Otro maldito escocés Capítulo 10No juzgues una civilización por una tortilla #2
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Capítulo 10No juzgues una civilización por una tortilla #2

―¿Qué haces exactamente tú? ―pregunto cuando volvemos a la encimera―. Sé lo de la eólica marina, los cables submarinos y que vuestra empresa trabaja con infraestructuras offshore , pero eso sigue siendo una categoría bastante grande.

Nathaniel apoya la cadera contra la encimera y se cruza de brazos. Parece pensarlo antes de responder, quizá buscando una versión que no necesite tres títulos de ingeniería para entenderla.

―Diseñamos y ejecutamos infraestructura en el mar.

Conexiones eléctricas entre parques eólicos y tierra, cableado submarino, sistemas de protección, mantenimiento y algunos proyectos de interconexión entre países.

Empecé más cerca de la ingeniería que de la dirección.

Ahora paso demasiado tiempo consiguiendo que miles de personas, gobiernos, proveedores y bancos estén de acuerdo durante el tiempo suficiente para construir algo.

Lo miro.

―Eso suena bastante menos aburrido de lo que esperaba.

Nathaniel entorna los ojos.

―Gracias.

―Era un cumplido. Tengo una forma muy española de administrarlos.

Le hago varias preguntas más y termino apoyada en la encimera mientras él me explica cómo se instala un cable submarino de cientos de kilómetros, por qué las tormentas pueden alterar meses de planificación y qué sucede cuando una pieza que cuesta una cantidad obscena de dinero decide fallar a varios metros bajo el agua.

Lo cuenta sin presumir. Eso es quizá lo que más me impresiona. Habla de cosas que yo apenas consigo visualizar con la misma tranquilidad con la que hace un rato discutía conmigo sobre cebolla.

―Sabes muchísimo ―digo cuando termina de explicarme cómo inspeccionan determinadas instalaciones―.

Y no me pongas esa cara. Es una observación legítima.

Durante años pensé que eras uno de esos empresarios que pasan el día firmando papeles importantes y diciendo «sinergias» hasta que alguien les entrega más dinero.

―Digo «sinergias» muy pocas veces.

―Menos mal. Habría perdido todo el respeto.

Sonríe apenas y baja la vista hacia el vaso que todavía tengo en la mano.

―Mi padre empezó en petróleo. Yo trabajé unos años en esa parte del negocio y después fui moviéndolo hacia ingeniería offshore y renovables. Ha sido gradual. La gente habla de transiciones energéticas como si bastara con decidirlas un martes y terminar el jueves.

Asiento. Hay algo atractivo en escuchar a alguien hablar de algo que conoce de verdad. No intenta impresionarme, pero consigue exactamente eso.

―Y en medio de todo eso decides financiar un programa educativo para niñas en Afganistán ―digo―. Esa parte sí quiero entenderla. Podrías dedicar ese dinero a cien cosas distintas. ¿Por qué esto?

Nathaniel guarda silencio unos segundos. Se aparta de la encimera y recoge la botella de agua, aunque en lugar de servirse vuelve a dejarla en la mesa.

―Porque creo que muchas veces empezamos a preocuparnos demasiado tarde ―responde al fin―.

Vemos a alguien pagando a una mafia para cruzar una frontera o subirse a una embarcación que quizá no llegue a ninguna parte y entonces discutimos qué hacemos con esa persona.

Para mí, la pregunta importante empieza años antes.

Qué oportunidades tenía donde nació. Qué educación recibió.

Qué posibilidades reales tenía de construir allí una vida que quisiera conservar.

Me apoyo mejor contra la encimera para observarle.

―En Europa hemos convertido la educación en parte del paisaje.

Los niños dicen que tienen que ir al colegio porque para ellos es una obligación cotidiana.

Y está bien que lo sea, pero a veces olvidamos explicarles el privilegio que hay detrás.

Poder aprender a leer, estudiar ciencias, descubrir que eres bueno con los números o con los idiomas y después elegir qué quieres hacer con eso cambia una vida entera.

Miro hacia la mesa. Hace unos días Maryam sostenía un libro contra el pecho mientras nos explicaba que podía morir por intentar abandonar a su marido y querer aprender.

