Capítulo 9El curioso caso de los celos retroactivos
EL CURIOSO CASO DE LOS CELOS RETROACTIVOS
D urante los últimos días he descubierto que cambiar el horario de una clase produce entre mis alumnos más interés que cualquiera de las obras del programa. Ewan, en particular, considera que cualquier modificación debería incluir una revisión de sus obligaciones.
—¿Entonces el trabajo también podemos entregarlo más tarde? —me pregunta al terminar la última clase del viernes, apoyado sobre mi mesa mientras yo ordeno varios libros.
Levanto la cabeza despacio.
—Hemos cambiado una clase de hora, Ewan. La fecha de entrega sigue donde estaba.
—Era por confirmar.
—Tu preocupación por los plazos me conmueve. Espero que algún día se traduzca en cumplir uno.
Sonríe y recoge la mochila. Sophie se acerca para preguntarme si puede llevarse una de las novelas que hemos comentado. Anoto el préstamo y se la entrego antes de que salga detrás de los demás.
Cuando el aula queda vacía, termino de ordenar los libros. Llevo seis años entrando por esa puerta y todavía hay ejemplares míos mezclados con los del colegio. Estoy buscando mi nombre en las primeras páginas de una edición de Cinco horas con Mario cuando Matthew aparece en la puerta.
No entra enseguida. Se queda apoyado en el marco, con una carpeta bajo el brazo y esa expresión cansada que lleva desde que terminamos.
Nos hemos cruzado varias veces durante la semana.
Un saludo en el pasillo, una conversación sobre horarios, dos minutos en la sala de profesores mientras otras personas hablaban alrededor.
Hemos conseguido comportarnos con una educación tan impecable que empiezo a sospechar que ambos merecemos una condecoración.
―¿Tienes un momento? ―pregunta mientras mira hacia el pasillo.
Asiento y dejo un libro encima de la mesa. Matthew entra, cierra la puerta sin llegar a encajarla y aparta una silla para colocarse frente a mí. Tiene los brazos cruzados y tarda unos segundos en empezar. Esa espera me pone en alerta.
―Nathaniel me ha dicho que finalmente te quedas en su piso hasta que te marches a Madrid ―comenta, procurando mantener un tono neutro―. Pensaba que te lo había prestado mientras estaba fuera.
Ya sé adónde va esto.
Cojo el rotulador que Sophie ha tirado al suelo y vuelvo a dejarlo junto a los libros para darme unos segundos.
―Eso pensábamos los dos ―respondo―. Pero todavía no he encontrado nada que me convenza y me ha dicho que puedo seguir allí mientras busco.
Matthew aprieta los dedos en su antebrazo. No me había dado cuenta de lo mucho que esperaba que hubiera otra respuesta hasta verlo.
―¿Y vas a hacerlo? ―pregunta, inclinándose un poco hacia delante―. ¿Vas a vivir con Nathaniel hasta que te vayas a Madrid?
―No sé exactamente cuánto tiempo, pero sí. Tiene dos dormitorios y, hasta donde he podido comprobar, su ocupación no obliga a mantener relaciones sexuales con el propietario.
La ironía no consigue rebajarle la tensión. Matthew me mira durante unos segundos antes de apartar la vista hacia los libros.
―Nathaniel no hace eso, Abril.
Frunzo el ceño.
―¿No tiene sexo? ¿Es un monje budista encubierto?
―Meter gente en su casa ―aclara, levantando otra vez los ojos―. Puedes bromear si quieres, pero lo conozco desde hace casi treinta años. Es muy suyo con su espacio. A mí me tuvo solo una noche en el sofá cuando se inundó mi piso y luego me encontró un hotel.
Ese dato sí consigue sorprenderme, aunque procuro que no se note demasiado. Hasta ahora había dado por hecho que Nathaniel habría ofrecido lo mismo a cualquier persona que necesitara alojamiento. Él mismo se ha encargado de decírmelo.
―Pues parece que estoy contribuyendo a ampliar sus habilidades sociales ―respondo mientras cierro una carpeta―. Deberías alegrarte por él.
Matthew no sonríe.
―No me hace gracia.
Levanto la vista.
Hay algo casi familiar en su expresión y tardo un instante en reconocerlo porque llevo años viéndolo en mi propia cara, no en la suya.
Celos.
La constatación me produce una satisfacción pequeña y bastante indigna. Después recuerdo cuántas veces él me pidió que no exagerara cuando yo sentía exactamente esto y se me pasa.
―Qué curioso ―digo, apoyando las manos sobre la mesa―. A mí tampoco me hacía ninguna gracia ver determinadas cosas entre tú y Catriona, pero durante mucho tiempo me explicaste que el problema estaba en mi manera de interpretarlas.
Matthew se remueve un poco.
