Capítulo 11Qué hay debajo del kilt y otras cuestiones académicas #2
Se detiene delante del ascensor y me mira. Durante un instante creo que va a contestarme por fin, pero se limita a introducir una mano en el bolsillo de la chaqueta mientras espera a que se abran las puertas. Esa calma suya empieza a resultarme ofensiva.
―Tendrás que aprender a vivir con ello.
Lo dice sin dejar de sonreír.
―Qué hombre tan generoso con el conocimiento.
―Nunca he pretendido serlo.
Las puertas se abren y Nathaniel me deja pasar primero. Entro a su lado procurando mantener la mirada a una altura decente, aunque el espejo del ascensor multiplica el problema de una forma completamente innecesaria. Él se coloca junto a mí y comprueba la hora en el reloj.
―Te odio un poco ―murmuro.
―Sobreviviré.
―Entonces ¿tú perteneces a un clan y todo eso? ―pregunto, apoyándome contra la pared―. Seguro que eres descendiente de James III el Negro, de los Grant de los lagos de... no sé, Loch Dramático. Y vuestra familia lleva quinientos años jurando venganza contra los Campbell por una vaca.
Nathaniel gira la cabeza hacia mí. No parece especialmente impresionado por mi conocimiento de la historia escocesa.
―Strathspey.
Parpadeo.
―¿Qué?
―Los Grant de Strathspey. Mi familia procede de allí.
Lo observo unos segundos porque no esperaba que mi tontería terminara obteniendo una respuesta real.
―Espera. ¿Lo dices en serio?
Nathaniel juega con las llaves de su coche en la mano.
―Abril, llevo el tartán de mi clan. ¿Qué parte te parecía una recreación histórica?
Me echo a reír y vuelvo a recorrerlo con la mirada, esta vez con una curiosidad que ya ni siquiera intento disimular.
―Pensaba que eras un escocés rico con sentido de la tradición. No que tuvieras árbol genealógico, tierras ancestrales y probablemente un enemigo hereditario.
―Tengo árbol genealógico. Lo de las tierras es bastante menos interesante y, que yo sepa, ningún enemigo hereditario.
―Qué decepción. Ya te había imaginado cruzando las Highlands a caballo para recuperar el honor de los Grant.
Nathaniel me mira con esa expresión seca que utiliza cuando considera que he dicho una estupidez y todavía está decidiendo si merece la pena corregirme.
―Dirijo una empresa de ingeniería offshore . Mis conflictos suelen resolverse con abogados.
―La decadencia de Escocia.
Las puertas del ascensor se abren en el garaje y Nathaniel me hace un gesto para que salga. Camino a su lado sonriendo, pero la información se me queda dando vueltas.
Grant de Strathspey.
Por supuesto.
Hasta su puto apellido viene con paisaje.
Mientras nos acercamos al coche, vuelvo a mirar el kilt y pienso que la pregunta de qué lleva debajo acaba de adquirir una preocupante dimensión etnográfica.
—Espero que hayas terminado de examinarme antes de que lleguemos —comenta sin mirarme, pendiente del camino hacia el coche por el garaje—. Oliver tiene bastante previsto para hoy y probablemente le gustaría que prestáramos atención a alguna cosa.
Cierro el bolso después de renunciar a guardar el teléfono y levanto la cabeza.
—Puedes estar tranquilo. Tengo mucho interés en la ceremonia y pienso dedicarle toda mi atención en cuanto dejes de comentar dónde pongo los ojos.
Su coche está aparcado cerca. Mientras lo rodeo para llegar al asiento del copiloto, él abre y deja que me acomode antes de cerrar la puerta.
Tengo que recoger la falda para que no quede atrapada y colocar el bolso entre mis pies.
Cuando levanto la vista, Nathaniel ya está al otro lado, inclinándose para entrar.
Aparto los ojos hacia el parabrisas con una rapidez que probablemente me delata más que seguir mirando.
Él se sienta, acomoda el tartán sobre las piernas y se abrocha el cinturón. Durante unos segundos se ocupa de comprobar la ruta en la pantalla, concediéndome la oportunidad de comportarme como una mujer que ha subido antes al coche de un hombre atractivo.
—¿Todo bien? —pregunta cuando continúo sin decir nada.
—Estoy respetando tu intimidad. Me parecía que merecía la pena intentarlo antes de que tengas que incluir cláusulas nuevas en las condiciones de alojamiento.
Su boca se curva mientras arranca. Apoyo el codo junto a la ventanilla y observo cómo dejamos atrás su calle, todavía contenta por haber conseguido esa sonrisa. Es una satisfacción pequeña, casi privada, que dura hasta que recuerdo quién estará esperándonos al llegar.
Compruebo el teléfono. No tengo mensajes nuevos de Matthew, pero abro nuestra conversación de todos modos. La última vez que hablamos sin enfados de esta boda todavía tenía que recordarle que recogiera el traje de la tintorería. Bloqueo la pantalla antes de empezar a repasar también eso.
Nathaniel se detiene en un semáforo y vuelve la cabeza hacia mí.
