Capítulo 6Cinco años después, resulta que sí había puerta
CINCO AÑOS DESPUÉS, RESULTA QUE SÍ HABÍA PUERTA
«Abril»
R egreso a Fettes para las clases de la mañana. Delante de los alumnos puedo concentrarme, responder preguntas y enfadarme lo necesario cuando Finlay decide que su compañero necesita escuchar un comentario antes de que yo termine de explicar.
Al marcharse me pide disculpas y yo las acepto mientras él busca en su mochila un ejercicio que, según asegura, está allí.
Me quedo esperando. Tiene diecisiete años, los bolsillos llenos de cosas inútiles y la certeza de que su problema más urgente consiste en encontrar una hoja.
Cuando por fin la saca, arrugada entre dos libros, siento unas ganas absurdas de decirle que siga preocupándose por tonterías durante todo el tiempo que pueda.
En cuanto el aula queda vacía, abro una página de alquileres y empiezo a buscar alojamiento en Edimburgo para mí sola.
El primer apartamento que puedo pagar me gusta. Tiene una cocina pequeña, un dormitorio luminoso y una mesa junto a la ventana donde podría corregir los últimos trabajos de mis alumnos. Empiezo a imaginar mis libros encima antes de descubrir que no estará disponible hasta dentro de seis meses.
Vuelvo a los resultados. El siguiente permite entrar casi de inmediato, pero la cifra que me ha parecido razonable corresponde a una semana. Lo cierro antes de encariñarme con una vivienda que exige una relación bastante más íntima con mi cuenta corriente de la que estoy dispuesta a consentirle.
Durante los siguientes veinte minutos encuentro pisos que se alquilan por periodos demasiado cortos o dentro de muchos meses, habitaciones que ya están ocupadas pese a continuar anunciadas y precios que me obligarían a gastar los ahorros con una alegría que no siento ahora mismo.
Con el viaje a Madrid previsto, tampoco me conviene firmar ahora un alquiler de meses por un apartamento que pasaría buena parte del tiempo vacío.
Dejo el teléfono sobre la mesa y siento alivio. Tardo un poco en reconocerlo porque debería estar frustrada.
He empezado a buscar piso para marcharme y ahora estoy utilizando los anuncios para explicarme por qué debo quedarme.
Me sorprendo ensayando esa explicación con el mismo cuidado con el que preparo lo que voy a decirle a un padre difícil. Hace unos minutos estaba imaginando mis libros junto a otra ventana. Ahora estoy negociando conmigo misma cuántas noches más puedo dormir al lado de Matthew.
Luego veo el cuaderno abierto junto al ordenador.
Maryam.
Enfermería.
Retiro las manos del teclado y me recuesto en la silla. Lo que estoy buscando tiene menos que ver con un apartamento que con la posibilidad de posponer otra vez lo que llevo meses temiendo.
Puedo pagar una habitación durante unos días mientras organizo algo más. Me incomoda gastar ese dinero y vivir provisionalmente, pero mi resistencia empieza bastante antes de hacer las cuentas.
Tengo miedo de estar sola.
Me cuesta admitirlo incluso aquí, sentada en un aula vacía donde nadie va a preguntarme qué ha sido de todas aquellas convicciones mías.
Durante años he tenido clarísimo qué haría si una pareja me engañaba.
Me parecía una decisión sencilla cuando todavía podía imaginarla sin tener que pensar dónde dormiría después.
Sin embargo, lo conocido tiene cosas pequeñas que me cuesta abandonar.
Sé qué ruido hace Matthew al llegar, dónde deja las llaves y cuánto tarda en encontrarme si estoy en otra habitación.
A veces lo oigo entrar y ya estoy sonriendo antes de verlo porque llevo un rato esperando para contarle alguna tontería.
Pensar que tendré que aprender a guardar esas historias me entristece de una manera casi infantil.
También me da miedo que él se acostumbre antes que yo.
Imaginarlo cenando con Catriona mientras yo intento dormir en otra cama me provoca un rechazo inmediato, una necesidad de quedarme para que mi sitio siga siendo mío.
Reconocer eso me da vergüenza. Llevo semanas llamándolo esperanza porque suena bastante mejor que admitir que no soporto la idea de que puedan seguir adelante mientras yo todavía estoy intentando recogerme.
