Capítulo 11Qué hay debajo del kilt y otras cuestiones académicas
QUÉ HAY DEBAJO DEL KILT Y OTRAS CUESTIONES ACADÉMICAS
H e comprado el vestido para ir a la boda con un hombre y estoy intentando ponérmelo en casa de otro.
El establecimiento debería contemplar estas circunstancias en la política de devoluciones. Hay prendas que una adquiere con unas expectativas muy concretas y después tiene que estrenar en condiciones que no figuraban en la etiqueta.
Lo extiendo sobre la cama y aliso la falda con la palma.
Sigue gustándome. Es azul oscuro, tiene los tirantes finos y la espalda descubierta, y cuando me lo probé pasé unos minutos girándome delante del espejo para comprobar que podía sentarme sin ofrecer información adicional a los invitados.
Ahora lo observo con el pelo recogido, el maquillaje terminado y una indecisión que empieza a parecerse peligrosamente a las ganas de quedarme en casa.
Oliver y Emma llevan casi un año preparando la boda.
Son amigos de los cuatro y, cuando me separé de Matthew, Emma me llamó para preguntarme cómo estaba.
Me dejó claro que esperaba verme allí. Yo le aseguré que iría, con esa facilidad que tienen los compromisos cuando todavía faltan días para cumplirlos.
Hoy el problema tiene zapatos de tacón y una hora de salida.
Después de cinco minutos mirando alternativas, acepto que el vestido exige confiar en la gravedad bastante más de lo que acostumbro.
Estoy en bragas, delante del espejo, intentando averiguar si unas pezoneras adhesivas que encontré en el fondo de un neceser siguen conservando alguna propiedad adhesiva después de dos mudanzas y varios años de abandono, cuando Nathaniel llama a la puerta.
―¿Abril?
―¿Qué? ―respondo, distraída, mientras retiro el plástico de una de las pezoneras y descubro que se ha pegado sobre sí misma.
Levanto la cabeza justo cuando Nathaniel entra.
Se queda parado.
Sus ojos primero llegan a mi cara. Después bajan. Y, durante un instante que dura poco, pero desde luego más que un parpadeo, Nathaniel Grant me mira las tetas.
―Joder. Perdona ―dice inmediatamente, girándose hacia la puerta―. He entendido que podía entrar.
Agarro el vestido y me lo aprieto contra el pecho. Un poco tarde para reivindicar el pudor, pero tampoco voy a quedarme ahí sosteniendo una conversación con los pezones apuntando hacia el financiador de mi nuevo puesto.
―He dicho «qué», Nathaniel. No «pasa».
―Empiezo a apreciar la diferencia ―responde sin volverse―. Deberíamos establecer un código menos susceptible de interpretación.
Se queda de espaldas a mí, con una mano apoyada en el pomo, y yo intento meterme en el vestido manteniéndolo al mismo tiempo contra el pecho. La operación resulta tan elegante como cabría esperar.
―Tampoco es nada que no hayas visto antes ―comento mientras consigo introducir un brazo por el tirante.
Nathaniel permanece de espaldas unos segundos más. Cuando responde, su voz sigue igual de tranquila.
―No creo haberte visto antes las tetas, Abril. Lo recordaría.
Se me queda la mano quieta sobre la tela.
Nathaniel acaba de decir «tetas», lo cual ya constituye un acontecimiento estadísticamente improbable, pero el problema está en las dos palabras siguientes.
«Lo recordaría». Mi cerebro las recoge, las examina y decide que sería estupendo repetirlas varias veces mientras sigo medio desnuda detrás de él.
―Qué curioso. Cinco años pensando que no conseguía impresionarte y resulta que solo estaba enseñándote las cosas equivocadas.
En cuanto termino de decirlo comprendo que aquello ha sonado bastante más provocador dentro de la habitación que dentro de mi cabeza.
Nathaniel baja los ojos al suelo. Desde donde estoy no puedo verle la cara, pero conozco ya ese gesto. Está divirtiéndose.
―Qué suerte convivir con alguien tan comprometido primero las bragas y luego las tetas… Ya estoy muy impresionado.
Me quedo mirándole la nuca mientras termino de subir el vestido. Hay respuestas que una formula esperando ganar terreno y otras que sirven para descubrir que se ha metido voluntariamente en un sitio del que luego no sabe salir. La mía acaba de pertenecer a la segunda categoría.
―Me alegra ver que mi esfuerzo empieza a dar frutos ―respondo mientras coloco bien el escote y compruebo en el espejo que todo permanece donde debe―. Ya puedes darte la vuelta. He recuperado casi toda mi respetabilidad.
Nathaniel se gira y aprovecho para mirarlo sin estar intentando taparme al mismo tiempo. Había visto el kilt al entrar, pero hasta ahora mis prioridades estaban por encima de mi cintura y no por debajo de la suya.
Matthew lleva traje a las bodas. Ha crecido en Edimburgo y en su armario hay dos, varias americanas y ninguna prenda que me haya obligado a detenerme para reorganizar mis pensamientos.
Había visto la chaqueta colgada en el salón y sabía que iba a vestirse formal para la boda, pero no se me había ocurrido pensar en el resto.
El tartán le ciñe la cintura y cae hasta las rodillas, combinado con chaleco negro, camisa blanca y calcetines oscuros.