―Para ellas no es una obligación ―murmuro.

Nathaniel niega ligeramente con la cabeza.

―Para muchas es una puerta. Y algunas saben exactamente lo que hay al otro lado porque se la han cerrado delante.

La educación no arregla un país por sí sola.

Sería absurdo decirlo. Necesitas seguridad, instituciones, economía, derechos.

Pero intenta construir cualquiera de esas cosas sin personas formadas.

Se frota el pulgar contra el borde de la encimera.

―Si puedes ayudar a que una niña termine sus estudios, aprenda un oficio o llegue a la universidad, le das herramientas que nadie debería haberle negado. Quizá no pueda cambiar todo lo que la rodea, pero aumentas sus opciones. A veces eso es enorme.

Me quedo mirándolo.

Es la conversación más larga que he tenido con Nathaniel desde que lo conozco.

Y seguramente la primera en la que no estoy intentando adivinar qué piensa de mí.

―Podrías limitarte a donar dinero ―señalo―. Sin involucrarte tanto.

―Podría. Y lo hago con otras cosas.

―Pero aquí no.

Nathaniel tarda un momento.

―Aquí quería saber si servía.

La respuesta me sorprende.

―¿Si el dinero servía?

―Si lo que financiábamos cambiaba algo de verdad.

Pagar una cifra y recibir un informe al final del año es fácil.

Saber si una chica puede conectarse, si tiene material, si la familia le permite continuar, si el programa tiene sentido para las personas que están allí...

eso requiere escuchar a quienes lo llevan.

Ahora entiendo por qué Nathaniel estaba en aquella videollamada y por qué apenas habló.

―Por eso contratasteis a alguien como yo.

Él me mira.

―Por eso Harriet te contrató.

―Qué rápido proteges tu inocencia.

Nathaniel ignora el comentario.

―Tú sabes enseñar. Yo puedo conseguir financiación, ordenadores, conexiones y gente que organice la parte logística. Ninguna de esas cosas convierte por sí sola una clase en algo que alguien quiera seguir al día siguiente.

Me río un poco.

―Después de ver mi casa-cárcel no sé si deberías tener tanta fe.

―Todas quieren volver a tener clases contigo.

La sonrisa se me borra.

Nathaniel mantiene la mirada en mí.

―Eso es lo que hacéis los buenos profesores ―añade―. Conseguís que alguien quiera regresar aunque aprender le cueste esfuerzo. Siempre me ha parecido un trabajo extraordinario.

No sé qué contestar.

Y eso, tratándose de mí, merece documentación.

Bajo la vista hacia el vaso para ocultar lo mucho que me ha afectado. Llevo años escuchando bromas sobre vacaciones escolares, horarios y la supuesta facilidad de ponerse delante de una clase. Nathaniel acaba de describir mi profesión de una manera que me hace recordar por qué elegí enseñar.

―Cuidado ―murmuro cuando consigo recuperar la voz―. Has estado a punto de decir algo bonito.

―No te acostumbres.

Sonrío.

Ahí vuelve el hombre inaccesible que necesita esconder cualquier cosa amable detrás de una sequedad perfectamente calculada.

―Demasiado tarde ―le digo mientras recojo los cubiertos―. Ya has cenado tortilla y elogiado a los profesores. Mañana te enseño a gesticular y en Madrid acabas discutiendo con un taxista sobre fútbol.

Nathaniel me quita los cubiertos de la mano.

―Si tu ruta gastronómica incluye fútbol y taxis, empiezo a entender por qué prometías lágrimas.

―De placer, Grant. Intenta seguir el programa.

―Haré un esfuerzo.

Nos quedamos un momento junto al fregadero, demasiado cerca porque la cocina, que parecía enorme cuando estaba sola, ha decidido reducirse desde que él está dentro.

Yo estoy a punto de apartarme cuando su mano pasa cerca de la mía para abrir el grifo.

No me toca.

Tampoco ocurre nada.

Aun así soy demasiado consciente de la longitud de sus dedos alrededor del mando.

Fantástico.

La convivencia está resultando peligrosamente educativa.