Otro maldito escocés Capítulo 5Un bolígrafo menos, una crisis existencial más
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Capítulo 5Un bolígrafo menos, una crisis existencial más

UN BOLÍGRAFO MENOS, UNA CRISIS EXISTENCIAL MÁS

«Abril»

M e despierto cuando Matthew intenta sacar el brazo de debajo de mi almohada.

En algún momento de la noche lo he buscado, lo cual me parece una falta de colaboración de la Abril dormida.

La despierta lleva horas intentando decidir qué hacer con él y la otra sigue organizando reencuentros en cuanto bajo la guardia.

Matthew se incorpora al verme abrir los ojos.

Tiene el pelo aplastado por un lado y una marca de la almohada en la mejilla.

Me viene el impulso de pasarle el dedo por ella, uno de esos gestos que llevo años haciendo sin pensar, y llego a sacar la mano de debajo del edredón antes de recordar la conversación del restaurante.

Él sigue el movimiento, esperando una caricia que termino guardándome entre las rodillas.

—¿Podemos hablar antes de irnos? —pregunta mientras se apoya contra el cabecero—. Has estado todo el fin de semana muy callada y me preocupa que sigamos dejando pasar las horas.

Me incorporo despacio y busco las zapatillas con los pies. Tengo la boca seca y esa presión detrás de los ojos que queda después de una noche en la que dormir ha consistido en agotarme entre un pensamiento y el siguiente.

—Necesito unas cuantas más —respondo mientras recojo la bata del pie de la cama—. Ahora tengo la reunión con Harriet y quiero poder concentrarme. Cuando hablemos, me gustaría saber qué pienso antes de escuchar tus explicaciones.

—De acuerdo. Esta tarde hablamos. Quiero que estemos bien, Abril —acepta con una seriedad que reconozco demasiado bien.

Durante los últimos meses he buscado esa expresión con una necesidad que me avergüenza.

Le he pedido que repita que me quiere porque parecía pensar que quererme lo explicaba todo.

A veces conseguía tranquilizarme durante unas horas.

Después recordaba que también me quería la noche que se acostó con Catriona y volvía a quedarme sin ningún sitio donde apoyar la confianza.

—Yo también quería estar bien —admito después de aclararme la garganta—. Pero ahora mismo no sé cómo se hace. Déjame esta mañana también, por favor.

Matthew asiente y aparta el edredón para levantarse.

Lo observo recoger la camiseta de la silla y siento esa tristeza absurda de echarlo de menos mientras sigue en la misma habitación.

Matthew me rompió el corazón y después continuó duchándose, preparando café y acordándose de comprar pan.

Yo lo veía hacer todas aquellas cosas con la incredulidad de quien no entiende cómo alguien puede seguir encontrando sus calcetines mientras ella tiene que encerrarse en el baño para llorar.

Entro allí y cierro la puerta. La luz confirma que he dormido poco con una franqueza que agradecería menos frente a un espejo. Me lavo la cara y me quedo apoyada en el lavabo.

Al llegar a la cocina lo encuentro junto a la tostadora.

Ha dejado mi taza en la mesa y gira el asa hacia mí cuando me siento, un movimiento que hace sin prestar atención.

Me entran ganas de llorar por esa estupidez.

Estoy empezando a cansarme de que las cosas pequeñas conozcan tan bien mis puntos débiles.

—Te he puesto una tostada. Come algo antes de salir. Apenas has probado bocado desde el viernes —me informa mientras deja el plato delante de mí.

Le doy las gracias y extiendo mantequilla sobre el pan.

Matthew bebe café de pie, apoyado en la encimera, y empieza a contarme algo sobre una reunión que tiene a primera hora.

Lo escucho agradecida de poder hablar durante unos minutos de un asunto que pertenece al colegio y tiene una solución que no depende de nosotros.

Cuando se marcha, se inclina para besarme en la sien y me desea suerte con Harriet. Levanto la cara hacia él por costumbre y noto que el gesto le hace bien. Se queda cerca un instante antes de coger las llaves, aliviado quizá de encontrar algo conocido entre los dos.

Yo sigo sentada después de que se cierre la puerta.

Tengo el móvil al lado, con el correo de Harriet abierto.

Me gustaría escribirle para decirle que esta tarde intentaremos hablar tranquilos, ofrecerle una frase que le permita pasar mejor la mañana.

Dejo el teléfono donde está. Todavía no sé cómo voy a pasarla yo.

He organizado las clases para tener las primeras horas libres.

Cuando salgo de casa, todavía me sobra tiempo para llegar a la reunión, aunque consigo gastarlo casi entero comprobando que llevo todos los documentos.

Nathaniel lleva una camisa azul cuando entro en la sala de reuniones. Mi cara ya no ocupa espacio en su vestuario y prefiero empezar esta mañana sin un recordatorio visible de lo ocurrido.

Está inclinado junto a Harriet, revisando un documento.

Levanta la cabeza al verme y noto que se fija en mis ojos antes de saludar.

Después aparta una carpeta para dejar sitio a mis cosas, con esa eficacia tranquila que consigue hacerme sentir desordenada incluso cuando todavía no he sacado nada del bolso.