No lo había pasado tan mal en mi puta vida.
Recuerdo el dolor en la cara después de llorar durante horas y el esfuerzo que me costaba tragar cuando intentaba comer.
En el colegio conseguía mantenerme ocupada y algunas veces me olvidaba durante una clase entera.
Después llegaba el timbre, cerraba la puerta y volvía a llorar antes de la siguiente clase.
Hubo días en los que apenas me reconocí.
Le preguntaba algo, escuchaba su respuesta y buscaba otra manera de formularlo, convencida de que alguna de las versiones acabaría doliendo menos.
Quería detalles y después me arrepentía de haber preguntado.
Miraba la hora cuando llegaba a casa y me odiaba por calcular cuánto habría tardado si hubiera venido directamente.
Una noche intentó acariciarme y le aparté la mano con tanta brusquedad que se quedó inmóvil.
Me levanté del sofá, fui hasta la cocina y acabé llorando allí porque, a pesar de todo, lo que deseaba era que viniera a abrazarme.
Cuando apareció le dije que me dejara en paz.
Se volvió hacia la puerta y fui yo quien lo retuvo.
Aquella era la Abril que me daba miedo. La que podía desear dos cosas opuestas con la misma desesperación y hacerle daño para comprobar si él también era capaz de sentirlo.
Me avergonzaba lo que decía, lo que preguntaba, la facilidad con la que perdía los nervios.
Después terminaba preocupándome por si iba a cansarse de mí.
Él me había engañado y yo tenía miedo de que me abandonara.
Me inclino sobre la mesa y me cubro la cara con las manos.
Lo amaba, sí, pero el miedo decidió muchas de las cosas que después expliqué utilizando el amor como excusa.
Bajo las manos y vuelvo a mirar el cuaderno.
Maryam tiene miedo de que la maten y aun así está intentando marcharse de una casa en la que le hacen daño.
Me pregunto cuánto tiempo habrá necesitado para pronunciar aquella frase, a cuántas personas se la habrá dicho antes de encontrar a alguien que la escuche.
A mí me está escuchando Lía al otro lado del teléfono. Tengo un sueldo, ahorros y un trabajo que acabo de aceptar porque me apetece.
Voy a llorar si dejo a Matthew. Darlo por hecho me tranquiliza de una forma extraña.
Habrá noches malas y momentos en los que quiera volver.
También tendré que levantarme por la mañana, hablar con gente, comprar leche y averiguar qué me gusta hacer cuando nadie me espera.
Me da miedo imaginar mi vida después de Matthew, pero llevo meses sufriendo dentro de la que comparto con él.
Cojo otra vez el teléfono y cambio la búsqueda. Miro habitaciones para unos días, anoto el precio de dos hoteles y escribo a un anunciante para preguntarle por una fecha que no aparece clara.
Al cerrar el ordenador, todavía siento ganas de ir a casa y encontrar a Matthew de buen humor. Eso tampoco ha desaparecido. Recojo mis cosas aceptando por primera vez que quizá voy a marcharme mientras una parte de mí sigue deseando quedarse.
Matthew está en el salón cuando llego. Ha apartado sus trabajos de mi silla y levanta la cabeza en cuanto me oye. Me pregunta por Harriet, por la oferta, por cómo ha ido la mañana. La familiaridad de su voz casi consigue hacerme llorar antes de que deje el bolso.
―He aceptado el trabajo ―le cuento, colocando la carpeta sobre la mesa―. Empezaré a colaborar inmediatamente.
Se levanta sonriendo y me abraza. Yo cierro los ojos al sentir su mano en mi nuca. Me alegro de que esté contento por mí y, durante unos segundos, vuelvo a querer contarle todo. La casa que he dibujado, las preguntas de las chicas, el bolígrafo de Nathaniel que me he guardado sin darme cuenta.
Cuando me separo, Matthew empieza a hablar de cómo tendremos que organizarnos. Lo escucho mientras intento encontrar la manera de interrumpirlo.
Su mano continúa sobre mi brazo. La cubro con la mía antes de apartarla con cuidado.