Todavía sostiene los gemelos en una mano.
Está guapo a rabiar.
Eso tampoco debería constituir una novedad. Nathaniel lleva cinco años siendo objetivamente guapo delante de mí sin que el mundo se haya salido de su eje.
El problema es que últimamente he empezado a reunir demasiada información adicional.
Ahora sé cómo está recién levantado, qué taza utiliza para el café, cómo se arremanga cuando cocina, qué clase de bóxeres guarda en el tercer cajón y, desde hace aproximadamente treinta segundos, que mira las tetas el tiempo suficiente para recordarlas.
Mi investigación sobre Nathaniel Grant empieza a adquirir un alcance que no estaba previsto en el proyecto.
―¿Qué? ―pregunta al notar que sigo mirándolo.
Aparto los ojos del kilt y vuelvo a su cara.
―Nada. Nunca te había visto vestido así.
―Eso explica los últimos diez segundos de mirada fija.
―Estaba mirando el tartán.
Se acerca con los gemelos en la palma y deja la chaqueta que lleva en el brazo sobre la cama.
―Necesito que me ayudes con esto.
Miro su mano y después a él.
―¿El hombre capaz de dirigir una empresa con proyectos en varios países no puede ponerse un gemelo?
―El hombre capaz de dirigir una empresa con proyectos en varios países lleva cinco minutos intentándolo y ha decidido utilizar los recursos disponibles.
Le hago un gesto para que se acerque más y Nathaniel me ofrece la muñeca. Su mano queda entre las mías mientras busco el ojal de la camisa. Tiene las venas marcadas sobre el dorso y esa pequeña cicatriz junto al pulgar en la que siempre me fijo sin querer. Me concentro en el gemelo.
Lo intento, al menos.
Porque el tartán está justo debajo de mis manos.
Y hay una pregunta.
Una pregunta estúpida, previsible, absolutamente indigna de una mujer adulta que lleva seis años viviendo en Escocia y sabe perfectamente que interrogar a un hombre sobre lo que lleva debajo del kilt es el equivalente cultural de preguntarle a un español si duerme la siesta después de una paella.
No pienso hacerla.
Cierro el primer gemelo y Nathaniel me ofrece la otra muñeca. Esta vez noto que me observa mientras trabajo. Bajo la vista al puño de la camisa, engancho la pieza metálica y, durante una fracción de segundo, mis ojos se deslizan hacia el tartán.
Cuando levanto la cabeza, me está mirando.
―Venga. Pregúntalo.
Frunzo el ceño mientras termino de cerrar el gemelo.
―No sé de qué me hablas.
Nathaniel retira la mano y se acomoda el puño con los dedos. Su expresión permanece seria, pero ya conozco demasiado bien esa mínima alteración en sus ojos.
―Llevas mirando mi kilt desde que he entrado.
―Estoy apreciando la tradición de las Highlands ―respondo mientras regreso al espejo para ponerme los pendientes―. Con interés antropológico. Me parece injusto que conviertas mi curiosidad cultural en algo sospechoso.
Nathaniel recoge la chaqueta y empieza a ponérsela, pero no responde. Espero unos segundos mientras engancho el primer pendiente. Nada.
Lo miro por el espejo y encuentro su reflejo ocupado en acomodarse la chaqueta sobre los hombros con toda la tranquilidad del mundo.
Maldito sea.
―No voy a preguntarlo ―le advierto.
Me giro hacia él.
―Hace treinta segundos asegurabas que no sabías de qué hablaba.
Está disfrutando. Poquísimo, porque Nathaniel parece tener un presupuesto anual limitado para manifestar emociones, pero lo suficiente para cabrearme.
Cojo el segundo pendiente y vuelvo al espejo.
―Tengo perfectamente claro lo que lleva tradicionalmente un escocés debajo del kilt.
Nathaniel se abrocha la chaqueta.
Silencio.
―Aunque supongo que depende del escocés ―añado.
Nada.
Me pongo el pendiente.
―Y de la ocasión.
Nathaniel coge las llaves.
―Abril.
―¿Qué?
―Tu interés antropológico está empezando a cavar muy profundo.
Me echo a reír a pesar de mí misma. Luego cojo el bolso, me acerco a él y decido que tengo edad suficiente para formular una pregunta sin avergonzarme.
—Está bien. ¿Llevas algo debajo?
La pregunta queda entre los dos. Nathaniel baja la mirada hasta el kilt y después vuelve a mí con una lentitud que me hace arrepentirme de haber aceptado la invitación a hablar. La comisura de su boca se mueve apenas.
Y no dice absolutamente nada.
Espero.
Él se adelanta hacia la puerta de la entrada.
―¿En serio?
―Tenemos que irnos.
—Me has dicho que preguntara —le recuerdo, cogiendo el chal de la consola—. Me parece una forma bastante discutible de fomentar el diálogo.
Nathaniel abre la puerta y se aparta para dejarme pasar.
―No necesariamente.
Salgo al descansillo mirándolo con indignación, pero cuando pasa a mi lado vuelvo a bajar los ojos hacia el kilt.
El cabrón lo ve.
Por supuesto que lo ve.
―Interés antropológico ―murmura.
―Cállate, Grant. Me parece muy injusto que tú sepas lo que llevo debajo y yo no.
Esta vez la sonrisa sí llega a aparecerle en la boca.