—¿Necesitas algo antes de llegar?
—No. Estoy un poco nerviosa, pero se me pasará cuando vea a Emma. Lleva meses enviándome fotografías de centros de mesa y necesito comprobar qué ha hecho con toda la información que fingí saber sobre flores.
Nathaniel asiente y vuelve a mirar la carretera cuando cambia el semáforo. Agradezco que acepte la respuesta sin obligarme a convertir el trayecto en una conversación sobre mi ruptura. Dejo el móvil dentro del bolso, aunque para conseguirlo tenga que sacar el pintalabios.
Al cabo de un rato me descubro mirando el gemelo que asoma bajo su chaqueta. Lo he cerrado yo hace unos minutos, con su muñeca entre mis dedos, y el recuerdo consigue distraerme de Matthew con una eficacia que no pienso examinar todavía.
Quizá ir a esta boda con Nathaniel haya sido una buena idea. Llegar concentrada en un problema de ropa interior escocesa me parece una mejora considerable respecto a la mañana que tenía prevista.
Emma ha elegido casarse en un invernadero antiguo, junto al restaurante donde celebraremos la cena.
Tiene una estructura de hierro pintada de blanco, cristales hasta el techo y suficientes flores para que mi madre preguntara cuánto han costado antes de comentar lo bonito que está todo.
Entre las filas de sillas han colocado pequeños ramos de flores blancas y ramas verdes, sujetos con cintas que rozan el suelo.
Al fondo, Oliver espera junto a su hermano, tocándose alternativamente los puños de la camisa y la alianza que todavía no lleva.
Lo observo mientras Nathaniel deja que entre primero en nuestra fila.
Reconozco a unas cuantas personas de otras cenas y cumpleaños.
Algunas nos saludan, otras miran solo hacia él antes de sonreírme con un interés renovado.
En algún momento de las últimas semanas he pasado de ser Abril, la novia de Matthew, a una novedad que conviene examinar antes de la cena.
Me siento junto al pasillo y coloco el bolso sobre las rodillas.
Nathaniel ocupa la silla de al lado y, al flexionar las piernas, el kilt deja al descubierto una franja de muslo por encima de la rodilla.
Sigo con la mirada la mano con la que acomoda la tela hasta que levanta la cabeza y me encuentra todavía pendiente de sus piernas.
Me concentro de inmediato en el programa de la ceremonia.
Nunca me habían interesado tanto los nombres de los músicos.
—Abril.
Matthew está junto a mi silla, con una mano apoyada en el respaldo de la fila de delante. Lleva el traje que debía recoger de la tintorería y una corbata azul que le regalé por su cumpleaños.
Reconocerla me produce una punzada pequeña, bastante inoportuna después de un trayecto en coche durante el que casi he conseguido olvidarme de que tendría que verlo.
—Hola —respondo, levantando la cara—. ¿Has saludado a Oliver? Parece que está a punto de pedir que lo anestesien antes de que llegue Emma.
Matthew mira hacia el frente, pero vuelve enseguida a mí. Su sonrisa dura poco.
—Quería hablar contigo un momento. Te he visto entrar y he pensado que podríamos salir antes de que empiece esto.
Echo un vistazo a los músicos. La violinista está comprobando algo con una mujer que lleva un auricular y consulta constantemente la puerta. Emma debe de estar a punto de llegar.
—Ahora no es buen momento —le digo—. Podemos hablar otro día.
Matthew baja la vista hacia Nathaniel, que tiene el programa abierto entre las manos.
Él levanta la cabeza, lo saluda con un movimiento breve y espera sin intervenir.
Agradezco que me permita responder por mí misma, aunque la atención de Matthew empieza a convertir una conversación sencilla en algo bastante más incómodo.
—No tiene que ser una conversación larga, Abril. Solo quería saber cómo estás. Por mensaje resulta difícil hablar contigo últimamente.
Me entran ganas de recordarle que separarnos implica precisamente eso, que ya no voy a contarle todo en cuanto me ocurra.
También reconozco en su cara una preocupación que durante años me habría hecho levantarme para tranquilizarlo.
Aprieto el programa entre los dedos y procuro que la voz me salga normal.
—Estoy bien. La semana ha sido rara, pero estoy bien. Hoy quiero ver casarse a nuestros amigos y pasar una tarde agradable.
Matthew asiente, aunque tarda en apartar la mano del respaldo.
—Luego buscamos un momento —propone.
—Luego veremos —contesto, y me vuelvo hacia el frente cuando la mujer del auricular hace una señal a los músicos.
Matthew se marcha hacia una fila situada detrás de nosotros. Nathaniel espera a que se haya alejado antes de inclinarse un poco hacia mí.
—Estás estrangulando el programa.
Bajo la mirada. He convertido la parte donde figuran las lecturas en un pequeño acordeón. Lo aliso sobre las rodillas, irritada por la facilidad con la que mis manos delatan cosas que mi cara intenta resolver con educación.
—Oliver y Emma han elegido un papel poco resistente a los encuentros con ex —murmuro—. Deberían haberlo probado antes de encargar doscientos.