Otro maldito escocés Capítulo 8Antropología aplicada al bóxer escocés #2
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Capítulo 8Antropología aplicada al bóxer escocés #2

Mi teléfono está cargándose en el dormitorio.

Perfecto.

Hago un cálculo rápido de las opciones. Podría salir corriendo a ponerme unos pantalones, pero eso supondría reconocer que ambos somos conscientes de que no los llevo.

También podría permanecer aquí y comportarme con naturalidad, aunque no sé cuánto tiempo puede sostener una conversación una persona en ropa interior antes de que la naturalidad empiece a requerir asistencia médica.

Elijo una tercera posibilidad y camino hacia el sofá para coger la manta.

Nathaniel aparta la vista con una discreción tan impecable que me irrita todavía más.

―Tenía el móvil cargando ―explico mientras intento envolverme la manta alrededor de la cintura sin soltar la taza―. Y tu piso tiene un problema climático. Creo que en el dormitorio están empezando a crecer especies tropicales.

Él se acerca al termostato y consulta la temperatura. Yo termino de colocarme la manta alrededor de las caderas con un resultado que recuerda vagamente a una senadora romana que ha perdido una discusión con una sábana.

―Está a veinte grados ―señala Nathaniel, girándose hacia mí después de comprobarlo―. La calefacción apenas está funcionando.

―Eso dice la máquina ―replico mientras sujeto la manta con una mano―. También hay básculas que aseguran que una pesa tres kilos menos después de moverlas veinte centímetros y yo he decidido confiar en ellas antes que en la ciencia.

La boca de Nathaniel se mueve. No llega a sonreír del todo, pero veo el esfuerzo por evitarlo mientras se agarra el jersey por la nuca y tira de él.

Al levantar los brazos, la camisa se tensa sobre el pecho y se le sale un poco del pantalón por un costado.

Sigo mirando mientras libera la cabeza y deja caer los brazos.

Tiene el pelo revuelto y, durante un instante, me apetece apartarle el mechón que le ha quedado sobre la frente.

Ajusto la manta alrededor de mi cintura. Bastante tengo con mi propia ropa.

―No necesito que defiendas la teoría del microclima en ropa interior para demostrar nada.

Me quedo mirándolo.

Hay un silencio.

Por primera vez desde que ha entrado, Nathaniel desvía los ojos.

Y, por algún motivo inexplicable, eso me hace gracia.

Empiezo a reírme.

No debería. Hace que todo empeore. Intento contenerme y únicamente consigo producir un ruido raro que obliga a Nathaniel a mirarme otra vez.

―Lo siento ―consigo decir mientras me tapo la boca con el dorso de la mano―. Esto no tiene nada que ver contigo.

Tiene muchísimo que ver con él.

Me observa con una expresión que conozco demasiado bien. Ahí está. La cara. La de «Abril ha vuelto a sufrir una avería y alguien debería desconectar la corriente».

—Me alegra saberlo —comenta mientras deja el jersey sobre la silla—. Durante un momento he pensado que mi regreso anticipado tenía algún componente cómico que se me escapaba.

Me río más.

Y entonces, porque mi sistema nervioso lleva una semana tomando decisiones sin consultar a la dirección, noto también que se me llenan los ojos de lágrimas.

Nathaniel frunce el ceño.

Yo levanto una mano inmediatamente.

―Ni se te ocurra ―le advierto mientras intento respirar―. No estoy llorando. Bueno, técnicamente sí, pero no por nada. Creo que se me ha roto alguna pieza y ahora la risa y el llanto comparten interruptor.

Él permanece donde está, sin acercarse. Se limita a apoyarse contra el respaldo de la silla mientras espera a que recupere una cantidad razonable de estabilidad.

―Eso explicaría varias cosas de los últimos cinco años ―responde con una seriedad que me obliga a apretar los labios para no volver a empezar.

―Eres un encanto cuando te esfuerzas ―murmuro mientras me seco debajo de los ojos―. Entiendo perfectamente por qué Catriona lleva tantos años...

Me callo.

La frase ha salido antes de que consiga detenerla.

Nathaniel inclina ligeramente la cabeza.

―¿Por qué Catriona lleva tantos años qué?

Agarro mejor la manta.

―Nada ―respondo mientras me dirijo hacia el pasillo―. Voy a ponerme pantalones antes de que esta conversación produzca daños irreparables.

―Me parece una decisión razonable ―dice a mi espalda―. Aunque llegas unos minutos tarde para fingir que la situación no ha ocurrido.

Me vuelvo desde el comienzo del pasillo, todavía envuelta en la manta.

―Pensaba que habíamos establecido un pacto tácito de ignorar mis bragas.

Nathaniel recoge su maleta y arquea una ceja.

―Tácito implica que no se habla de él. Lo acabas de mencionar.

―Pues volvamos atrás.

―Complicado.

―Para alguien que organiza infraestructuras submarinas, tienes muy poca capacidad de improvisación.

Esta vez sí sonríe.

Es breve, pero está ahí.

Me meto en el dormitorio antes de que mi cabeza decida catalogar también eso.

Cuando vuelvo al salón llevo unos pantalones de algodón y una camiseta que cubre más territorio y no convierte mis pezones en dos señales de emergencia.

Me siento en uno de los taburetes de la cocina y observo cómo bebe agua de una botella. Resulta raro verlo aquí después de cuatro días utilizando sus cosas sin él. La casa cambia cuando Nathaniel está dentro.

Hasta ahora era un conjunto de pistas sobre alguien que conocía poco. De repente el propietario está apoyado contra la encimera y tengo la incómoda sensación de haber leído varias páginas de un libro que no sabía que iba a aparecer para hacerme un examen.

Nathaniel mira la taza que he dejado junto al fregadero.

Su taza.

La desconchada.

Después me mira a mí.

―Esa es tu favorita ―me apresuro a explicar―. Lo he deducido científicamente.

Deja la botella sobre la encimera.

―No sabía que estuvieras estudiando mis hábitos.

―No los estudio. Tus cosas me atacan con información.