Otro maldito escocés Capítulo 10No juzgues una civilización por una tortilla
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Capítulo 10No juzgues una civilización por una tortilla

NO JUZGUES UNA CIVILIZACIÓN POR UNA TORTILLA

C uando Nathaniel llega a casa pasan de las nueve y media.

Llevo quince minutos mirando el reloj de la cocina, sin decidirme a echar los huevos a la sartén.

Quiero que la tortilla esté recién hecha cuando nos sentemos a cenar, pero a este paso voy a tener que defender el horario incluso ante otros españoles.

Hay cosas que pueden recalentarse. Una tortilla de patatas que he decidido utilizar para defender el honor gastronómico de mi país no es una de ellas.

Además he preparado pan con tomate y tengo unas gambas listas para echar al aceite en cuanto aparezca.

Nada especialmente complicado, pero después de varios días abriendo su nevera y encontrando recipientes perfectamente alineados, verduras organizadas y una colección de yogures que parecen sometidos a inventario, considero mi deber introducir un poco de desorden mediterráneo.

He enviado un mensaje preguntándole si iba a cenar aquí. Nada más. Una pregunta perfectamente normal entre dos personas que llevan varios días compartiendo piso y que, por cierto, no implica ningún deseo oculto de formar una familia, comprar un perro o empezar a discutir sobre quién baja la basura.

Nathaniel ha contestado:

Sí. En treinta y cuatro minutos.

Eso es todo.

El hombre debe de pagar los mensajes por palabra. Aunque es generoso precisando para no encontrarme de nuevo en bragas.

La puerta se abre justo cuando estoy vertiendo la mezcla de patata, cebolla y huevo en la sartén.

Bien.

Que nadie diga que España no sabe recibir a un escocés. Otro maldito escocés.

Nathaniel aparece en la cocina todavía con el traje puesto, aunque lleva la corbata floja y el primer botón de la camisa desabrochado.

Tiene el pelo peor que esta mañana, la barba más marcada y esa forma de sostener los hombros que empieza a permitirme reconocer cuándo está cansado aunque su cara se empeñe en negar la existencia del agotamiento humano.

Se detiene al ver la mesa.

―No sabía que esperabas a alguien ―comenta mientras se quita la chaqueta y la deja sobre el colgador de la entrada.

Lo miro por encima del hombro.

―A ti. Sé que puede resultar perturbador, pero he cocinado para la persona cuya casa estoy ocupando. Intento compensar antes de que empieces a cobrarme alquiler retroactivo.

Nathaniel observa la tortilla, después las gambas y finalmente el pan. Se remanga la camisa una vez antes de acercarse.

―Eso depende de si sobrevivo a la cena.

―Qué confianza. ―Dejo la fuente sobre la mesa y le indico uno de los taburetes con la mano―. Siéntate. Tienes cara de haber pasado doce horas despidiendo empleados.

―Once horas de reuniones. Casi lo mismo.

Se sienta sin discutir, lo que confirma mi diagnóstico. Nathaniel normalmente puede encontrar una objeción incluso al concepto de sentarse si considera que alguien se lo está imponiendo.

Desde el taburete, Nathaniel sigue mis movimientos mientras compruebo los bordes de la tortilla con la espátula. Hace un momento he insistido en que se siente y me deje terminar. Ahora echo de menos cuando abría cajones y buscaba los cubiertos, ocupado en algo que no fuera mirarme.

Cojo un plato para darle la vuelta. Lo he hecho cientos de veces, pero bajo su atención empiezo a tener dudas sobre una operación que hasta hoy no requería que fuera consciente de mis codos.

—Podrías aliñar la ensalada —sugiero, señalando el cuenco junto al fregadero.

Nathaniel mira el cuenco y después a mí.

—Me has dicho que me sentara.

—He sobrevalorado lo cómoda que iba a sentirme contigo mirando.

Se levanta y se acerca al fregadero. Mientras busca el aceite, apoyo el plato sobre la sartén y le doy la vuelta a la tortilla. Cuando vuelve a mi lado, ya la estoy deslizando sobre el fuego.

—¿Era eso lo que no podía ver? —pregunta mientras desenrosca la botella.

Echo las gambas sobre el ajo dorado y agradezco el ruido del aceite.

—Quiero que la cena salga bien. Tú sabrás cuánto estás dispuesto a colaborar.

Cuando está lista, la paso a un plato y la llevo a la isla. Él coloca un salvamanteles para la sartén y acerca los taburetes.

Le sirvo un trozo de tortilla y él lo mira con atención.

―Lleva cebolla ―le aviso mientras me siento a su lado―. Si perteneces al bando contrario, puedes marcharte de tu propia casa.

Prueba un bocado antes de responder. Mastica despacio y vuelve a cortar otro pedazo.

―No tengo opiniones suficientemente fuertes sobre la cebolla como para perder una vivienda por ella.

―Eso es porque no has vivido en España. Allí puedes terminar una amistad por bastante menos.

Nathaniel prueba las gambas y, aunque no dice nada, vuelve a servirse dos.

Lo señalo con el tenedor.

―Eso es una crítica positiva en tu idioma, ¿verdad?

―Estoy comiendo.

―Lo sabía. Dentro de dos semanas conseguiré que utilices un adjetivo.

