Otro maldito escocés Capítulo 5Un bolígrafo menos, una crisis existencial más #2
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Capítulo 5Un bolígrafo menos, una crisis existencial más #2

―Quiere saber qué haces cuando un alumno no entiende algo después de explicárselo varias veces ―traduce Shabnam, dejando que la chica termine antes de volverse hacia nosotros.

―Busco otra manera de contárselo ―respondo mientras acerco un folio―. A veces dibujo, aunque mis alumnos suelen aprender muy deprisa para impedir que siga haciéndolo.

Dibujo una casa y la enseño a la cámara. Farah se inclina hacia la pantalla, dice algo y las otras tres empiezan a reírse.

―Pregunta si es una cárcel ―nos transmite Shabnam, intentando conservar la seriedad.

Vuelvo el papel hacia mí. Las ventanas me han quedado pequeñas y he añadido tantas líneas a la puerta que entiendo perfectamente la interpretación. Nathaniel se inclina para mirar y yo aparto el dibujo antes de que pueda emitir un informe.

―Es una casa con ciertas dificultades arquitectónicas ―aclaro mientras la dejo sobre la mesa―. Por eso necesitamos profesoras e ingenieros. Hay personas a las que conviene mantener alejadas de los planos.

Nathaniel coge el folio, añade un tejado y dos líneas, y me lo devuelve. En sus manos la cárcel ha adquirido una posibilidad bastante razonable de obtener una licencia de habitabilidad. Se la enseño a las chicas y Laila aplaude, encantada con la intervención.

―Nuestra próxima clase será sobre modestia ―le informo en voz baja mientras aparto el dibujo.

Él recoge su bolígrafo sin molestarse en disimular la sonrisa. Agradezco que las chicas vuelvan a hablar porque me está resultando irritante descubrir que puede divertirse a mi costa sin pronunciar una sola palabra.

Sahar quiere aprender español y se ha propuesto empezar por «biblioteca». Practicamos juntas. Después le pide a Nathaniel que lo intente y yo lo miro con una atención que él reconoce enseguida.

―Adelante ―lo animo, apoyando el codo en la mesa―. Estamos entre personas dispuestas a ayudarte.

Nathaniel lo intenta, pero se le atascan las primeras sílabas y termina la palabra con un acento escocés mucho más marcado de lo habitual. Sahar se ríe y vuelve a pronunciársela despacio. Él la escucha con atención antes de probar otra vez.

No mejora demasiado. A mí, en cambio, me da por fijarme en su boca, lo que dificulta bastante mi intención de burlarme de él.

—¿Así? —pregunta, volviéndose hacia mí.

—Casi —respondo mientras bajo la vista hacia mis notas.

Laila lo felicita por el esfuerzo y él le da las gracias antes de preguntarle a Farah qué quiere estudiar. Yo sigo mirando el cuaderno. Había contado con que pronunciara mal la palabra, no con que me gustara su acento.

Farah quiere ser ingeniera y le pregunta si hay mujeres trabajando en su empresa.

Nathaniel le habla de una compañera que dirige uno de los equipos y se toma sus preguntas con la misma seriedad que las de cualquier adulto.

La chica lo escucha inclinada hacia la cámara, olvidándose de las otras hasta que Sahar le toca el hombro para reclamar su turno.

Durante un rato me olvido del reloj. Maryam participa menos, pero cuando menciono los libros levanta uno de ciencias que tiene delante.

La cubierta está desgastada y varias hojas sobresalen por un lateral.

Lo sujeta con cuidado al abrirlo, manteniendo los dedos sobre el lomo para que no se separen las páginas.

Quiere ser enfermera. Me enseña un dibujo que ha copiado en su cuaderno y le pregunto cuánto ha tardado en hacerlo. Shabnam traduce su respuesta y después añade algo que Maryam le dice entre risas.

―Dice que puede enseñarte a dibujar si tú le enseñas español.

―Me parece un intercambio muy razonable ―acepto, mostrando otra vez mi casa―. Aunque vas a tener que demostrar más paciencia de la habitual.

Maryam sonríe y vuelve a buscar una página. Me gusta cómo protege el libro, la atención con la que coloca las hojas antes de pasarlas. Reconozco esa forma de cuidar algo que se quiere seguir utilizando mucho tiempo.

Cuando terminamos las presentaciones, una compañera de Shabnam entra para acompañar a las otras chicas a otra sala. Maryam permanece sentada, con el libro cerrado sobre las rodillas.

―Ha pedido hablar con vosotros sobre su situación ―nos explica Shabnam―. Quiere contaros por qué le preocupa no poder asistir siempre a las clases.

La chica empieza en inglés, se detiene buscando una palabra y acaba volviéndose hacia la coordinadora. Shabnam escucha hasta que termina.

