Otro maldito escocés Capítulo 4El rímel lo carga el diablo #2
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Capítulo 4El rímel lo carga el diablo #2

Asiento, pero sigo apoyada en él. Me gustaría despegarme con naturalidad, arreglarme el vestido que con tanto cuidado he elegido y fingir que este momento no ha ocurrido.

En cambio, cuando intento levantar la cara, noto las lágrimas en los ojos y vuelvo a esconderla contra su pecho.

Nathaniel ajusta el brazo alrededor de mí sin pedirme que me dé prisa.

Durante la cena le he insistido en que no quiero ningún favor suyo. Ahora estoy llorando sobre su camisa y todavía no consigo soltarle la chaqueta. Podría encontrar alguna ironía en eso si no me costara tanto dejar de llorar.

―Quiero llegar a casa antes de que Matthew decida que lo que me hace falta es seguir hablando de lo agradable que ha sido la cena ―consigo decir mientras me separo de él―. Voy a pedir un taxi.

Nathaniel mantiene una mano en mi espalda mientras me enderezo. Intento colocarme el bolso delante, pero se ha quedado encajado entre los abrigos. Él aparta uno para que pueda tirar de la correa.

—Me ocupo yo del coche —responde mientras saca el teléfono—. Busca un pañuelo. Tienes tiempo.

Abro el bolso y tardo en encontrar el paquete porque se ha quedado debajo de la cartera.

Nathaniel me recoge la chaqueta que todavía llevo sobre el brazo para que pueda rebuscar, una ayuda tan sencilla que me devuelve las ganas de llorar.

Me seco la cara con cuidado y utilizo la pantalla del móvil para comprobar qué ha ocurrido con el rímel.

Hay una sombra oscura debajo del ojo derecho. La retiro con la esquina del pañuelo, pero me tiembla un poco la mano y termino frotando más piel de la necesaria.

—El coche llega en cuatro minutos —me informa mientras guarda el teléfono y me devuelve la chaqueta—. Te acompaño hasta la puerta.

―Gracias ―respondo mientras vuelvo a guardar el paquete de pañuelos.

La palabra se me queda pequeña para lo que intento decirle, pero él la acepta sin obligarme a buscar otra.

Aparto la cortina, compruebo el pasillo y salgo. Nathaniel viene detrás. Me acomodo el bolso en el hombro y lo sigo, alisándome con la mano la parte del vestido que ha quedado arrugada contra su cuerpo.

Al llegar al recodo, me vuelvo hacia él y veo la mancha de su camisa bajo la luz del pasillo. Ha quedado un borrón de maquillaje a un lado de los botones, con un borde oscuro donde he apoyado la mejilla. Desde luego, si pretendía olvidar el abrazo, mi cara ha decidido dejar constancia por escrito.

―Espera. Te he manchado ―murmuro mientras le sujeto la solapa para detenerlo―. Creo que es el rímel.

Me acerco con el pañuelo y froto la tela antes de pensar que quizá debería dejarlo en paz. Nathaniel baja la mirada hacia mi mano. La mancha se extiende en lugar de desaparecer, así que tenso la camisa y vuelvo a intentarlo con más fuerza.

Su pecho ofrece la misma resistencia que una tabla de acero. Debe de ser por esa disciplina japonesa que practica. Ninjutsu, aikido o cómo convertir a un hombre de casi dos metros en un problema que la diplomacia debería resolver antes de que se levante.

Tendré que preguntárselo cuando termine de utilizarlo para quitar manchas.

Él tampoco protesta, aunque a estas alturas debe de estar arrepintiéndose de no haberme dejado llorar sobre un abrigo ajeno. Me observa con una ceja levantada mientras yo sigo frotando, empeñada en arreglar al menos una cosa esta noche y consiguiendo que el borrón ocupe el doble.

―Déjalo, Abril ―me dice, rodeándome la muñeca para detenerme―. Vas a terminar agujereando la camisa.

Levanto la cara y lo encuentro mucho más cerca de lo que esperaba. Tiene la cabeza inclinada hacia mí y conserva mi mano a la altura de su pecho, con el pañuelo entre mis dedos. Voy a disculparme cuando oigo la voz de Matthew desde la entrada del comedor.

―¿Qué estáis haciendo?

La pregunta me hace volverme, pero Nathaniel tarda más en levantar la mirada por encima de mi cabeza.

Matthew está a unos pasos, con el móvil en la mano y la mirada fija en el punto donde los dedos de su amigo rodean mi muñeca. Después repara en la camisa. Lo veo seguir la mancha hacia el cuello abierto, volver a mi mano y detenerse finalmente en mi cara.

