Otro maldito escocés Capítulo 8Antropología aplicada al bóxer escocés
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Capítulo 8Antropología aplicada al bóxer escocés

ANTROPOLOGÍA APLICADA AL BÓXER ESCOCÉS

«Abril»

C uatro días viviendo en casa de Nathaniel Grant han sido suficientes para descubrir más cosas sobre él que en los cinco años anteriores. No sé si eso habla de la cantidad de tiempo que he pasado aquí o de lo poco que ese hombre comparte cuando hay otros seres humanos delante.

Probablemente de las dos cosas.

Por ejemplo, Nathaniel tiene una casa tan ordenada que al quitarme los zapatos junto al sofá los coloco rectos sin que nadie me lo haya pedido. Me molesta bastante que consiga darme órdenes incluso estando en otro país.

Después encontré, escondida detrás de una hilera de libros perfectamente colocados, una figura de cerámica horrible, vagamente parecida a un perro, con una pata más larga que las otras y «Mairi, 1998» escrito debajo con rotulador.

Desde entonces vivo algo más tranquila. Un hombre que conserva semejante engendro en una estantería de diseño no puede denunciarme por dejar una chaqueta en el respaldo de una silla.

También tiene una taza desconchada que no pega con ninguna de las demás y que utiliza mucho más que las ocho impecables que hay en el armario.

Lo sé porque estaba junto al fregadero cuando llegué, y volvió a aparecer en el lavavajillas después de que yo la utilizara por error la noche en que me instalé aquí.

Tras escribirle para preguntarle si tenía alguna preferencia sobre sus cosas, recibí un mensaje que decía:

Usa lo que quieras, Abril. Es una casa, no un museo

Aquello me pareció injusto porque su casa tiene exactamente el aspecto de un lugar donde una teme que tocar una lámpara active una alarma silenciosa.

He descubierto además que dobla las camisetas de una manera que debería requerir una certificación, guarda pilas de distintos tamaños en compartimentos separados y conserva en la cocina una libreta donde apunta cosas que se terminan.

La primera página que vi decía «café, detergente, limones, llamar a mamá». No seguí leyendo porque una cosa es utilizar el champú de otra persona y otra bastante distinta empezar a revisar sus listas privadas.

No he cotilleado.

Bueno.

He cotilleado un poco.

La frontera definitiva la crucé ayer por la tarde, cuando abrí el tercer cajón de su cómoda sabiendo perfectamente que no había ninguna razón para que las sábanas estuvieran allí. Las sábanas tienen un armario propio en el pasillo. Lo descubrí el primer día. Aun así, abrí el cajón.

Ropa interior.

Cerré.

Volví a abrir.

Sigo sin poder explicar la segunda parte de la operación.

Nathaniel usa bóxeres normales, lo cual habría permitido que aquel episodio terminara con cierta dignidad.

El problema es que también tiene varios de esos cortos y ajustados sin pernera que, extendidos dentro de un cajón, no tienen nada de particular y puestos sobre un hombre de metro noventa con las piernas de Nathaniel adquieren unas implicaciones que mi cerebro decidió estudiar con una atención absolutamente innecesaria.

No llegué a tocar ninguno. Me parece importante conservar al menos esa parte para mi defensa.

Cerré el cajón, me apoyé contra la cómoda y me reí.

Después empecé a llorar, seguí riéndome mientras lloraba y terminé sentada en el suelo preguntándome qué clase de avería emocional consigue que una mujer pase de echar de menos a su exnovio a imaginar a su mejor amigo en ropa interior en menos de treinta segundos.

La respuesta probablemente incluye agotamiento, duelo y una cantidad de estupidez que prefiero no cuantificar.

También incluye unas piernas sexis.

Y eso último no pienso analizarlo.

Nathaniel pertenece al mismo ecosistema sentimental del que intento salir. Es el mejor amigo de Matthew, Catriona lleva años hablando de él como su gran amor imposible y yo llevo años recordándome que, si alguna vez me parece atractivo, se debe a que tengo ojos.

Los ojos pueden recopilar información sin que una tenga intención de utilizarla.

Hoy, sin embargo, tengo distracciones más importantes que la ropa interior de Nathaniel.

La dirección de Fettes ha aprobado el cambio de una de mis clases de primera hora. La hemos trasladado a un hueco de mi horario y así podré participar en las videoconferencias sin pasar los últimos diez minutos calculando si llegaría antes al colegio corriendo o robando una bicicleta.

Cuando pedí la reunión iba preparada para discutir horarios, proponer alternativas y descubrir que todas requerían que otro profesor estuviera en dos aulas a la vez. En lugar de eso, encontramos una solución consultando el calendario.

Me quedé sentada frente al director esperando la parte complicada hasta que comprendí que no iba a llegar.

A mí nunca me ocurren estas cosas.

Mi vida suele parecerse bastante más a una pista de obstáculos diseñada por alguien que se divierte colocando una valla adicional cuando ya estoy cogiendo carrerilla.

Si necesito un documento, falta una firma.

Si tengo que viajar, hay huelga. Si encuentro aparcamiento delante de un edificio, resulta que pertenece a una embajada y probablemente estoy a treinta segundos de provocar un incidente diplomático.