Una pequeña curva aparece en su boca mientras limpia con pan un poco del aceite de las gambas. Nunca sé cuándo voy a conseguir hacerle sonreír y empiezo a disfrutar demasiado de comprobarlo.

―Cuando vuelvas a Madrid te voy a hacer una ruta gastronómica ―le anuncio―. Nada de restaurantes en los que ponen una hoja encima de una piedra y te cobran cuarenta euros por la experiencia. Te voy a llevar a sitios de donde salgas preguntándote si todavía necesitas órganos internos.

Nathaniel apoya el antebrazo sobre la mesa.

―Suena preocupante.

―Vas a llorar de placer.

―Preferiría mantener expectativas razonables.

―No juzgues una civilización por una cena de jueves. Hoy he trabajado con recursos limitados.

Esta vez sí se ríe.

No mucho. Nathaniel nunca hace nada que pueda confundirse con una pérdida completa de control, pero baja la cabeza y la risa le cambia la cara durante unos segundos. Me gusta más de lo que debería.

Me concentro en cortar la tortilla.

Comemos un rato hablando de cosas pequeñas.

Le cuento que hoy un alumno me ha entregado un trabajo con un comentario de su madre que había olvidado borrar: «Esto no se entiende, cariño».

Nathaniel quiere saber si coincidíamos en el diagnóstico.

Por completo, aunque yo habría prescindido del cariño.

Él me cuenta que en una reunión han dedicado veinte minutos a discutir el color de unas carpetas antes de llegar al presupuesto de una obra submarina.

Le pregunto si al menos han elegido un azul apropiado y me pasa el pan con tomate sin dignarse a responder.

La conversación resulta fácil.

Eso sigue sorprendiéndome.

Durante cinco años Nathaniel fue el hombre que se sentaba en cenas de grupo y participaba lo imprescindible. Siempre parecía estar esperando que termináramos de decir algo irrelevante para volver a un lugar donde la gente tuviera conversaciones útiles.

Ahora sé que repite tortilla sin que tenga que ofrecérsela y que, cuando se ríe con la boca llena, levanta un dedo para impedir que siga hablando. Naturalmente, sigo.

Bebo agua antes de sacar el tema que llevo pensando desde esta tarde.

―Matthew está enfadado contigo.

Nathaniel no deja de comer. Coge una de las gambas con el tenedor y aparta la cola antes de contestar.

―Matthew lleva muchos años enfadándose conmigo periódicamente y la amistad ha sobrevivido a todo.

―Esta vez es por mí.

Levanta los ojos.

―Esta vez es por muchas cosas.

Juego con una miga de pan junto al plato. No me gusta la sensación de estar situada entre ellos, aunque racionalmente sé que no he hecho nada para provocarla.

―Siento que quedarme aquí te esté metiendo en una situación complicada con él ―admito―. Quizá debería buscar otra cosa con menos remilgos. No quiero que pierdas a tu mejor amigo porque yo no encuentre un apartamento decente.

Nathaniel deja el tenedor sobre el plato. No parece molesto conmigo, pero sí con la idea.

―Abril, llevo casi treinta años siendo amigo de Matthew. Hemos discutido por dinero, trabajo, política y decisiones bastante peores que prestarle una habitación a alguien. No necesito que organices mi amistad por mí.

―No intento organizarla.

―Estás pensando en marcharte de una casa en la que puedes quedarte porque él está molesto conmigo y tú te sientes responsable. Eso se parece bastante.

Su tono es seco, pero no cruel. Precisamente por eso me callo.

Nathaniel toma un sorbo de agua antes de continuar.

―Matthew puede estar enfadado. Puede pensar que estoy haciendo algo que no entiende y puede tardar semanas en dejar de pensarlo. Es adulto. Yo también. No necesito que tú sacrifiques comodidad para protegerme de una conversación desagradable con mi amigo.

Lo miro durante unos segundos.

―Tienes una seguridad en ti mismo bastante irritante.

―Me resulta bastante útil.

―A mí me han tocado ansiedad y capacidad para imaginar quince escenarios horribles distintos antes de desayunar. Veo que el reparto no fue equitativo.

La comisura de su boca se mueve.

―Puedes quedarte hasta que encuentres algo razonable. Si Matthew quiere discutir conmigo, sabe dónde encontrarme.

Hay algo reconfortante en la manera en que lo dice. Ninguna heroicidad, ninguna promesa. Simplemente la certeza de que puede soportar que otra persona esté molesta con él sin convertir eso en una catástrofe.

Yo no he conseguido aprenderlo.

Cambio de tema antes de que la conversación me obligue a reconocer algo demasiado personal.

―Hoy he estado mirando la documentación de tu empresa ―comento mientras recojo la fuente de las gambas―. No entiendo la mitad.

Nathaniel arquea una ceja.

―Eso es alentador teniendo en cuenta que vas a trabajar conmigo.

―Voy a trabajar en un proyecto que financias. No pienso bajar al fondo del mar a colocar cables.

―Me tranquiliza. No estaba previsto incluir submarinismo en tu contrato.

Me levanto para llevar los platos al fregadero y él hace lo mismo.

Intento quitarle el suyo, pero Nathaniel lo conserva y empieza a recoger la mesa conmigo.

Resulta extraño verlo con una camisa que probablemente cuesta más que todos mis zapatos juntos mientras lleva un plato de tortilla hacia el lavavajillas.