―Maryam tiene dieciséis años y está casada desde hace un año. Su marido tiene cincuenta y cinco ―nos traduce―. Ahora vive con una tía. Ha pedido divorciarse, pero su familia está presionándola para que vuelva a casa de su marido.

Durante unos segundos no consigo pensar más allá de esas dos edades.

Dieciséis. Cincuenta y cinco. Maryam espera mientras Shabnam termina de hablar y después me mira, pendiente de algo que no sé si voy a ser capaz de darle.

Tengo que encontrar una respuesta sin obligarla a hacerse cargo también de mi espanto.

—¿Has podido seguir estudiando de alguna manera desde que estás con tu tía? —pregunto, procurando conservar la voz con la que hemos estado hablando hasta ahora—. Por tu cuenta, con libros o con ayuda de alguien.

Maryam asiente después de escuchar la traducción. Explica algo señalando el libro y Shabnam utiliza sus palabras.

―Allí puedo leer. En casa de mi marido tenía que hacerlo a escondidas y a veces me quitaba el libro. Quiero quedarme con mi tía, pero dicen que ya estoy casada y que tengo que regresar.

Shabnam le hace una pregunta antes de traducir.

―Tiene miedo de que su marido o alguien de su familia la mate por pedir el divorcio ―nos explica Shabnam, manteniendo una mano sobre su antebrazo―. Estar con su tía no garantiza que esté a salvo. Estamos buscando ayuda para protegerla, pero ella conoce el peligro.

Cuando Shabnam ha hablado de presión familiar, he imaginado discusiones, reproches, personas intentando convencerla de que regrese. Ahora miro a Maryam y tengo que hacer sitio a algo mucho más terrible. Las personas que quieren devolverla a esa casa también podrían hacerle daño por negarse.

La chica vuelve a hablar. Se le quiebra la voz y se detiene para tragar saliva, pero continúa antes de que Shabnam pueda intervenir. La coordinadora la escucha hasta el final y después se vuelve hacia nosotros.

―Dice que sabe que pueden matarla. Tiene miedo, pero prefiere estar muerta antes que volver a vivir con su marido ―traduce, y enseguida se acerca más a ella para seguir hablando.

Me resulta insoportable pensar que esté haciendo planes tan pequeños, tan suyos, mientras calcula si la dejarán vivir para cumplirlos.

A mi lado, Nathaniel deposita el bolígrafo sobre los documentos. Tiene los dedos apoyados junto al margen y la mandíbula apretada, pero permanece pendiente de la pantalla.

Yo llevo las manos al regazo para dejar de aferrarme al borde de la mesa. Shabnam está hablando con Maryam, que acaba por dejar el libro a un lado y cogerle la mano. Cuando la coordinadora pide privacidad, Harriet acuerda volver a hablar con ella más tarde y cierran la conexión.

La pantalla recupera el escritorio del ordenador.

Me quedo mirando una fotografía que hace un momento estaba detrás de cuatro chicas y que ahora vuelve a ocuparlo todo.

Tengo la impresión de que durante una hora hemos compartido la misma habitación con Maryam, pero, al terminar la llamada, la puerta solo se ha abierto para nosotros. Ella sigue dentro.

Harriet toma unas notas y nos explica que va a ponerse en contacto con la coordinadora en cuanto pueda hablar a solas. Después recoge para irse. Yo asiento, aunque me cuesta concentrarme en lo que está diciendo.

Nathaniel se levanta cuando Harriet sale. Reúne sus documentos, pero deja el mío donde está y permanece al otro lado de la mesa.

Me aclaro la garganta, cierro el cuaderno y me levanto antes de que Nathaniel pueda fijarse demasiado en mi cara

―Tengo que volver al colegio ―comento, consultando la hora―. Dentro de un rato estaré explicándole a alguien por qué tiene que justificar una respuesta aunque esté convencidísimo de que es correcta.

La última parte me sale con una voz extraña. Me aclaro la garganta y cierro el cuaderno antes de que Nathaniel pueda fijarse demasiado en mi cara. Él espera a que termine de guardar mis cosas.

―Puedes quedarte un rato aquí sentada antes de irte ―dice, señalando la silla que acabo de abandonar―. El colegio va a seguir ahí dentro de diez minutos.

Lo miro, sorprendida de recibir una sugerencia tan poco productiva de este hombre. Nathaniel sostiene mis ojos y yo termino dejando el bolso otra vez sobre el asiento.

―Esto va a perjudicar seriamente la imagen que tenía de ti ―le advierto mientras vuelvo a sentarme―. Te creía capaz de cronometrar los descansos.

―Los tuyos empiezan cuando dejas de discutirlos ―responde, acomodándose al otro lado.

Me sale una sonrisa pequeña. Él abre uno de sus documentos y me permite quedarme en silencio sin convertir esos minutos en otra conversación que tengo que sostener. Me quedo mirando mis manos hasta que consigo dejar de apretarlas.