Capítulo 7Cómo respetar una frontera cruzándola entera #3
―Ese tono ayuda muchísimo ―señala, arqueando una ceja―. Casi puedo sentir cómo desaparece la lástima.
―Coge tus cosas.
―¿Ves? ―protesta―. Eso. Tienes ese tono de señor feudal que ha decidido dónde duerme la campesina.
―La campesina lleva medio día buscando una habitación que no encuentra.
―La campesina tiene tarjeta de crédito.
―Y el señor feudal tiene una habitación vacía.
Aprieta los labios para no sonreír. Lo noto y, por alguna razón, eso empeora mi humor.
―Te pagaré ―decide.
―No necesito que me pagues, no voy a pedirte ningún favor y mañana ni siquiera estaré allí ―respondo, volviendo hacia ella―. Puedes quedarte el tiempo necesario para encontrar algo mejor y después marcharte sin convertirlo en un asunto más complicado de lo que es.
―No quiero deberte nada ―admite mientras tira del bolso hacia ella―. Bastante raro es ya todo esto.
Entiendo a qué se refiere sin necesidad de preguntarlo. Precisamente por eso me molesta que convierta una habitación vacía en algo que necesita compensar.
―No me debes nada ―respondo mientras cojo las llaves de mi bolsillo y las hago girar una vez entre los dedos―. Si dentro de tres días encuentras algo, te vas. Si tardas una semana, tardas una semana. No veo dónde está la deuda.
Abril deja escapar aire por la nariz y se reclina en la silla.
―Lo dices con una facilidad insultante para alguien que tiene dinero suficiente para no saber lo que cuesta una semana de hotel.
―Sé perfectamente lo que cuesta una semana de hotel ―replico―. La diferencia es que tú estás intentando pagarlo teniendo una habitación disponible gratis. Eso es lo que me parece absurdo.
―Ahí está otra vez esa cara ―murmura mientras se pone en pie y recoge el abrigo―. La de «Abril es gilipollas».
Está equivocada, aunque explicarle hasta qué punto significaría hablar de Matthew de una manera que no pienso hacer mientras sigue teniendo los ojos hinchados de llorar por él.
―La cara es la que tengo ―respondo al fin, sujetando el respaldo de la silla cuando se levanta para apartarlo de su camino―. No puedo responsabilizarme de todas las teorías que desarrollas alrededor.
Abril termina de colocarse el abrigo y me dedica una mirada seca.
―Vamos ―digo mientras me inclino hacia la maleta y extiendo la mano hacia el asa―. Tengo que levantarme dentro de pocas horas y preferiría enseñarte dónde están las toallas antes de que empieces a abrir armarios al azar.
Abril coloca el pie sobre la rueda de la maleta antes de que pueda cogerla y me dirige una mirada de advertencia.
―Puedo llevarla yo, Nathaniel. Que esté sentimentalmente destrozada no ha afectado a la función de mis brazos.
Retiro la mano y me incorporo.
―No estaba evaluando tus capacidades físicas. Estaba intentando ahorrar tiempo, pero si necesitas sentir que has ganado algo esta noche, puedes llevarla tú ―concedo mientras recojo mis llaves de la mesa―. Intentaré superar la derrota.
Abril tira del asa telescópica y pasa por mi lado. Cuando llega a la puerta se detiene para dejar salir a una pareja y espera a que me coloque a su altura. Fuera continúa lloviendo, aunque menos que antes. Durante unos segundos mira hacia la calle sin avanzar.
―Gracias ―dice finalmente, con la vista puesta en los coches que pasan―. En serio. No sabía qué iba a hacer. No tengas en cuenta mi mal humor. No estoy en mis mejores momentos.
La frase pierde el sarcasmo que ha utilizado dentro y me obliga a mirarla. Podría decirle que no tiene importancia, pero sospecho que convertiría algo que para ella sí la tiene en una respuesta demasiado fácil.
―Ya lo resolverás ―le aseguro mientras señalo el coche al otro lado de la calle―. Esta noche solo necesitas dormir en un sitio donde la puerta cierre.
Ella suelta una pequeña risa y niega con la cabeza antes de echar a andar conmigo.
―Sigues hablando como un señor feudal.
―Era exactamente el tono que buscaba.
—Algún día tendrás que explicarme cómo consigues hacerme un favor y que parezca que estás a punto de ponerme una multa —comenta mientras espera bajo el pequeño toldo de la entrada.
La acompaño hasta el coche y espero mientras guarda la maleta en el maletero.
Cuando se sienta en el asiento del copiloto, se recoge el pelo húmedo detrás de una oreja y mira alrededor con una curiosidad cansada, como si subirse a mi coche formara parte de una noche que ya contiene demasiadas cosas inesperadas.
Arranco y me incorporo al tráfico. Abril apoya la cabeza contra el reposacabezas y cierra los ojos unos segundos. No habla y yo tampoco intento llenar el silencio. Tiene suficiente encima sin que yo convierta el trayecto en una conversación sobre Matthew.
Y sobre cómo él no sabe dónde está.
Y yo estoy yendo a buscarla.
La diferencia me molesta más de lo que quiero analizar.
He pasado años reprochándole a Matthew que no sepa trazar una línea. Esta noche he escuchado cómo lloraba por su ruptura y, poco después, he invitado a su exnovia a dormir en mi casa. Espero que mañana, cuando haya descansado, la explicación me resulte tan razonable como ahora.
De momento solo voy a señalarle dónde están las toallas.