―Siéntate conmigo, por favor ―le pido, señalando la silla que acaba de dejar―. Necesito hablarte de nosotros y quiero que me escuches hasta que termine.
La sonrisa se le borra de la cara y siento ese impulso inmediato de tranquilizarlo. Me gustaría decirle que no se preocupe, aunque llevo todo el día reuniendo fuerzas precisamente para decirle algo que va a dolerle.
Me siento frente a él con las manos entre las rodillas. He dejado sin resolver dónde voy a dormir y no sé cómo voy a soportar echarlo de menos. Aun así, cuando Matthew me pregunta qué ocurre, levanto la cabeza y empiezo a hablar.
―Quiero que lo dejemos —consigo decir, con las manos todavía apretadas entre las rodillas.
Él se queda mirándome.
―Abril, espera. Sé que la cena del otro día fue un error ―empieza, inclinándose hacia mí―. Me di cuenta demasiado tarde y tendría que haberte pedido disculpas en cuanto llegamos a casa. Pero estamos intentando arreglar las cosas. Una mala noche no significa que no podamos conseguirlo.
—Os escuché, Matthew ―le digo, obligándome a mantener la vista en su cara―. Oí lo que hablaste con Catriona en el pasillo. Lo de las otras veces, cuando todavía no estabas conmigo. Eso también, así que puedes ahorrarte esa aclaración.
Su expresión cambia. Abre la boca y tarda en encontrar qué decir, mientras yo siento cómo empieza a temblarme una pierna debajo de la mesa.
He pasado buena parte del día preparando esta conversación y ahora tengo la sensación de estar haciéndola sin ninguna de las palabras que había elegido.
―Aquello terminó antes de conocerte ―responde al fin―. Nunca fuimos pareja. Te lo habría contado, pero pensé que solo iba a conseguir que te hicieras más daño buscando cosas donde ya no las había.
Me quedo mirando la mano que ha dejado sobre la mesa, cerca de la mía.
Cuando me contó la infidelidad, se la cogí mientras él lloraba.
El recuerdo me produce una vergüenza triste, aunque en aquel momento me pareció lo más natural del mundo consolar al hombre que estaba explicándome cómo acababa de romperme el corazón.
―Pues ahora las busco en todas partes ―admito, levantando la cabeza―.
Me fijo en cuánto tiempo pasas fuera, en cómo sonríes cuando ella te dice algo, en la hora a la que te escribe.
La otra noche estaba pendiente de una cucharilla, Matthew.
De una puta cucharilla en un tiramisú. ¿Tú sabes lo que es darte cuenta de que estás haciendo eso y seguir mirando de todas formas?
Él baja los ojos y yo aprovecho para respirar.
―Quiero irme a trabajar sin preguntarme si vais a comer juntos.
Poder tardar en volver porque me apetece entrar en una librería, en lugar de sentir que debería llegar cuanto antes por si hay algo que descubrir.
Me estoy perdiendo cosas de mi propia vida por estar pendiente de la tuya, y cada vez que consigo relajarme aparece algo que me obliga a empezar de nuevo.
Le dejo cogerme la mano. Su pulgar pasa sobre mis nudillos mientras busca mis ojos.
―Voy a poner distancia con ella ―asegura―. Entiendo que trabajar juntos lo complica, pero podemos limitar el contacto a lo necesario. Debí hacerlo desde el principio. Quiero que recuperes la confianza en mí y estoy dispuesto a hacer lo que haga falta.
―Eso es lo que llevo esperando desde que me lo contaste ―respondo, con la voz más baja―.
Mientras tanto, he seguido aquí intentando aprender a soportarlo.
Y ahora descubro que entre vosotros había una historia que yo desconocía.
No sé qué sientes por ella, Matthew. Empiezo a preguntarme si tú tampoco lo sabes del todo.
―Abril, te amo a ti, no a ella ―me asegura, mirándome de frente―. La vida que quiero es esta, contigo. Eres tú con quien quiero llegar a casa, hacer planes, seguir dentro de diez años. Catriona forma parte de mi pasado, pero nunca he pensado en ella de esa manera.
Levanto la mirada y dejo de buscar una salida que no duela.
―Yo también te quiero, Matthew ―digo cuando consigo volver a mirarlo―, pero debo quererme más a mí.