Otro maldito escocés Capítulo 4El rímel lo carga el diablo
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Capítulo 4El rímel lo carga el diablo

EL RÍMEL LO CARGA EL DIABLO

«Abril»

E spero a que el camarero termine de atender la mesa de al lado y le hago una seña.

Pedir la cuenta me parece una forma bastante civilizada de reconocer que he agotado mis ganas de estar aquí.

Matthew levanta los ojos del plato y se lleva la servilleta a la boca, sorprendido de que la noche tenga que terminar en algún momento.

―¿Nos vamos ya? ―pregunta mientras deja la cucharilla junto a la de Catriona―. Había pensado que podíamos tomar una copa después.

Miro el reloj. Son casi las once y todavía tengo que corregir unos ejercicios.

Mis alumnos merecen que los lea con cierta paciencia y sin atribuirles ninguna responsabilidad por cómo ha ido mi noche.

Ahora mismo podría escribir «vete a la mierda» al margen y pedirles que identificaran el modo verbal, pero quizá sus padres considerasen que me estoy tomando demasiadas libertades con el programa.

―Prefiero dejarla para otro día ―respondo mientras saco el bolso de detrás de mi silla―. Voy al baño antes de que nos marchemos.

Matthew parece dispuesto a añadir algo, pero Nathaniel ya está hablando con el camarero sobre la cuenta.

Aprovecho para levantarme y aparto la silla con cuidado de no golpear a la mujer que cena detrás de mí.

Su acompañante acaba de acercarle una cucharada de postre y ella se ríe antes de aceptarla.

Me alegro por ambos con una generosidad que espero que alguien me tenga en cuenta.

El pasillo de los aseos queda detrás de un arco, al fondo del restaurante.

Hago el recorrido y agradezco que el ruido del comedor se amortigüe al doblar la esquina.

En el lavabo hay un espejo pequeño, un dispensador de jabón con olor a almendras y una luz que podría utilizarse para obtener confesiones.

Me lavo las manos y descubro, al mirarme, que tengo una marca de vino en la comisura.

La retiro con el pulgar húmedo y vuelvo a colocarme el pelo detrás de las orejas. Antes de salir de casa he cambiado dos veces de pendientes. Los primeros me parecían demasiado aparatosos para una cena, pero con los segundos daba la impresión de que había salido directamente del colegio.

Ahora llevo unas horas con unos que me hacen daño y me pregunto por qué sigo empeñada en demostrarle a Matthew que todavía podemos tener noches bonitas.

Me quito uno para aflojar el cierre. La molestia desaparece enseguida y me entretengo haciendo lo mismo con el otro, agradecida de encontrar un problema que sé resolver sin tener que pedir la colaboración de nadie.

Cuando salgo, Nathaniel está junto al guardarropa del pasillo.

El camarero ha colgado allí nuestras prendas al cambiarnos de mesa y él acaba de apartar la cortina para recuperar la suya.

Mi chaqueta cuelga de una percha detrás de su abrigo, con una manga metida entre otras dos prendas.

Se la señalo y Nathaniel la libera antes de tendérmela.

―Gracias ―le digo mientras me la coloco sobre el antebrazo―. ¿Han conseguido traerte la cuenta o seguimos consumiendo por agotamiento?

—Está pagada —responde, retirando su abrigo de la percha—. Matthew ha dicho que os invita la próxima vez. He supuesto que preferirías discutir esa parte con él.

Le devuelvo una mirada que consigue arrancarle una curva pequeña en la boca. Voy a contestar cuando oigo pasos al otro lado del recodo y la voz de Catriona llega antes de que aparezca ninguno de los dos.

—Puedes soltarme la mano, Matthew. Si querías hablar conmigo, bastaba con pedírmelo.

Lo dice con una risa baja.

Nathaniel empieza a volverse hacia el pasillo, pero le pongo una mano en el pecho y lo empujo hacia el guardarropa. Retrocede por sorpresa, apartando los abrigos con el hombro, y entro detrás de él antes de soltar la cortina.

Su espalda encuentra enseguida la pared. El hueco es tan estrecho que, para ocultarme también, tengo que pegarme a él. Una de sus piernas queda entre las mías y nuestros pechos se rozan.

Nathaniel sostiene el abrigo en una mano y mantiene la otra en el aire, mirándome sin entender nada.

—¿Qué demonios…? —empieza a preguntar, mirándome con los ojos abiertos de una manera poco habitual en él.

—Calla, por favor —susurro, agarrándolo de las solapas.

Baja la vista hacia mis puños cerrados sobre las solapas y después vuelve a mirarme.

Tiene que inclinar la cabeza para hacerlo.

Yo apenas puedo levantar la barbilla sin rozarlo y mi bolso ha quedado atrapado entre su muslo y la pared.

No hay espacio ni para fingir que esto es una distancia razonable entre dos personas.

Los pasos se detienen al otro lado.

—Quería decírtelo antes de que os marcharais —responde Matthew—. Esta noche era importante para mí. Abril llevaba semanas sin querer salir a cenar y he acabado estropeándolo al invitaros. Ni siquiera se me ha ocurrido preguntarle si le apetecía.