―Buenos días, Abril ―dice, apoyándose sobre la mesa con las piernas cruzadas―. Harriet tiene preparada la documentación.

―Y café, que quizá te interese más a estas horas ―añade ella, señalando la bandeja del aparador―. Sírvete mientras abro el calendario.

Acepto encantada. Al volver a la mesa encuentro a Nathaniel comprobando una anotación en la última página del contrato.

Tiene un pulgar apoyado junto al margen y dobla el resto de la hoja sin arrugarla.

Hasta el papel parece colaborar con él. El mío lleva desde anoche intentando escaparse de la carpeta.

Harriet me explica las condiciones de la colaboración, la remuneración y las horas que esperan que dedique al proyecto durante los próximos meses.

—Antes del verano organizaremos las videoconferencias en las franjas que tienes libres por la mañana, antes de que empiecen tus clases en Fettes —explica Harriet mientras señala mi horario—.

Shabnam tendrá que confirmar cada sesión según la disponibilidad de las alumnas.

Es posible que alguna cambie de día, así que necesitaremos cierta flexibilidad, pero siempre lo sabrás con antelación.

No esperamos que estés disponible a cualquier hora.

Agradezco la precisión. Seguir llamando «flexibilidad» a estar disponible a cualquier hora me parece uno de los grandes logros creativos del mundo laboral, pero esta vez el término parece conservar algún vínculo con su significado real.

—Las videoconferencias se harán desde las oficinas de Nathaniel —continúa Harriet—. Allí tendréis una sala con el equipo necesario y una conexión protegida. Durante esta primera fase trabajarás con otro profesor, Gideon Price.

Levanto la vista.

—Oh, sé quién es. Hemos coincidido en varios certámenes escolares —comento mientras intento recordar la última vez que hablamos—. Nunca hemos trabajado juntos, pero seguro que hacemos buen equipo.

—Price ha dicho prácticamente lo mismo —interviene Nathaniel mientras gira hacia mí otra hoja—. Aunque utilizó bastantes más palabras.

Harriet sonríe y me explica cómo se repartirán las primeras sesiones.

—Cuando termine el curso comenzará el intensivo —añade Harriet, pasando al calendario de verano—. Entonces aumentarán las horas y la frecuencia de las videoconferencias.

Cuando terminamos, vuelvo a la primera página.

—Acepto la propuesta —confirmo mientras acerco la carpeta—. Tendré que acostumbrarme a mantener conversaciones inteligentes antes del amanecer, pero procuraré que Gideon no descubra la gravedad del problema.

Harriet sonríe y me señala dónde firmar.

Nathaniel me acerca su bolígrafo, que, por supuesto, tampoco es un bolígrafo normal. Es negro, pesa lo suficiente para dejar claro que ha costado demasiado y lleva sus iniciales grabadas junto al clip.

Yo suelo escribir con uno que pone «Clínica Dental Martínez».

Lo utilizo, todavía pendiente de lo que ella me explica sobre las copias y me lo guardo en el bolso con la naturalidad adquirida después de años recogiendo material de las mesas de mis alumnos.

Nathaniel extiende una mano hacia mí.

La miro, sorprendida por aquella felicitación espontánea, y se la estrecho. Sus dedos se cierran alrededor de los míos y durante un instante me pregunto por qué Harriet acaba de bajar la cabeza hacia la carpeta.

―Enhorabuena, Abril ―dice él, conservando una seriedad insoportable―. También me gustaría recuperar mi bolígrafo.

Suelto su mano y miro hacia el bolso. Llevo menos de un minuto contratada y ya estoy apropiándome de los bienes del financiador. Es una forma bastante directa de empezar a repartir su fortuna, aunque quizá habría sido prudente consultarlo antes.

―Es deformación profesional ―me justifico mientras se lo devuelvo―. Paso tanto tiempo recogiendo bolígrafos abandonados que he perdido la capacidad de distinguir cuáles tienen dueño.

—Pensé que mis iniciales podían darte alguna pista —responde mientras lo guarda en el bolsillo de la camisa.

Harriet se ríe mientras reúne los documentos. Yo me concentro en cerrar el bolso, porque tengo la impresión de que cualquier explicación adicional empeoraría mis posibilidades de que Nathaniel me considere una adulta funcional. Cuando vuelvo a mirarlo, está sonriendo hacia los papeles.

Me fastidia un poco que le siente tan bien.

Shabnam aparece en la pantalla poco después, con unas gafas colgadas del cuello y el portátil colocado de manera que podamos ver a cuatro chicas sentadas con ella.

Nos saluda y explica que irá traduciendo cuando sea necesario.

Las alumnas tienen distintos niveles de inglés, pero todas quieren participar.

Laila ha preparado preguntas en un cuaderno. Lo levanta para enseñárnoslo y señala la primera con un lápiz, muy satisfecha de haber llegado a la reunión mejor organizada que algunos adultos que conozco.

Yo tengo una mancha de café en mis notas, así que procuro mantenerlas fuera del encuadre.