Otro maldito escocés Capítulo 7Cómo respetar una frontera cruzándola entera
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Capítulo 7Cómo respetar una frontera cruzándola entera

CÓMO RESPETAR UNA FRONTERA CRUZÁNDOLA ENTERA

«Nathaniel»

T engo una maleta abierta encima de la cama desde hace nueve minutos y todavía no he metido nada dentro.

Normalmente necesito menos tiempo para preparar el equipaje de una semana.

He planificado las reuniones que tendré en Madrid, sé cuándo está previsto que vuelva y he hecho este trayecto suficientes veces para encontrar los cargadores sin mirar dentro del cajón.

Esta noche sigo de pie junto al armario, sujetando una camisa mientras pienso en una conversación que escuché detrás de una cortina.

Catriona sabía que Matthew y Abril iban a cenar en aquel restaurante.

Cuando me llamó por la tarde, dijo que había tenido un día horrible y que no le apetecía llegar a casa todavía.

Acepté porque cenar con una amiga no debería requerir una investigación previa.

Con Catriona quizá convenga empezar a solicitar documentación.

Doblo la camisa y la dejo en la maleta.

Me molesta haber servido para organizar aquel encuentro, sobre todo porque la he visto hacerlo antes.

Catriona acepta bastante bien que Matthew tenga pareja mientras eso apenas modifique el lugar que ella ocupa. Cuando empieza a perderlo, encuentra motivos para necesitarlo con una frecuencia que él considera una sucesión de coincidencias desafortunadas.

Una discusión con alguien, una mala semana en el trabajo o una ruptura se convierten en algo que requiere su presencia.

Matthew acude, escucha y después explica que llevan toda la vida haciendo lo mismo. Esa es precisamente la parte que parece incapaz de entender. Ha seguido haciéndolo cuando ya tenía una vida con otra persona.

Yo también he recibido esas llamadas. Conozco a Catriona lo suficiente para distinguir cuándo necesita compañía y cuándo quiere comprobar que todavía puede conseguirla.

Alguna vez he sido quien la ha sacado del pub al verla ponerse insistente con Matthew delante de Abril. La acompaño hasta un coche, compruebo que llega a casa y me marcho. Si intenta prolongar la noche porque de pronto soy el único hombre capaz de comprenderla, la conversación termina en su puerta.

Puede enfadarse conmigo por eso. Lo hace, de hecho. Nunca he considerado que soportar su enfado sea una dificultad suficiente para aceptar algo que no quiero.

Matthew encuentra muchas más complicaciones. Le preocupa que se sienta abandonada, que interprete mal un rechazo o que crea que su relación con Abril implica dejar de quererla.

Por evitarle a Catriona cualquier disgusto termina pidiéndole a otra persona que se acostumbre a estar incómoda. La otra noche invitó a dos personas a una cena de pareja y ni siquiera miró a la mujer que tenía sentada al lado antes de hacerlo.

Guardo otras dos camisas.

Recuerdo la expresión de Abril mientras cambiábamos de mesa y su forma de apartar la copa para dejar sitio. Pensé que acabaría diciéndole algo a Matthew.

Después él volvió hacia Catriona y Abril se quedó escuchando una conversación en la que podía haber participado perfectamente, aunque ninguno de los dos pareciera recordarlo.

Hablé con ella del trabajo porque era algo sobre lo que podía preguntarle sin empeorar la cena.

Terminamos riéndonos de una tontería y durante un rato dejé de prestar atención a los otros dos.

Lo que vino después resulta bastante más difícil de colocar entre las cosas normales que uno hace cuando sale a cenar.

Cuando Catriona mencionó «las otras veces», Abril se derrumbó frente a mí.

Hasta ese momento había supuesto que conocía toda la historia y había decidido intentar perdonar sabiendo dónde estaba. Era la impresión que Matthew me había transmitido. Tampoco se me ocurrió preguntarle qué le había contado exactamente.

Durante cinco años he mantenido sus asuntos de pareja al otro lado de una frontera bastante clara.

Con Matthew podía discutir sobre su manera de comportarse, pero presentarme ante Abril para ofrecerle mi interpretación de su relación era otra cosa.

Me dije muchas veces que ella sabía lo que hacía. El viernes descubrí que le faltaba información.

El teléfono vibra sobre la cómoda cuando estoy guardando la maquinilla de afeitar. Veo el nombre de Matthew y descuelgo mientras intento cerrar uno de los compartimentos de la maleta.

―Espero que tengas una buena razón para llamar ―comento, liberando una manga que se ha quedado atrapada―. Tengo un vuelo temprano y todavía no he conseguido hacer algo tan complejo como guardar seis camisas.

Al otro lado oigo una respiración irregular. Dejo de tocar la cremallera y me llevo el teléfono mejor al oído. Matthew tarda en hablar y, cuando lo hace, apenas reconozco su voz.

―Abril me ha dejado ―dice, deteniéndose para tomar aire―. Ha llegado a casa, me ha dicho que quería terminar y ha recogido algunas cosas. Intenté que se quedara, pero lo tenía decidido.

Me siento en el borde de la cama. Durante unos segundos lo escucho respirar sin encontrar nada que añadir.

―¿Adónde ha ido? ―pregunto mientras apoyo un antebrazo sobre la pierna―. ¿Tenía reservado algún sitio para esta noche?