Nathaniel vuelve la cabeza hacia las voces y hace ademán de apartarse. Me aferro a su chaqueta y lo retengo contra mí. Al notar el tirón, se queda quieto y baja los ojos hacia mi cara.

—Espera un momento, por favor —le pido al oído, poniéndome de puntillas.

Cuando vuelvo a apoyar los talones, sigue mirándome. Tardo unos segundos en darme cuenta de que, para acercarme a su oído, me he apretado todavía más contra él. Aflojo los dedos, pero no lo suelto.

Nathaniel toma aire despacio y asiente.

―Pues yo creo que cuando me has informado de que hoy venías aquí era porque necesitabas apoyo, Matthew ―le recuerda Catriona, y el tono le cambia―. Lo de Abril te agobia sin que tengas que explicármelo.

—Espera ―resopla él―. ¿Por eso has venido? Quiero arreglar las cosas con Abril. La quiero y necesito que entienda que puede volver a confiar en mí. Cuando te dije que aquella noche era la última vez, hablaba en serio. No va a haber una próxima.

Catriona deja escapar aire antes de contestar. La oigo moverse y me parece que se ha acercado a él, aunque desde aquí podría estar haciendo exactamente lo contrario.

―Eso mismo dijiste las otras veces ―replica―. Siempre estás muy convencido cuando tenemos esta conversación. Después volvemos a encontrarnos solos y resulta que ya no lo tienes tan claro.

Los dedos se me cierran alrededor de la muñeca de Nathaniel. Noto cómo gira la mano para sujetar la mía.

―Lo de entonces fue antes de Abril, Catriona. Estuvimos años sin acostarnos y podemos volver a hacerlo. Desde que estoy con ella solo ha pasado aquella noche, y me arrepiento. Quiero seguir con Abril.

Me quedo donde estoy, con una mano atrapada por la de Nathaniel y la otra aferrada a su chaqueta.

La aclaración llega a tiempo de devolverme algo de aire, pero el resto de la conversación continúa dentro de mi cabeza.

Las otras veces. Años sin acostarse. Esa seguridad con la que hablan de dejar de hacerlo, porque ya lo han hecho antes.

Matthew tenía una vida cuando lo conocí.

Siempre he sabido que se había acostado con otras mujeres, de la misma manera que él sabe que yo lo he hecho con otros hombres.

Lo que acabo de descubrir es que una de esas mujeres lleva cinco años sentándose a nuestra mesa mientras me explica que él es prácticamente su hermano.

Recuerdo cómo me lo dijo después de lo ocurrido.

La seriedad de su cara, la insistencia con la que trató de convencerme de que resultaba absurdo que yo pudiera verla como alguien de quien preocuparme.

Llegué a sentirme injusta por sospechar de tantos momentos compartidos.

Ahora tengo la impresión de haber hecho preguntas muy razonables a dos personas que eligieron contestarme solo la parte que les convenía.

Nathaniel me aprieta suavemente la mano. Cuando levanto la cara, está mirándome. Intento decirle algo, pero tengo que apretar los labios para que no me tiemblen y termino bajando la cabeza hasta apoyar la frente en su pecho.

Él me suelta la mano y me rodea la espalda. Sigo agarrada a su chaqueta mientras su palma se acomoda entre mis omóplatos y me recuesta contra él. No me pregunta nada. Se queda conmigo, apoyado contra la pared, y yo cierro los ojos.

Al otro lado, Catriona vuelve a hablar.

―Entonces tendrás que acordarte también cuando estemos juntos ―dice, ahora sin rastro de risa―. Hace un momento me has cogido de la mano y me has traído hasta aquí. Luego me pides que crea que todo está clarísimo.

―Te he parado para hablar contigo ―responde Matthew―. Y sé que te he dado motivos para que no me creas, pero esta vez necesito hacer las cosas bien.

La camisa de Nathaniel está tibia donde apoyo la mejilla y puedo sentir el aire que toma antes de volver a respirar despacio. Me concentro en eso mientras intento hacer lo mismo.

La comparación con Carlos y Camilla deja de tener la menor gracia.

Me asusta imaginar que Matthew me quiere de verdad y que aun así Catriona continúa ocupando un lugar al que yo nunca voy a llegar.

Que los dos puedan desear otras vidas, buscarlas con entusiasmo y acabar volviendo a esto cada vez que se encuentran demasiado cerca.

Llevo meses intentando decidir qué hacer con una noche. Ahora hay una historia entera detrás y sus protagonistas parecen conocerla tan bien que pueden discutir sobre cómo termina sin necesidad de recordar cómo empezó.

―Te he oído, Matthew ―contesta Catriona después de un rato―. Ahora déjame pasar al baño.

Escucho un roce, una puerta que se abre y después el golpe amortiguado al cerrarse. Matthew permanece unos segundos en el pasillo antes de alejarse. Nathaniel levanta la cabeza, pendiente de sus pasos, y espera hasta que el ruido del comedor vuelve a cubrirlos.

―Ya se han ido ―me dice cerca del oído―. Podemos salir cuando quieras.