Esta vez puedo conservar un trabajo que adoro y hacer sitio al proyecto sin tener que suplicarle a nadie que invente una hora más entre las ocho y las nueve.

Nathaniel tampoco ayuda a que la situación parezca normal.

Cuando le comenté que tenía que recoger el resto de mis cosas en casa de Matthew, me dijo que podía llevar las cajas a la suya. Le recordé que había llegado con una maleta y que aquello empezaba a parecerse bastante a una mudanza me respondió:

Tus libros también pueden quedarse mientras buscas piso.

Después me pasó el contacto de una empresa que había utilizado él. Pedí presupuesto, acordé la recogida y le escribí para preguntarle dónde podía dejarlo todo.

En la habitación de invitados hay sitio.

Le advertí de que también tenía una cafetera a la que profesaba un apego emocional poco saludable.

Espero que las dos os encontréis cómodas.

No supe si estaba bromeando.

Ese es uno de los problemas de comunicarse con Nathaniel por escrito. Puede insultarte, ayudarte o hacer ambas cosas en la misma frase y los signos de puntuación no colaboran.

Le di las gracias y guardé el teléfono. Después volví a leer la conversación, buscando alguna condición que se me hubiera pasado por alto. Había sido más difícil conseguir que Matthew dejara un estante libre para mis novelas que encontrar dónde ponerlas ahora.

Resulta difícil no sentir que el hombre ha asumido temporalmente la tutela de una adulta en dificultades.

Ahora me presta su casa, organiza mi traslado y consigue que todas las piezas de mi vida se muevan sin que yo tenga que pelearme con ninguna.

El problema es que durante demasiados años lo he sorprendido mirándome después de alguna escena con Matthew y Catriona, con esa expresión dura que siempre he traducido como «esta mujer es idiota».

Estoy pensando precisamente en él mientras miro Edimburgo desde los ventanales del salón. Fuera hace un día gris, húmedo y bastante coherente con Escocia. Dentro del piso de Nathaniel deben de estar cultivándose mangos en alguna habitación.

No entiendo su calefacción.

He bajado el termostato dos veces y sigue haciendo tanto calor que llevo una hora paseándome por la casa con una camiseta corta de tirantes y unas bragas blancas.

Es ese tipo de ropa de estar sola, una categoría estética que incluye prendas que una jamás permitiría que vieran una cita, un repartidor o cualquier ser humano cuya opinión importe mínimamente.

Nathaniel vuelve dentro de unos días.

Y tengo una casa entera para mí, una taza de café en la mano y ninguna razón para vestirme con pantalones únicamente porque Escocia insista en tener clima escocés al otro lado del cristal.

Apoyo la frente contra la ventana y pienso en la única parte de la mudanza que todavía depende de mí.

Tengo que volver a casa de Matthew.

Durante estos días solo he regresado una vez, para recoger ropa y algunos documentos.

Él no estaba. Habíamos acordado la hora por mensaje y dejó las llaves donde yo pudiera encontrarlas.

Entré convencida de que aquello facilitaría las cosas y descubrí que una casa vacía puede doler bastante más que una discusión.

Todavía están allí casi todos mis libros, la vajilla que compramos juntos, fotografías, papeles, zapatos y una cantidad absurda de objetos que nunca consideras tuyos hasta que tienes que decidir si los metes en una caja.

Estoy dando un sorbo al café cuando oigo una llave en la puerta.

Mi cuerpo tarda aproximadamente dos segundos en comprender el sonido.

El cerebro necesita otro.

La puerta se abre.

Me vuelvo con la taza en la mano.

Nathaniel entra arrastrando una maleta pequeña, vestido de oscuro y con un abrigo que todavía conserva gotas de lluvia en los hombros. Lleva la barba algo más marcada que hace cuatro días y el pelo ligeramente revuelto por el viaje. Da dos pasos hacia dentro antes de verme.

Se detiene.

Yo también.

Hay un instante absolutamente perfecto en el que los dos fingimos que no está ocurriendo nada digno de comentario.

Nathaniel mantiene la mano alrededor del asa de la maleta.

Yo sigo sujetando el café. Sus ojos llegan a mi cara con una rapidez tan disciplinada que me da toda la información que necesito sobre todo lo que ha visto antes.

Estoy en bragas.

En su salón.

El universo ha vuelto.

Ya me parecía a mí demasiado tiempo sin poner una valla.

―Pensaba que volvías dentro de tres días ―consigo decir mientras aprieto la taza contra el pecho, una estrategia defensiva completamente inútil porque el problema principal se encuentra bastante más abajo.

Nathaniel deja la maleta junto a la entrada y se quita el abrigo con una tranquilidad que considero ofensiva. Lo cuelga antes de contestarme, manteniendo la mirada en una zona segura situada aproximadamente entre mi frente y la pared que tengo detrás.

―Yo también lo pensaba hasta esta tarde ―explica mientras deja las llaves en el cuenco de la entrada―. Se canceló la reunión de mañana y adelanté el vuelo. Te escribí al aterrizar.