―No lo sé ―responde, y noto cómo se aclara la garganta―. Se lo pregunté. Me dijo que lo solucionaría y que necesitaba estar sola. Le ofrecí quedarme en el sofá para que pudiera dormir aquí, pero no quiso. Tampoco podía encerrarla, Nathaniel.

―No he sugerido que la encadenaras a un radiador ―replico, incorporándome―. Estoy intentando saber si tiene alojamiento o si ha salido con una maleta pensando que encontraría algo después.

Matthew suelta el aire junto al micrófono.

―Ha estado buscando apartamentos. Me lo ha dicho mientras recogía ―explica―. Abril sabe ocuparse de esas cosas y me pidió que no fuera detrás.

Sé que puede ocuparse. También sé que encontrar un alquiler adecuado en tan poco tiempo requiere algo más que querer mudarse.

Me acerco a la ventana y consulto la hora en el reloj de la cómoda. Son más de las nueve. Lleva lloviendo desde antes de que llegara a casa.

―¿Te ha escrito desde que salió? ―pregunto, apartando con un dedo la cortina―. Podrías comprobar que ha encontrado algo sin pedirle que vuelva.

―Acaba de dejarme, Nathaniel ―contesta, con la voz otra vez rota―. Estoy intentando entender qué ha pasado. Le he dicho que la quería, que iba a arreglar lo de Catriona y se ha ido igualmente.

Me cuesta contener el enfado.

—¿Qué esperabas que hiciera?

—No lo sé. Que me diera tiempo para demostrarle que esta vez iba en serio…

Se interrumpe. Me paso una mano por la cara. Lo conozco desde hace treinta años y sé que confía en que lo calme. Durante mucho tiempo yo también he confiado en que él supiera cuidar lo que tenía.

―Me ha dicho que me quiere ―continúa, antes de que responda―. Que me quiere, pero debe quererse más a sí misma.

Me detengo junto a la cómoda.

―Entonces tendrás que respetar eso ―le digo, apoyando una mano en el borde del mueble―. Por mucho que te duela.

―Eres mi mejor amigo ―responde, y el reproche me llega con una tristeza que conozco―. Podrías decirme que hay alguna manera de arreglarlo. Que necesita unos días. Algo a lo que agarrarme esta noche.

―Voy a escucharte todo el tiempo que haga falta ―le aseguro―. Pero no puedo prometerte que se le pasará. Si empiezas pensando que esto es un enfado que debes aguantar hasta que cambie de opinión, vas a perderte otra vez lo que está intentando decirte.

―Siempre has pensado que debía alejarme de Catriona ―comenta al cabo de un rato―. Nunca has entendido del todo lo que hay entre nosotros.

―He entendido bastante más de lo que me habría gustado ―respondo, procurando bajar la voz―.

Catriona lleva años comportándose contigo como si conservara ciertos derechos.

Tú lo llamas confianza porque os conocéis desde niños.

Cuando ella reclama algo, tu primera preocupación es que no se sienta rechazada.

Después esperas que Abril comprenda por qué has vuelto a darle prioridad.

―Catriona no está enamorada de mí ―insiste él, aferrándose a una respuesta que ya he oído demasiadas veces.

―Puede no estarlo y seguir sin aceptar que tú dejes de estar disponible ―replico―.

Cada vez que considera algo suyo le cuesta soltarlo.

Contigo, además, ha aprendido que insistir suele funcionar.

La otra noche fui a cenar porque Catriona me llamó ―añado mientras vuelvo a la maleta―.

Eligió el restaurante y dijo que necesitaba compañía. Omitió que sabía que estaríais allí.

Matthew tarda en contestar. Aprovecho para guardar los calcetines que siguen encima de la cama, aunque acabo colocándolos donde ya he metido los cargadores.

―Me preguntó dónde iba a cenar y se lo dije ―explica―. No pensé que fuera a presentarse. ¿Crees que lo hizo a propósito?

―En el pasillo te dijo que había entendido que necesitabas apoyo ―le recuerdo―. Tendrás que preguntarle a ella qué quería decir. Yo sé que acepté una cena y terminé sirviéndole de acompañante para entrar en la vuestra. Si me hubiera contado el plan entero, habría cenado en mi casa.

―No sabía que iba a hacerlo ―repite Matthew, ahora más bajo.

―Lo sé, pero aun así seguiste facilitándoselo ―respondo, deteniéndome antes de cerrar la maleta―. Habladlo mañana. Esta noche buscar consuelo en Catriona sería una manera especialmente eficaz de confirmar todo lo que Abril teme de vosotros.

Matthew deja escapar un insulto cansado.

―No pensaba llamarla ―asegura finalmente―. Ahora mismo tampoco sabría qué decirle. A ti estoy empezando a odiarte un poco.

―Sobreviviré ―contesto mientras me siento―. Cuéntame lo que necesites. Lo único que te pido es que esta noche respetes que Abril quiera estar sola, aunque te resulte insoportable.

Seguimos hablando unos minutos. Le pregunto si ha comido y me ofrece una explicación demasiado larga sobre por qué no tiene hambre. Termina aceptando prepararse una tostada. Antes de colgar, dice que va a escribirle a Abril para comprobar que tiene dónde quedarse.