que se sientan mejor.

Nos detenemos junto a una mesa alta. Dejo el vaso y cojo una servilleta mientras miro hacia el grupo.

Alistair está hablando con una mujer y los otros dos parecen haber encontrado un interés repentino en una bandeja de comida. Es posible que Nathaniel tenga razón y yo acabe de gastar diez minutos de mi vida.

—Pues yo sí les he dedicado un rato —admito—. Te pido disculpas si he estropeado tu estrategia de dejar que se aburran solos.

—No tienes que disculparte. Me ha sorprendido descubrir con qué seguridad puedes enumerar mis cualidades cuando crees que no estoy escuchando.

Levanto la cabeza. Su expresión sigue seria, pero hay algo en sus ojos que me obliga a contener una sonrisa.

—No te entusiasmes. He omitido bastantes cosas que habrían equilibrado la conversación.

—Lo he notado. Ni una palabra sobre mi incapacidad para hacerme entender o mi tendencia a mirarte mal. Por un momento he pensado que hablabas de otro Grant.

Me río y dejo los restos de la servilleta que estoy deshaciendo junto a mi vaso. Nathaniel se acerca para dejar su copa, rozándome la espalda al pasar. El contacto dura poco, pero me quedo pendiente de su mano incluso después de que la retire.

—Gracias —dice antes de alejarse—. Aunque la próxima vez prefiero que sigas disfrutando de la fiesta.

Voy a contestarle que no lo he hecho para que me lo agradezca, pero sería estropear una ocasión bastante infrecuente de escucharlo. Me limito a asentir y cojo el bolso cuando una de las camareras anuncia que podemos entrar.

Nathaniel me ofrece el brazo con una naturalidad que me sorprende.

Lo acepto mientras miro hacia las puertas del restaurante y descubro a Matthew junto a Catriona.

Nos está observando. Esta vez no necesito esforzarme para seguir andando sin pensar demasiado en su expresión.

Todavía estoy intentando decidir por qué me molesta tan poco que Nathaniel me haya oído defenderlo.