―Esto es diferente y lo sabes. Catriona y yo nos conocemos desde niños. Tú apenas has tenido relación con Nathaniel hasta ahora y de repente estás viviendo con él.
―No, Matthew. Lo que sé es que tú y Catriona os acostasteis varias veces antes de conocerme y otra vez mientras estabas conmigo. Nathaniel y yo compartimos dirección postal durante unos días. Si necesitas que hagamos una tabla comparativa, tengo un rotulador a mano.
Veo cómo le cambia la cara. Me arrepiento un poco de la crueldad del comentario, pero no lo suficiente para retirarlo.
Matthew descruza los brazos y camina hasta la ventana. Se queda un momento mirando el patio antes de volverse, con una mano metida en el bolsillo del pantalón.
―Podrías haberme dicho que necesitabas más tiempo en casa mientras yo buscaba otra solución. Hay muchas opciones antes de instalarte con mi mejor amigo. ¿Lo haces para ponerme celoso, Abril? ¿Para darme una lección o es simplemente venganza?
La palabra «instalarte» me irrita. Tengo una maleta, cuatro camisas colgadas en un armario que no es mío y una bolsa de cosméticos que todavía no he deshecho del todo. Si eso es instalarse, mi concepto de arraigo necesita una revisión.
―No te pedí que buscaras ninguna solución porque ya no somos pareja ―respondo, obligándome a bajar la voz―. Y sigo en casa de Nathaniel porque me viene bien. Eso es todo.
Matthew me observa. Noto el momento exacto en que deja de intentar mantener la conversación dentro de los márgenes razonables.
―¿Y también vais juntos a la boda?
Tardo un segundo.
―Probablemente. Salimos de la misma casa y tenemos que recorrer el mismo trayecto. Sería una demostración bastante creativa de independencia viajar en dos coches distintos.
La mandíbula de Matthew se tensa. Después suelta una risa breve, sin humor, y baja la mirada.
―Joder, Abril. Hace unos días me estabas diciendo que me querías y ahora vives con Nathaniel, vais juntos a una boda y parece que todo te resulta perfectamente normal.
—Estoy intentando continuar con mi vida. Nada más.
Matthew se queda callado. Cuando vuelve a hablar, la rabia ha ganado terreno al dolor.
—¿Y él qué espera de todo esto? Una cosa es poner dinero para un proyecto y otra darte las llaves de su casa. Nathaniel lleva años protegiendo su intimidad y ahora parece encantado de compartirla contigo.
La vieja sensación vuelve a rozarme. Pena. Obligación. El mejor amigo que arregla lo que Matthew ha roto porque alguien tiene que hacerlo.
La rechazo antes de dejar que crezca.
―Entonces pregúntaselo a él ―digo mientras aparto una caja para sentarme sobre la esquina de la mesa―. Yo no voy a analizar cada gesto de Nathaniel para tranquilizarte.
Matthew se vuelve hacia mí y me mira durante demasiado tiempo.
―¿Te estás acostando con él?
La pregunta me deja tan sorprendida que durante un instante creo haberla entendido mal.
―¿Perdona?
—No entiendo qué coño está pasando entre vosotros.
Toda la compasión que me producía verlo así empieza a mezclarse con otra cosa mucho menos amable.
―Entre Nathaniel y yo no está pasando nada. Pero incluso si pasara, ya no tendrías ningún derecho a preguntármelo de esa manera.
Matthew aprieta la boca.
―Quizá ahora no ―dice al fin―. Pero empiezo a preguntarme si esto viene de antes. Si por eso llevabas meses sin querer acostarte conmigo y ahora...
Lo miro furiosa.
La frase se rompe porque mi cara debe de haberle advertido de que acaba de entrar en un lugar del que va a costarle salir.
―Termina ―le pido, bajándome de la mesa y acercándome un poco―. Ya que has llegado hasta ahí, termina lo que estabas diciendo.
Matthew niega con la cabeza y aparta la vista.
―Llevábamos meses casi sin sexo, Abril ―admite, volviendo hacia mí―. Yo intentaba acercarme por la noche y tú siempre estabas cansada, tenías trabajo o simplemente no te apetecía. Después veo esto y me pregunto cosas que probablemente no debería preguntarme.
—Lo cuentas como si tú solo tuvieras que alargar la mano y yo estuviera obligada a tener ganas —respondo, cruzándome de brazos—. Y si no las tenía, debía de haber otro hombre. ¿No se te ocurre ninguna explicación que tenga que ver con nosotros?
Matthew frunce el ceño.
—Yo también necesitaba sentir que querías estar conmigo.
―¿Cuándo me tocabas para algo que no fuera pedirme sexo, Matthew?
―le pregunto, incapaz ya de suavizarlo―.
No te hablo de estas últimas semanas, en las que has intentado arreglarlo.