Me quedo quieta. Hace unos segundos estaba intentando arreglar una torpeza y de repente soy consciente de lo cerca que estoy de Nathaniel, de que le he cogido la solapa sin pedir permiso y de la naturalidad con la que él me ha dejado hacerlo.

Matthew lleva años viéndome renegar de la actitud de su amigo desde una distancia prudente.

Ahora me encuentra tocándolo y a pocos centímetros de su cara.

Nathaniel sigue la dirección de sus ojos y vuelve a mirarlo. Su pulgar permanece sobre el interior de mi muñeca cuando podría haberme soltado ya.

―Nos hemos quedado hablando ―responde, sin apresurarse a apartarme―. La conversación en la mesa se había vuelto un poco difícil de seguir.

Matthew apenas parece escuchar la segunda parte. Está pendiente de la mano que Nathaniel mantiene alrededor de la mía, y noto cómo cambia su expresión cuando su amigo termina de bajarla.

Lo hace despacio, sin ese gesto rápido con el que uno intenta demostrar que no estaba haciendo nada. Antes de soltarme, espera a que yo cierre los dedos alrededor del pañuelo.

Ese pequeño retraso es deliberado. Nathaniel ha visto lo mismo que yo y acaba de decidir que Matthew puede soportar un poco de su propia medicina.

―Pensaba que seguías en el baño ―me dice Matthew, guardando el teléfono. Se acerca y vuelve a mirar la camisa antes de buscarme los ojos―. ¿Te ha pasado algo?

―Quiero irme, Matthew. He pedido un taxi y ya está llegando —le respondo dando un paso hacia atrás y guardando el pañuelo en mi bolso.

Matthew asiente, aunque su atención vuelve hacia Nathaniel.

Parece esperar que añada algo, una broma que convierta lo que acaba de ver en una tontería.

Su amigo se limita a colocarse mejor el abrigo sobre el brazo.

Tiene la camisa arrugada donde he estado agarrándolo y podría cubrir la mancha con la chaqueta, pero tampoco se molesta en eso.

―Vamos, entonces. Deja que recoja mi abrigo ―contesta Matthew. Me roza el codo al pasar y después se detiene frente a Nathaniel―. ¿Llevabais mucho rato aquí?

Nathaniel le sostiene los ojos.

―El que hemos necesitado ―dice mientras se hace a un lado para dejarle libre el pasillo―. Tu abrigo está al fondo.

Catriona sale del baño cuando Matthew está poniéndose el abrigo. Se dirige hacia nosotros y su paso se vuelve más lento al vernos esperando. Me mira a la cara y después a Nathaniel, pero me ahorro averiguar qué conclusión saca cuando el taxi llega a la puerta.

Camino hacia la salida agotada por la cantidad de educación que está requiriendo esta noche.

Antes de salir miro a Nathaniel.

Hasta hoy, encontrarme con sus ojos en un momento así me habría hecho sentir expuesta. Ahora me cuesta marcharme sin darle las gracias por haberse quedado quieto cuando he necesitado apoyarme en él.

―Buenas noches, Abril ―se despide, sosteniéndome la mirada.

Matthew abre la puerta trasera y me deja entrar primero. Me desplazo hacia la ventanilla mientras él da al conductor nuestra dirección y se sienta a mi lado.

El coche se incorpora al tráfico. Durante los primeros metros Matthew se entretiene con el cinturón y yo dejo el bolso sobre las rodillas.

―¿Desde cuándo tienes tanta confianza con Nathaniel? ―pregunta al fin, volviéndose hacia mí.

―Me he puesto a llorar y me ha abrazado, Matthew ―respondo―. La mancha de la camisa es de mi maquillaje. Ya tienes la explicación.

Cuando vuelvo hacia él, continúa mirándome. Parece estar intentando encajar esa respuesta con la imagen que ha visto en el pasillo y me pregunto qué parte le molesta más. Le doy unos segundos para decir algo, pero al final soy yo quien vuelve a hablar.

―Esta noche necesito llegar a casa y acostarme ―añado, sujetando el bolso entre las manos―. Por favor, deja las preguntas para mañana.

Matthew asiente y se acomoda en el asiento. Su teléfono vibra dentro del abrigo, pero esta vez permanece donde está.

Yo vuelvo la cabeza hacia la ventanilla y trato de aprovechar el silencio, aunque me sigue acompañando la expresión con la que ha mirado a Nathaniel. He pasado toda la cena intentando que se acordara de mí.

Al parecer, ha bastado una mancha en la camisa de otro hombre.