Otro maldito escocés Capítulo 7Cómo respetar una frontera cruzándola entera #2
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Capítulo 7Cómo respetar una frontera cruzándola entera #2

Dejo el teléfono encima de la cama y observo la maleta.

Hay un compartimento abierto, he guardado los calcetines con los cables y el cargador del ordenador continúa enchufado junto a la ventana.

Tengo que levantarme temprano y he conseguido convertir una tarea de diez minutos en algo que requiere revisión.

Recojo el cargador, pero termino abriendo una página de alojamientos antes de meterlo en el bolso de viaje.

Quiero comprobar qué puede encontrar Abril esta noche.

En uno de los anuncios hay cinco fotografías del salón y ninguna fecha de disponibilidad.

La encuentro al final, después de una descripción del barrio que incluye hasta las cafeterías: dentro de seis semanas.

Otro sigue ocupado y ni siquiera admite visitas hasta el lunes.

Podría interesarle alguno, pero esta noche necesita un sitio donde dormir.

En otro, las fotografías son estupendas y las opiniones recientes hablan de un propietario que entra sin avisar.

Paso a las habitaciones. Hay opciones razonables, aunque las que puede reservar ahora mismo resultan bastante menos convincentes cuando reviso la información completa. Cierro un anuncio después de encontrar varios comentarios sobre una cerradura que lleva semanas sin funcionar.

Abril puede leer esas mismas opiniones. Tiene un sueldo, una tarjeta y suficiente criterio para elegir un hotel mientras busca algo mejor. Debería acabar el equipaje en lugar de revisar alojamientos para una mujer que ni siquiera me ha pedido ayuda.

Dejo el móvil y llego hasta la puerta del baño antes de volver a cogerlo.

Mi piso estará vacío desde mañana. La habitación de invitados apenas se utiliza y puede quedarse aquí mientras encuentra algo compatible con el viaje a Madrid.

Un primo la ocupó una vez y después describió mi casa como «un lugar donde da pena apoyar un vaso porque parece que alguien acaba de hacer una inspección».

La habitación tiene cama, baño y un armario.

Para alguien que necesita dormir debería ser suficiente.

La solución es sencilla. Todo lo que la rodea, bastante menos.

Hace unas horas Abril seguía siendo la pareja de Matthew.

Durante cinco años esa circunstancia ha mantenido una frontera que nunca me ha costado respetar.

Puedo pensar que Matthew se comporta como un idiota, discutir con él por Catriona o llevarme a Catriona de un pub cuando empieza a convertir a su mejor amigo en territorio disputado.

Lo que no hago es meterme en medio de su relación.

Y ahora estoy revisando habitaciones de alquiler para asegurarme de que ella no termine durmiendo detrás de una puerta que no cierra.

Abro la conversación con Abril y escribo:

¿Tienes dónde dormir esta noche?

Lo releo, consciente de que esa pregunta a estas horas podría beneficiarse de algo de contexto. La borro y pruebo con:

Matthew me ha llamado

que consigue sonar bastante peor. Parece el comienzo de una conversación en la que alguien va a pedirle explicaciones.

¿Dónde estás?

No añado una explicación. Tampoco necesito inventar una excusa que convierta la pregunta en algo menos directo. Envío el mensaje y vuelvo a la maleta.

El teléfono vibra antes de que me mueva.

Abril me manda el nombre de una cafetería del centro y añade un escueto

¿Por qué?

Me fijo en la ubicación, guardo el móvil en el bolsillo y cojo el abrigo.

Si le explico por mensaje lo que pretendo hacer, empezará una discusión que probablemente incluya dinero, independencia y alguna observación sobre mi tendencia a decidir cosas sin consultar.

Prefiero discutirlo cuando ya esté delante.

Durante el trayecto me doy cuenta de que podría haberle enviado la dirección del piso y dejar que decidiera por sí misma. Eso habría sido más sencillo y bastante más coherente con la distancia que llevo años manteniendo. En cambio, estoy cruzando Edimburgo para recogerla personalmente.

No sé qué coño hago.

La duda me acompaña hasta que aparco.

Sigue lloviendo y la veo a través del cristal de la cafetería antes de entrar.

Está sentada junto a la ventana con una maleta a sus pies, el bolso abierto sobre la silla de al lado y una taza delante que parece llevar allí suficiente tiempo para haber perdido cualquier utilidad.

Tiene el pelo algo húmedo alrededor de la cara y está mirando el móvil con el ceño fruncido.

Cuando levanta la cabeza y me ve, su expresión cambia. Primero parece sorprendida. Después aparece esa mezcla de sospecha y desconcierto que suele dedicarme cuando hago algo que no encaja en la versión de mí que ha construido durante estos años.

Entro y me acerco a la mesa. Abril mira detrás de mí antes de volver a fijarse en mi cara, probablemente comprobando que no he traído conmigo a Matthew ni una comisión destinada a devolverla a casa.

―¿Qué haces aquí? ―pregunta mientras deja el teléfono sobre la mesa y se incorpora un poco―. Te he contestado porque pensaba que Matthew te lo habría pedido, no porque estuvieras organizando una operación de rescate.

―No estoy rescatándote ―respondo, antes de mirar la maleta junto a sus pies―. Estoy evitando que esta noche tomes una decisión inmobiliaria basada en el cansancio y en la disponibilidad inmediata. He revisado lo que hay libre y la oferta oscila entre caro, deprimente y potencialmente delictivo.

Abril entorna los ojos y me observa durante un instante, claramente más interesada en la primera parte de mi respuesta que en el mercado del alquiler.

―¿Has estado mirando pisos para mí?

―He estado comprobando si Matthew tenía alguna razón para no saber dónde ibas a dormir ―aclaro mientras apoyo una mano en el respaldo de la silla vacía―.

No la tiene. Mi piso estará vacío desde mañana.

Tengo una habitación de invitados y puedes quedarte allí unos días, hasta que encuentres algo que no te obligue a elegir entre una estafa y una infección por hongos.

―Nathaniel, puedo pagarme un hotel. No necesito instalarme en tu casa porque crees tener alguna especie de responsabilidad porque soy la ex de tu mejor amigo. No necesito caridad.

La palabra me irrita antes de que termine de pronunciarla.

―No he dicho que no puedas pagar uno ―replico, manteniendo la voz tranquila porque la conozco lo suficiente para saber que insistir demasiado rápido solo va a endurecerla―.

Te estoy diciendo que yo me marcho mañana, el piso estará vacío y tú necesitas unos días para organizarte.

Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo sin convertirte en una persona incapaz de cuidarse sola.

Abril me mira en silencio.

―No quiero darte más pena ―añade ella, bajando un poco la voz mientras cierra el bolso.

La frase me detiene.

Ella sigue guardando cosas sin mirarme y comprendo que lo dice en serio. No es una broma improvisada para tocarme las narices. Cree que he venido porque la he visto llorar y ahora me inspira lástima.

―No me das pena, Abril ―respondo, quizá con más sequedad de la necesaria.

Ella levanta la cabeza.