Te hablo de cómo estábamos antes de lo de Catriona.
¿Cuándo fue la última vez que me abrazaste en la cocina porque sí?
¿Cuándo me besaste al pasar sin convertirlo después en una invitación?
Parecía que solo te acordabas de tocarme por la noche, cuando nos metíamos en la cama.
Él abre la boca, pero sigo hablando porque llevo demasiado tiempo tragándome esta parte.
―Durante el día éramos compañeros de piso que organizaban compras, horarios y cenas.
Llegaba la noche, metías la mano debajo de mi camiseta y esperabas que mi cuerpo pasara de cero a cien porque habías apagado las luces.
El deseo no se enciende en treinta segundos.
Se construye durante el día. Con una mano en la espalda al pasar, con un beso que no exige nada después, con sentir que alguien te acaricia porque le gusta tenerte cerca y no porque espera llegar a la cama.
Matthew baja la mirada. Veo que lo ha entendido y eso no me calma.
―Sé que me alejé ―reconoce, apoyando una mano en el respaldo de la silla―. También sé que tú empezaste a rechazarme y cada vez me costaba más acercarme sin sentir que estaba molestándote. Entramos en una dinámica de mierda los dos.
―Puede ser. Pero yo no me acosté con otra persona para solucionarla.
Su rostro se contrae y durante unos segundos vuelve a parecer simplemente el hombre al que he querido durante años.
―He dicho una gilipollez porque estoy celoso —reconoce.
―Y ahora estás a punto de decir otra.
Matthew aprieta los dedos alrededor de la silla. Me gustaría equivocarme.
―A veces pienso que si nosotros hubiéramos seguido teniendo sexo... quizá aquella noche no habría ocurrido.
Me quedo completamente quieta.
Él mismo parece arrepentirse antes de terminar. Da un paso hacia mí, pero levanto una mano y se detiene.
―Aquella noche te acostaste con Catriona porque decidiste acostarte con Catriona ―respondo.
Me tiembla la voz, pero no bajo el volumen―.
Podíamos haber tenido sexo tres veces al día y seguiría siendo una decisión tuya.
Podías haber hablado conmigo, podías haberme dejado, podías haberte masturbado hasta perder la sensibilidad de la mano.
Tenías bastantes opciones antes de meter la polla en tu mejor amiga.
Deja de buscar una versión en la que la culpa es mía, porque bastante tiempo he pasado preguntándome qué hice mal yo.
―Y ahora te has ido a vivir con Nathaniel ―dice después de unos segundos, volviendo precisamente al lugar donde sabe que puede hacerme reaccionar―.
Puedes repetir que no tiene nada que ver conmigo todas las veces que quieras, pero me gustaría saber qué pensarías tú si las posiciones estuvieran invertidas.
Si una semana después de dejarme descubrieras que estoy viviendo con una mujer que conoces, que voy a compartir casa con ella y que encima vamos juntos mañana a la boda.
Suelto una risa que carece por completo de diversión y apoyo las manos detrás de mí, sobre el borde de la mesa.
―¿De verdad quieres que imagine esa situación? Porque llevo años compartiéndote con una mujer y viéndoos cada día sin tener que imaginarme nada. Créeme, Matthew, ya he hecho el curso avanzado.
Por un momento parece dispuesto a responder, pero una voz desde la puerta consigue que los dos volvamos la cabeza.
―Creo que esa conversación ha escalado bastante más de lo que esperaba.
Nathaniel está apoyado en el marco con el abrigo todavía puesto. Su mirada pasa por mí antes de detenerse en Matthew, y entiendo enseguida que no ha aparecido por casualidad.
Matthew suelta una risa seca.
―¿Has venido a comprobar que no molesto a tu nueva compañera de piso?
—Venía a hablar contigo —responde mientras se guarda las llaves en el bolsillo—. Después de la llamada de esta mañana, prefería que habláramos en persona. Pero veo que has decidido pedirle explicaciones a Abril por algo que te he ofrecido aclarar yo.
Matthew lo mira con una incredulidad que me hace tensarme.
―Pues hazlo. ¿Por qué el que Abril viva contigo te parece perfectamente normal?
Nathaniel apenas modifica la expresión. Su mirada se detiene un instante en Matthew antes de venir hacia mí.
―Te estás esforzando demasiado en convertir una habitación libre en otra cosa. Vámonos, Abril. Tengo el coche fuera.
Recojo el bolso y la chaqueta de encima de la silla mientras intento decidir qué coño significa exactamente todo esto.
Nathaniel no añade nada. Ni una explicación, ni una aclaración, ni ese gesto suyo de hombre perfectamente capaz de resolver una crisis internacional con tres correos y una hoja de cálculo.
Y yo le sigo, dejando plantado a Matthew.