Capítulo 8Antropología aplicada al bóxer escocés #3
Nathaniel deja el reloj sobre la encimera, se desabrocha los puños y empieza a doblarse las mangas. Alisa cada vuelta con el pulgar hasta dejarlas por debajo de los codos.
Abre la nevera y se inclina para mirar dentro. Yo debería aprovechar para mirar cualquier otra cosa, pero la camisa se le ajusta a la espalda y termino bajando los ojos hasta su culo.
Dios.
Cuando se vuelve, estoy mirando la botella que ha dejado sobre la encimera con un interés completamente injustificado.
―Empiezo a replantearme el nivel de privacidad que implica prestarte una casa.
Durante dos segundos tengo la certeza absoluta de que sabe lo de mi incursión en su cajón de la ropa interior por algún mecanismo sobrenatural reservado a los hombres ricos y a los perros.
Después coge la botella de agua.
―Has terminado el queso.
Respiro.
―Era un queso con muy poca voluntad de supervivencia ―me justifico―. Además, llevas cuatro días en Madrid. No puedes abandonar lácteos de esa calidad y esperar fidelidad.
Nathaniel apoya una mano en la encimera y niega con la cabeza, pero vuelve a aparecer esa curva pequeña en la boca.
Me gusta hacerle reír.
La idea llega sin aviso y me obliga a concentrarme de pronto muchísimo en una naranja sobre el frutero.
No significa nada.
Después de cinco años creyendo que Nathaniel apenas me tolera, descubrir que puedo hacer que sonría produce una satisfacción bastante comprensible. Exactamente igual que conseguir que un gato arisco permita que le toques la cabeza.
—Me han confirmado el cambio de la clase de primera hora —le cuento mientras saco unas cosas de la nevera—. Así tendré más margen para las videoconferencias hasta que me vaya a Madrid.
—Puedes quedarte aquí hasta entonces —responde, apoyándose contra la encimera—. No hace falta que alquiles lo primero que veas.
Dejo el tomate sobre la tabla.
—Faltan tres meses, Nathaniel.
—Sé hacer cálculos.
Lo miro, pero él espera mi respuesta con tranquilidad, aparentemente ajeno a lo que acaba de quitarme de encima. Llevaba días calculando cuánto podía prolongar mi estancia sin abusar de su ofrecimiento. Ni siquiera sabía cómo preguntárselo.
—No sé qué decirte —admito, levantando otra vez la cara—. Es muchísimo lo que me estás ofreciendo.
Nathaniel apoya las manos en el borde de la isla y espera mientras intento encontrar algo más que añadir. Me cuesta que las palabras no suenen pequeñas al lado del alivio que empiezo a sentir.
—Saber que puedo tomarme el tiempo que necesite… —Respiro y niego despacio con la cabeza—. Llevaba días haciendo cuentas para no tener que pedirte una semana más.
Su expresión cambia.
—Podrías habérmelo dicho, Abril.
—Ya me habías ayudado bastante. No quería que te arrepintieras.
—Si algo me molesta, te lo diré.
Eso sí me lo creo. Se me escapa una sonrisa y, por primera vez desde que he abierto la página de alquileres esta mañana, dejo de pensar en los anuncios que tendría que volver a mirar después de cenar.
—Gracias. Por venir a buscarme el otro día y por esto.
—Haría lo mismo por cualquiera —dice antes de bajar la vista hacia el reloj que ha dejado sobre la encimera.
No esperaba una declaración de afecto, pero tampoco necesitaba que ampliara la oferta a toda la población de Edimburgo.
―Ya. Lo práctico se te da estupendamente ―murmuro mientras juego con el borde de la botella―. Lo humano sigue en periodo de prueba.
Su boca se curva apenas. No responde enseguida. Se queda mirándome durante un segundo y después aparta la vista hacia el salón.
―La tendré en cuenta en la próxima evaluación.
Sonrío hacia el tomate.
―Gracias. Me gusta ver que aceptas críticas.
―No he dicho que vaya a cambiar.
―Ahí estás otra vez.
La comisura de su boca se mueve.
—Aunque… intentaré mejorar mis protocolos de aviso.
Levanto la vista.
—¿Eso es una referencia a mis bragas?
—Es una referencia a que no viste mi mensaje.
—Bien.
—Perfecto.
Los dos sostenemos la mirada un segundo más de lo necesario. Me vuelvo hacia la encimera.
Eso ha sido raro.
El silencio que sigue resulta cómodo durante unos segundos. Después Nathaniel empieza a desabrocharse los botones del cuello de la camisa y yo cometo el error de mirarlo.
Camisa remangada. Cuello abierto. Dedos largos alrededor de la tela.
Bóxeres negros.
Joder.
Bajo los ojos hacia la tabla con tanta rapidez que casi corto el tomate por la mitad de una manera mucho más violenta de la necesaria.
Mi cerebro necesita encontrar otra afición.
Urgentemente.
—Voy a cambiarme —dice mientras tira de la camisa para sacarla del pantalón.
Asiento sin mirarle más. Me ha ofrecido alojamiento y yo estoy esperando a ver qué más se quita.
Yo termino de preparar la cena preguntándome si existe alguna forma de borrar selectivamente la memoria reciente.
Cuatro días en su casa han sido suficientes para descubrir que conserva cosas feas porque se las regaló su hermana, que llama a su madre aunque necesite apuntárselo entre los limones y que tiene una taza favorita desconchada.
También sé qué clase de ropa interior utiliza.
En cinco años apenas sabía nada de él. Ahora me preocupa seriamente cuánto puedo descubrir en unos días.